miércoles, 21 de julio de 2021

GALICIA, EXPORTADORA DE VALORES

Galicia siempre ha sido tierra de sabios y de santos. Quisiera consignarlos a todos en estas breves líneas, pero la limitación de espacio sólo me permite recordar a unos pocos, teniendo que silenciar a otros muchos.

En la rica hagiografía de nuestra tierra figuran los nombres del orensano Sebastián de Aparicio, que desarrolló su labor misionera en tierras americanas. El, también orensano, Francisco Blanco, misionero en Filipinas y Japón. Pedro Vázquez, dominico, natural de Verín, que después de penoso cautiverio en la cárcel, murió quemado en Sacobata. Juan de Buenaventura, natural de Tui, misionero en el Japón, que prefirió ser quemado vivo, antes que claudicar de su fe cristiana. Juan Jacobo Fernández, que partió para Tierra Santa, y en Damasco sufrió el martirio a manos de los turcos. Juan Vivero, apóstol en el Perú. El lucense Teodoro Quirós y Fray Jerónimo de Ulloa, coruñés, misionero ejemplar en tierras de Cabagán y Tuburao. Y el betanceiro, Pedro de Santa María de Ullos, que recorrió los inmensos territorios de América y África

La historia nos dice que Galicia ha sido siempre tierra de sabios, de Apóstoles y de mártires. Sin embargo, los investigadores gallegos, justamente reiterativos en el recuerdo de las figuras eminentes de la ciencia, del arte e incluso del deporte, con frecuencia silencian los nombres de nuestros héroes al servicio del Evangelio. Este es nuestro pecado. Pecado contra la historia, si desconocemos los nombres de quienes lo dieron todo en favor de los más necesitados. Y pecado contra la jerarquía de valores, si infravaloramos el heroísmo de los que propagaron los valores prioritarios del ser humano, más allá de nuestras fronteras.

Cuando por todos los medios se procura promocionar otros valores de la tierra y dar a conocer a otros hijos ilustres de nuestros pueblos, es inexplicable que dejemos caer en el olvido a personajes tan eminentes como nuestro san José Mª Díaz Sanjurjo, cuya fiesta celebraremos el próximo martes del corriente mes. De su universalidad nos hablan los 20.000 kilómetros que separan su cuna de su tumba: Lugo y Vietnam. Nació en Sta. Eulalia de Suegos, una parroquia rural de nuestra diócesis, el 25 de octubre de 1818 y fue bautizado al día siguiente en la iglesia de su pueblo. A los 10 años comenzó sus estudios en la pasantía de don Manuel José Domínguez, profesor del Seminario y destacado la latinista. En el curso 1.831-32, ingresó en el Seminario Conciliar, donde cursó los estudios de filosofía, de cuya disciplina tuvo como profesor, entre otros, al P. García Gil, que más tarde sería arzobispo de Zaragoza, y Cardenal de la Santa Iglesia.

Lugo ha tenido muchos hijos ilustres; entre ellos, san José Mª Díaz Sanjurjo brilla con luz propia por su virtud y ciencia: Dr. en ambos derechos, autor de un tratado de Derecho Natural, Profesor Universitario en Manila, Misionero del Tonquin (hoy Vietnam), Obispo de Platea a los 30 años y mártir de Cristo a los 38. Es un lucense que lo dejó todo para darse del todo a todos. Este joven lucense amaba su tierra, amaba a su familia, se le presentaba un futuro esperanzador: podría triunfar en la vida, pero contempló el panorama idolátrico del extremo Oriente, se dijo: ¿qué les pasará a los habitantes del Vietnam, si yo me mantengo en mi patria chica? Y tomó la decisión de irse a vivir con ellos, dispuesto a morir por ellos. Y todo ocurrió así: convivió algún tiempo con aquellas gentes; les dio lo mejor de sí mismo, abriéndoles caminos de esperanza temporal y eterna… y a los 38 años de edad, su sangre martirial fecundó evangélicamente las tierras vietnamitas, pidiéndole al Señor que aquellas gentes nunca se olvidasen de las enseñanzas que con tanto ardor les había transmitido como testigo del Evangelio.

 Así ha sido nuestro santo: bien merece nuestro aprecio y nuestra estima. Pues procuremos imitarlo, ya que, en el cielo, aún quedan muchas plazas libres.

 

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo