domingo, 17 de enero de 2021

A Igrexa é a única familia para moitos nenos no mundo

Gracias a la generosidad de los niños se sostienen 2.864 proyectos infantiles en las misiones

El domingo 17 se celebra el Día de la Infancia Misionera con el lema "Somos familia"

Infancia Misionera es una obra del Papa que promueve la ayuda recíproca entre los niños del mundo. Infancia Misionera promueve actividades misioneras en colegios y catequesis con las que educar a los niños en la fe y la solidaridad con la misión. También invita a los niños a colaborar personalmente con sus ahorros para los niños de las misiones. Los niños ayudan a los niños.

Porque los niños son capaces de Dios, y lo son desde su más temprana edad. Desde esta capacidad de conocer y encontrar a Dios en sus vidas, nace otra capacidad intrínseca: los niños son capaces de la misión. Despertar el sentido misionero en los niños es primordial, ya que, desde que recibimos el bautismo, todos somos misioneros. La misión hace que crezca en los niños un espíritu de amor al prójimo, de generosidad, solidaridad y entrega que les acompañará para toda la vida.

La Infancia Misionera contribuyó con más de 19 millones de euros a los niños del mundo en 2018. Se llevaron a cabo 2.943 proyectos agrupados en tres grandes campos de acción.

 

ESCUELA DE ACTITUDES MISIONERAS: PRESENTACIÓN DE LA JORNADA

Uno de los regalos más grandes que nos dejó Jesucristo en su forma de plantearnos el discipulado es habernos hecho familia. La fe en Dios no es una mera sumisión al Creador, ni una invitación al temor reverencial a Quien nos puede castigar. Jesús nos muestra que la fe nos hace hijos de Dios y, entre nosotros, ¡hermanos!

Cuando el Señor enseña a orar a sus discípulos, les pide que invoquen a Dios como Padre; cuando nos enseña cómo es el amor de Dios, lo compara con el amor tierno de la madre y la compasión del padre que espera al hijo perdido… Toda su enseñanza nos hace sentirnos hijos de Aquel que todo lo puede.

Pero todo esto empieza con su vida. ¡Él es familia! Decide participar de nuestra naturaleza naciendo y viviendo en el seno de una familia. Él es humano asumiendo nuestra naturaleza, pero también “pasando por uno de tantos” (Flp 2,7). Tiene una madre que le trae a este mundo (“¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!”, Lc 11,27). Tiene un padre que le enseña a ser persona, un oficio, que le cuida y sustenta (“¿No es este el hijo del carpintero?”, Mt 13,55). Y tiene unos abuelos, como cada uno de nosotros, a los que hemos puesto nombre: ¡Joaquín y Ana!

De los años que pasó en Nazaret, junto a su familia y amigos, sabemos muy poquito, pero justamente eso es para nosotros una gran enseñanza: la vida oculta del Señor nos muestra que la vida de sus discípulos pasará normalmente escondida, pero no inadvertida a los ojos de Dios. La vida de familia se ha convertido en una escuela de virtudes y actitudes misioneras para quienes amamos a Dios.


Aprendiendo en familia

La vida de familia es el espacio donde descubrimos el amor gratuito, imagen del de Dios. Donde aprendemos a invocar a Jesús y a María. Allí se nos enseña a ver a la Iglesia como la gran familia de los hijos de Dios, y a nuestra parroquia y diócesis como el lugar donde aprender a amar al mundo entero y a todos los cristianos, estén donde estén. En familia aprendemos a ayudarnos unos a otros, y a no tener vergüenza de manifestar lo que amamos y creemos; por eso aprendemos también a llevar el amor de Dios a quienes todavía no le conocen.

Este tercer año del cuatrienio de Infancia Misionera, “Con Jesús Niño a la misión”, queremos que los niños y niñas de España descubran la belleza de una familia para la que son importantes, ¡imprescindibles!, como lo son para su familia de sangre: la familia de la Iglesia, donde Dios nos hace sus hijos amados y donde hemos recibido del Señor una madre amorosa: María.

Sabernos parte de esta familia sobrenatural es sentirnos queridos por quienes viven nuestra fe. Para ellos todos somos valiosos, y, cuando rezan, lo hacen también por nosotros. Y sentirnos queridos es participar de la vida parroquial, de la pastoral del colegio, de la vida diocesana, como un miembro más, no como un invitado o alguien ajeno. Somos parte de los que allí se juntan: descubrimos a los niños que, si ellos faltan, las cosas no serían iguales, porque cada uno es importante.


En primera fila

Ayudar a los niños a saberse familia, será, además, una forma de hacerles conscientes de su responsabilidad: ellos pueden y deben sentirse responsables de la vida de la parroquia, de la diócesis, ¡de la Iglesia universal! Su oración por los demás, su participación en las actividades, su colaboración por hacer rezar a los suyos y que puedan contribuir en la solidaridad con los demás, les hacen ser parte activa de la vida de la Iglesia. ¡Son misioneros!

Así fue misionera Teresa del Niño Jesús, o lo fue “Lolo” —Manuel Lozano— o “Pilina” —Pilar Cimadevilla— o Paulina Jaricot… Cada uno en su lugar, rezando y ofreciendo sus pequeños sacrificios, colaborando en las Jornadas misioneras, se convierten, son misioneros en primera fila. Así les enseñamos a sentir como suya la labor de la Iglesia, a colaborar en ella, a saberse necesarios en el trabajo evangelizador de los misioneros.

En esta Jornada marcada por la situación de pandemia en todo el mundo, no solo en nuestro país, qué bonito sería transmitir, a quienes con tanta naturalidad se interesan por la situación de los niños del mundo entero, que lo que hacen es importante y que el valor de las cosas no está en su grandeza, sino en el amor con el que se realizan. Ojalá seamos capaces de enseñarlo bien. ¡Ojalá sepamos vivirlo nosotros para mostrárselo!

José María Calderón
Director de OMP en España

miércoles, 6 de enero de 2021

¿NO CAMIÑO CARA A PAZ...??

       Inmóvil y silencioso en la rama desnuda, un mirlo contempla el paisaje nevado de Aizarna. Todo emana quietud y armonía. Todo respira en paz.

      Pero en cuanto me asomo a la primera noticia, a la primera página, al primer pensamiento, se hacen presentes la enorme incertidumbre planetaria del momento, las amenazas de esta pandemia y de otras peores presentes ya o venideras. Surge la zozobra, se resquebraja la paz. Y vuelvo a preguntarme sobre el enigma y la contradicción de nuestra especie humana: ¿Somos capaces de la paz que emana del fondo de esta mañana de invierno, de la paz que anhela el corazón de cuanto es y nuestro propio corazón? ¿Será posible la paz en la Tierra dominada por el Homo Sapiens?

      No la paz sumisa o conformista de la “tranquilidad en el orden” que dice San Agustín en La ciudad de Dios (libro XXII, cap. 30), si bien hay que decir que por “orden” entendía Agustín “que cada uno ocupe el lugar justo que le corresponde”. Pero él amaba el orden del Imperio y su paz, y lamentó su caída, de la que fue testigo.

      Jesús no amó el Imperio romano ni ningún Imperio. He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo! ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división (Lucas 12,49-51). No la paz del Imperio, no la paz del Pretorio, ni la paz del Templo, ni la paz de la Bolsa: ¿hay algo más estresado que la Bolsa? ¿Hay algo más estresante y enemigo de la paz que la especulación financiera, que derroca gobiernos, hunde pueblos, arruina empresas, desahucia familias? ¡Ojalá ardiera!

      Anhelamos la paz del reconocimiento mutuo, del respeto profundo, del cuidado universal. La paz de la igualdad y de la justicia. No una paz perfecta y sin tensiones ni sombras, sino una paz en camino, una paz que mira hacia la meta sin pretender alcanzarla, una paz que yerra y cae –errar y caer es humano– y cada vez tiende la mano y se deja tomar de la mano, y se levanta y camina de nuevo humildemente, humanamente, sin desesperar de sí ni condenar al prójimo.

      ¿Pero es capaz de esta paz nuestra especie Sapiens? ¿Nuestro cerebro de 1.400 cm3 y nuestro ADN nos lo permiten? No, no aspiro a la paz del mirlo, por mucho que la admire. Tal vez su cerebro no le permite ser consciente de su paz y disfrutarla con la intensidad con que nosotros podemos hacerlo. Pero nuestra ventaja se trueca en desventaja, la mayor capacidad se vuelve en mayor amenaza.

      Tal vez podemos sentirnos más felices y en paz que un mirlo, pero seguro que un mirlo nunca se sentirá tan infeliz y angustiado como los humanos ni jamás infligirán a sus semejantes y al planeta el sufrimiento y el daño que infligimos nosotros a los demás, al planeta, a nosotros mismos. El pesar por el pasado y la inquietud del futuro, la insatisfacción con lo que somos y tenemos, el miedo a perder lo que amamos y el impulso de destruir lo que odiamos, la ambición de ser más que los otros y la angustia de ser menos, la ira, la envidia… nos atormentan con un tormento que no parecen experimentar ninguna de las demás especies animales conocidas. Y miles y miles de años de historia demuestran que la historia humana no avanza hacia la paz de la especie y de los individuos, tal vez al contrario… Y no por maldad, sino por error e impotencia.

      ¿Y entonces qué? ¿Será que somos una especie tan depredadora que a la larga resulta inviable en un macro-organismo vivo como es la Tierra, una especie condenada a la extinción por su propio poder ilimitado en un planeta limitado, una especie biológicamente malograda, incapaz para gestionar su extremada complejidad en armonía colectiva e individual? ¿Seremos un ensayo errado de la evolución de la vida en la Tierra? ¿Cabrá todavía alguna solución que la pueda rescatar del abismo en que se hunde a un ritmo cada vez más acelerado? ¿Cabrá alguna solución que no pase por intervenir con suficiente garantía algunos de los mecanismos fundamentales (desajustes neuronales, desarreglos genéticos…) y recrear esta especie o crear una nueva?

      Lo siento. La fiesta que hoy celebramos puede no ser el día más indicado para plantear cuestiones tan escabrosas. Pero entiendo que la Luz de la Epifanía no encubre y engaña, sino desenmascara y alienta, como el fuego recreador de Jesús. No creo en el poder, el domino y la competición.

      Pasan los años y se cansa la esperanza, pero la vida necesita seguir respirando. Se nos gastan y apagan las palabras, pero necesitamos reavivar el eco de lo Indecible que en ellas resuena. Creo en esas palabras.

      Creo en el relato simbólico de los magos, en su largo viaje en busca de la paz, en la estrella del corazón del universo que los guía, en el desapego que los lleva a deponer sus riquezas y también su religión ante la vida. Creo en la pobreza y la fragilidad de la vida, en lo más valioso y adorable: un niño en un pesebre.

     Aizarna, 6 de enero de 2020

  José Arregui

martes, 5 de enero de 2021

NAVIDAD, EL REVÉS DE LA RELIGIÓN

En la soledad de la sala de estar, me entretenía adorando en silencio el misterio divino del portal de Belén, rondándome en la mollera no sé por qué las hondas reflexiones académicas de Mircea Eliade o Bernard Lonergan sobre las distintas cosmovisiones y mitos que generan las creencias sobre lo trascendente. Había procurado a propósito, para mejor contemplar, que reinase en mi entorno la oscuridad, pues así lucía más brillante “el Niño envuelto en pañales” que es el centro de nuestra navidad cristiana. 

Bullía en mi cabeza la idea de lo distinta que es nuestra religión cristiana respecto a las demás. Porque todas las religiones con sus creencias, sus ritos y normas éticas, en esencia no son más que la pretensión y el deseo de poner a la divinidad de nuestra parte: de alcanzar su perdón pues en todas ellas late la conciencia de algún pecado colectivo o individual; de merecer su benevolencia para recuperarse de una situación dañina y peligrosa para la comunidad o el individuo; de actualizar recordando en los ritos litúrgicos las victorias alcanzadas en el pasado gracias a la protección divina…

Porque en definitiva, la religión y la conducta religiosa adecuada viene a ser -al menos subjetivamente tal tiene que ser la convicción del devoto-, el poner cuanto sea preciso de nuestra parte para conseguir que la divinidad nos sea favorable. Casi diría que, aunque suene a superstición y de hecho lo es en muchos comportamientos religiosos, se trata de un relación o contrato de “do ut des”: el fiel pone de su parte lo que ritualmente está prescrito y confía y aguarda en que luego la divinidad haga lo suyo concediendo lo que se le pidió y de él se espera.  

Dicho aún más sencillamente, la religión y las acciones religiosas en general – y la historia comparada de las religiones en esto se sintetiza-,  se encaminan a que el espíritu del hombre se haga cercano y obtenga el favor del dios al que se acude. Sin embargo no es así en el cristianismo. En este, la iniciativa es divina y siempre sobreabundante y magnánima.

El cristianismo consiste esencialmente en creer, agradecer y vivir de modo coherente el que Dios, en Jesucristo, se haya hecho cercano y amable viniendo a estar con nosotros. A ninguna religión se le ha ocurrido este divino invento (en el sentido de descubrimiento o revelación) de que dios se haya hecho uno de nuestra raza y tribu, uno de los nuestros. Ahí radica la enorme y radical distinción entre el cristianismo y las demás religiones: no se trata de que nosotros nos esforcemos por buscar y alcanzar a dios; se trata de agradecer y admirar lo que Dios hizo y sigue haciendo por ser y estar con nosotros. Las demás religiones narran y describen lo que debe hacer el hombre para alcanzar a dios y el cristianismo descubre y revela lo que ha hecho Dios para darse a conocer y acercarse al hombre.  Por tanto el mérito del creyente no está en lo que haga por Dios, por costoso que sea, sino que, al revés, su vida sencilla y coherente vale y cuenta al pasmarse y agradecer lo que Dios hizo y sigue haciendo en él y a su alrededor.  Desde que la divinidad se hizo “Enmanuel” y plantó su tienda en medio de nosotros, en la primera Navidad de la historia, para los cristianos ya siempre es Navidad y la encarnación pasa a ser el meollo distintivo de nuestra fe.

Se me ocurría pensar en consecuencia que muchos que se consideran buenos cristianos – sin menospreciar su buena intención aunque lamentando su escasa formación teológica-, en realidad solo son personas muy religiosas, o supersticiosas, y cumplidoras de rituales ancestrales en los cuales han depositado su confianza y su fe. Se me ocurrió pedir para ellos en esta navidad que mutaran o se convirtieran en menos religiosos y se hicieran más cristianos, descubriendo y viviendo la esencia de la navidad y de la vida cristiana: Dios se nos ha acercado, se ha hecho niño para no dar miedo y para enseñarnos la ternura del Dios encarnado en nuestra piel. Alabar, adorar, cantar, agradecer y sentir ese misterio en todo tiempo y vivirlo de forma coherente en las circunstancias personales, es haber descubierto la esencia del cristianismo, el tapiz del revés de las otras actitudes religiosas.

Mons. Alberto Cuevas Fdez.

Sacerdote y periodista   

 

lunes, 4 de enero de 2021

EL EDICTO DE TESALÓNICA Y EL ESTADO DE BIENESTAR

     Imagino que si alguien se anima a leer este artículo empezará preguntándose qué demonios tiene que ver el Edicto de Tesalónica (de Teodosio, año 380) con el Estado de Bienestar. Es verdad que a primera vista aparecen como dos cosas muy distintas, no sólo en el tiempo, sino en los campos a los que se refieren esos acontecimientos; al campo religioso en el caso del Edicto de Tesalónica, al campo socioeconómico y político donde situaríamos el Estado de Bienestar.

      Pero yo creo que en el fondo podemos encontrar un esquema muy similar. El siglo primero los discípulos de Jesús de Nazaret habían comenzado a marchar por todos los caminos del Imperio anunciando el mensaje de Jesús. Las autoridades romanas los consideraron una amenaza para la estabilidad del poder imperial, y comenzó una persecución tras otra. Pero el cristianismo resiste, se propaga cada vez más, y en el siglo IV los emperadores tienen que darse por vencidos. Constantino con el edicto de Milán proclama la libertad religiosa, y a finales de ese siglo el emperador Teodosio decide dar un paso más y ganarse a los cristianos para su causa, proclamando el cristianismo religión oficial del Imperio. El resultado lo hemos visto a lo largo de los siglos, los discípulos del crucificado forman una jerarquía que se codea con reyes y emperadores, y con ellos establece leyes y condenas.

      A mediados del siglo XX los movimientos obreros surgidos un siglo antes con su aspiración al socialismo habían cogido una gran fuerza. Las potencias capitalistas europeas se habían desangrado en una implacable guerra fratricida, y la Unión Soviética surgía como una gran potencia. Parecía que por fin se hacían realidad las palabras de Marx: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma.”

      El problema para la burguesía capitalista europea es que la amenaza no venía sólo de los ejércitos soviéticos, en sus propios países unos potentes partidos comunistas y socialistas exigían cambios radicales en la sociedad. Entonces el capitalismo europeo tuvo una gran idea, lanzó su Edicto de Tesalónica para ganarse al adversario: el Estado de Bienestar para todos. En realidad, “Estado de Bienestar” es una atractiva manera de denominar a la “sociedad de consumo”. El bienestar al que se llega era un bienestar totalmente material, proporcionado por un consumo creciente de objetos y servicios, algo muy distinto a la felicidad a la que aspiramos todos los seres humanos. Pero el invento funcionó.

      Para unas clases populares que venían de siglos de trabajos duros, siempre lindando con la escasez y la necesidad insatisfecha, está abundancia de consumo era casi un sueño, el objetivo que habían perseguido toda su vida. La aspiración a una revolución social fue perdiendo fuerza rápidamente y los trabajadores se fueron instalando cada vez más en esta sociedad capitalista que les ofrecía ese atractivo bienestar. Además, con este Estado de Bienestar el capitalismo con seguía un doble objetivo, adormecer al movimiento obrero y hacerle olvidar sus viejas veleidades revolucionarias, y al mismo tiempo hacer funcionar a pleno rendimiento su industria, que cada vez tenía más capacidad de producción. Si unimos a esto la penosa imagen que daban los países socialistas, comprenderemos que la idea del capitalismo como única estructura capaz de proporcionar una vida satisfactoria se interiorizó ampliamente.

      Lo mismo que los cristianos, perseguidos durante siglos, abrazaron con entusiasmo el nuevo estatus que les proporcionaba el Edicto de Tesalónica, y la jerarquía se integró plenamente en la estructura imperial, esa mayoría social que durante toda la historia había vivido pobremente se integró en la estructura económica capitalista.

      Pero a partir de aquí viene una diferencia fundamental. La Iglesia integrada en las estructuras de poder se ha mantenido así durante más de un milenio. Aunque sea con la contradicción fundamental, por lo menos en la mayor parte de la jerarquía, de predicar el Evangelio y vivir de espaldas a él. No sabemos en qué medida ese Evangelio, no vivido pero anunciado, ha ido influyendo, pero en la humanidad lentamente se ha ido avanzando hacia la libertad y los derechos humanos. Esto ha permitido liberarse de la opresión inquisitorial de la Iglesia jerárquica, y llegar a proclamar un Evangelio liberador, que poco a poco se va extendiendo.

      Por el contrario, frente a los largos siglos que se ha mantenido la Iglesia surgida de Tesalónica, una humanidad integrada en la sociedad de consumo tiene un recorrido enormemente corto, los científicos hablan de unos cuantos años. La vida en el planeta Tierra, una vida que permita la continuidad de la humanidad, es incompatible con una civilización que aspire a conseguir su bienestar a través de un consumo creciente e innecesario.

      Esta realidad es admitida intelectualmente por la mayoría de nuestra sociedad, pero no vitalmente. Si hay una tarea apremiante en la actualidad, es trabajar por una cultura capaz de poner la felicidad en algo distinto del consumo. Tarea apoyada en la renovada visión del Evangelio anunciado por Jesús.

 Antonio Zugasti

A FAMILIA, CORAZÓN DA VIDA HUMANA

El normal “modus vivendi” de todo buen ciudadano debe ser su inserción en el seno de una familia. Toda familia bien estructurada consta de tres elementos: la pluralidad de personas, la convivencia de ellas en el mismo hogar, y la afectividad mutua entre todos.

Una persona solitaria no es familia. El individualismo crea soledad. El hogar cuyos moradores no viven en comunidad, es la antítesis de una familia bien avenida. A ese hogar habría que llamarle parada turística, casa de comidas, fonda en el camino…, pero hogar familiar no. Los miembros de una familia tienen que ser personas vinculadas por lazos de consanguinidad o, al menos, integradas en el nuevo hogar, por imperativos legales, según los cuales pasan a ser miembros de ese nuevo hogar, con los derechos y obligaciones de un familiar más.

Los miembros de una misma familia conservan las características intransferibles de cada una de ellas: la paternidad, la afiliación, la fraternidad, etc.; pero todas estas connotaciones intransferibles quedan absorbidas por el nombre común de la nueva familia, que los aglutina a todos.

El ser miembros de una familia conlleva unos derechos y unas obligaciones de las cuales nadie debe abdicar, si quiere mantenerse como miembro del hogar en el que se ha integrado. Es que el estatus de familia no se funda tanto en unas disposiciones jurídicas, cuanto en la sangre que corre por las venas de todos sus miembros o en unos compromisos sacramentales que cada uno aceptó libremente ante el altar de Dios.

Estamos asistiendo a una progresiva degradación de la familia: Muchos jóvenes no quieren asumir un compromiso estable ante la sociedad; el número de divorcios y separaciones crece de forma alarmante de día en día; las actitudes adulterinas y las parejas de hecho están adquiriendo carta de ciudadanía; los valores religiosos están ausentes de muchos hogares…

Además desde el exterior se está librando un ataque obstinado a la institución familiar. Se les quiere reconocer rango de familia a ciertas formas de convivencia, que difieren radicalmente del verdadero matrimonio. Se desprecia la familia tradicional, acusándola de frenar el progreso, se ponen trabas a la libre elección de enseñanza para los hijos. Ante esta situación es necesario reaccionar y defender la familia de todos los agentes que tratan de degradarla. A ello debemos dedicar nuestras mejores energías, porque la familia es un compromiso y una tarea de todos, y porque, si recuperamos la familia, estaremos construyendo el futuro de una comunidad humana libre, solidaria y justa.

A ello nos ayudará el ejemplo de la Sagrada Familia, modelo de todo buen comportamiento. En aquel hogar, todo era paz y respeto mutuo. El Niño Dios valoraba la autoridad de San José y la maternidad de María. San José adoraba a Dios hecho Niño y quería con amor venerable a María su esposa virginal; y Ella era la gran responsable de aquel ejemplar hogar. Que nosotros les imitemos y que ellos intercedan por nuestras familias y las de todo el mundo.

 Indalecio Gómez Varela

 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Te Deum de fin de ano e xubileos do 2021

Despedimos el año 2020 con visible incertidumbre y evidente nerviosismo y nos disponemos a estrenar con anhelante y jubilosa esperanza el nuevo año 2021, cuyo comienzo ya vislumbramos e inauguramos.

A pesar de la desconfianza y de los presagios confusos que infunde el entorno sociocultural y que los activos portavoces divulgan, tenemos motivos fundados para elevar nuestra acción de gracias a Dios por los numerosos beneficios y su constante asistencia que hemos experimentado a lo largo de los doce meses transcurridos del año que vamos a clausurar.

Precisamente por eso, es costumbre que en todas las iglesias o comunidades cristianas los fieles se reúnan la tarde del 31 de diciembre para cantar el Te Deum, himno tradicional de alabanza y acción de gracias a la santísima Trinidad. Así dice la primera estrofa de esta oración: “A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos. A ti, eterno Padre, te venera toda la creación” (Te Deum, laudamus, te, Dominum, confitemur. Te, aeternum Patrem, omnis terra veneratur).

La gratitud por los dones recibidos de Dios en los años que se nos concede vivir en este mundo, nos ayuda a descubrir un gran valor inscrito en el tiempo: marcado en sus ritmos anuales, mensuales, semanales y diarios, cuidado constantemente por el amor de Dios, por sus dones de gracia. Es tiempo de salvación que no termina en la oscuridad de la muerte sino en la gloria de la eternidad.

Afirma el papa Benedicto XVI; “Sí, el Dios eterno entró y permanece en el tiempo del hombre. Entró en él y permanece en él con la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, el Salvador del mundo” (Vísperas en la Basílica Vaticano, 31 diciembre 2010). Esto alude a lo que dice san Pablo en el famoso texto: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer […], para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Gál 4, 4-5).

La Navidad nos remite a esta “plenitud” del tiempo, es decir, a la salvación renovadora traída por Jesús a todos los hombres.

Es verdad que nuestro tiempo humano, especialmente en estos momentos de pandemia, está lleno de males, de sufrimientos, de dramas de todo tipo -unos provocados por la maldad de las personas y otros derivados de las catástrofes naturales-, pero a la vez encierra ya de forma definitiva la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador. “Precisamente en el Niño de Belén –dice el papa emérito- podemos contemplar de modo particularmente luminoso y elocuente el encuentro de la eternidad con el tiempo, como suele expresar la liturgia de la Iglesia. La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño”.

En estos tiempos de zozobra e intranquilidad se nos invita a mirar el futuro con la esperanza que se expresa en las palabras finales del Te Deum: “Señor, tú eres nuestra esperanza, no quedaremos defraudados para siempre” (In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum!).

Quien nos trae y entrega a Cristo, nuestra esperanza, es siempre la Santísima Virgen, la Madre de Dios, cuya solemnísima fiesta (Santa María, Madre de Dios) se celebra el primer día del año, el 1 de enero. Santa María es también nuestra madre, con ella siempre “antes, más y mejor”.

Además, en el 2021 contamos con la especial protección de San José porque celebramos el “Año Santo de San José”, proclamado por el papa Francisco el 8 de diciembre del año que finaliza, al que hay que unir el “Año Santo Jacobeo”. ¡El futuro no puede ser más prometedor!

Avelino Bouzón Gallego.

Canónigo archivero de la Catedral de Tui.

Párroco de San Bartolomeu de Rebordáns.

 

lunes, 28 de diciembre de 2020

A PRIMEIRA VEZ QUE SE CELEBROU O NADAL.

Unha cousa é celebrar o aniversario do nacemento propio e outra e celebrar o aniversario do nacemento dunha personaxe histórica. Normalmente esta última celebración ven derivada do percorrido persoal da personaxe. Primeiro celebrase a fazaña ou o fito da súa vida e nun segundo momento interrogase sobre as súas orixes. O exemplo témolo en Xesús de Nazaret.

O importante era o trascendente dos seus actos máis que a súa orixe. Non será ata o século IV cando preocupe fixar un día para conmemorar a súa vinda ó mundo en carne mortal. Desa maneira remarcábase o seu ser home fronte aqueles que negaban a súa humanidade. Ata aquel momento importaba máis a repercusión que tivo na humanidade e no modo en como a salvación se realizaba que reparar no feito que aquel home, fillo de Deus, fora un home de verdade e polo tanto tiña que haber un nacemento no tempo e nun espazo determinado. Afondase entón nas súas orixes, na súa historia.

Debemos de ter en conta dúas datas importantes para o cristianismo: o 313, no que Constantino decreta a liberdade de culto por medio do edicto de Milán e o ano 375, no que o emperador Teodosio proclama o cristianismo como relixión oficial do Imperio. Que se declarara a liberdade de culto implicaba que o cristianismo xa non era perseguido e polo tanto pasamos a unha época de permisividade.

A relixión cristiá atopou en Constantino un aliado e viu florecer ó longo da cidade basílicas, que foron construídas ás veces sobre templos pagáns. Desta época é a construción da basílica de Anastasia -entre outras- situada no monte Palatino, onde se erguían os palacios imperiais, que recibe o nome pola media irmá de Constantino, Anastasia, e antepónselle Santa cando reciben unhas reliquias recibidas da Panonia a través de Constantinopla.

Paralelamente, a esta actividade construtiva de templos cristiáns vanse fixando datas importantes que perduran ata os nosos días: a Pascua, fixada no ano 325 no concilio de Nicea e a data do nacemento de Cristo, fixada tamén no século IV.

Escoller o 25 de decembro como data do nacemento de Cristo ven determinada por unha festa pagana, as Saturnalias, o día do Sol Invicto, o día no que xa se percibe un aumento da luz solar. Baleirase de contido pagán esta data e enchese de contido cristiá, situando nese día o nacemento de Cristo. Cristo-Sol invicto ou Cristo-Helios, así o representan nos Scavi de San Pedro do Vaticano, que son as escavacións arqueolóxicas visitables da basílica de San Pedro.

Esa data aparece reflexada por primeira vez no calendario de Filocalo, na súa Depositio Martyrum, arredor do ano 336 d.C. E o como se celebra sabémolo polo apunte do ano 363 d. C. no que se recolle que en Santa Anastasia se celebraba a segunda misa antes de romper o día, precedida pola celebración en Santa María Maior da misa de medianoite e seguida da terceira misa celebrada na basílica de San Pedro ó amencer.

Quen celebraba ese ano era o Papa Sixto III. Dáse a casualidade que os palacios imperiais e a basílica de Santa Anastasia están situados no lugar onde a tradición romana falaba do amamantamento de Romulo e Remo pola loba. Esa conclusión ven dada polas recentes escavacións arqueolóxicas, nas cales se atopou o Lupercal ou santuario dedicado á Loba Capitolina a 16 metros de profundidade debaixo da basílica de Santa Anastasia.

Constatamos así, que o cristianismo se aproveitou nos tempos primeiros dos elementos pagáns para darlles un novo contido, respectándoos pero dándolles un novo significado. Dito doutra maneira utilizou os elementos que tiña ó seu alcance para facer chegar a súa mensaxe de salvación.

Óscar González Murado

Director do Arquivo Diocesano

 

HA NACIDO LA VIDA

La Navidad 2020-2021 será recordada por la pandemia del Covid y por la ley de la Eutanasia. ¡Toda una paradoja! Lloramos a los muertos de esta pandemia, al tiempo que aprobamos el derecho al suicidio asistido. Aplaudimos a los sanitarios que salvan vidas, mientras les pedimos que completen su jornada provocando la muerte. Impulsamos políticas que dignifiquen a los discapacitados, pero simultáneamente consideramos la discapacidad como razón suficiente para el suicidio. Recurrimos a la compasión para justificar y dignificar la eutanasia, a la vez que posponemos el desarrollo de los cuidados paliativos para decenas de miles de enfermos terminales que los requieren. Aprobamos una ley de dependencia, sin implementar los recursos para facilitar la atención a los abuelos en nuestros hogares. Afirmamos tener derecho a decidir sobre nuestra muerte, cuando la pandemia nos ha dejado bien claro que no somos dueños de la vida…

Pocas veces la celebración del nacimiento de Jesús de Nazaret ha podido llegar a tener una mayor significatividad. La Natividad del Niño Dios nos descubre la dignidad de la vida humana. Como decía San Juan Pablo II en su primera encíclica, Redemptor Hominis: «Jesucristo revela plenamente el hombre al mismo hombre». Es cierto que el reconocimiento de la dignidad de la vida humana no es propiedad exclusiva de ningún credo religioso. Más aún, no solo la ley divina reconoce y tutela el valor de la vida, sino que también lo hace la misma ley natural. Pero es bastante obvio –a los hechos nos remitimos— que el eclipse de la fe en Occidente ha acarreado el eclipse de la razón. En nuestros días está quedando patente la veracidad de aquella sentencia de Chesterton: «Quitad lo sobrenatural, y no os encontraréis con lo natural, sino con lo antinatural». Ciertamente, reivindicar la muerte por suicidio como un derecho, es algo tan antinatural como reivindicar el derecho a infectarse por el Covid, el derecho a vivir en la indigencia, o el derecho a ser un esclavo. ¡Es un disparate, que refleja el desnortamiento de nuestra cultura!

Por ello, es necesario recordar al mundo que la encarnación de Jesucristo dignifica la vida humana, abriendo nuestros ojos al milagro de la vida. Como decía San Agustín, entre todos los milagros que pueden acontecer en esta vida, ninguno es tan grande como la vida misma.

Este bebé indefenso nacido en Belén, que nada más nacer requiere ser protegido frente a la agresión de Herodes, es al mismo tiempo el autor de la vida. En lo cual se muestra que la dignidad de la vida no depende del estadio en que se encuentre ésta, de su robustez o de las metas alcanzadas… Es un error gravísimo –un error “mortal”— confundir “calidad de vida” con “dignidad de la vida”. Y es que, nuestra cultura ha dejado en el olvido el concepto de “dignidad”, para sustituirlo por el de “calidad de vida”.

La contemplación de este niño pleno de dignidad venido al mundo en medio de la indiferencia, la pobreza, el rechazo y la persecución, nos enseña que el “ser” está por encima del “tener”, del “hacer” o del “sentir”. En Belén ha nacido no solo el autor de la vida, sino el que autentifica y garantiza la dignidad de toda vida humana.

En muchas familias se vive esta Navidad con el dolor de no haber podido acompañar y despedir a nuestros mayores fallecidos por el Covid. ¡No se merecían esa muerte en soledad, sin la compañía de sus seres queridos! Seguimos sintiendo vivamente la necesidad de despedirles en conformidad a su dignidad y fe católica. ¡No dejemos de hacerlo! La Natividad de Jesucristo nos recuerda que nuestra muerte es un “nacimiento” para la vida eterna. El Niño Dios ha nacido entre nosotros, a modo de un puente trazado desde lo alto, para que nosotros podamos “nacer” a esa vida eterna.

Aunque mi felicitación navideña se dirige a todos los guipuzcoanos, quiero referirla especialmente a tantos ancianos que permanecen aislados por espacio de cerca de un año en los geriátricos. ¡Nuestra sociedad no ha sido justa con vosotros! ¡No lo hemos hecho bien, y os pedimos perdón!

En la postal de felicitación de la Navidad de este año, he insertado una frase pronunciada por Benedicto XVI que estimo especialmente crucial para el momento presente: «En Belén la soledad ha sido vencida». A vosotros, queridos ancianos, os dirijo esa buena nueva de forma especial. Cada una de las habitaciones de esas residencias es la cueva de Belén. ¡Jesús ha nacido en vosotros!

Y los demás, no olvidemos que una Navidad sin natividad es como una carcajada sin alegría… Eso sí, con Jesús hay alegría y sentido del humor, incluso en medio de nuestras lágrimas. Como decía San Juan XXIII, el “papa bueno”: «La risa, cuando es sin malicia, ensancha el corazón y así cabe mejor en él Jesús». ¡Jesús es nuestra esperanza!

 José Ignacio Munilla

miércoles, 23 de diciembre de 2020

LA GLORIA DE LA CARNE

     Hace 2.700 años, el primer Isaías, poeta genial, escribió: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombres descansa el poder, y es su nombre: Maravilloso Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz (Is 9,5).

      Siete siglos después, por los años 80 d.C., un médico evangelista llamado Lucas, otro poeta, contó: Unos pastores pasaban la noche al raso velando sus rebaños. Un ángel se les apareció y les dijo: Os anuncio una gran alegría. Os ha nacido un Salvador. Los pastores fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en un pesebre (Lc 2,8-16).

      Una década después, un teólogo místico, autor del cuarto evangelio, cuya identidad histórica nadie conoce, pero que no es ciertamente el apóstol Juan, en el prólogo de su evangelio sentenció: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14).

      ¿Hay forma de decir más en menos y con mayor belleza? Horizonte utópico, crítica política, sensibilidad humana, hondura mística, creación simbólica… No salgo de mi asombro, y debería simplemente escuchar, callar, mirar… y dejar que el corazón se ensanche y se fortalezcan las rodillas vacilantes. Pero déjame que vuelva a esas palabras navideñas desde estos umbrales de luz.

      Un niño nos ha nacido, dice Isaías, dirigiéndose a un “pueblo que camina en tinieblas”, como tantos y tantos pueblos de hoy. No celebra el nacimiento de ningún niño, sino la entronización del nuevo rey, Ezequías, descrito como hijo de Dios dotado de atributos divinos. Pero es ironía profética. El profeta, enseñado por la historia, sabía que ningún rey será salvador y, por lo tanto, divino. Parece ensalzar al rey, pero en el fondo lo denuncia, pues dirige la mirada a un futuro liberador que no nacerá de la dinastía de David ni de ninguna otra dinastía de sangre azul. ¿Será posible? La tenacidad sufrida del pueblo, la lucha pacífica por la justicia, la bondad creadora, el Aliento que nos habita lo harán posible, si dejamos que aliente.

      No temáis. Os anuncio una gran alegría, escribe Lucas. Unos pastores pobres –carentes de saber e impuros por oficio–, ángeles que les cantan y en lo más oscuro de la noche les anuncian: Os ha nacido un Salvador. María, José y un niño en un pesebre, nada de reyes, palacios, sacerdotes ni templos. Un niño en un pesebre. El mundo al revés. La pobreza solidaria, el poder de la ternura, la humanidad renaciendo desde abajo, la alegría de vivir recuperada, la paz y el respiro. He ahí lo divino, la gloria de Dios. Máxima ironía y la mejor noticia en un lenguaje de cuento para niños, para el corazón sin doblez.

      La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, declara el prólogo del cuarto evangelio. El oráculo insumiso del profeta y el relato imaginario del evangelista dejan paso al vuelo simbólico del teólogo místico. Pero el vuelo no se abstrae de la tierra y de lo concreto. La Palabra Sabiduría bíblica, Logos griego, Alma universal– habita en el corazón del mundo, de la materia animada que somos todos los seres. Y la Palabra, concluye, se hizo carne gloriosa y herida en la vida de Jesús, llena de libertad y de compasión. De su vida recibimos gracia tras gracia, y ahí se resume la verdad de cuanto es.

      Todo lo decible y lo indecible –el Misterio de la Navidad, el Misterio de Jesús, que es el Misterio de la vida y de todos los vivientes– estaba dicho en forma de profecía, mito y símbolo, y no era posible decirlo mejor. Pero hubo doctores y obispos que quisieron decirlo mejor, y lo convirtieron en doctrina y en el siglo IV definieron el dogma de la Encarnación: “El Hijo Único y eterno de Dios, sin dejar su naturaleza y su personalidad divinas, en Jesús nacido de madre virgen asumió la naturaleza (no la personalidad) humana, para, muriendo en la cruz, salvarnos del pecado original y de nuestros pecados personales”. Y enseñaron que Dios, desde toda la eternidad y en todos los tiempos pasados y venideros, solo se encarnó una vez: hace 2000 años, en el planeta Tierra, en la especie Homo Sapiens, en un hombre judío de Galilea llamado Jesús.

      Ese y otros dogmas ya no nos dicen nada, nos alejan de la Tierra y del aliento que la mueve, nos alejan de la vida, que es la única verdad revelada e infalible. Hay que desandar el camino hasta la vida de la que esos dogmas nacieron. Todas las palabras nacieron de la vida para llevarnos a ella, para hacerse carne, para hacernos vivir y, renovadas, rebrotar de la vida. Desandemos, pues, el camino, volvamos simplemente a la esperanza creadora del oráculo de Isaías, a la ternura y belleza desbordantes del relato de Lucas, a los símbolos abiertos, simples y pletóricos del cuarto evangelio: palabra, carne, casa.

      Liberemos el dogma de sus cerrojos. Quienes aún nos reconocemos en Jesús, hijo de María y de José, remontemos el dogma hasta la Fuente sin principio ni fin de la Encarnación abierta e inacabada, universal e incesante. La Encarnación no se realizó una sola vez ni de una vez para siempre. La Encarnación no está cerrada ni acabada.

      La Palabra o Energía o Espíritu o Dios habita, anima y une el corazón del Cosmos. Se expresa en la onda y la partícula, en la piedra, la planta y el animal. Se hace carne viviente, sintiente, inteligente. Habla, responde, ama de diversas maneras en todas las formas cambiantes que fueron, son y serán. Se hizo y seguirá haciéndose carne en todas las especies humanas que han existido en este planeta y en las especies posthumanas o transhumanas que existirán después del Homo Sapiens. Pasarán las lenguas, pasarán las religiones, pasarán las Iglesias y el cristianismo con todos sus dogmas, pero seguirá la Encarnación, la llamen como la llamen.

      Hoy, en esta Navidad y cada día, yo contemplo el Alma y la Gloria de la vida en la carne palpitante de Jesús y, con toda mi pobreza, yo también la quiero encarnar.

      José Arregui

 

martes, 22 de diciembre de 2020

O SEÑOR ESTÁ Á PORTA E CHAMA

No. No es el hombre el que busca a Dios, sino Dios quien busca al hombre. En el arca de la nada, Dios buscó al hombre para tener a quien amar. En la esfera terrestre buscó al género humano para cuidar de él con su providencia amorosa. En la madrugada infiel del hombre, Dios buscó a Adán para prometerle la redención.

Y se sucedieron incontables generaciones; y el corazón de Dios continuaba más herido de amor que de justicia. Y llegó la hora del perdón: no importa el precio. Lo que interesa es la reconciliación del cielo, con la tierra. Dios nos valora tanto, que Él mismo se hace precio de nuestro rescate. Entre el cielo purísimo y la tierra pecaminosamente ennegrecida, hay un abismo insalvable, pero el amor no entiende de distanciamientos ni los soporta. Dios se pone en camino como lo hiciera en la madrugada de la creación, pero con mejor suerte que en aquel amanecer. Ahora el hombre se hace el encontradizo mediante la unión hipostática de nuestra naturaleza pecaminosa y la suya santísima. En el seno virginal de María, Dios y el hombre se hacen amigos. Ella es el puente del que el Redentor se vale para pisar tierra. Es más, María es el campo previamente abonado con plenitud de gracia para el aterrizaje del Hijo de Dios en nuestro suelo. Ella dijo “sí”, y el proyecto redentor de Dios se hizo realidad. Sólo se requiere que al “sí” de María se una nuestro “sí” para que el amor redentor de Cristo contagie nuestras vidas. Hagámoslo pronto, puesto que al Señor le urge estrenar otro mundo, en el cual los hombres se comporten como hermanos y el pan abunde en todas las mesas.

Dios ofrece el remedio. Una humanidad sin valores cristianos es la pobreza más contundente para los seres más preciados del mundo. El creador los había enriquecido con toda clase de bienes de naturaleza y de gracia. El hombre era un verdadero “tú de Dios” pero se le ha antojado ser su competidor. La voluntad de su hacedor era que el hombre fuese un hermano entre los hermanos, pero la convivencia exige renuncia a los intereses personales y actitud dadivosa en favor del contendiente. Sin embargo, la mentalidad de los descendientes de Adán no les cuadra a los hombres de ayer ni a los de hoy. Se impone una nueva normativa moral que regule nuestros comportamientos cívicos. Y Jesús nos la ofrece con su ejemplaridad y su Evangelio.

Navidad es la cita de Jesús con nosotros. Está a la puerta y nos llama, ofreciéndonos un nuevo código de comportamiento para que esto cambie.

Nos ofrece su compañía, para que su proyecto se haga realidad. Con Él a nuestro lado, nada bueno es imposible; pero nuestra decisión apremia, porque el Mesías “está a la puerta y llama”. Salgamos a recibirle.

 Indalecio Gómez Varela

Canónigo Catedral de Lugo

 

lunes, 21 de diciembre de 2020

QUE ES LA NAVIDAD...?

 La Navidad es esa ternura que ilumina la historia humana, el cosmos sin medida del que somos parte. Es la confesión de que la bondad engendra y sostiene la vida. Es la fe en que todo está eternamente movido por un latido profundo, creador, más grande y poderoso que el universo, más tierno y pequeño que el corazón de un recién nacido. Es la promesa de que el bien prevalecerá. Y es el compromiso por hacer que así sea. Cada villancico navideño, cada figura de nuestros nacimientos te lo anuncia, como el ángel a María y a José: “No temas. Eres lleno, llena de gracia. La gracia es más fuerte que todos los daños, que todas tus contradicciones”. ¿Exagera la Navidad? De nosotros depende. 

Es el sueño más antiguo de la humanidad, y nada lo plasma mejor que la imagen de una madre con su hijo/a en brazos, una imagen presente en todas las culturas desde hace muchos milenios. La hallamos, por ejemplo, en la cultura neolítica Vincha a lo largo del Danubio de hace 5.000 años. En la misma época, conocemos sellos sumerios de la Diosa Madre Innana o Isthar con el niño en el regazo, e imágenes babilonias de Semiramis, madre virgen, con su hijo Tamuz en brazos. En el museo Vaticano se ve la escultura romana de la Diosa Madre Isis con su hijo Horus, del año 600 antes de Jesús.

No es extraño que los cristianos, desde muy pronto, representaran a María con el Niño. Uno de los primeros ejemplos lo tenemos en las Catacumbas de Pristila de Roma, del s. II: María está sentada con Jesús mamando en su pecho, mientras un tercer personaje señala una estrella. Es el icono de la Vida, del cielo en la tierra, de Dios en la carne. La ternura sostiene, nutre, cuida la vida. La bondad hace que Dios nazca y crezca en la tierra. No una bondad pasiva y sumisa, pues no es bondad; tampoco una bondad perfecta, pues no existe. La bondad concreta y siempre inacabada, activa y subversiva.

La Navidad es la fe en el poder de esa bondad. Es una invitación gozosa y amable a asentir a la vida, a dejarse llevar por este aliento vital poderoso y bueno que todo lo mueve, que palpita eternamente en todo cuanto es, desde las partículas de las partículas atómicas hasta las galaxias sin número ni medida. ¿De dónde nace ese aliento vital? No nace de la nada. ¿Acaso es fruto de un puro azar frío y ciego? ¿Existe acaso el “puro azar”, el azar absoluto? Claro que el azar interviene en el origen y en el desarrollo de la vida, de cada uno de nosotros, pobres y preciosos vivientes. Pero decir “azar” es una forma de decir que ignoramos el por qué. Por lo demás, tampoco el llamado azar se produce de la nada, sino que acontece en un universo infinitamente complejo, abierto, relacionado. También el azar, como todo cuanto es, tiene lugar “en Dios”, es decir, en el latido vital encarnado en todos los seres del mundo. El azar tiene lugar en un universo animado por el amor de la vida.

Nadie conoce todas las causas que explican su propio nacimiento, el nacimiento de la vida o del universo. Y la Navidad no explica por qué la realidad es como es, con todas sus muertes y dramas. Pero la Navidad proclama que, a pesar de todo, siempre podemos decir: “Todo está bien”. Es decir: “Todo puede llegar a estar bien”. La Navidad nos dice: “Ama la vida y acógelo todo como es, para que llegue a estar bien”. Cuando alguien abraza a su hijo, a su hija, o lo sostiene en sus brazos, sabe que la ternura, el cariño, el cuidado existen. Anhela que existan, y se siente llamado a hacer que así sea, para que la vida nacida de sus entrañas viva y crezca y sea feliz. En sus manos está, como el hijo o la hija que alza en brazos. “Hágase”.

Creo en la Navidad y quiero hacerla. Creo en la bondad. Creo en Jesús que, aun sin ser perfecto, pasó la vida haciendo el bien. Hágase también en mí. Será poca cosa lo que podemos hacer, pero hagámoslo, y crecerá sin fin.

José Arregi

 

viernes, 18 de diciembre de 2020

UN RECORRIDO POLO PÓRTICO DA GLORIA TRALA RESTAURACIÓN

¿Qué mensaje manda el pórtico de la Gloria? ¿Cuál fue su papel en el marco del proyecto de Mateo en la catedral de Santiago? ¿Cuál es su importancia? ¿Por qué está ahí? ¿Quiénes podían acceder a él? ¿Qué quieren decir las miradas y gestos de las esculturas? ¿Cuál es su significación en el mundo del arte? ¿En qué ha consistido la restauración y qué ha aportado? Responder a estas preguntas y a otras muchas, así como visibilizar el resultado del proceso de restauración de esta obra maestra del arte medieval con un recorrido completo por ella es el objetivo de la nueva publicación El pórtico de la Gloria. Una película rodada en piedra, de Teófilo Edicións.

En el libro se dan la mano los textos de Ramón Yzquierdo Peiró, director del Museo de la Catedral, las imágenes tomadas por el fotógrafo Denís E. F. tanto de día como de noche y una cuidada edición a cargo de Teófilo Edicións incluida en un estuche con estampación en oro. «Una vez terminada la restauración hacía falta un buen libro que explicase qué es el pórtico de la Gloria, qué significa, por qué está ahí, qué peripecias ha seguido…», aseguró Yzquierdo. Para ello, está articulado en dos bloques. El primero incluye un texto introductorio, mientras que la segunda parte es un recorrido fotográfico por las distintas partes del proyecto del maestro Mateo. «Se trata de la colección de fotos más completa realizada después de la restauración», añade el director del Museo de la Catedral, que acompaña con explicaciones esas imágenes que llevan al lector por la cripta, el nártex y la tribuna. «Casi toda la gente piensa que el pórtico son tres arcos, pero no es así. Se trata de un espacio con una personalidad propia dentro de la catedral, con un ceremonial propio y unos usos específicos», asevera el experto.

Las imágenes tomadas por Denís E. F. incluidas en la publicación «permiten explicar y desmenuzar bien cada una de las partes de lo que hoy es el pórtico de la Gloria porque no hay que olvidar que lo que vemos es un pórtico alterado, mutilado por las distintas intervenciones que ha habido a lo largo de la historia. Estamos viendo un pórtico distinto, que nunca será el concebido por el maestro Mateo porque no están el resto de elementos de su proyecto que lo acompañaban», incide Ramón Yzquierdo Peiró. Otro de los aspectos en el que pone énfasis el experto es en la escenografía ya que «cada escultura, cada relieve es por algo que nos quiere decir», recordando que en cada uno de los tres niveles «nos va contando una parte de esa historia de la Humanidad esculpida en piedra policromada por el maestro Mateo». En ese sentido, retoma el símil realizado por Manuel Rivas que definió el pórtico como «la primera gran película de la Humanidad rodada en piedra» al incluir desde Adán y Eva hasta el final de los tiempos.

lunes, 14 de diciembre de 2020

SAN JUAN DE LA CRUZ Y EL EXISTENCIALISMO

En la fiesta de San San Juan De la Cruz, ofrecemos un extracto del artículo escrito hace sesenta años por un estudiante de filosofía. Hoy su autor Daniel de Pablo Maroto, ocd es un notable experto en espiritualidad carmelitana. Pero su juvenil reflexión al sentido de la vida, expresada hace años, es muy relevante aún hoy. AD.

Hoy, día 14 de diciembre de 2017, recordamos la muerte del “medio fraile” como lo definió jocosamente la madre Teresa, pero con alma de santo e inteligencia de genio, de poeta y de místico. Mientras recuerdo su figura, sintonizo afectivamente con una gesta cultural de mis años de estudiante de filosofía en Ávila. He recuperado unos papeles que daba por perdidos en los que comparaba la doctrina del Santo con los pensadores existencialistas, tan de moda en los años 50 del siglo pasado, hijos de la ira, desesperanzados, no obstante haber saboreado el triunfo de la “diosa razón” que entronizaron los revolucionarios franceses a finales del siglo XVIII y de la que comenzaron a desconfiar.

Aquellos viejos papeles fueron a parar a una Revista del colegio filosófico de los carmelitas descalzos de “La Santa” –Studium– en el año 1958. Deseo que estas páginas de hoy —una parte mínima del original y redactadas de muevo—, sean un testigo de aquellos años heroicos de los colegios de filosofía y de teología de las órdenes religiosas y de los seminarios cuyos estudiantes fueron capaces, en medio de penurias económicas, de publicar revistas de pensamiento —¿científicas? — que alimentaron sus ilusiones intelectuales. Pero dejemos el pasado en su cronología estática y volvamos a la “pregunta por el hombre”.

Los filósofos existencialistas, sufridores de una de las peores catástrofes de la humanidad, como fue la segunda guerra mundial (1939-1945), idearon una filosofía para explicar la situación trágica a la que había llegado la humanidad. ¿Qué piensan sobre el hombre los filósofos existencialistas? Su esencia —vienen a decir— es su existencia; es pura contingencia, finitud radical, un ser angustiado, atormentado, arrojado a la existencia sin un destino preciso. Sartre lo define como “un ser que hace florecer la nada en el mundo”. “El hombre -dice- es una pasión inútil”. “El hombre —escribe también— se pierde en cuanto hombre para hacer que Dios nazca y que, al ser controvertida la idea de Dios, el hombre se pierda en vano”.

Negada la realidad de Dios que sustentó la esencia y existencia del hombre en la tradición cristiana, queda sustituido por el “superhombre” de Friedrich Nietzche y que concluye en el racismo más radical negando la existencia a los débiles. Nuestro Unamuno vivió, en algunos momentos de su vida, un pesimismo existencial: “la vida es tragedia y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella”, apunta en el Sentimiento trágico de la vida. Con este telón de fondo, acerquémonos a san Juan de la Cruz que, por una parte, define al hombre real como los existencialistas trágicos, pero su destino final no termina en tragedia, sino en el hombre liberado y transfigurado por la acción de Dios en él. Lo trágico -si podemos hablar así- está en la dureza del camino, un proceso de profunda purificación del compuesto humano, sus sentidos, su inteligencia y voluntad, que le dejan en un vacío existencial, “colgado entre el cielo y la tierra”, como condensó gráficamente el místico fontivereño.

San Juan de la Cruz considera al hombre como portador de esencias divinas que le definen como tal. Léase, por ejemplo, el Cántico Espiritual donde explica las “tres maneras de presencia” de Dios en el alma (estrofa11, 3). Es desde esta perspectiva como podemos estudiar el existencialismo en san Juan de la Cruz, que tiene dos variantes: la visión trágica del hombre y la optimista. Al primero —el trágico— le podemos aplicar algunas expresiones de la Subida del monte Carmelo y de la Noche oscura.

Por ejemplo, cuando explica en qué consiste la purificación del espíritu para conseguir la plena liberación de las ataduras del yo. “De aquí -escribe- es que trae en el espíritu un gemido o dolor tan profundo que le causa fuertes rugidos y bramidos espirituales, pronunciándolos a veces por la boca y resolviéndolos en lágrimas” (Noche, II, 9, 7). “De tal manera [la purificación de la noche] la destrica y descuece la sustancia espiritual, absorbiéndola en una profunda y honda tiniebla, que el alma se siente estar deshaciendo y derritiendo en la faz y vista de sus miserias con muerte de espíritu cruel” (Noche, II, 6, 1). Son expresiones que posiblemente estrenaba la lengua castellana en la pluma de san Juan de la Cruz.

Pocos autores han pintado un cuadro tan sombrío, angustioso y real. Ni los existencialistas más trágicos soñaron que podrían darse estas situaciones en las que el dolor angustioso del alma fuese tan profundo. A veces, Juan de la Cruz nos sorprende con un escepticismo velado como cuando escribe: “El hombre ninguna cosa puede de suyo que sea buena” (Llama, 4, 9. Aviso 60). O también: “¡Oh, miserable suerte de vida donde con tanto peligro se vive, y con tanta dificultad la verdad se conoce […]. ¡En cuánto temor y peligro vive el hombre, pues la misma lumbre de sus ojos natural con que se ha de guiar es la primera que le encandila y engaña para ir a Dios” (Noche II, 16, 12).

Pero en él abunda también lo que podemos llamar el existencialismo optimista que compensa el cuadro tenebroso que ha dibujado y abre al hombre un camino de esperanza para los que viven en profundidad la fe cristiana. “En el matrimonio espiritual —dice el Maestro— no se goza el alma sino de Dios, ni tiene esperanza en otra cosa sino en Dios” (Cántico, 28, 4). También qué rudo contraste encuentra el lector de estas dos sentencias: “¡Con cuanta dificultad la verdad se conoce!”; atenuada con esta otra que vale por todo un libro: “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo” (Avisos, 32).

Para concluir, recuerdo que todo el pensamiento de san Juan de la Cruz gira en torno a tres conceptos: Dios, el hombre y la confrontación entre ambos. Y no tiene más que esta finalidad: cómo el hombre supera su finitud y sus deficiencias en una relación de amor con Dios hasta transformarse en Dios en el matrimonio espiritual. “Así —escribe— como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios sustancialmente en toda el alma o, por mejor decir, el alma se transforma en Dios” (Cántico, 27, 5). En esta perspectiva cristiana del místico, el hombre adquiere su plena significación en el concierto de la creación, la trasciende y es su coronación por su dignidad superior. Se puede decir que, en una visión existencialista, el hombre da sentido a todas las cosas existentes. Así es de limpia la solución dada por Juan de la Cruz al problema de Dios en la vida del hombre.

¡Qué diferente es el Dios de los existencialistas —los que lo admiten como una realidad— del conocido y dibujado por san Juan de la Cruz! Por ejemplo, y con ello termino, oigamos lo que dice Karl Jasper. “Ahora se ve bien en qué sentido se puede decir que el ser de la trascendencia es captable o cognoscible. Lo es como una aproximación o como una proximidad, pero de tal modo, sin embargo, que nunca llegue a ser objeto para mí el Dios que se me acerca […]. El Dios de la trascendencia es un Dios oculto y la peculiaridad de la divinidad es exigir que el hombre permanezca siempre, respecto a él, en la angustia y en la duda”.

Mientras hacemos memoria del santo de Fontiveros en el día de su muerte, olvidemos el existencialismo trágico de tantos filósofos atormentados para pensar que nuestro último destino es Dios.

Texto tomado del portal editado en el Carmelo de Puçol (Valencia), Teresa, de la rueca a la pluma

 

EL ADVIENTO, OFERTA DE GOZO Y DE PAZ

La variante temperatura estacional nos puede servir de referente para explicar el comportamiento del hombre en la historia de la salvación.

La temperatura de esta estación es invernal: La nieve cubre los campos, y el frío congela las aguas. Pero volverá la primavera y con su cálido clima, la floración hermoseará nuevamente los bosques y las praderas. A la primavera seguirá el estío rico en espigas, y al estío seguirá el otoño generoso en frutos.

También la historia del hombre pasó por el invierno de la gracia: en esa estación conductualmente invernal, la humanidad no se distinguió por su floración ni por sus frutos de santidad. La invernía de nuestro mal comportamiento privó al mundo de su riqueza original e inoculó en el corazón del hombre parálisis para toda obra buena. Pero para Dios nada hay imposible, y el poder y bondad del Señor se comprometieron en devolver al hombre su primitivo estado de gracia. Así nos lo hacen ver los tres personajes del adviento: el profeta Isaías, recordándonos las promesas de redención del Señor. San Juan Bautista, anunciándonos que “El Redentor está a la puerta, y llama”; y la Virgen, acogiendo al Hijo de Dios en su seno virginal, convertido ahora en el primer sagrario del mundo.

El adviento es la síntesis del misterio de la redención. En el proceso de este misterio redentor existen unas constantes que marcan el camino que nos conduce a la reconciliación con Dios. Son las siguientes: Reconocer que necesitamos ser redimidos. Por nosotros mismos no podemos recuperar nuestras buenas relaciones con Dios; Pedir que venga el Redentor y nos salve; y acoger al Salvador, que no se presenta con semblante de juez, sino con mano acogedora. Las crisis producen pesimismo, derrota y tristeza. Por el contrario, la esperanza engendra gozo y paz. Este es el mensaje del presente domingo: ALEGRAOS, TENED PAZ. Alguien dirá: no podemos tener paz ni hay lugar para el gozo mientras exista tanto mal en el mundo. Cierto que no se puede ignorar la existencia del desorden en nuestra sociedad. A la vista están la creciente increencia en nuestro entorno. La oleada de inmoralidad por doquier; el desprecio multitudinario de los valores cristianos; el abandono masivo de la práctica religiosa… Pues, a pesar de todo, “alegraos y gozaos de todo corazón, porque el Señor ha cancelado tu condena y se complace en ti, te ama y se alegra con jubiló”, ya que en este mundo, el bien sobrepasa al mal. Son más los justos que los malvados; somos más los que creemos en Cristo, que los que reniegan de él; somos más los que amamos a la Iglesia, que los que la persiguen… Y aunque fuésemos menos en número no somos un “residuo” moribundo de un cristianismo agonizante, si no el “resto” revitalizador de un cristianismo actualmente asediado por las fuerzas del mal, a las cuales estamos dispuestos a resistir desde la iglesia de Jesucristo, “siempre perseguida pero nunca vencida”. Pues, alegría y paz, porque, aunque odiados y maltratados, nunca seremos derrotados, porque “yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”, dice el Señor.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

viernes, 11 de diciembre de 2020

A HUMILDADE DE XOAN

 "No hay humildad tan verdadera como hacer mayor al más pequeño, esto es, darle a cada uno la importancia que necesita"

"Detrás de mí viene el que puede más que yo" (Mc 1, 1-8)

Me parece que hay dos maneras de ser humilde. Una consiste en quitarse importancia a sí mismo. La otra, en dársela a quien necesita que se la demos. La ascética tradicional ha recomendado vivamente la primera pero descuidado, ignorado incluso, la segunda. Por eso, en el trigal de los hombres con fama de virtud, ha crecido la cizaña de los recelosos ante otra especie de virtud que no sea la ya reconocida.

De Juan, el precursor del Mesías, sabemos, sin embargo, que fue trigo limpio. Él no era "el que había de venir" pero supo prepararle el camino. Pudo pasar por Mesías y ser aclamado entre la gente pero escogió ser la voz del que grita en el desierto. Fue la voz, no la Palabra. La Palabra, observa San Agustín, ha creado la voz de los profetas de ayer y de hoy, cuya figura y cumbre es Juan el Bautista. 

"El mayor de los nacidos de mujer, si bien el más pequeño es mayor que él", en palabras de Jesús. Y es que si "humildad es andar en verdad", como proclama nuestra santa más humana y universal, no hay humildad tan verdadera como hacer mayor al más pequeño, esto es, darle a cada uno la importancia que necesita.

Ser la voz de la Palabra, abrir camino a quien necesita andar el suyo, poner la luz en el candelero para que ilumine toda la casa. Sin recelos propios de hombres, tal vez, faltos de miras: con fama de virtud pero con miedo.

 

A VOLTAS CO ADVENTO

 A graza é o don máis prezado de Deus ao home. É o sol da vida. Sen o sol, o día faise noite. Sen a graza, a vida faise morte. Os cristiáns que perderon a graza santificante, son cadáveres ambulantes.

Así se comportou o Señor connosco. Primeiro foi o bico de Deus, despois, a maldade dos homes. Cando nacemos, hai en nós máis graza que pecado. Coa graza podémolo todo. “Abóndache a miña graza”, díxolle o Señor a San Paulo.

Pero tamén o pecado ten forza sedutora. Por cada promesa de felicidade, esíxeche unha porción de liberdade, ata facerche escravo. Con todo, non é invencible. Deus vén na nosa axuda: “estou á porta e chamo”.

O Advento mira ao Nadal, como a primavera mira ao verán. O Advento é tempo de gozosa esperanza e de cristiá responsabilidade. O home é máis o que espera que o que posúe. A esperanza convérteo en conquistador; estimúlao a buscar algo mellor.

Ningún ben comparable a Deus no noso mundo, nin na vida de cada un de nós. Esa divina bondade ofrécenos Xesucristo no Nadal. Hai que facer sitio ao Mesías Salvador. O Bautista úrxenos abrir as nosas portas ao Señor e a acollelo con corazón limpo. Imponse un cambio radical no mundo. Dá a impresión de que no noso mundo non hai espazo para Deus. A nosa sociedade non valora a Deus, pero necesítao.

Urxe cambiar o derrotismo polo convencemento de que “outro mundo é posible”.

Urxe que cambiemos nós mesmos, convencidos de que “unha vida máis cristiá é posible”.

Urxe cambiar xa, porque o mañá non é noso e porque ao Señor agrádalle a inmediatez. Urxe cambiar o ambiente, xa que os ambientes, bos ou malos, son o resultado de moitos comportamentos concretos, e o ambiente actual é refractario a Deus e aos seus divinos valores.

Urxe cambiar o convencemento de que nós sós podemos cambiar o mundo. Necesitamos a axuda do Señor. Nós non podemos facer nada bo sen a graza do alto. O Advento que acabamos de estrear, lémbranos que o Señor quere regalarnos os seus dons. Abrámoslle a nosa alma agora que chama á nosa porta. Non deixemos para mañá a oferta de graza que Xesús fai hoxe. El gusta das respostas inmediatas: “Zaqueo baixa deseguida”, e a salvación entrou na casa de Zaqueo.

Tamén entrará na nosa, se nos abrimos á súa chamada, e o mundo será digna morada dos fillos de Deus.

Indalecio Gómez

Cóengo da Catedral de Lugo

 

lunes, 7 de diciembre de 2020

De nuevo es Adviento

     De nuevo es Adviento, y suenan como nuevas las profecías escritas por Isaías hace 2700 años, que se dice fácil: No alzarán la espada pueblo contra pueblo, no se prepararán para la guerra (Is 2,4). Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz (Is 11,1). Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos, el niño de pecho jugará junto al escondrijo de la serpiente (Is 11,6-8). El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará de la Tierra el oprobio de todos los pueblos (Is 25,8).

      De nuevo es Adviento, y no es menor la emoción –un poco más afligida, eso sí, viendo en el mundo lo que vemos– cuando desde el fondo de los siglos y de los milenios, desde el corazón de la humanidad y de todos los vivientes con todas sus pandemias, nos llegan de nuevo los ecos de esas y otras profecías mesiánicas, cuando cada domingo encendemos un nuevo cirio junto a las hojas verdes, cuando volvemos a entonar los cánticos de siempre, cuando cada día, mañana y noche, vuelvo a mi mantra preferido: Maranatha (“Ven, Señor”). Eso significa Adviento (en latín) o Parusía (en griego): Venida. Un substantivo y, sobre todo, un verbo conjugado en todos los tiempos: Vino, Ven, Viene, Vendrá, más allá del tiempo que marcan nuestros relojes exactos.

      Sí, pero ¿quién es el sujeto de este Adviento? ¿Quién o qué vino, viene, vendrá? Hay muchas formas de decirlo.

      Allá por el año 28 de nuestra era que llamamos “cristiana”, por las aldeas campesinas cerca del lago de Galilea, entonces provincia romana de Palestina, un joven profeta llamado Jesús, natural de Nazaret, lo dijo a su manera: “Mujeres y hombres ahogados por las deudas y el hambre, atormentados por la enfermedad y las pandemias, sometidos por el Imperio y el Sanedrín, ¡alegraos! Dichosos vosotros, bienaventurados, porque viene Dios, porque llega vuestra liberación”.

      Pero no vino nadie y todo siguió igual, salvo un grupito de hombres y mujeres en cuyo corazón había prendido la esperanza palpitante, y salvo Jesús que fue detenido, sumariamente juzgado y cruelmente crucificado. Uno más. Y así hasta hoy. Siguen llegando cayucos, miles de inmigrantes se hacinan en condiciones deplorables en el muelle de Arguineguín (Islas Canarias), y la jueza considera que no se ha cometido con ellos ningún delito y archiva el caso. Será la jueza o será la ley y será legal, pero no es la justicia que esperamos.

      ¿Y de qué sirve la esperanza? La esperanza transforma el luto en Adviento, como sucedió en unos pocos seguidores de Jesús, y no necesitaron para ello más milagro que el aliento que cura la memoria y empuja la vida, como transforma la hoja que cae. “El mártir Jesús no ha quedado en la tumba –dijeron María de Magdala primero y Pedro después–, sino que su descenso al infierno de la historia ha sido la ascensión a la Fuente de la Vida, como está escrito de todos los mártires en nuestras escrituras inspiradas”. Así lo creo también yo.

      En coherencia con su imagen de Dios, del mundo y de la historia, ellos pensaron además que Jesús, el mártir exaltado de los últimos tiempos, constituido por Dios como Mesías o Cristo universal, volvería muy pronto –cuestión de meses o de años– para dar cumplimento a todo lo anunciado, para acabar por fin con las angustias y opresiones de este mundo y estrenar el mundo según las Bienaventuranzas que aún resonaban en sus oídos. E invocaban a Jesús para que volviera ya del cielo y se acabara la tristeza en la tierra: Maranatha (“Ven, Señor”). Era su manera de animar la esperanza activa, y eso era lo que importaba entonces y nos importa ahora.

      Jesús no vino ni vendrá de lo alto como lo habían imaginado, ni habrá fin del mundo, ni siquiera cuando la Tierra acabe siendo absorbida por el Sol dentro de 5.500 millones de años. ¿Se engañó, pues, Jesús, cuando anunciaba el fin de la miseria y de la opresión a las pobres de Galilea en Palestina? No. Aun cuando todas las imágenes que tuvo de Dios y todas las ideas que se hizo del futuro fueran erróneas, y así fueron seguramente, Jesús no se engañó. Vivió en Adviento, en esperanza inspirada y activa, y quien espera no se engaña, como no se engaña quien respira.

      Tengo ante mí dos iconos que desde hace más de 30 años me acompañan todos los días en mi mesa de trabajo y en mi rincón de meditación: el Jesús crucificado de la capilla de San Damián ante el que el joven Francisco de Asís (s. XIII) encontró la luz en su búsqueda oscura, y el Cristo Salvador de Rublev (s. XV), lleno de dulzura y armonía. Vuelvo los ojos a Jesús, pues decir Jesús es para los cristianos, también para mí, una manera –hay otras muchas, religiosas y laicas– de decir, invocar, abrazar la presencia y el anhelo que laten en el Corazón de todos los seres. El Todo más grande que la suma de las partes. Y mientras respiro con el Universo repito: Maranatha.

      De sus labios silenciosos, del fondo de mis desalientos y contradicciones, me llegan palabras de promesa y de llamada: “Oh hombres y mujeres de todos los tiempos, cristianas o no, creyentes o ateas, el Adviento no es pasado ni futuro, es encarnar la Presencia buena en la que todos somos Uno. Yo viví mi Adviento, vivid vosotros el vuestro que, al igual que el mío, es el Adviento de toda la humanidad, de todos los vivientes, del Universo entero”.

José Arregui,

 Aizarna, 6 de diciembre de 2020

 

martes, 1 de diciembre de 2020

ADVENTO GOZOSO E RESPONSABLE

La palabra «adviento» significa «venida», y la utilizaban los paganos para expresar la venida periódica de las divinidades que, de cuando en cuando, se hacían presentes en el templo, que para ellos era un lugar sagrado. En el léxico coloquial, lo utilizaban también para recibir al emperador, al cual consideraban como un ser divino.

En el lenguaje cristiano, en un principio, se llamó «adviento» a la última venida del Señor, juez de vivos y muertos; pero al establecerse la fiesta de navidad, empezó a llamarse «adviento» al tiempo que precede al nacimiento de Jesús en Belén. Y desde entonces, hubo como un desdoblamiento del Adviento: uno de preparación para la Navidad, y otro de preparación para la Pascua. El primero se caracteriza por su ambiente de oración y esperanza, y conserva el nombre de «adviento litúrgico». Y el segundo se caracteriza por un clima de conversión y de penitencia, y se denomina «cuaresma».

En estos momentos nos referimos al Adviento litúrgico, qué implica «espera y compromiso». Vivimos en «esperanza», porque el mundo aún no se ha concienciado plenamente de la venida redentora del Mesías, y súplica que su misión redentora no se haga esperar. Nuestra súplica es gozosa y temerosa. Gozosa, porque la encarnación del Hijo de Dios es portadora de salvación para todos y, a la vez, es comprometedora para nosotros, porque la redención no es impositiva, sino oferta amorosa y martirial por parte del Señor y debe ser acogida y agradecida por nuestra parte. A este respecto puede servirnos de ejemplaridad el comportamiento de los pastores, los cuales, informados del nacimiento de Jesús, acudieron a ofrecerles sus dones, y también la actitud de los Magos, que acudieron presurosos a adorar al Hijo de Dios, que acababa de pisar tierra.

El Adviento debe de vivirse en clima de esperanza, porque nos advierte que se acerca nuestra liberación. La esperanza mira un futuro halagüeño. El temor también mira a un futuro, pero indeseable. El Adviento mira a un futuro grandemente deseado: la venida del Salvador. La esperanza de Adviento es gozosa: las promesas del Señor están a punto de cumplirse. Y esto nos causa inmenso gozo. Pero es también esperanza responsable, porque el Salvador llama a nuestra puerta con la ilusión de que nosotros le permitamos entrar. Esta es nuestra responsabilidad. De nosotros depende que Jesucristo pueda entrar en nuestras vidas o que tenga que pasar de largo. Para sortear este riesgo, el Papa San Juan Pablo II, nos repetía con voz vibrante y corazón enardecido: «Abrid las puertas a Cristo». Estemos pues, vigilantes para que «entre» tan pronto venga y llame. El Precursor prestó un magnifico servicio al plan salvífico del Mesías: primero preparó al pueblo para que le reconociera y lo recibiera, y después lo señalo ya presente entre los hombres. Tomemos ejemplo y escuchemos a este buen pregonero. Celebremos con gozo la próxima llegada del Mesías y preparemos los caminos para que su salvación irrumpa con fuerza en todos los ambientes de nuestro pobre mundo.

Solo entonces será Navidad.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo