domingo, 23 de enero de 2022

23 DE XANEIRO: PALABRA DE DEUS

El tercer domingo del tiempo ordinario, este año el 23 de enero, la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios. El papa Francisco instituyó esta Jornada el 30 de septiembre de 2019, con la firma de la Carta apostólica en forma de «Motu proprio» Aperuit illis, con el fin de dedicar un domingo completamente a la Palabra de Dios. 

El área de Pastoral Bíblica de la Comisión Episcopal para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado ha editado unos materiales para contribuir a la celebración de esta Jornada: una presentación del director del secretariado de esta Comisión, Francisco Julián Romero; un método para ayudar a leer la Palabra de Dios; y un subsidio litúrgico para el celebrante y otro para el monitor.

La Palabra de Dios alimenta la vida

«La Palabra de Dios alimenta la vida» es el título que ha elegido Francisco Julián Romero para el texto de presentación de la Jornada de este año. Un título con el que une el Domingo de la Palabra de Dios a la celebración del Sínodo que celebra la Iglesia. «La Palabra -explica- es el alimento para la vida que precisamos en este caminar juntos como pueblo de Dios. Ella es como la sabia que en nuestro interior nos da ilusión, esperanza y deseo firme para seguir por el sendero de Dios y hacer presente su reino». Además, invita «a leerla en comunidad y con el sentir de la Iglesia».

Ante los interrogantes que plantea la rutina diaria de la vida personal y eclesial, propone buscar la respuesta en la Palabra de Dios que es «la luz que resuelve sus dudas, que afianza sus convicciones, que responde a sus preguntas y que refuerza sus inquietudes».

Además, ofrece algunas recetas para que acercarse a la Palabra produzca estos frutos. Y lo hace acudiendo a Benedicto XVI, san Agustín y el papa Francisco: dejar un espacio a la Palabra de Dios en nuestro día a día y leer la Biblia entrablando una conversación con Dios, sabiendo que allí está el Señor para hablarnos y para revelarnos sus secretos más íntimos.

Francisco Julián Romero termina su presentación reclamando que esta Jornada no se quede en una efeméride si no que sea una ocasión para afianzar «en la vida personal, comunitaria y pastoral el valor de la Palabra de Dios y la inquietud por leerla, meditarla y convertirla en alimento para la vida personal, comunitaria y pastoral». Especialmente en este tiempo de Sínodo, «afiancemos de este modo el camino sinodal que estamos recorriendo. De esta manera tendrá una mayor fecundidad nuestro caminar juntos».

¿Cómo leer la Palabra de Dios? Método de la lectio divina

La lectio divina es una antigua práctica que enseña a leer, meditar y vivir un texto de la Palabra de Dios por medio de un método muy sencillo que consiste en seguir varios pasos. Este método se incluye entre los materiales para la preparación de esta Jornada.

Preparación previa

Como preparación previa hay que buscar la lectura que se va a meditar junto con aquello que vamos a necesitar de ayuda o apoyo para la comprensión del texto, su profundización y reflexión. Después, se hace la señal de la cruz, y tras un momento de silencio, la Oración de preparación.

Empezamos: guía paso a paso

Lectura de la Palabra de Dios: ¿qué dice el texto? Leemos el texto las veces que sea necesario hasta que comprendamos bien lo que en él se dice. Hay que hacer una lectura pausada. Este momento es de suma importancia. Es necesaria la comprensión de lo que la Palabra narra.

¿Qué me dice Dios con este texto? Tras otra lectura nos detenemos a preguntarnos lo que el Señor nos ha dicho por medio del texto. Es el momento de la profundización de la Palabra de Dios para acogerla en nuestro interior. Dios cuando inspiró al autor quiso hablar a los hombres. Intentamos descubrir el mensaje divino contenido en el texto: ¿qué me dice el Señor?, ¿qué mensaje particular me quiere Dios hacer llegar? Tomamos el tiempo necesario para descubrirlo. Lo hacemos con serenidad y paz.

Ora. Habla con Dios sobre lo que te ha comunicado. Dialoga con el Señor sobre lo que has descubierto en este texto. Puedes, si es necesario y lo quieres expresar, darle gracias, pedir perdón, alabarle, adorarle, hacerle alguna petición… dile todo lo que esté en tu corazón. Cuéntaselo con sinceridad.

Contemplación: queda unos instantes en silencio en la presencia de Dios. No digas nada. Solamente pon tu pensamiento y tus afectos en el Señor.

Acción: es el momento de concretar lo que el Señor quiere que vivas de lo que te ha dicho. No hay que ponerse muchos propósitos. Intenta concretar y decide realizar una acción o a lo sumo dos. Ve cómo la(s) puedes poner en práctica en tu vida real y concreta.

Terminamos con una oración final de acción de gracias: da gracias al Señor por esta lectio divina que has vivido.

Divulgar la Palabra de Dios y valor ecuménico

El papa Francisco instituía esta Jornada el 30 de septiembre de 2019 con la firma de la Carta apostólica en forma de «Motu proprio» Aperuit illis.

El Pontífice propone este Domingo dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios:

Para comprender la riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo.

Para que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable.

 Para que nunca falte la relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe.

Además, la celebración se ha hecho coincidir con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Un tiempo «en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad».

Conferencia Episcopal Española


martes, 18 de enero de 2022

ORAD SIN CESAR

Ya hemos superado un siglo de ecumenismo. Este tiempo nos llevó a una transformación de la relación entre las distintas iglesias que profesamos la misma Fe, compartimos el mismo bautismo y oramos al mismo Padre.

Pero mientras nosotros nos reunimos en paz y oración, muchos hermanos nuestros sufren persecución y martirio a causa de su Fe, de nuestra Fe común.

Comenzando el tercer milenio el cristianismo vuelve a ser la Fe mas perseguida. Hoy se persigue a los cristianos, no ya por ser de una comunidad o jurisdicción eclesiástica, no por ser ortodoxos, católicos, luteranos, anglicanos, etc. simplemente por ser cristianos. Tenemos un martirologio común, un ecumenismo de mártires, una prueba de que todo elemento de división es superado y vencido con el don total de si mismo a la causa del Evangelio. Vemos como Dios ha mantenido la comunión entre los bautizados en la exigencia suprema de la Fe, manifestada por el sacrificio de la propia vida. Que estos mártires que en la gloria con el Padre viven en plena comunión, intercedan por nosotros para que nos lleve a superar las piedras en el camino hacia ese encuentro común.

Llama la atención que leyendo el Nuevo Testamento podemos observar mas diferencias en la forma de vivir la Fe y el cristianismo en las comunidades de la iglesia cristiana primitiva que entre algunas denominaciones cristianas de las iglesias de hoy y conservaban la comunión y la unidad entre ellos. Entonces ¿qué nos está pasando a nosotros? Qué es lo que estamos haciendo mal para que el pueblo de Dios siga dividido? ¿Nos lo hemos preguntado alguna vez o simplemente nos creemos en posesión de la verdad absoluta y esperamos que sea el otro el que venga a nuestra casa, porque nosotros somos los buenos…

Debemos ser muy conscientes todos que la comunión entre nosotros no es un tema de diálogo, de estudio, de conocernos… todo esto es necesario, y conocernos es mucho mas necesario todavía, pero la comunión entre nosotros es un tema de oración. Oración desde lo mas profundo del corazón. “Orad sin cesar…, pedid y se os dará…, llamad y se os abrirá…”

Dice el Evangelio: Cuando llegaron al gentío, vino a El un hombre que se arrodilló diciendo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.… Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora. Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe… esta clase de demonios no sale sino con oración y ayuno. (Mr. 9.14-29; Lc. 9.37-43).

Este, solo éste es el camino que nos llevará a sentarnos en la mesa común a la que hemos sido invitados…

La comunión entre todos los cristianos es un tema de humildad y de oración, de mucha oración… y de encontrarnos, de conocernos, de compartir, de orar juntos, de hablarnos al corazón… de sentirnos hermanos de verdad… De sentirnos sarmientos injertados en la única Vid que es Cristo. Solo así daremos fruto.

La historia nos ha llevado a desconfiar los unos de los otros y en consecuencia a distanciarnos cada vez mas… Solo la búsqueda y el Don del Espíritu Santo han hecho que de nuevo volvamos a encontrarnos, volvamos a orar juntos, volvamos a tratar de conocernos mutuamente, volvamos a entender que no es Cristo quien está dividido, somos nosotros los cristianos, todos los cristianos, los divididos, los separados, los que no hemos entendido el mensaje del Divino Redentor. La historia está llena de desencuentros, de faltas de caridad, de egoísmos mutuos, pero la comunión entre todos los cristianos ha de producirse siempre desde la oración sin cesar, del acercamiento mutuo, del respeto a la diversidad y el sentirnos todos hermanos, hijos del mismo Padre, bautizados en nombre del mismo Redentor, compartiendo los mismos sacramentos y peregrinos todos hacia esa Casa Común, hacia la Casa del mismo Dios que nos ha redimido. Esa comunión cristiana depende de nosotros, de cada uno de nosotros, así que no pasemos la responsabilidad a los otros, a los de arriba, a eso que llamamos iglesia que a veces es una forma de desentendernos de nuestro compromiso como cristianos, porque eso que llamamos iglesia, eso mismo somos nosotros, no son los sacerdotes, los obispos… somos nosotros, cada uno de nosotros, cada uno de los cristianos, cada uno de los bautizados y por eso debemos entender cuanta responsabilidad, cuanto compromiso hay en nuestra condición de cristianos.

Si cada uno de nosotros, viéramos al otro como nuestro hermano, independientemente de la jurisdicción cristiana a la que pertenece, si entendiéramos que el otro, ese que está a nuestro lado, es como nosotros un buscador de la Verdad Revelada, un seguidor del Mensaje Supremo del Divino Redentor, si entendiéramos que en el otro también el Espíritu Santo habita en su corazón, si entendiéramos que ese otro también se acerca con Fe a la Sagrada Mesa del Altar y recibe en su corazón el cuerpo y sangre del mismo Cristo resucitado hecho presencia real para él… si entendiéramos todo ésto, entonces sí… entonces entenderíamos de verdad el ecumenismo.

¿Que responsabilidad tenemos nosotros en esta situación? “Vosotros sois la luz del mundo”, dijo el Maestro. “Vosotros sois la sal de la tierra…” Somos nosotros luz para el mundo? Somos nosotros la sal para la tierra..? Hoy sí me gustaria pedirles que nos olvidáramos del ecumenismo, que nos olvidáramos de la unidad de los cristianos solo por unos instantes y que miremos a nuestros corazones, que es el lugar de Dios dentro de nosotros mismos y nos preguntemos, ¿somos nosotros luz del mundo? Quién es el mundo para mi? Qué luz ven en mi los que me rodean? Mis padres, mi cónyuge, mis hermanos, mis hijos, mis compañeros de trabajo, mis amigos… qué luz ven en mi? Los paganos cuando hablaban de los primeros cristianos, decían: “mirad como se aman”. Los primeros cristianos cumplían el mandamiento del Maestro… y hoy los paganos de nuestro tiempo qué dicen de nosotros? Qué dicen de mi? No lo que dicen del que está a mi lado, o lo que dicen de aquel cura de aquella parroquia… Cuando alguien se acerca a nosotros, qué recibe? Recibe amor, paz, consuelo, ayuda, comprensión, disponibilidad… Recordar que nosotros nunca podemos dar lo que no tenemos… Martin Luter King decía: No me duele que la gente mala haga cosas malas, pero me duelo que la gente buena, pudiendo hacer cosas buenas, no las haga…

Para esto deben servir estos encuentros, los encuentros de estas fechas, esto que llamamos octavario, pero recordemos, recordémoslo bien, que “todos estos demonios solo se expulsan con la oración y el ayuno…”

Padre Dámaso

Sacerdote ortodoxo

Patriarcado de Serbia

TRAS AS PEGADAS DO MESÍAS

O Antigo Testamento estaba cheo de esperanzadoras promesas, que xa están cumpridas. O amor pide presenza. Deus, que é amor sen medida, éncheo todo coa súa inmensa grandeza. Contémplao todo con eterna sabedoría. Diríxeo todo con divina providencia e perdóao todo con cordial misericordia.

Da presenza de Deus están cheos os ceos e tamén o están os espazos terrestres. Pero desde o primeiro Nadal, a súa proximidade intensificouse. Agora Deus vive no medio do seu pobo. É un de nós e busca que nós nos parezamos a el. Dúas cousas pretendeu Xesús coa súa encarnación: redimirnos e exemplarizarnos. Para redimirnos abondáballe pór a planta dos seus pés na nosa terra, pero para darnos exemplo, quixo percorrer os nosos carreiros, deixándonos as súas pegadas no camiño, a fin de que, seguíndoas, cheguemos á meta sen tropezos nin desviacións.

A vida é un camiño e nós uns peregrinos empuxados polas horas e orientados polo que Xesús ensinou e testemuñou. O camiño está perfectamente sinalizado. Isto garántenos o noso acceso á meta, pero implica o compromiso de que tamén os cristiáns deixemos pegadas co noso cotián vivir, como o fixo o Mesías. Os seus pasos deixáronse sentir. Imposible borrar as pegadas do seu camiñar. O impacto do seu testemuño non se podía esquecer. A súa presenza garantía pan ao famento, mobilidade ao paralítico, acollida amorosa ao pródigo… e este singular comportamento daba prestixio á súa persoa e credibilidade á súa doutrina. Á luz do que ensinaba, os inimigos fuxían derrotados e ao redor da súa persoa, aliñábanse miles de discípulos. O talante deste singular sementador asombraba aos seus contemporáneos. A valoración das pegadas de Xesús lémbranola o Papa Francisco na convocatoria do Sínodo dos Bispos, para que todos xuntos, xerarquía e fieis, fagámolas nosas no noso diario vivir e sirvan de “vieiras“ aos nosos irmáns no seu camiñar por sendeiros de fe e de fraternidade.

O Pontífice sinálanos que tres son os fitos do Sínodo: ENCONTRO, ESCOITA e DISCERNIMENTO. Así o fixo o Señor. VEU á terra e púxose a camiñar ao noso carón, interesándose polos nosos problemas. Foi un encontro sanante: pregunta, non por curiosidade persoal, senón para poder diagnosticar as nosas deficiencias e porlles remedio. Xesús ten claro que a súa vocación é redentora, e vívea con cordial responsabilidade.

Este comportamento de Xesús é a primeira “vieira” que nos indica o camiño para atoparnos co divino sanante. A tal encontro chámaselle vida interior, vida de piedade, vida de intimidade con Deus. Coidemos as nosas relacións con el, xa que esta é a primeira intencionalidade sinodal.

A segunda “vieira” é a ESCOITA para coñecer as doenzas que padece a Igrexa nestes momentos, e sometela a un tratamento renovador. Oímos moitas denuncias contra a autenticidade ministerial das autoridades eclesiásticas; contra a metodoloxía pastoral, pero non abonda con oír, é necesario escoitar. Oír serve para informar. Só o escoitar pódenos mover a poñer remedio. Escoitemos ao Espírito, para que nos diga o que debemos achegar á Igrexa nestes momentos, e escoitemos aos cristiáns do montón, para ver o que necesitan, e prestémoslles a nosa axuda con toda xenerosidade.

Do encontro e da escoita, xorde a terceira “vieira” sinodal: o DISCERNIMENTO. Eles ilumínannos para que o Sínodo sexa un acontecemento de graza, que libere á Igrexa de toda prepotencia mundana e a nós fáganos ver que os modelos pastorais repetitivos en que nos movemos non son os mellores para dar á sociedade o talante cristián que necesita.

 

Indalecio Gómez Varela

Cóengo da Catedral

martes, 11 de enero de 2022

A FAMILIA É UN "TI " DA TRINDADE

A Santísima Trindade é un misterio que non podemos coñecer se non se nos revela, e aínda revelado, non podemos explicar nin comprender plenamente.

Segundo as Escrituras, o específico deste misterio é a “pluralidade de persoas e a unicidade de natureza“. Este misterio está integrado por Deus, Pai increado; por Deus, Fillo eternamente procreado, e por Deus Espírito Santo, cordialidade divina, que vincula indivisiblemente ás tres divinas persoas.

Isto é o punto de referencia para estruturar a convivencia dos humanos na vida social.

A lotaría do 22 de decembro trouxo a sorte a unhas poucas familias economicamente afortunadas, pero coa encarnación do Fillo de Deus, a sorte sorriu a toda a familia humana. Deus, que é familia trinitaria, valora moito as nosas familias e cóidaas coa súa providencia.

Nós lamentamos que Xesús tivese que nacer nun presebe. Isto indica a mala acollida que atopou o Salvador ao entrar no noso mundo. Con todo, podemos dicir que naceu nunha familia, e isto foi unha gran sorte para o Neno Deus, porque os mellores berces son os corazóns dos pais. Neste caso, ningún berce mellor que o corazón de María e de San Xosé. Á familia de Nazaret chamámola a Sagrada Familia, porque reflicte a familia Trinitaria.

Tamén as nosas familias teñen algo de sagrado, xa que “onde dous ou tres reúnense no meu nome, alí estou eu no medio deles“, di o Señor. As familias cristiás son como un sacramental da Familia Trinitaria, porque nelas hai pluralidade de membros, e o amor úneos a todos baixo o mesmo teito.

Lamentablemente, hoxe ponse en cuestión a institución familiar. Nos nosos días, a familia vese sacudida por múltiples conflitos que deterioran a súa identidade e os seus valores.

A institución familiar é a realidade mais importante e máis influente da sociedade. O mundo será o que sexan as familias. Elas son o primeiro patrimonio da humanidade. “O futuro da humanidade pasa a través da familia”, di o Papa emérito, Benedito XVI. Por iso, axudar á familia, é un dos mellores servizos que podemos presentar ao ben común. Empecemos pola base, porque así, como a fertilidade das raíces condiciona o crecemento, a floración e o froito da árbore, tamén a fertilidade da vida cristiá dos maiores condiciona a floración conductual das futuras xeracións. Deixémonos de denunciar o materialismo dos nosos mozos e o seu absentismo dos actos de culto, porque como dixo un soado pedagogo dos nosos tempos, “Aos pais do mañá hai que educalos 20 anos antes de nacer; antes de ser pais, para que a súa futura paternidade sexa xeradora de auténticas familias cristiás”. Como sempre, á sega precede a sementeira. A historia repítese: os froitos en sazón dos tempos presentes, son as espigas do gran dos nosos avós.

Esteamos seguros de que as nosas sementeiras deben ser presaxio de ubérrimas colleitas nun futuro próximo.

Hoxe que se pon en cuestión a institución familiar, a Igrexa convídanos a mirar á Familia de Nazaret, para valorar a súa exemplaridade e imitala.

O futuro das familias do mañá está nas nosas mans e, consecuentemente, tamén o está a sociedade do porvir.

Indalecio Gómez

Cóengo da Catedral

sábado, 1 de enero de 2022

JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

INSTRUMENTOS PARA CONSTRUIR UNA PAZ DURADERA

Mensaje del papa Francisco en Vatican.va

1. «¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del mensajero que proclama la paz!» (Is 52,7).

Las palabras del profeta Isaías expresan el consuelo, el suspiro de alivio de un pueblo exiliado, agotado por la violencia y los abusos, expuesto a la indignidad y la muerte. El profeta Baruc se preguntaba al respecto: «¿Por qué, Israel, estás en una tierra de enemigos y envejeciste en un país extranjero? ¿Por qué te manchaste con cadáveres y te cuentas entre los que bajan a la fosa?» (3,10-11). Para este pueblo, la llegada del mensajero de la paz significaba la esperanza de un renacimiento de los escombros de la historia, el comienzo de un futuro prometedor.

Todavía hoy, el camino de la paz, que san Pablo VI denominó con el nuevo nombre de desarrollo integral [1],permanece desafortunadamente alejado de la vida real de muchos hombres y mujeres y, por tanto, de la familia humana, que está totalmente interconectada. A pesar de los numerosos esfuerzos encaminados a un diálogo constructivo entre las naciones, el ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica, mientras se propagan enfermedades de proporciones pandémicas, se agravan los efectos del cambio climático y de la degradación del medioambiente, empeora la tragedia del hambre y la sed, y sigue dominando un modelo económico que se basa más en el individualismo que en el compartir solidario. Como en el tiempo de los antiguos profetas, el clamor de los pobres y de la tierra [2] sigue elevándose hoy, implorando justicia y paz.

En cada época, la paz es tanto un don de lo alto como el fruto de un compromiso compartido. Existe, en efecto, una “arquitectura” de la paz, en la que intervienen las distintas instituciones de la sociedad, y existe un “artesanado” de la paz que nos involucra a cada uno de nosotros personalmente. [3] Todos pueden colaborar en la construcción de un mundo más pacífico: partiendo del propio corazón y de las relaciones en la familia, en la sociedad y con el medioambiente, hasta las relaciones entre los pueblos y entre los Estados.

Aquí me gustaría proponer tres caminos para construir una paz duradera. En primer lugar, el diálogo entre las generaciones, como base para la realización de proyectos compartidos. En segundo lugar, la educación, como factor de libertad, responsabilidad y desarrollo. Y, por último, el trabajo para una plena realización de la dignidad humana. Estos tres elementos son esenciales para «la gestación de un pacto social» [4], sin el cual todo proyecto de paz es insustancial.

2. Diálogo entre generaciones para construir la paz

En un mundo todavía atenazado por las garras de la pandemia, que ha causado demasiados problemas, «algunos tratan de huir de la realidad refugiándose en mundos privados, y otros la enfrentan con violencia destructiva, pero entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones» [5].

Todo diálogo sincero, aunque no esté exento de una dialéctica justa y positiva, requiere siempre una confianza básica entre los interlocutores. Debemos recuperar esta confianza mutua. La actual crisis sanitaria ha aumentado en todos la sensación de soledad y el repliegue sobre uno mismo. La soledad de los mayores va acompañada en los jóvenes de un sentimiento de impotencia y de la falta de una idea común de futuro. Esta crisis es ciertamente dolorosa. Pero también puede hacer emerger lo mejor de las personas. De hecho, durante la pandemia hemos visto generosos ejemplos de compasión, colaboración y solidaridad en todo el mundo.

Dialogar significa escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos. Fomentar todo esto entre las generaciones significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida.

Aunque el desarrollo tecnológico y económico haya dividido a menudo a las generaciones, las crisis contemporáneas revelan la urgencia de que se alíen. Por un lado, los jóvenes necesitan la experiencia existencial, sapiencial y espiritual de los mayores; por el otro, los mayores necesitan el apoyo, el afecto, la creatividad y el dinamismo de los jóvenes.

Los grandes retos sociales y los procesos de construcción de la paz no pueden prescindir del diálogo entre los depositarios de la memoria ―los mayores― y los continuadores de la historia ―los jóvenes―; tampoco pueden prescindir de la voluntad de cada uno de nosotros de dar cabida al otro, de no pretender ocupar todo el escenario persiguiendo los propios intereses inmediatos como si no hubiera pasado ni futuro. La crisis global que vivimos nos muestra que el encuentro y el diálogo entre generaciones es la fuerza propulsora de una política sana, que no se contenta con administrar la situación existente «con parches o soluciones rápidas» [6], sino que se ofrece como forma eminente de amor al otro [7], en la búsqueda de proyectos compartidos y sostenibles.

Si sabemos practicar este diálogo intergeneracional en medio de las dificultades, «podremos estar bien arraigados en el presente, y desde aquí frecuentar el pasado y el futuro: frecuentar el pasado, para aprender de la historia y para sanar las heridas que a veces nos condicionan; frecuentar el futuro, para alimentar el entusiasmo, hacer germinar sueños, suscitar profecías, hacer florecer esperanzas. De ese modo, unidos, podremos aprender unos de otros» [8]. Sin raíces, ¿cómo podrían los árboles crecer y dar fruto?

Sólo hay que pensar en la cuestión del cuidado de nuestra casa común. De hecho, el propio medioambiente «es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente» [9]. Por ello, tenemos que apreciar y alentar a los numerosos jóvenes que se esfuerzan por un mundo más justo y atento a la salvaguarda de la creación, confiada a nuestro cuidado. Lo hacen con preocupación y entusiasmo y, sobre todo, con sentido de responsabilidad ante el urgente cambio de rumbo [10] que nos imponen las dificultades derivadas de la crisis ética y socio-ambiental actual [11].

Por otra parte, la oportunidad de construir juntos caminos hacia la paz no puede prescindir de la educación y el trabajo, lugares y contextos privilegiados para el diálogo intergeneracional. Es la educación la que proporciona la gramática para el diálogo entre las generaciones, y es en la experiencia del trabajo donde hombres y mujeres de diferentes generaciones se encuentran ayudándose mutuamente, intercambiando conocimientos, experiencias y habilidades para el bien común.

3.  La instrucción y la educación como motores de la paz

El presupuesto para la instrucción y la educación, consideradas como un gasto más que como una inversión, ha disminuido significativamente a nivel mundial en los últimos años. Sin embargo, estas constituyen los principales vectores de un desarrollo humano integral: hacen a la persona más libre y responsable, y son indispensables para la defensa y la promoción de la paz. En otras palabras, la instrucción y la educación son las bases de una sociedad cohesionada, civil, capaz de generar esperanza, riqueza y progreso.

Los gastos militares, en cambio, han aumentado, superando el nivel registrado al final de la “guerra fría”, y parecen destinados a crecer de modo exorbitante [12].

Por tanto, es oportuno y urgente que cuantos tienen responsabilidades de gobierno elaboren políticas económicas que prevean un cambio en la relación entre las inversiones públicas destinadas a la educación y los fondos reservados a los armamentos. Por otra parte, la búsqueda de un proceso real de desarme internacional no puede sino causar grandes beneficios al desarrollo de pueblos y naciones, liberando recursos financieros que se empleen de manera más apropiada para la salud, la escuela, las infraestructuras y el cuidado del territorio, entre otros.

Me gustaría que la inversión en la educación estuviera acompañada por un compromiso más consistente orientado a promover la cultura del cuidado [13]. Esta cultura, frente a las fracturas de la sociedad y a la inercia de las instituciones, puede convertirse en el lenguaje común que rompa las barreras y construya puentes. «Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de comunicación» [14]. Por consiguiente, es necesario forjar un nuevo paradigma cultural a través de «un pacto educativo global para y con las generaciones más jóvenes, que involucre en la formación de personas maduras a las familias, comunidades, escuelas y universidades, instituciones, religiones, gobernantes, a toda la humanidad» [15]. Un pacto que promueva la educación a la ecología integral según un modelo cultural de paz, de desarrollo y de sostenibilidad, centrado en la fraternidad y en la alianza entre el ser humano y su entorno [16].

Invertir en la instrucción y en la educación de las jóvenes generaciones es el camino principal que las conduce, por medio de una preparación específica, a ocupar de manera provechosa un lugar adecuado en el mundo del trabajo [17].

4. Promover y asegurar el trabajo construye la paz

El trabajo es un factor indispensable para construir y mantener la paz; es expresión de uno mismo y de los propios dones, pero también es compromiso, esfuerzo, colaboración con otros, porque se trabaja siempre con o por alguien. En esta perspectiva marcadamente social, el trabajo es el lugar donde aprendemos a ofrecer nuestra contribución por un mundo más habitable y hermoso.

La situación del mundo del trabajo, que ya estaba afrontando múltiples desafíos, se ha visto agravada por la pandemia de Covid-19. Millones de actividades económicas y productivas han quebrado; los trabajadores precarios son cada vez más vulnerables; muchos de aquellos que desarrollan servicios esenciales permanecen aún más ocultos a la conciencia pública y política; la instrucción a distancia ha provocado en muchos casos una regresión en el aprendizaje y en los programas educativos. Asimismo, los jóvenes que se asoman al mercado profesional y los adultos que han caído en la desocupación afrontan actualmente perspectivas dramáticas.

El impacto de la crisis sobre la economía informal, que a menudo afecta a los trabajadores migrantes, ha sido particularmente devastador. A muchos de ellos las leyes nacionales no los reconocen, es como si no existieran. Tanto ellos como sus familias viven en condiciones muy precarias, expuestos a diversas formas de esclavitud y privados de un sistema de asistencia social que los proteja. A eso se agrega que actualmente sólo un tercio de la población mundial en edad laboral goza de un sistema de seguridad social, o puede beneficiarse de él sólo de manera restringida. La violencia y la criminalidad organizada aumentan en muchos países, sofocando la libertad y la dignidad de las personas, envenenando la economía e impidiendo que se fomente el bien común. La respuesta a esta situación sólo puede venir a través de una mayor oferta de las oportunidades de trabajo digno.

El trabajo, en efecto, es la base sobre la cual se construyen en toda comunidad la justicia y la solidaridad. Por eso, «no debe buscarse que el progreso tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la humanidad se dañaría a sí misma. El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal» [18]. Tenemos que unir las ideas y los esfuerzos para crear las condiciones e inventar soluciones, para que todo ser humano en edad de trabajar tenga la oportunidad de contribuir con su propio trabajo a la vida de la familia y de la sociedad.

Es más urgente que nunca que se promuevan en todo el mundo condiciones laborales decentes y dignas, orientadas al bien común y al cuidado de la creación. Es necesario asegurar y sostener la libertad de las iniciativas empresariales y, al mismo tiempo, impulsar una responsabilidad social renovada, para que el beneficio no sea el único principio rector.

En esta perspectiva hay que estimular, acoger y sostener las iniciativas que instan a las empresas al respeto de los derechos humanos fundamentales de las trabajadoras y los trabajadores, sensibilizando en ese sentido no sólo a las instituciones, sino también a los consumidores, a la sociedad civil y a las realidades empresariales. Estas últimas, cuanto más conscientes son de su función social, más se convierten en lugares en los que se ejercita la dignidad humana, participando así a su vez en la construcción de la paz. En este aspecto la política está llamada a desempeñar un rol activo, promoviendo un justo equilibrio entre la libertad económica y la justicia social. Y todos aquellos que actúan en este campo, comenzando por los trabajadores y los empresarios católicos, pueden encontrar orientaciones seguras en la doctrina social de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas: Mientras intentamos unir los esfuerzos para salir de la pandemia, quisiera renovar mi agradecimiento a cuantos se han comprometido y continúan dedicándose con generosidad y responsabilidad a garantizar la instrucción, la seguridad y la tutela de los derechos, para ofrecer la atención médica, para facilitar el encuentro entre familiares y enfermos, para brindar ayuda económica a las personas indigentes o que han perdido el trabajo. Aseguro mi recuerdo en la oración por todas las víctimas y sus familias.

A los gobernantes y a cuantos tienen responsabilidades políticas y sociales, a los pastores y a los animadores de las comunidades eclesiales, como también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, hago un llamamiento para que sigamos avanzando juntos con valentía y creatividad por estos tres caminos: el diálogo entre las generaciones, la educación y el trabajo. Que sean cada vez más numerosos quienes, sin hacer ruido, con humildad y perseverancia, se conviertan cada día en artesanos de paz. Y que siempre los preceda y acompañe la bendición del Dios de la paz.

Vaticano, 8 de diciembre de 2021

Francisco

viernes, 10 de diciembre de 2021

PARTICIPACIÓN ES COMUNION COMUNITARIA Y PERSONAL CON DIOS

 · PARTICIPACIÓN ES COMUNIÓN COMUNITARIA Y PERSONAL CON DIOS

· NO HAY EXPERICIENCIA DEL MINISTERIO DIVINO SIN UNA VISIÓN SAGRADA DE LA VIDA

La liturgia es comunión de las divinas Personas que comparten su mutua unión de amor con nosotros en la celebración del misterio litúrgico, “para ser morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22).

La participación ha sido el principio directivo de la renovación litúrgica en estos últimos 50 años.

El ideal propuesto por el Concilio Vaticano II fue de una participación plena, consciente y fructuosa. Sin embargo, el “acostumbrarse” al rito, y otras simplificaciones de este ideal, puede reducirlo a una expresión individualista de participación externa.

En términos generales, podemos observar en la práctica pastoral dos modos de participación litúrgica: la contemplativa – vivir en lo más intimo de la persona la belleza inefable del misterio transcendente en el acontecimiento ritual.

La activa – la escucha atenta y repuesta personal y comunitaria en el dialogo de la acción sagrada. Para ser auténtica, ambos modos de participación orante requieren del Espíritu de Dios, e implican una actitud personal de conversión al misterio de Cristo celebrado.

Obviamente, la Liturgia es participación activa (escuchar y responder); sin embargo, a veces se ha enfatizado exageradamente el “hacer” dentro de la celebración. Lo cual no deja espacios de silencio interior y exterior, para resuenen la Palabra y el misterio de nuestra alma. La escucha atenta y reverente es ya participación.

La vida de comunión con el misterio que se celebra, por consiguiente, será siempre el  alma del culto “en espíritu y verdad”.

Nuestro sentido de participación debiera llevarnos intencionalmente a un encuentro de experiencia profunda y personal.  

NO HAY EXPERIENCIA DEL MISTERIO DIVINO SIN UNA VISION SAGRADA DE LA VIDA

La visión de transcendencia es innata en el ser humano ya que el misterio de Dios penetra toda la realidad. No comprendemos este misterio, pero lo intuimos, pues vivimos en él y por él existimos.

El sentido de lo sagrado es condición indispensable y presupuesto básico para la participación en el culto.

Como solía decir el papa Benedicto XVI, “el mundo occidental vive como si Dios no existiera”. Detrás de una crisis de participación litúrgica, hay una crisis social y cultural que condiciona la visión de la fe. El secularismo es el cáncer de la sacramentalidad original que yace en el corazón de la humanidad; “ha relegado la fe cristiana al margen de la existencia” (SaCa 77).

La Liturgia sigue siendo el vehículo por excelencia para preservar el y potenciar el sentido de lo sagrado.

Por el contrario, una acomodación utilitarista o reducción secularista, lleva a la desafección y abandono de la misma vida litúrgica.

La liturgia es el medio extraordinario  de transmitir de modo convincente esos valores e ideales bíblicos y cristianos que encarna y proclama. Medio también de permeabilizar las culturas hasta sus mismas raíces.

La liturgia y los sacramentos están enraizados en esta experiencia del misterio que impregna la totalidad de la vida.

Recuperar la visión de transcendencia, y un fuerte sentido de la esperanza pascual, son esenciales para contrarrestar la aversión generalizada al sentido sacramental de nuestra sociedad. Por lo tanto, necesitamos educar el sentido religioso para recuperar la vivencia profunda del sentido de lo sagrado en la Liturgia, y desde ella misma, como el mejor sentido contra el secularismo. Ya que la liturgia cristiana presupones esta realidad de la visión sagrada.

“Lo que se celebra visiblemente se entiende vitalmente en Cristo” (San Agustín, Serm 10,2: PL 38,93).

CRISTO, CENTRO Y VIDA DE LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA

La pasión de amor que Cristo nos manifestó en su Sagrada Cena se perpetúa en cada asamblea litúrgica. Es la misma pasión por la Eucaristía que vivieron y nos transmitieron generaciones de fieles. Una profunda espiritualidad de comunión personal con Cristo nos puede guiar por el camino para crecer en esta pasión de amor. Realmente, la Iglesia vive de la Eucaristía.

La queja más común respecto a la Reforma litúrgica de estos últimos cincuenta años, ha sido la pérdida, o desestima, del sentido de lo sagrado y del misterio, de la transcendencia y de la santidad. Como afirma la Constitución sobre Liturgia, “Toda celebración litúrgica es una acción sagrada” (SC 7) “Fuente inagotable de santidad” (Ecclesia de Eucaristía, 10). Ya que nuestra participación en el misterio trinitario y redentor nos hace conscientes de la presencia de lo divino: “pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial…donde Cristo está sentado a la diestra de Dios” (SC 8). Por lo general, el nuevo estilo celebrativo ha sido universalmente aceptado; ahora aspiramos a los mejores ideales que caracterizaron la Liturgia católica y dimensión estética de la Liturgia.

La exhortación apostólica del papa Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, es un documento básico de renovación y evangelización necesarias para el futuro. El Papa nos invita a profundizar y vivir más intensamente este misterio. Nos da una clave esencial: toda forma de santidad tiene su origen en la Eucaristía y todos nosotros estamos llamados a su plenitud. Necesitamos un nuevo impulso y fervor para progresar en la comprensión de la hondura teológica de la Eucaristía corazón de nuestra identidad católica, hacia la meta marcada por Sacramentum Caritatis.

Las pautas concretas que ofrece el documento del papa Benedicto podrían reducirse a tres temas: Espiritualidad eucarística, formación catequética y los frutos  de esta formación.

En concreto, una espiritualidad eucarística como forma de la existencia cristiana.

En cuanto a la formación catequética, como conocimiento de las verdades básicas sobre la Eucaristía, las riquezas de su estructura celebrativa, y en particular la Plegaria eucarística, acrecienta nuestro amor por la Eucarsitía. Los frutos son bien conocidos, pues una mayor conciencia y amor por la Eucaristía llevan a una participación más comprometida con la vida eclesial y nuestra tarea de su misión en el mundo.

En el centro de la celebración está la mediación del Dios trinitario en la presencia del Logo de nuevo encarnado y resucitado mediante el Memorial. El celebrante, humilde servidor, está llamado a reflejar la presencia de esta actividad divina. Él no se presenta a si mismo, sino que ha sido elegido para representar la actuación sacerdotal de Cristo en nombre de la Iglesia.

El poder y don de esta acción divina, que supera cualquier otra en la Iglesia, viene de Dios y a Dios glorifican. Su centro y corazón fluyen del Cristo pascual, del que proviene la eficacia de cualquier acción litúrgica.

De nuevo, el sacerdote no puede representar a Cristo por su virtuosidad y personalidad dominante, sino más bien actúa en persona de Cristo como cabeza por su actitud orante en gestos y palabras. Esta actitud de humilde servicio requiere mucha virtud y disciplina. Ya que su función ministerial es ser transparencia de la presencia del Logos, el eterno sacerdote y el único protagonista. El sacerdote no se celebra a sí mismo, se coloca por tanto en un segundo plano, como su instrumento y servidor de la acción litúrgica en nombre de la Iglesia. Como afirma san Juan Crisóstomo, “el sacerdote asiste llenando la figura de Cristo, pronunciando aquellas palabras, pero la virtud y la gracias es de Dios” (La traición de judas, 1,6)

La liturgia es obra de la Santísima Trinidad, de cuyo protagonismo debe ser consciente la comunidad celebrante bajo la presidencia del sacerdote. Esta actividad divina y la centralidad de Cristo es una de las mayores aportaciones de la Constitución sobre la Liturgia. Considera la liturgia como “ejercicio del sacerdocio de Jesucristo”. (SC7), y del cuerpo de la iglesia.

El sacerdote que preside no está en el centro de la celebración, ni es su protagonista; así, debe celebrar con honor, humildad y adoración en la persona de Cristo como cabeza. Él es la piedra angular que debe conformar nuestra participación real y efectiva.

La contemplación y la adoración son dimensiones esenciales de la vivencia litúrgica. No podríamos promover el sentido de transcendencia, y profundizar la espiritualidad deseada de una vivencia cristocéntrica, sin una atmosfera contemplativa y de adoración en nuestras celebraciones.

Para concluir podemos aplicar el principio fundamental de la Regla de san Benito “nada se anteponga a la obra de Dios”

En la vida de muchos santos a través de los tiempos aparece esta visión integral de la espiritualidad eucarística.

Todos los aspectos de la vida cristiana, en concreto celebración y santificación de vida, forman una unidad espiritual. El Concilio Vaticano II lo afirma repetidamente, como meta última de Liturgia “glorificación de Dios y santificación de la humanidad”.

Nuestra participación en la Santa Misa “exige de nosotros una total entrega del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le hablamos, lo vemos, le gustamos”.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

ADVIENTO DEL SÍNODO DE OBISPOS

Como la vida se hace en etapas: niñez, juventud y adultez; también la Historia de Salvación es un cúmulo de etapas en el tiempo: creación, redención e Iglesia; y la Iglesia, a su vez, programa su labor salvífica en periodos pedagógico – pastorales: Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.

Este domingo comenzó el Adviento del año sinodal, año de gozosa esperanza y de común responsabilidad.

La Iglesia está sufriendo una crisis de declive pesimista, y necesita una inyección de esperanza. En los últimos tiempos, el temor se adueñó del optimismo de muchos cristianos. Una buena dosis de esperanza es artículo de singular urgencia en las instituciones eclesiales y en sus dirigentes, para recuperar la fe en las palabras de Jesús, que afirmó que su Iglesia sería perseguida, pero no vencida. El Papa Francisco nos lo advierte convocando un Sínodo extraordinario, y nos anima a vivirlo en un clima de esperanza responsable, para contrarrestar la baja estima con que gran parte de la sociedad mira a la Iglesia en estos momentos.

La esperanza apunta a un futuro halagüeño: la venida del Redentor. Las promesas del Señor están a punto de cumplirse. Y esto nos causa inmenso gozo. Pero es también esperanza responsable, porque el Salvador llama a la puerta con la ilusión de que nosotros le permitamos entrar. Esta es nuestra responsabilidad. De nosotros depende que Jesucristo pueda entrar en nuestras vidas o que tenga que pasar de largo. Para sortear este riesgo, el Papa San Juan Pablo ll nos repitió con voz vibrante y corazón enardecido: “Abrid las puertas a Cristo”. Estemos, pues, vigilantes para que llame y entre. El Precursor prestó un magnífico servicio al plan salvífico del Mesías: primero dispuso al pueblo para que lo reconociera y lo recibiera, y después lo señaló ya presente entre los hombres.

Tomemos ejemplo y escuchemos a este buen pregonero. Celebremos con gozo la ya próxima llegada del Mesías, y preparemos los caminos para que la salvación irrumpa con fuerza en todos los ambientes de nuestro pobre mundo, en el cual la crisis de valores es la pandemia devastadora de la historia contemporánea.

La esperanza todo lo ilumina. El corazón con esperanza, no se limita a cantar: se decide a colaborar. Esto es lo que nos pide la Iglesia en este año del Sínodo de los Obispos. Pues, manos a la obra. El Sínodo está inaugurado: integrémonos en su dinamismo.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

martes, 30 de noviembre de 2021

LA VIDA CRISTIANA ES COMO UNA PEREGRINACIÓN HACIA LA CASA DEL PADRE

¡Ojalá hubiéramos ido siempre derechos hacia la Casa del Padre, que no es un edificio, sino un corazón!

¡Ojalá no nos hubiéramos desviado nunca del buen camino!

¡Ojalá nunca hubiéramos dado las espaldas a Dios!

Pero la realidad es que, por culpa o debilidad nuestra, nos hemos alejado de nuestro Padre Dios. Los profetas dicen que estábamos unidos a Él, con lazos de amor, pero le traicionamos; rompimos esos lazos para echarnos en brazos de dioses extraños.

Jesucristo nos dice que un hijo alocado, un mal día, dio un portazo a la casa del padre, para vivir su vida. El triste acontecimiento lo hemos repetido cada uno de nosotros. Ahora, heridos por el remordimiento de nuestro mal comportamiento, pretendemos volver a la Casa del Padre; volver a caer en sus brazos, para que nos ate de tal manera que ya no podamos separarnos de Él.

El profeta Óseas personifica al pueblo de Israel en la imagen de una esposa infiel (Os. 2,4-10), y nos dice que, ante tanta infidelidad, Dios quisiera repudiarla y olvidarla, pero su corazón no se lo permitió. Hizo todo lo contrario: le cerró los caminos de la huida, para que no pudiera alejarse y recuperase su fidelidad primera. Es el caso del Hijo Pródigo, que se alejó de la casa del padre, en busca de una vida más libre, y ahora, sin pan y decepcionado de sus antiguos amigos, vuelve hacia su antiguo hogar, temiendo encontrar las puertas cerradas y a un padre enfurecido. Desafortunadamente se había equivocado en la despedida y afortunadamente también viene equivocado en el regreso: el padre que con lágrimas le había visto marchar, ahora le ofrece unas puertas expeditas y un corazón abierto para recibirle, y un banquete preparado para festejar el regreso del hijo que se había marchado.

Estas fueron las mejores cuerdas para atar a aquel hijo que jamás volverá a sentir la tentación de alejarse de su buen padre.

Pues la historia se ha repetido. Todos hemos sido hijos pródigos. Todos hemos traicionado el amor de Dios. Todos hemos abandonado alguna vez la casa paterna, corriendo por caminos alocados. Pero Dios nos pide que volvamos a Él. Dios no se cansa de llamarnos, ni se cansa de esperar. Sueña en recibirnos con fiesta, con alegría, con agradecimiento, porque no puede vivir sin nosotros.

Sintonicemos con sus sentimientos y pongámonos en camino. Digámosle que, a pesar de lo que ha pasado, queremos que nos reciba y nos perdone; que llene nuestro corazón vacío; que nos revista con el traje de fiesta y, finalmente, que nos ate con los lazos del amor, para que nunca más nos alejemos de Él.

 

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

miércoles, 24 de noviembre de 2021

EL SÍNODO Y LOS MERCADERES DEL TEMPLO.

Sobre este proceso sinodal, cumbre de la reforma propuesta por Francisco a la Iglesia católica e incluso a las personas no creyentes que estén interesadas en un impulso de libertad, igualdad y fraternidad en el mundo. Hoy, el Director de La Civiltà Catòlica, Antonio Spadaro, muy unido a Francisco, nos explica el sentido profundo de esta propuesta. AD.

La apertura del Sínodo sobre la sinodalidad el 9 de octubre de 2021 invita a preguntarse qué significa ser Iglesia hoy y su significado en la historia. Esta pregunta está también en la base del camino sinodal que está emprendiendo la Iglesia italiana y de los que están en marcha o inician en Alemania, Australia e Irlanda.

Aquellos que han seguido las Asambleas del Sínodo de los Obispos en los últimos años ciertamente han visto cuánta diversidad da forma a la vida de la Iglesia Católica. Si alguna vez una determinada latinitas o romanitas constituyó y marcó la educación de los obispos -que, entre otras cosas, entendían al menos un poco de italiano-, hoy la diversidad emerge con fuerza en todos los niveles: mentalidad, lengua, abordaje de los temas. Lejos de ser un problema, es un recurso ya que la comunión eclesial se realiza a través de la vida real de los pueblos y las culturas. En un mundo fracturado como el nuestro, es una profecía.

No debemos ver la Iglesia como un juego de Lego con ladrillos que encajan perfectamente. Ese sería un mago mecanicista de la comunión. Mejor pensamos en ello como una relación sinfónica, de diferentes notas que juntas dan vida a una composición. Si tuviéramos que llevar la imagen más allá, diría que no es una sinfonía donde las partes ya están escritas y asignadas, sino más bien un concierto de jazz, donde se sigue la inspiración compartida en el momento.

Aquellos que han tenido la experiencia de los recientes Sínodos de Obispos habrán percibido las tensiones que surgieron dentro de la Asamblea, pero también el clima espiritual en el que estaban, en su mayor parte, inmersos. El Papa ha insistido mucho en el hecho de que el Sínodo no es una asamblea parlamentaria donde la gente discute y vota para decidir los asuntos por mayoría. La figura principal, en realidad, es el Espíritu Santo, que “mueve y atrae”, como escribe san Ignacio en sus Ejercicios espirituales . El Sínodo es una experiencia de discernimiento espiritual en busca de la voluntad de Dios para la Iglesia.

Que esta visión del Sínodo es también una visión de la Iglesia no debe cuestionarse. Hay una eclesiología, madurada a lo largo de los años gracias al Concilio Vaticano II, que se desarrolla hoy.

* * *

Para ello, es necesario escuchar atentamente. Escuchar a Dios, en la oración, en la liturgia, en los ejercicios espirituales; escuchar a las comunidades eclesiales en sus intercambios y debates sobre experiencias (porque es sobre las experiencias donde se puede hacer el discernimiento y no sobre las ideas); escuchando al mundo, porque Dios está siempre presente allí inspirando, moviendo, conmoviendo. Tenemos la oportunidad de convertirnos en “una Iglesia que no se separa de la vida”, dijo Francisco, saludando a los participantes al comienzo del camino sinodal (9 de octubre).

El pontífice lo resumió entonces de esta manera: “Habéis venido por muchos caminos diferentes y desde distintas Iglesias, cada una con sus propias preguntas y esperanzas. Estoy seguro de que el Espíritu nos guiará y nos dará la gracia de avanzar juntos, de escucharnos y de embarcarnos en un discernimiento de los tiempos que vivimos, en solidaridad con las luchas y aspiraciones de toda la humanidad ”. Poner a la Iglesia en estado sinodal es ponerla inquieta, incómoda y tensa porque la agita el soplo divino, al que ciertamente no le gustan las zonas seguras ni las áreas protegidas: sopla donde quiere.

La peor forma de hacer un sínodo entonces sería tomar el modelo de conferencias, congresos, “semanas de reflexión”, e imaginar que de esta manera todo podría proceder de manera ordenada, incluso cosméticamente. Otra tentación es la excesiva preocupación por la “máquina sinodal”, para que todo funcione según lo planeado.

Si no hay sensación de vértigo, si uno no experimenta el terremoto, si no hay una duda metódica, no una duda escéptica, la experiencia de una sorpresa incómoda, entonces quizás no haya un sínodo. Si el Espíritu Santo está en acción, dijo Francisco una vez, entonces “patea la mesa”. La imagen tiene éxito porque es una referencia implícita a Mateo 21:12, cuando Jesús “volcó las mesas” de los cambistas.

Para hacer un sínodo tenemos que expulsar a los comerciantes y vuelcan sus mesas. ¿No sentimos hoy la necesidad de una patada del Espíritu, aunque solo sea para despertarnos de nuestro letargo? Pero, ¿quiénes son los “mercaderes del templo” hoy? Solo la reflexión en oración puede ayudarnos a identificarlos. Porque no son pecadores, no son los “distantes”, los incrédulos, ni los que profesan ser anticlericalistas. Al contrario, en ocasiones nos ayudan a comprender mejor el precioso tesoro que guardamos en nuestras pobres vasijas de barro. Los comerciantes siempre están cerca del templo, porque allí hacen negocios, allí venden formación, organización, estructuras, certezas pastorales. Los comerciantes inspiran la inmovilidad de las viejas soluciones para los nuevos problemas, es decir, la solución segura de segunda mano, que siempre es un “parche”, como la define el pontífice. Los comerciantes se enorgullecen de estar “al servicio” de los religiosos.

Hacer un sínodo implica ser humilde, concentrarse en los pensamientos, pasar del “yo” al “nosotros”, abrirse. Llama la atención en este sentido, por ejemplo, lo que el Relator General del Sínodo, Cardenal Jean-Claude Hollerich, afirmó en su saludo el 9 de octubre durante la inauguración: “Debo confesar que todavía no tengo idea de qué tipo de instrumento escribir. Las páginas están vacías, depende de ti llenarlas “. Es necesario vivir el tiempo sinodal con paciencia y expectación, abriendo bien los ojos y los oídos. “Ephphatha, es decir: ‘¡Ábrete!’” ( Marcos 7, 34) es la palabra clave del Sínodo.

Roland Barthes, distinguido lingüista y semiólogo, entendió que los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola sirven para crear un lenguaje de interlocución con Dios compuesto por escuchar y hablar. Es necesario comprender que el Sínodo, a su manera, comparte esta naturaleza lingüística, del creador del lenguaje. Por eso es importante el método, es decir, el camino y las reglas del viaje, especialmente en función de la participación plena.

* * *

En definitiva, la dinámica que se desarrolla en el Sínodo puede describirse como una “puesta en juego”. Por ejemplo, jugar al fútbol no solo significa patear una pelota, sino también correr tras ella, involucrarse con las situaciones que ocurren en el campo. De hecho, “el juego logra su propósito solo si el jugador se sumerge totalmente en él”, como escribe Gadamer en su famoso ensayo, Verdad y método. El foco del juego, entonces, no son los jugadores, sino el juego en sí, que cobra vida a través de los jugadores. Este es, en definitiva, el espíritu del Sínodo: finalmente ponerse de verdad en el juego siguiendo la dinámica animada por el Espíritu.

Redacción ATRIO.

viernes, 19 de noviembre de 2021

O PANENTEÍSMO

Panenteísmo, como su mismo nombre indica, significa que todo el universo y nosotros mismos estamos en Dios; pero ¿cómo se entiende ese en?    

Todas las explicaciones sobre Dios y nuestra relación con él serán necesarias y útiles en la medida en que nos ayuden a vivir un amor incondicional, porque lo único esencial es el amor.

El panenteísmo se contrapone claramente al ateísmo, que niega la existencia de Dios. Se diferencia del panteísmo, que identifica a Dios con la naturaleza, porque éste prescinde de su trascendencia.

Hace tiempo, sin conocerlo bien, me he sentido interesado por el panenteísmo; ahora, con la lectura de “En él vivimos, nos movemos y existimos” de Clayton y Peacocke me encuentro bastante identificado, al menos con algunas interpretaciones de este sistema. (Las distintas interpretaciones surgen espontáneamente en el desarrollo de una teoría relativamente reciente (s. XIX ).

Panenteísmo, como su mismo nombre indica, significa que todo el universo y nosotros mismos estamos en Dios; pero ¿cómo se entiende ese en?           

 Ante todo debemos tener presente que nuestro lenguaje conceptual “claro y bien definido”, se basa en la abstracción de nuestras experiencias físicas dentro del espacio y del tiempo, y por tanto no puede expresar lo que rebasa esas experiencias. Ya el concilio lateranense IV reconoció que “Todo lo que hemos dicho sobre Dios tiene más de error que de acierto”.           

 Nuestro decir sobre Dios, aunque utilice las palabras y conceptos de nuestro lenguaje, debe interpretarse siempre en sentido simbólico, poético, que no dice lo que dice sino lo que sugiere; porque la sugerencia conecta mejor con nuestra conciencia sentiente, que es con la que experimentamos de alguna manera a Dios, y a todo el mundo de los valores: amor, justicia, derechos humanos, belleza.

Todas las explicaciones sobre Dios y nuestra relación con él serán necesarias y útiles en la medida en que nos ayuden a vivir un amor incondicional, porque lo único esencial es el amor.

Esto supuesto ¿cómo explicamos el panenteísmo? ¿Cómo sugerimos nuestra relación con Dios? Vamos a ver en qué se diferencia de otras explicaciones semejantes, y cuáles son sus principales características. Estas diferencias son frecuentemente desplazables; no son fronteras naturales, como un río o una cadena montañosa, sino etiquetas que se colocan en los archivadores. 

  • Diferencias 

            El panenteísmo se contrapone claramente al ateísmo, que niega la existencia de Dios. Se diferencia del panteísmo, que identifica a Dios con la naturaleza, porque éste prescinde de su trascendencia.

La diferencia entre panenteísmo y el teísmo clásico me resulta más de matiz que de fondo. El teísmo, sobre todo en la práctica, acentúa (¿acentuaba?) más la trascendencia de Dios, aunque san Pablo menciona la presencia del Espíritu Santo en los cristianos, y la espiritualidad actual está insistiendo en la inmanencia de Dios en nosotros. La reciente corriente del No-teísmo caricaturiza esta absorbente transcendencia de Dios como un obsoleta concepción espacial de dos pisos, Dios y la naturaleza.

El panenteísmo acentúa la inmanencia mucho más que el teísmo, y así coordina mejor sus explicaciones con los actuales conocimientos científicos; pero resalta, igual que el teísmo, la trascendencia.

El mismo título de panenteísmo supera la idea de un Dios encerrado en el mundo (panteísmo) y nos acerca un Dios excesivamente alejado del mundo (teísmo). 

  • Características del panenteísmo 

            Los estudiosos han observado algunas características que suelen repetirse en algunos autores, aunque no necesariamente en todos; por eso hemos hablado de diversidad de modelos dentro del panenteísmo.

Cómo explican ese “en Dios” que aceptan todos los autores. Algunos comparan nuestra relación con Dios como la relación del cuerpo con toda la persona, y proponen que “el universo es el cuerpo de Dios. El cuerpo es parte de la persona, está totalmente penetrado por la ella, pero la persona es más que su propio cuerpo.

También puede entenderse ese existir “en Dios”, como la actuación de Dios junto con el universo, a través del universo, a través del cuerpo (a través de las “causas segundas”). De este modo sintonizan mejor con los científicos, que defienden la autoría de las causas naturales.

Otros autores, basados en que Dios es amor, consideran que existe una interdependencia entre Dios y la creatura humana: no existe amante sin amado. Algunos suavizan esta interdependencia considerándola asimétrica; el mundo depende de Dios más que lo que Dios depende del mundo.

Esta interdependencia supondría que Dios no puede existir sin el mundo, y parece contradecir algo esencial en el teísmo, como es la creación (¿se explicaría con la creación continua?). Sin embargo otros rechazan esta interdependencia (aunque sea asimétrica) porque esa pretendida interdependencia se basa en un amor humano (erôs) que necesita respuesta; en cambio el amor de Dios es un amor incondicional y totalmente gratuito, aunque no tenga respuesta (agápê).

Yo volvería a insistir en que no podemos aplicarle a Dios literalmente los conceptos humanos, y no podemos entender el amor de Dios literalmente igual al amor humano. Por tanto no me convence esa exagerada interdependencia entre Dios y el hombre. Prefiero la aceptación bíblica de la dependencia humana, y la sumisión claramente expresada por el término islam.

La pasibilidad de Dios es otra característica que destacan los panenteístas, el sufrimiento de Dios a causa del sufrimiento humano; aunque probablemente la insistencia en esta pasibilidad se deba al desarrollo de este sistema durante las guerras del siglo XX y el holocausto judío. Esta pasibilidad coincide con el teísmo bíblico, y con el teísmo popular, pero se diferencia del teísmo filosófico, de raíz aristotélica, que considera a Dios inmutable e impasible. (Deseo estudiar más a fondo esta característica porque es la más difícil de explicar, pero es la que sentimos más profundamente).

La cristología gradual, que defienden algunos panenteístas, considera que la diferencia entre Cristo y las demás personas es de grado, no de esencia. Esta gradualidad puede traspasar una línea roja de la doctrina tradicional cristiana. Sin embargo recientemente hay autores cristianos que consideran a Jesús “una persona como nosotros”. Y ya Pablo en la carta a los romanos presenta a Jesús “a partir de la resurrección establecido por el Espíritu Santo Hijo de Dios con poder”.    

En resumen, creo que el pensamiento panenteísta puede sintetizarse en la conocida metáfora de Jäger según la interpreta Melloni: “La ola es el mar”, pero el mar es más que la ola.  

Gonzalo Haya

A TOLERANCIA E O RESPETO AO DIFERENTE GARANTIZAN SOCIEDADES INCLUSIVAS

En el Día Internacional de la Tolerancia, Cáritas insta a las sociedades a que acojan a todas las personas que se ven forzadas a desplazarse.

Con motivo del Día Internacional de la Tolerancia, Cáritas insta a las sociedades a que acojan a todas aquellas personas que se ven forzadas a desplazarse por motivos como el riesgo a sufrir persecución, los efectos adversos del cambio climático o la escasez de alimentos.

No hay tolerancia sin el respeto ni la comprensión mutua entre las culturas y los pueblos. Es imprescindible que hoy recordemos la vigencia de este noble principio –recogido en la base de la Carta de las Naciones Unidas y de la Declaración de los Derechos Humanos–, en una época como la actual donde el extremismo y el radicalismo violento van en aumento. No construyamos sociedades excluyentes.

Vulneración de derechos en las fronteras

Desde Cáritas vemos con especial preocupación las graves vulneraciones de los derechos que sufren las personas migrantes y refugiadas en las fronteras durante su tránsito de los países de origen hacia las sociedades de acogida, legitimadas estas en esa percepción negativa (estereotipos y prejuicios) de las personas en movilidad humana forzada.

En la actualidad existen crisis humanitarias que provocan la salida de millones de personas de sus lugares de origen. Estas son algunas de ellas:

  • En la región del Sahel. La situación de inseguridad alimentaria crónica junto con la presencia de grupos armados violentos ha obligado al desplazamiento forzoso de más de un millón de personas en los últimos dos años, la mayoría de ellos dentro del mismo país. Estas personas llegan a pueblos y comunidades donde a menudo los medios de vida son escasos para cubrir las necesidades de la población autóctona lo que aumenta la presión y resistencia hacia las personas que llegan.
  • En Afganistán alrededor de 2,6 millones de personas se han visto obligadas a migrar a otros países, principalmente a Irán y Pakistán. Pero hay más de 3,5 millones de personas que se han visto obligadas a desplazarse dentro del país en busca de refugio.
  • La crisis venezolana ha provocado la mayor oleada migratoria en la historia de América Latina y la huida de más de 5,4 millones de personas hacia países como Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Argentina y México.

En el Día Internacional de la Tolerancia queremos llamar la atención a todos los países, pueblos y culturas que acogen a estas personas que son obligadas dejar sus países, a menudo por un periodo de tiempo indefinido. Apelamos a su comprensión y empatía para facilitar la acogida, la integración y el respeto a estas personas, con el objetivo de garantizar sociedades inclusivas y no excluyentes. 

La riqueza de la diversidad

Y recordamos, en este día, que la esencia de la tolerancia es el respeto, el reconocimiento de la rica diversidad de todas las personas que conforman las culturas de nuestro mundo, de la aceptación de todas las formas de expresión y medios de ser humanos.

El papa Francisco, en la Encíclica Fratelli tutti, señala claramente a la discriminación, el racismo, la xenofobia, o los nacionalismos excluyentes, como actitudes incompatibles con la hermandad. Para Francisco las personas extranjeras son una riqueza y oportunidad. Por eso, apuesta por un modelo de convivencia intercultural, donde la diversidad es un “don”.

«Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado» (FT, 35).

A IGREXA NON TEN QUE REINVENTARSE

Xa moito antes da pandemia algúns dicían que a Igrexa tiña que reinventarse debido a que se estaba quedando baleira. É verdade que as estatísticas de asistencia a misa, celebración de sacramentos, número de seminaristas, etc. en España son demoledoras. Pero tamén é certo que o «número de negocio» da Igrexa non é un dato que se poida medir nestes termos.

A misión da Igrexa está clara: anunciar o Evanxeo e celebrar os sacramentos. E como consecuencia da espera do Reino de Deus, o exercicio da caridade e a observancia dos Mandamentos para o ben propio e dos demais. Non hai nada máis. O resto das actividades que se están levando a cabo desde entidades eclesiais están, ou deberían estar, en función desta misión, que é a esencia e a razón de ser da Igrexa.

Por iso, cando alguén di que a Igrexa ten que reinventarse, e refírese a que faga algo que non sexa isto, xa estariamos a falar doutra realidade distinta, pero non da Igrexa querida e fundada por Xesucristo. Aquí, neste caso, non serve iso de «renovarse ou morrer», pois o que se está pedindo é que deixe de ser o que é para converterse noutra cousa que nada ten que ver coa súa esencia. 

Os defensores da teoría da reinvención avogan por que a Igrexa se converta nunha prestadora de servizos sociais, que inclúa a actual forma de facer caridade e a animación sociocultural de grupos, especialmente de xubilados e enfermos.

É certo que a Igrexa é experta en humanidade e que as Cáritas parroquiais fan moito con moi pouco. Pero esta calidade non lle vén dada só por unha cuestión meramente humanitaria, senón tamén e, sobre todo, pola condición que temos todos de ser fillos de Deus que nos fai tratar aos demais como irmáns (Cfr. Fratelli Tutti 8, 58 e 279 v.g.)

Por outra banda, hoxe en día as Administracións Públicas teñen todo tipo de recursos moito mellores que os da Igrexa para atender as necesidades sociais das persoas máis desfavorecidas. Polo menos, é do que presumen todos os días nos seus discursos.

Pero estamos seguros de que isto é o que de verdade están a demandar moitas persoas? Cada vez atopo máis xente que está en procura de algo ou de alguén que dea un sentido pleno ás súas vidas e que pasa tamén polo sentido do transcendente.

Di Chesterton que «cando se deixa de crer en Deus, enseguida crese en calquera cousa». Que esteamos nunha sociedade secularizada e laicista non quere dicir que o sentimento relixioso quede anulado ou acalado nas persoas. De feito, hai uns días alguén da vida pública que non lembro, asignaba a categoría de relixión ao laicismo.

A Igrexa é cousa de Deus. Pero o é para o noso ben. Deus, por pura graza, fainos membros dunha asemblea de irmáns, que buscan a Deus e que queren facer a súa vontade para participar un día do seu mesma vida divina.

No nosopai cansamos de rezar «fágase a túa vontade aquí na terra como no ceo», pero moitos empéñanse no contrario: «fágase a miña vontade na terra e no ceo» e teñen a ousadía de desafiar o Depósito da Fe que a Igrexa tenta custodiar con fidelidade.

A Igrexa non ten que reinventarse, porque o seu fundador (o seu «inventor») foi o mellor dos posibles: Xesucristo, que por ser Deus nin se engana nin nos engana.

 

Miguel Ángel Álvarez Pérez

Párroco da Fonsagrada

miércoles, 10 de noviembre de 2021

O DETRACTOR DO HOME

O pecado, detractor do home, presenta tres matices específicos: un de vaidade, xa que el que polo seu narcisismo conxénito considerábase sen mancha nin engurra, ao advertir algunha imperfección na súa conduta, avergóñase ante a súa propia conciencia e ante a súa veciñanza, por perder a valoración estimativa de que gozará até entón.

Outro matiz é de preocupación e medo porque, ao recoñecerse quebrantador dalgún deber, recoñece que o incumprimento de toda lei é merecedor dalgunha sanción punitiva e isto inquiétao en maior ou menor grao.

E un terceiro matiz é o sentimento de pena por desgustar ao Señor, inmensamente bondadoso e benfeitor de todos.

O primeiro aspecto do pecado é consecuencia da nosa vaidade narcisista. O segundo é consecuencia do noso medo ao castigo, e o terceiro é a nosa sensibilidade de incorrespondencia ao amor de Deus e da nosa ingratitude aos seus beneficios. Este último aspecto é froito da consideración dialogal do pecado. O pecado visto desde a propia conciencia, cáusanos vergoña. Visto en referencia á lei, prodúcenos medo, e considerado en referencia ao Señor, prodúcenos pena por non corresponder á súa xenerosidade. Isto non minora o sentido do pecado, senón que o acrecenta. O pecador percibe a gravidade da súa vida pecaminosa, a partir de dous puntos de referencia. Primeiro desde a referencia cuantitativa que media entre Deus e o home. Desde a distancia ontolóxica que existe entre o creador e a criatura, o pecador cae na conta de a quen ofendeu; que amor desprezou e contra a quen se revelou. O que “non é”, despreza a grandeza e o amor do que “é todo”. O mal fillo golpea o rostro do pai bo.

O segundo lugar, o pecador percibe o incorrecto do seu comportamento e o comportamento perfectísimo do mesmo Deus. Desde a contemplación do crucificado, que con xenerosidade infinita, redime ao que, con odio satánico, levouno ao calvario para crucificalo. A cruz do Sinaí é a plasticidade do obrar do home e do obrar de Deus; pero a diferenza é abismal. Todos nel puxemos as nosas mans deicidas. Pero é unha bendición nacer xunto a un crucifixo. Grazas á cruz do Calvario, o home sente vergoña e pena pola súa incorrespondencia ao amor do redentor. A este sentimento do pecador chámaselle compunción, pola cal Deus faise presente no corazón do home, como amor e perdón. E esta acción gratuíta de Deus conmove as entrañas do pecador, para que volva ao amor misericordioso do Señor. Estes son os primeiros pasos do arrepentimento e da conversión do fillo pródigo. O arrepentimento é a conciencia dolorosa que o pecador experimenta polo seu incorrecto comportamento; e a conversión é a decisión de retornar á casa do pai, onde abunda o pan.

Este camiño xa lle é coñecido ao fillo famento, pero agora percórreo noutra dirección. A primeira vez, percorrérao para pór distancia entre El e o seu pai. Agora faino, porque quere apuntarse como asalariado no fogar que lle vise nacer. Equivocouse na partida, que lle levou á carencia de pan e de amor. No regreso teme a rifa do seu pai xustamente ofendido, pero gratamente sorprendido atopa un abrazo amoroso e unha acollida de festa.

Esta parábola é un autorretrato de Deus Pai que non entende de reproches senón que prodiga sentimentos de misericordia con todos os que volvemos cabizbaixos, temendo atoparnos coas portas pechadas, pero con grata sorpresa, achamos uns brazos abertos e un corazón que nos acolle para facernos felices. Está claro: o Señor non vende caro o perdón, senón que o ofrece gratuitamente e agradece que llo aceptemos.

Alegrémonos tamén nós, porque, aínda que en ocasións non fomos bos fillos, El non deixa de ser bo pai e segue amándonos.

Indalecio Gómez Varela

Cóengo da Catedral

 

martes, 2 de noviembre de 2021

HONRAR AOS DEFUNTOS..

Es el modo generoso y agradecido de seguir viviendo, tras su tránsito, el cuarto mandamiento del decálogo. Y este mes de noviembre dedicado tradicionalmente a la reflexión sobre las postrimerías de la existencia humana, nos ofrece en bandeja la ocasión de clarificar, al menos a quienes se consideren cristianos, la adecuada conducta que se nos reclama ante la muerte de un ser querido. Y es que con excesiva frecuencia constato apenado que ni siquiera los que se creen mejor formados están siendo ejemplo a seguir y modelos a imitar. Ahí va, pues, de manera sucinta el modo de hacer las cosas como lo aconseja a sus miembros la madre Iglesia en tales situaciones.

Lo primero y a propósito del mandamiento de honrar a los padres – debería ser innecesario recordarlo-, cuando un ser querido está enfermo, lo que se debe hacer, si es creyente, es avisar al médico y también al sacerdote, para que le encomiende, le telefonee y le conforte bien sea en el hogar o ahora con mayor frecuencia en el hospital, que para eso están los párrocos y los capellanes. Si sucediese el fallecimiento, debería notificarse a la parroquia a la que pertenecía, aunque no se celebren en ella las exequias, porque, como nos recuerda estos días Mons. Luis Quinteiro, “la parroquia es tu gran familia”; de ahí  que también esos sucesos luctuosos debieran comunicarse, para que los hermanos en la fe recen por sus miembros vivos y difuntos.   

En cuanto a la elección del lugar de la celebración de las exequias -reitero que me estoy refriendo a fieles católicos y a quienes respeten las creencias del fallecido-, es necesario subrayar e insistir en que el lugar propio para la celebración de los actos litúrgicos católicos no es el tanatorio, ni una residencia geriátrica o un hospital para el caso de las defunciones; como no lo es ni el colegio, o un pazo para las primeras comuniones. El lugar adecuado para la celebración de la misa exequial o funeral es el templo de la parroquia en donde vive o a la que acude la familia del finado. Y toda familia cristiana debiera saber, y si no esa circunstancia sería la ocasión de recordárselo, que los tanatorios son lugares estupendamente inventados para el duelo, pero no son el lugar adecuado para celebrar los funerales católicos. A no ser que se pretenda “despachar cuanto antes este engorro del entierro”, que entonces sí que es la más correcta elección para los deudos pero no para honrar al difunto.

Me parece especialmente necesario recordar estas elementalidades cuando ya antes pero mucho más con ocasión de la pandemia, se ha ido introduciendo la cómoda costumbre de despedir apresuradamente a los difuntos en el tanatorio, o incluso eludiendo el duelo en ese lugar, y omitiendo las celebraciones con la familia católica parroquial. No es lo más correcto ni debiera ser la práctica habitual como está sucediendo. Porque si no es plausible celebrar una misa en el tanatorio -o Celebración de la Palabra, si ésta no estuviera litúrgicamente permitida -, como sustitución del funeral en el templo; tampoco se aconseja celebrar allí una misa y en otro momento, además, el funeral parroquial. Sustitución o duplicidad de misas parecen aquí elecciones pastoralmente inadecuadas. Y es que esas corruptelas han demostrado que la excusa de que “así cada uno va a lo que puede” no está sirviendo para que acudan más personas a orar por el difunto; al contrario solo complican o multiplican innecesariamente la buena práctica tradicional de nuestras exequias cristianas: velatorio o duelo en el tanatorio y funeral en el templo parroquial. 

De ahí que haya que concienciar a los católicos vigueses para lograr que los tanatorios dejen de ser lugares de culto, como efectivamente no lo son en las villas y en los demás pueblos de nuestra diócesis. Solo en la ciudad de Vigo se está consintiendo, fomentando y extendiendo esta inadecuada costumbre que no tenía arraigo entre nosotros como legado del modo habitual de honrar a nuestros difuntos.

Por supuesto que nuestros tanatorios, también los vigueses, son magníficas empresas que prestan delicada y eficazmente sus servicios ayudando a cumplir bien con el deber de honrar a los muertos, pero no debieran suplantar o sustituir en aquello que atañe a la vivencia comunitaria de la fe, que eso corresponde a las parroquias. La comunión de toda la familia cristiana que ora por quien “duerme el sueño de la paz”, se expresa mucho mejor acudiendo todos unidos a un único funeral en el templo habitual.

Será bueno que los lectores que vivan correctamente estas actitudes y convicciones las difundan entre los cristianos menos formados, pues están fundamentadas en la tradición de la iglesia. Y en esto como en tantas cosas el que otros lo hagan no significa que esté bien hecho.  

Mons. Alberto Cuevas Fdez.

Sacerdote y periodista

Artículo publicado en el Faro de Vigo (31-10-2021)