jueves, 24 de septiembre de 2020

EL RETORNO A LA INOCENCIA

         El material del que está compuesto el inconsciente colectivo heredado, está compuesto fundamentalmente de imágenes. Sería como una colección de “diapositivas” o cuadros en un museo.

      Cuando uno se sitúa delante de un cuadro, (especialmente figurativo), y lo reflexiona, afluyen toda una serie de conocimientos, de ideas sobre la realidad reflejada.

   De forma similar, cuando uno se enfrenta ante la comunicación de alguien, inevitablemente se encuentra ante una serie de flases de alguna imagen inconsciente, que afloran a la conciencia del comunicador, desde su profundo interior.

       Con esta perspectiva, algunos de los dichos de Jesús, mejor o peormente transcritos en los escritos evangélicos, parece que reflejan una poderosa imagen sapiencial, (que nosotros también tenemos enterrada en la profundidad de nuestra mente, y actúa como llave-clave), con lo que nos aflora una relectura nueva y moderna, muy alejada de sus apariencias culturales a veces arcaica.

      Un ejemplo de esto es la narración de la expulsión de los “demonios” de la endemoniada, que ellos mismos se autodenominan “legión”, y que van a parar a una piara de cerdos cercana, y que con la psicología moderna, adquiere un sentido alegórico nuevo, y muy actual.

       Se trataría, (bajo la apariencia de una narración primitiva y supersticiosa), de una imagen muy moderna y actual, de la psicología humana: estamos divididos, fraccionados en una “legión de demonios autónomos”. Y nuestra liberación consiste en “expulsarlos”, coordinándolos y unificándolos.

       Ya decía hace días que en la mente humana no hay un yo, todopoderoso, que ordena y manda lo que se hace, como el jockey de un caballo.

       La mente humana, es un campo de batalla entre toda una serie de sistemas neurológicos independientes y autónomos, (complejos, arquetipos, homúnculos-minipersonalidades, etc.), que se han ido creando en nuestra mente a lo largo de nuestro desarrollo humano, y fruto de nuestra educación. Y en cada caso hay un vencedor.

       El “yo”, es un sistema más, el más importante, porque controla nuestros recuerdos, que configuran nuestra personalidad, nuestra “careta”. Pero no controla más que de vez en cuando.

       Y cuando lo hace, en vez de hacerlo unificando y coordinando el “gallinero” de bots internos, mediante la conciliación de opuestos, y dando galones a nuestros programas sapienciales internos, muchas veces lo hace a base de reprimir fuertemente dicho “gallinero”, generando una inestabilidad psicológica, en un falso equilibrio inestable, que no tarda mucho en manifestarse de nuevo, en una lucha perpetua.

En la simbólica narración bíblica del Pecado original, hay algo aparentemente poco claro. ¿Por qué comer del árbol del bien y del mal, es motivo de pecado?

       Se supone que el hombre primigenio, el humano “inocente” del Paraíso era el estado con el que el humano fue creado para vivir en la tierra, (Thomas Merton). Al adquirir el conocimiento, la ciencia, scientia, parece que se produce una desintegración, una desestructuración del humano, “el pecado original”.

       La inocencia original, es un actuar automáticamente, siguiendo nuestra naturaleza, como una flor o un árbol o un lobo. Es sencillo, como tener un reloj: son las tantas.

       Cuando vamos adquiriendo conocimientos, con cada uno de ellos, nos encontramos un nuevo reloj, que marca otra hora distinta. Y ahí empieza el lío. Necesitamos con cada nuevo reloj adquirido, reajustarlos todos, so pena de caer en un estado de confusión endémica.

       Hemos dejado de tener hora, hemos perdido la inocencia original. Y empezamos a dudar, y ante la duda, empezamos a taparnos nuestras partes pudendas con una hoja de parra, porque no estamos seguros de qué es lo que hay que hacer: nos entra la vergüenza.

       Estamos poseídos por una “legión” de relojes distintos, de “demonios”, tirando cada uno de ellos, de nosotros, volviéndonos locos, alienados.

    Entonces, ¿cómo hacemos para recuperar la inocencia, desestabilizada por el conocimiento, compatibilizándolos?

       Thomas Merton, en su diálogo con D. T. Suzuki, en su artículo “La reconquista del Paraíso”, lo aclara: “La inocencia no desplaza, ni destruye el conocimiento. Ambos van juntos”. Ahora bien, no se puede caer en el atajo de la inocencia quietista, la que corta por lo sano: si tu ojo te es motivo de pecado, ¡arráncatelo! Si el conocimiento de la realidad te es motivo de pérdida de la inocencia primigenia, ¡huye del conocimiento!

       Eso es confundir la inocencia primigenia con una ignorancia narcisista de bebé. No, el verdadero camino de recuperar la inocencia perdida, es una continua labor de resituación del conocimiento adquirido, para unificarlo en nuestro interior, con el resto: poner todos y cada nuevo reloj, a la hora buena, (que no necesariamente debe ser la del primer reloj).

       Ese es el arduo e inacabado camino de la sabiduría, o de la santidad, en términos tradicionales. Por eso sigue Merton: “En la inocencia original, todo se ha obrado en nosotros, pero sin nosotros. Pero debemos a aprender a obrar en el plano del conocimiento, scientia, donde la gracia hace su trabajo en nosotros, pero “no sin nosotros”.

       Lo que dicho en término psicológicos actuales, el trabajo lo hace ese núcleo “divino”, que tenemos dentro de nosotros instalado en el profundo inconsciente colectivo que está incorporado en nuestra naturaleza heredada.

       Solo que lo hace, si le abrimos camino hasta su afloramiento a la conciencia consciente, mediante la limpieza de tanto estorbo de ideas erróneas e inútiles: la “limpieza de corazón”, o la “vacuidad de morralla”. Y si lo deseamos de verdad.

Inicia Merton su artículo, con una cita de “Los hermanos Karamazov”, en la que el Staretz Zósima, dice: “No comprendemos que la vida es el Paraíso; pues bastaría con que deseáramos comprenderlo, para que el paraíso se nos presentara en el acto, ante nuestros ojos, con toda su belleza”.

      Isidoro García Gómez.

SENSIBILIDADE COA RELIXIÓN

 "Ser sensible coa relixión é unha obriga de todo aquel que queira entender o fenómeno humán"

Ser sensible coa relixión é unha obriga de todo aquel que queira entender o fenómeno humán. As relixións, todas, conteñen o mecanismo psicolóxico do home. Todos os matices psicolóxicos están nos mitos e ritos relixiosos. Así que aqueles que desprezan olimpicamente as crenzas relixiosas que vaian tomando nota.

O anticlericalismo e a xenreira contra a relixión seguen activos en círculos da esquerda política. É unha herdanza petrificada nos seus programas. Mentres que a esquerda non se libere de esa actitude antirelixiosa vai seguir perdendo o tempo. Disgregará as súas forzas. Andará entretida e confusa e non traballará no importante. E máis aínda, cometerá inxustizas graves contra as persoas nas fibras íntimas da súa personalidade. As burlas e ataques á relixión son ademais de inxustos e malvados, son torpes, inútiles e ofuscan a mente dos agresores.

Conseguen o premio de aumentar o numero de inimigos da esquerda. Calquera antropólogo pode explicar a un esquerdista que a relixión é a expresión da psicoloxía humana: As angurias, as esperanzas cobran forma en algo sublime como o entusiasmo estético. Arte e relixión van xuntos dende os comezos dos tempos. Leo que queren suprimir os cregos dos hospitais. O aforro en cregos seguramente aumentará o gasto en ansiolíticos.

Os argumentos económicos disimulan mal o anticlericalismo de fondo. Non toquedes a sensibilidade relixiosa. «Non queirades ser como deuses». Facer mal por facer mal é inxusto e máis estúpido.

 

Eduardo Fra Molinero

ONDE ESTÁ O NOSO AUXILIO?

Desde hai uns anos discútese en moitos foros se estamos nun cambio de época máis que en época de cambios. A crise xeral provocada pola Covid-19 é vista por moitos como ese punto de inflexión que marca o fin dunha época e o comezo doutra. Supoño que é moi pronto para decidilo e que é necesario que pasen uns cuantos anos para ver que feito da historia recente leva o premio de ser a icona dese cambio de época.

Durante os primeiros días do estado de alarma aventureime a profetizar que esta situación ía adiantar en 5-10 anos o proceso de descristianización no que está Occidente desde fai xa bastante tempo. Algúns compañeiros dixéronme que esaxeraba aínda que estes mesmos despois déronme a razón cando volvemos á nova normalidade. Lamento non equivocarme.

Durante estes días xa se empezaron a oír máis voces dicindo isto mesmo, incluso as dalgún cardeal da Igrexa, como a do arcebispo de Luxemburgo, Mons. Hollerich, que sostén que a pandemia de coronavirus pode acelerar a secularización de Europa en 10 anos e que esta situación ten que ser unha oportunidade «que nos permita reorganizarnos mellor, para ser máis cristiáns» e deixar atrás un «cristianismo meramente cultural».

Moitos anos antes foi o coñecido teólogo Rhaner o que dixo «o cristián do futuro ou será un místico ou non será cristián». Xa daquela víase vir con toda claridade o cambio de época que se pode estar a producir neste tempo.

Está claro que un cristianismo meramente cultural só serve para falsear as estatísticas e crernos que todo estaba ben, porque as igrexas aínda se enchían con bastante frecuencia. Pero abonda un virus para que da noite á mañá as igrexas queden baleiras e, o peor, que case ninguén o lamente nin bote en falta os sacramentos nin un lugar no que alimentar a fe; nin sequera no momento de despedir aos seres queridos.

Gústame lembrar con frecuencia as palabras de Bieito XVI, na súa encíclica Deus caritas est, na que nos deixa esta rotunda afirmación: «Non se comeza a ser cristián por unha decisión ética ou unha gran idea, senón polo encontro cun acontecemento, cunha Persoa, que dá un novo horizonte á vida e, con iso, unha orientación decisiva». Este é o futuro e por aquí é por onde temos que recomenzar. Todo o demais é un querer e non poder.

Custa pór o punto final a unha época. Custa pechar unha porta. Pero cando os balances son os que son é necesario facelo dunha vez e comezar de novo e de «cero», volvendo ás orixes para que a fe en Xesucristo sexa o que ten que ser e non unha cousa meramente cultural. Algo do que nos servimos cando non sabemos que facer cando o neno nace, faise adolescente ou cando hai que despedir ao pai ou ao avó.

Ante esta situación provocada polo coronavirus e os seus efectos colaterais na vida da Igrexa e dos cristiáns, só queda dicir como o salmista (123, 8a): «O noso auxilio é o nome do Señor, que fixo o ceo e a terra».

 

Miguel Ángel Álvarez Pérez

 

 


CARTA A DIOS

Querido Dios:

Aquí estoy, intentando explicarte como me siento o lo que siento, aunque tú ya lo sabes.

Nunca te veo. A veces te presiento en mi interior, pero puede que sean imaginaciones mías. ¡Si al menos fueras un poquito más claro cuando te manifiestas y si hicieses que fuera más fácil encontrarte…!

Te pido muchas veces que me des fe, pues la que tengo no me llega para verte claramente.

Sabes de todos mis miedos. Sabes de mi miedo al futuro, incluso más que a la enfermedad -a la que también tengo un miedo horrible-, al miedo de quedarme sola en la vejez.

Por otra parte, Dios mío, perdóname, pero no te entiendo. Si de verdad nos quieres ¿Por qué dejas que tanta gente lo pase tan mal? Mira, Señor a las personas de muchos lugares África, a los que tienen que emigrar, a los de Yemen y a los de tantos países que no tienen nada. ¿Por qué los dejas en esta situación tanto tiempo? ¿Por qué ahora esta pandemia que tantas penas está causando?

¡Dios mío!, si es verdad que eres todo amor, ¿Por qué en tantas personas no pones ahora ese amor?

¡Dios mío!, esta carta es dura, pero es así como me siento ahora.

Por otra parte, en cuanto a mí, solo quiero darte gracias infinitas por la vida que me has dado hasta ahora. Todo lo he tenido fácil. Gracias por mi familia, por mi salud, por mis amigos  por lo mucho que me has dado.

Señor, tengo un miedo horrible al futuro, a lo que me pueda venir y, si es malo, a no saber aceptarlo con resignación (Dios mío, pienso en la enfermedad de N., que me afectó bastante…).

¡Dios mío!, sigo pidiéndote que aumentes mi fe para que pueda tenerte de apoyo en lo que me depare la vida.

Por otra parte, pienso muchas veces que solo te quiero por puro egoísmo, que quiero tenerte solo como un bastón de apoyo cuando las cosas no me van bien. Quizás por eso no me haces caso.

Ayúdame, Señor. Seguiré.

Tengo que desahogarme contigo.

Te necesito en mi vida,

pero necesito saber que estás,

que de verdad existes

¡Ayúdame! Jesús, Dios mío.

¡Cuántas cosas te diría si te tuviera enfrente!

No me cansaría de contarte y ¡qué fácil sería entenderte!

Quizá en otra ocasión.

 

lunes, 14 de septiembre de 2020

FILOSOFÍA DEL AMOR

 La razón es finita, pero el sentimiento de amor

es infinito (Romanticismo alemán).

   El amor consiste simplemente en amar, y complejamente en ser amado. Hay una compenetración entre amante y amado o amada de ida y vuelta, una coimplicidad que topa con el otro/otra, un salir de sí a la otredad. El amor es un reconocerse a sí mismo a través de otro, un perderse para encontrarse, un darse confiando que el otro nos acoja como lo acogemos.

      El amor no es pues coger sino acogida, unión y afirmación mutua. Pienso que el amor es el sentido de la vida porque la dota de pro-creatividad, pero es también el sentido de la muerte porque abre su finitud al infinito. En efecto, el feeling o hilo sentimental del amor es el hilo de Ariadna, el cual nos saca de nuestra soledad en el laberinto de la vida-muerte, atrapados por el monstruo Minotauro. La pérdida del amor es la pérdida de nosotros mismos en el laberinto.

      El psicólogo S.Freud parece confundir el amor como una expresión de la sexualidad, cuando es al revés: la sexualidad es la expresión del amor, que adquiere así la primacía humana. Esta primacía del amor humano se basa en la com-pasión, la cual dice consentimiento y mutuo compadecimiento por nuestra situación de encerrona existencial en este mundo. Pues lo que hace el amor es un abrimiento radical, el tránsito de la finitud a la infinitud o indefinitud abierta.

      Ello es así porque el amor implica la fe en el/lo otro, así como la esperanza en su reciprocidad. El romanticismo alemán definió el amor como fe y creencia en el otro y en el Otro (el Dios-amor), porque garantiza nuestro amor humano. Así que el amor es un acto de fe y esperanza cuasi religiosa, pues no en vano el amor dice religación o coligación. Creo y espero porque amo, y amo porque creo y espero.

      La fe confiada en el amor intersecta la eternidad y la temporalidad, de donde la sensación del amor como finito e infinito. Por eso en la obra de Unamuno –San Manuel Bueno y mártir–, el sacerdote protagonista acaba eligiendo no la fe celestial, sino el amor terrestre a sus fieles, abriéndolos a una fe que él mismo solo obtiene por ese amor de compasión por el prójimo.

      Curiosamente la historia del cristianismo refleja bien esta problemática. En efecto, san Pablo y el protestantismo privilegian la fe, fiducia o confianza en el Dios-amor, mientras que san Pedro y el catolicismo privilegian las obras y rituales religiosos en honor del Dios. Sólo san Juan, el discípulo amado, optó directamente por el amor humano-divino. Hoy sale vencedor el discípulo amado por Jesús y su teología del Dios-amor, por eso el Cristo de su Juicio Final en la Capilla Sixtina aparece conteniendo su furor de Pantocrátor ante los enjuiciados finalmente por amor.

      Así que creemos, esperamos y obramos bien porque amamos, y la única manera de amor es sencillamente amar al otro como a uno mismo. El amor es la única prueba de la existencia divina de Dios, y la única muestra de la existencia humana del hombre, sin el cual este es un animal. El amor representa nuestra afirmación radical humana, mientras que el antiamor representa nuestra negación radical inhumana. Sólo el amor nos salva de nosotros mismos, pues el amor es creencia y creación de trascendencia, su símbolo o cifra: el bien inmanente que resulta trascendental. El hombre se hizo y se hace hombre por el amor: por eso es el animal capaz de amar (transracional).

Andrés Ortiz.

CRISTO Y LA IGLESIA

A la historia del hombre sobre la tierra se le llama “la historia de la salvación”, y en ella se distinguen tres etapas: La salvación escatológica, la salvación redentora y la salvación eclesiológica. En estas tres palabras se condensa el proceso vocacional del hombre hacia la pascua definitiva. Todo lo vocacional implica llamada y respuesta.

Nuestra historia salvífica comenzó con nuestra llamada existencia. Dios no necesitaba del hombre para ser feliz, pero necesitaba de nosotros para hacernos felices. El Dios eterno en su origen e infinito en poder y bondad, comparte sus dones con las criaturas y, en virtud de su vocación dadivosa, decretó crear al hombre para tener a quien amar y para hacerle feliz en su reino. En el reino de Dios hay que distinguir dos fases: una celestial y eterna, y otra terrenal y perecedera.

La fase terrenal del reino comenzó con el “sí” de Dios que, en el momento de la creación, elevó al hombre al orden sobrenatural y lo destinó a ser plenamente feliz ya aquí en la tierra, convertida en paraíso terrenal.

Está claro que, según el plan de Dios, todos tenemos vocación de cielo, pero toda vocación se integra de llamada y de respuesta. Si la llamada no es acogida, la vocación es frustrada y, desafortunadamente, éste ha sido nuestro caso: el hombre dijo “no” a Dios, y el paraíso terrenal se convirtió en “valle de lágrimas”. El llanto es desde entonces “patrimonio de la humanidad”.

El pecado del hombre cambió la suerte de la humanidad en la tierra, pero no cambió el corazón de Dios respecto a nosotros, a quienes continúa amando con amor sin límites.

Adán, llamado a ser jefe de un pueblo unido y obediente al Creador es ahora el caudillo de una comunidad dividida y en rebeldía con su Hacedor. Se requiere un nuevo Adán, que restaure la comunión con Dios y la fraternidad entre los hombres. Hay que empezar de nuevo. A esta regeneración se le llama “redención”, y su restaurador es Jesús, el Hijo de Dios vivo. A Él le hubiera bastado un solo acto de su humanidad santísima para llevar a efecto la misión confiada por el Padre. Pero Jesús no solo vino a expiar nuestras culpas: quiere ser también nuestro maestro y nuestro modelo, y a ello dedicó los treinta años de su vida terrenal con su comportamiento ejemplarizante. Y al final de sus días, fundó la Iglesia, a la que confió la misión de continuar su obra redentora en el mundo.

La Iglesia es la encarnación de la providencia de Dios en la redención haciéndose. Los hombres no somos la Iglesia, pero somos de la Iglesia. De su misión somos beneficiarios, a la vez que colaboradores. Ella es divina y humana. Todo lo divino que Dios le regala, la hace hermosa y amable. Lo que nosotros le aportamos no siempre es positivo; más bien es censurable a los ojos de grandes sectores. De estas limitaciones, no siempre somos “culpables”, pero sí “responsables”, puesto que el comportamiento de los cristianos condiciona la evaluación que los no creyentes hacen de ella. Los cristianos somos la cara visible de la Iglesia. La Iglesia no es una mera institución humana. La Iglesia es la presencia de Dios entre los hombres, para proseguir la obra comenzada por Cristo en la tierra. La Iglesia es divina, porque su cabeza es Cristo; pero también es humana, porque sus miembros somos nosotros, salpicados de imperfecciones. Hay en ella dos dimensiones: una divina y santa, y otra humana y pecadora. Como divina, merece nuestro aprecio y estima. Como humana y pecadora, necesita nuestro perdón, puesto que somos nosotros los que la manchamos con nuestro incorrecto comportamiento.

Valoremos, pues, a la Iglesia, por lo que tiene de divina y santa; y compadezcámosla por lo que de nosotros tiene de negativo, y vistámosla de fiesta con nuestra santidad personal, para que sus enemigos la miren sin prejuicios y le agradezcan sus servicios.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

jueves, 10 de septiembre de 2020

VENTANAS DEL ALMA

"Los ojos son la ventana del mundo. Por ellos veo el mundo entero y me veo a mí en el centro. Pero son también las ventanas del alma. Por ellos puedo verme en otros ojos que no serán nunca los míos"

"Si te hace caso, has salvado a tu hermano" (Mt 18, 15-20)

De mi infancia no recuerdo nada tan abiertamente como la ventana a la que me asomaba cada mañana para ver el mundo. El mundo se abría ante mí concentrado en las ventanas y tejados de las viviendas que se podían ver desde la mía. Tras cada ventana imaginaba yo otras vidas y la misma luz iluminandolas de noche o el mismo aire corriendo por el día entre nosotros. Yo no sabía más que lo que estaba viendo mientras lo miraba, atento a cada esquina, cristal, altura en la distancia...Yo no veía más que lo que estaba a la vista de la manera que mi propia posición lo permitía.

Fue así como llegué a tomar conciencia de mi punto de vista. Lo que no podía ver me lo imaginaba o preguntaba, más bien, cómo sería: diferente y semejante a la vez, familiar y extraño, sencillo y complicado. Desde mi propio mundo me asomaba al mundo común; desde mi vergel veía el desierto, ancho y expuesto al espejismo, a la noche fría y despierta a los misterios. Si yo hubiera vivido en cualquiera otra de las viviendas que rodeaban la mía, habría visto el mundo desde otra ventana. Si yo fuera el vecino de enfrente o el de la esquina gozaría de otro punto de vista diferente. Pero yo era yo y mi ventana abierta al mundo era precisamente la mía.

Tardé muchos años en hacer un descubrimiento transcendental. Mi ventana no se abría a la calle, por lo que yo no podía verla desde fuera cada vez que salía de mi casa. Mi ventana se abría al patio del instituto donde yo soñaba con estudiar cuando fuera mayor. Por eso, el día de mi entrada en el instituto fue el primero en que pude ver mi ventana desde fuera. Ése fue, para mí, el día de un gran descubrimiento. Por primera vez, desde el patio del instituto, pude contemplar mi ventana a lo lejos. Aún recuerdo la impresión de aquel momento. Me extrañó ver mi ventana tan pequeña, una más entre otras muchas, solo eso.

"Si tu hermano peca contra ti, reprendelo", enseña el evangelio. Si peca contra ti, es decir, si pretende que veas las cosas tal como él las ve desde su ventana. Porque en la raíz del pecado no se encuentra sino esta loca pretensión: que el mundo sea tal como lo veo yo desde mi ventana. Si es tal como yo lo veo y lo imagino, será entonces tal como yo quiero que sea. El otro ya no será otro sino extensión de mí mismo. No será sujeto sino objeto de interés, de  vana compasión o indiferencia. Y yo podré buscarle si me interesa o desdeñarle si no me interesa. El egoísmo será el principio de la ética: en el fondo siempre yo asomado  a mi ventana y el mundo entero a mi servicio.

El evangelio enseña, sin embargo, a bajar al patio del instituto, allí donde mi ventana y la tuya son apenas dos ventanas entre tantas. Alli donde no es el mundo común lo que se abre ante nosotros sino tú ante mí, yo ante ti. Allí donde dos se miran a los ojos, el mundo común -tal como yo lo veo, por supuesto- se desmorona. "Si te hace caso..." es decir, si no evita tu mirada, "has salvado a tu hermano". No le has salvado tú. Ha sido él mismo quien se ha salvado por su fe en ti, por su entrega a otra mirada diferente de la que nos entrega el mundo entero cada vez que abrimos la ventana y vemos tantas otras en torno a la nuestra. Los ojos son la ventana del mundo. Por ellos veo el mundo entero y me veo a mí en el centro. Pero son también las ventanas del alma. Por ellos puedo verme en otros ojos que no serán nunca los míos: ¡transcendental descubrimiento!

Víctor Márquez Pailos.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La mística en la teología del siglo XX: Karl Rahner Y Hans Urs von Balthasar; Ángel Cordovilla

Este  artículo  estudia  el  sentido  que  tiene  la  mística  en  la  teología  de  Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar, ayudando así de forma indirecta al discernimiento teológico en torno al fenómeno místico, tan de moda en la sociedad actual. A ambos les une una comprensión de la mística en su referencia al misterio. Para Rahner ella nace del encuentro inmediato y personal con el misterio incomprensible de Dios y ha de ser vivida en un mundo donde la secularidad y el pluralismo se han convertido en el humus vital. Para Balthasar la mística es la vida cristiana en total obediencia al misterio de Dios bajo la forma de seguimiento de Cristo, participando así en su obediencia al Padre por el bien de aquellos que el Hijo único, como primogénito de todos los hombres, no se avergüenza de llamar hermanos.


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VENTANAS DEL ALMA

"Los ojos son la ventana del mundo. Por ellos veo el mundo entero y me veo a mí en el centro. Pero son también las ventanas del alma. Por ellos puedo verme en otros ojos que no serán nunca los míos"

"Si te hace caso, has salvado a tu hermano" (Mt 18, 15-20)

De mi infancia no recuerdo nada tan abiertamente como la ventana a la que me asomaba cada mañana para ver el mundo. El mundo se abría ante mí concentrado en las ventanas y tejados de las viviendas que se podían ver desde la mía. Tras cada ventana imaginaba yo otras vidas y la misma luz iluminandolas de noche o el mismo aire corriendo por el día entre nosotros. Yo no sabía más que lo que estaba viendo mientras lo miraba, atento a cada esquina, cristal, altura en la distancia...Yo no veía más que lo que estaba a la vista de la manera que mi propia posición lo permitía.

Fue así como llegué a tomar conciencia de mi punto de vista. Lo que no podía ver me lo imaginaba o preguntaba, más bien, cómo sería: diferente y semejante a la vez, familiar y extraño, sencillo y complicado. Desde mi propio mundo me asomaba al mundo común; desde mi vergel veía el desierto, ancho y expuesto al espejismo, a la noche fría y despierta a los misterios. Si yo hubiera vivido en cualquiera otra de las viviendas que rodeaban la mía, habría visto el mundo desde otra ventana. Si yo fuera el vecino de enfrente o el de la esquina gozaría de otro punto de vista diferente. Pero yo era yo y mi ventana abierta al mundo era precisamente la mía.

Tardé muchos años en hacer un descubrimiento transcendental. Mi ventana no se abría a la calle, por lo que yo no podía verla desde fuera cada vez que salía de mi casa. Mi ventana se abría al patio del instituto donde yo soñaba con estudiar cuando fuera mayor. Por eso, el día de mi entrada en el instituto fue el primero en que pude ver mi ventana desde fuera. Ése fue, para mí, el día de un gran descubrimiento. Por primera vez, desde el patio del instituto, pude contemplar mi ventana a lo lejos. Aún recuerdo la impresión de aquel momento. Me extrañó ver mi ventana tan pequeña, una más entre otras muchas, solo eso.

"Si tu hermano peca contra ti, reprendelo", enseña el evangelio. Si peca contra ti, es decir, si pretende que veas las cosas tal como él las ve desde su ventana. Porque en la raíz del pecado no se encuentra sino esta loca pretensión: que el mundo sea tal como lo veo yo desde mi ventana. Si es tal como yo lo veo y lo imagino, será entonces tal como yo quiero que sea. El otro ya no será otro sino extensión de mí mismo. No será sujeto sino objeto de interés, de  vana compasión o indiferencia. Y yo podré buscarle si me interesa o desdeñarle si no me interesa. El egoísmo será el principio de la ética: en el fondo siempre yo asomado  a mi ventana y el mundo entero a mi servicio.

El evangelio enseña, sin embargo, a bajar al patio del instituto, allí donde mi ventana y la tuya son apenas dos ventanas entre tantas. Alli donde no es el mundo común lo que se abre ante nosotros sino tú ante mí, yo ante ti. Allí donde dos se miran a los ojos, el mundo común -tal como yo lo veo, por supuesto- se desmorona. "Si te hace caso..." es decir, si no evita tu mirada, "has salvado a tu hermano". No le has salvado tú. Ha sido él mismo quien se ha salvado por su fe en ti, por su entrega a otra mirada diferente de la que nos entrega el mundo entero cada vez que abrimos la ventana y vemos tantas otras en torno a la nuestra. Los ojos son la ventana del mundo. Por ellos veo el mundo entero y me veo a mí en el centro. Pero son también las ventanas del alma. Por ellos puedo verme en otros ojos que no serán nunca los míos: ¡transcendental descubrimiento!

martes, 1 de septiembre de 2020

PENSAR E DISCERNIR EN TEMPOS DE PANDEMIA

Facer memoria do ocorrido durante este tempo de pandemia, tratar de entender como nos afectan estas crises ás nosas existencias, discernir as necesidades dos seres humanos máis vulnerables, lembrar o pasado para vivir o presente con ilusións e esperanzas de futuro, espertar da nosa pasividade e redescubrir o máis grande da nosa interioridade…, son tarefas urxentes nestes tempos nos que todos, dun xeito ou outro, sentímonos afectados.

O corazón gardará memoria viva destas situacións. Aínda que recoñecemos que os contactos se puideron traducir en contaxios, as comunicacións en contaminacións e as relacións humanas en soidades inmensas e eternas, hai sempre algo positivo en medido da negatividade e as sombras ameazantes da morte. Estas pandemias que pon en corentena o futuro da humanidade orixinan, con mais intensidade, outras pandemias psíquicas que dexeneran en medo, temor e tedio. Confinados nos nosos fogares e cos templos pechados, crentes e non crentes preguntámonos onde atopar a Deus no medio de tanta desgraza. Pregunta nova e eterna que xorde inevitablemente alí onde hai dor, sufrimento e morte.

Onde está Deus? Ocúltase, escóndese, cala, disfrázase, ponse a máscara para xogar co ser humano aos agochos? Algúns, empuxados quizá pola dor das situacións vividas, acudiron ao seu encontro aínda que até entón as súas relacións fosen frías ou inexistentes. Outros, pola contra, aos que case ninguén faría cambalear nas súas conviccións relixiosas, sentiron que este aparente silencio de Deus durante esta inesperada tormenta sacudía os alicerces da fe. Este escenario, tan diverso como o camiño persoal de cada ser humano, testemuña a nosa probada vulnerabilidade e abre a porta a novos interrogantes: Está Deus ausente destas realidades ou está tamén crucificado no patíbulo e nas U.C.I.S. dos apestados? Estas crises axudan a espertar a fe durmida nas tranquilidades dunhas existencias cómodas e indiferentes aos problemas dos demais ou, pola contra, provocan o afastamento, o agnosticismo e a indiferenza relixiosa? En calquera das direccións, a Igrexa, como comunidade de seguidores de Xesús, o Fillo de Deus encarnado na historia, está chamada a acompañar nestes procesos contribuíndo a unha nova misión evanxelizadora e a unha nova presenza social significativa e visible. Aínda que é moi difícil entrar na interioridade e na intimidade do ser humano, en situacións de crises as persoas sempre miran de novo cara ao esencial, realidade que inclúe unhas relacións humanas máis verdadeiras, as preguntas fundamentais da vida e o sentido último da existencia. Estas situacións poden axudarnos a entender o que grandes pensadores da humanidade afirmaron: Que Deus sempre está aí, con frecuencia tamén acompañándonos na cruz para liberarnos e resucitarnos dos sepulcros; que El non é autor do mal; que o mal é sempre ausencia de ben; que Deus actúa no ámbito do respecto ás nosas liberdades, o don máis grande da creación concedido ao ser humano; e que, por riba de todo, estamos chamados á vida en común, a unha cultura do compartir fronte á de competir, ás presenzas constantes acolledoras e próximas e a uns acompañamentos cada vez máis empáticos e saudables con aqueles que viven en soidade e abandono as súas cruces cotiás. Axudarnos uns a outros a baixar delas ou a impedir que existan é a mellor lección que podemos ofrecer nas actuais circunstancias.

 

José Mario Vázquez Carballo

 

lunes, 31 de agosto de 2020

Xesús predicou o Reino de Deus e veu a Igrexa

       Esta reflexión tiene como punto de partida el tema del último número de Iglesia Viva, ¿“Todavía el Reino de Dios”?, y quiere ser un recuerdo de un gran testigo del Reino de Dios: Pedro Casaldáliga.

       Desde una perspectiva lingüística hacer referencia al Reino de Dios parece que está fuera de lugar, puesto que para todo lo relativo al reino y a la monarquía, sobre todo en nuestro país, no corren tiempos propicios; pero desde el punto de vista bíblico tiene su significado y contenido propios, y, creo, que hoy día se puede aplicar con todo su vigor y amplitud de significado.

       Jesús de Nazaret, siguiendo la tradición veterotestamentaria, emplea el término “Reino de Dios”, pero, como explicó a Poncio Pilato, su reino no es de este mundo, es decir, no tiene la estructura de poder como los reinos del mundo, porque, aunque se trate de un reino, no hay poder, sino amor, siendo Dios el epicentro del mismo, y la relación de Dios con sus “súbditos” viene marcada por el amor, la comprensión y la misericordia y éste es el mismo principio que ha regir la relación de los miembros del reino entre sí. En este reino no impera la ley, la norma o la autoridad, sino la libertad, el amor, la comprensión y la misericordia.

       La comunidad humana que configura el Reino de Dios, y era la pretensión fundacional de Jesús de Nazaret, se integra en torno a unos valores éticos propuestos en las bienaventuranzas, en la parábola del samaritano, en el llamado “juicio final”, etc., cuyas coordenadas son el amor y la misericordia. Se trata de una vivencia tanto personal como comunitaria que se relaciona verticalmente con Dios y con los demás en su horizontalidad. No hay leyes o normas externas que marquen ce por be lo que se debe hacer en cada momento, puesto que “el sábado está hecho para el hombre” y no al revés. Así lo entendió y así lo practicó la Iglesia primitiva de Jerusalén, cuando, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, permanecían juntos, en comunidad, unidos en la oración y en la fracción del pan y no había necesitados entre ellos, porque todo lo ponían en común.

       Cuando el Reino de Dios se institucionaliza sin más, se convierte en Iglesia, como dice A. Loisy: “Jesús predicó el Reino de Dios y vino la Iglesia”. La estructura institucional es necesaria en todo quehacer organizativo humano, pero no puede ser el epicentro hasta el punto de desbancar a la vivencia personal y comunitaria, a la libertad personal y comunitaria, al estar todo controlado por la norma y la ley. Como advertía el profeta Isaías ( Is 2,1-5) la norma viene del templo, que es tanto como decir del clero, de la jerarquía. El Reino de Dios se convierte en Iglesia y ésta en “sociedad perfecta”, en un Estado; una sociedad política más, controlada por el poder y por la ley, y si es dictatorial, mejor, abandonando así las exigencias de ese Reino.

       No llegó a buen puerto el intento de san Agustín de Hipona de identificar Iglesia y Reino de Dios en su De civitate Dei, menoscabando, sobre todo, el concepto de Reino de Dios, como lo evidencia la Historia de la Iglesia y del Papado a través de los tiempos; tiempos de cismas, de cruzadas bélicas, de poder político y religioso (el papa mediante el llamado “poder de las dos espadas”, como ya reconocía a finales del s. V el papa Gelasio I en su carta al emperador Anastasio, controla el poder político y el religioso), de anatemas de herejes y de doctrinas (como ocurría en los Concilios, en el anecdotario del Vaticano II se recoge la extrañeza de los obispos españoles porque no se proponía ninguna condena de doctrina y no se declaraba ningún dogma), de Syllabus condenatorios de asuntos sociales, políticos, religiosos… Es conmovedor, a este respecto, el testimonio del teólogo francés Y. Congar (la lista de testimonios sería larguísima), que recoge en sus Diarios, y que soportó tres “exilios” impuestos por el poder vaticano y por su Orden de dominicos como consecuencia de sus reflexiones teológicas, al parecer, contrarias a las posiciones “oficiales”: “Acepto a Dios, su visita… No acepto a la Gestapo… No tengo derecho a sacrificar el servicio a la verdad”.

       Con el reduccionismo del Reino de Dios a la Iglesia, éste pierde su vitalidad y la Iglesia se transforma más en Estado, en sociedad política, que en comunidad de creyentes en el Cristo resucitado. La Iglesia, católica por supuesto, no es el Reino de Dios; éste es un concepto más amplio y comprensivo, como cuando se decía que fuera de la Iglesia, católica por supuesto, no hay salvación, doctrina que corrigió el concilio Vaticano II. Ahora bien, la Iglesia ha de asemejarse al Reino de Dios, puesto que es factor importante para que Dios reine en el mundo y para ello ha de asumir los paradigmas de dicho Reino: más amor y misericordia y menos leyes y normas; más acogida a los pobres, a los emigrantes y refugiados, a los oprimidos, a los sin techos… y menos riquezas y propiedades; más disponibilidad de servicio y menos exaltación de poder y mando, como recomendaba san Bernardo de Claraval a su amigo el papa Eugenio III: “Te dejas agobiar por toda clase de juicios sobre toda suerte de cosas exteriores y seculares; sólo te oigo hablar de juicios y leyes; todo ello, y las pretensiones de riquezas y de prestigio, proviene de Constantino, y no de Pedro“.

       La Iglesia como motor imprescindible para llevar a cabo el Reino de Dios en la tierra ha de eliminar otro reduccionismo enormemente dañino y perjudicial para la propia Iglesia: considerar el Reino de Dios como algo escatológico, situarlo en el más allá. Los valores éticos y religiosos del Reino de Dios pertenecen a la historia y no se pueden aplazar al final escatológico. Es una contradicción que clama al cielo que la Iglesia pretenda transformar la realidad histórica desde el pietismo, desde la fe sin más: lo único que importa es la relación personal con Dios sin tener en cuenta la realidad que nos circunda. La fe es don, pero también es tarea, un quehacer liberador y transformador de la realidad que no se ajuste a los valores éticos del programa de la Bienaventuranzas. Como sugiere I. Ellacuría, el Reino de Dios supera la dualidad entre lo personal y lo estructural, entre ética social y ética individual, pero no es sólo cuestión de fe, sino también de obras, de praxis configurada por el evangelio de Jesús de Nazaret.

O Papa invita aos cristiáns de todo o mundo a unirse para o #TiempoDeLaCreacion

 La iniciativa se desarrollará del 1 de septiembre al 4 de octubreLa Iglesia celebrará la Jornada Mundial de Oración por la Creación el próximo 1 de septiembre

El Tiempo de la Creación es una época para renovar nuestra relación con el Creador y toda la creación a través de la celebración, la conversión y el compromiso juntos. Durante el Tiempo de la Creación, nos unimos a nuestras hermanas y hermanos de la familia ecuménica en oración y acción por nuestra casa común.

 El Patriarca Ecuménico Dimitrios I proclamó el 1 de septiembre como día de oración por la creación para los ortodoxos en 1989. En efecto, el año de la Iglesia Ortodoxa comienza ese día con una conmemoración de cómo Dios creó el mundo. El Consejo Mundial de Iglesias (CMI) fue fundamental para convertirlo en un tiempo especial, extendiendo la celebración del 1 de septiembre al 4 de octubre.

Tras el Patriarca Ecuménico Dimitrios I y el CMI, los cristianos de todo el mundo han acogido este tiempo como parte de su calendario anual. El papa Francisco hizo oficial la cálida bienvenida de la Iglesia Católica Romana al Tiempo de la Creación en 2015.

 En los últimos años, los líderes religiosos de todo el mundo han formulado declaraciones en las que animan a los fieles a dedicar tiempo a cuidar de la creación durante este mes de celebración. Este periodo comienza el 1 de septiembre, con la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, y termina el 4 de octubre, en la fiesta de San Francisco de Asís, el santo patrón de la ecología amado por muchas denominaciones cristianas.

 A lo largo del mes de celebración, los 2.200 millones de cristianos del mundo nos unimos para cuidar de nuestra casa común.

 EL TEMA DE ESTE AÑO: JUBILEO POR LA TIERRA

Cada año, el comité directivo ecuménico sugiere un tema para armonizar la celebración de las comunidades cristianas en este tiempo. Para el Tiempo de la Creación 2020, el tema sugerido es “Jubileo por la Tierra”: Nuevos ritmos, nueva esperanza”.

Este año, en medio de las crisis que han sacudido nuestro mundo, hemos descubierto la urgente necesidad de sanar nuestras relaciones con la creación y entre nosotros.

 Este año, durante este tiempo, entramos en un período de restauración y esperanza, un jubileo para nuestra Tierra, que requiere formas radicalmente nuevas de vivir con la creación.

Los cristianos de todo el mundo aprovecharán esta época para renovar su relación con nuestro Creador y con toda la creación mediante la celebración, la conversión y el compromiso.

 El Tiempo de la Creación de este año es un momento para considerar la relación integral entre el descanso de la Tierra y las formas de vida ecológicas, tanto en lo económico como en lo social y político.

 Este año en particular, la necesidad de sistemas justos y sostenibles ha sido revelada por los efectos a gran escala de la pandemia mundial de COVID-19.

 Como seguidores de Cristo de todo el mundo, compartimos un papel común como custodios de la creación de Dios. Nos regocijamos en esta oportunidad de cuidar de nuestra casa común y de nuestras hermanas y hermanos que la comparten.

 En este enlace puedes contactar con la Delegación Diocesana de Justicia, Paz e Integridad de la Creación.

A parroquia non é so relixión, é algo co que a xente se identifica moito.

 


Óscar Santiago, arcipreste da Terra Chá, cre que as unidades pastorais son consecuencia lóxica dos cambios na sociedade

Lonxe quedan os tempos en que cada parroquia tiña o seu crego. Diminúen as vocacións e medra o traballo dos sacerdotes, aínda que tamén se tentan artellar medidas que respondan á situación actual. O bispado de Mondoñedo-Ferrol está a desenvolver un proxecto de creación de unidades parroquiais, agrupando o traballo dos curas.

 Dende hai anos funciona a de Vilalba; comeza a dar os primeiros pasos a de Castro de Ribeiras de Lea, e está prevista a de Guitiriz-Begonte. Óscar Santiago, arcipreste de Terra Chá e párroco dos concellos de Guitiriz e de Begonte, cre que cómpre decatarse das novas circunstancias.

 -Se se fixeron concentracións parcelarias, hai que facer tamén concentracións parroquiais?

-Si e non [ri], salvando as distancias. Por unha banda, hai falta de vocacións; por outra, Galicia ten moitas parroquias. Somos poucos curas, e hai que concentrar. É algo que pasa en toda a sociedade, non só nas zonas rurais: o plan de unidades pastorais inclúe toda a diocese [de Mondoñedo-Ferrol]. Cómpre concentrar recursos para dar a mellor atención posible.

 -Entende a xente estes cambios?

-Creo que para a xente de máis idade é máis difícil de entender. Dende o punto de vista cultural a parroquia é unha unidade básica. Agora, quizais haxa que facer o esforzo e ir á misa a outra parroquia, e iso custa algo máis. Para algunha xente, é un esforzo ir á misa doutra parroquia.

 -A parroquia é algo presente na vida da xente, non lle parece?

-Si. Non é só algo eclesiástico. A parroquia non é só a relixión; ten a súa estrutura, é algo co que a xente se identifica moito. A xente fala da súa parroquia... O concepto de unidade pastoral contrasta un pouco con esa idea, pero é lóxico.

 -Haberá receos entre parroquias?

-Creo que non. O que se debe facer, dentro das posibilidades, é non abandonar as parroquias. Os enterros e os cabodanos deben facerse, se é posible, en cada parroquia. Unha cousa é que os cultos dominicais non cheguen a todas as parroquias; pero outras celebracións -as primeiras comuñóns, por exemplo- deberían manterse.

 -Pérdese relación social?

-Si. Haberá que crear comisións. O cura non pode estar presente en todas parroquias. Hai que ir pouco a pouco, pero téntase fortalecer o papel dos laicos.

 -Como cambia o traballo dun cura con tantas parroquias?

-Andamos un pouco apurados nas fins de semana; pero o importante é o contacto coa xente, que saiba que o cura está aí para o que faga falta. É imposible chegar a todo o mundo. Antes o cura coñecía a toda a xente; agora é complicado, porque alguna xente só a ves cando vas celebrar unha misa.

 -Mantense coma antes a relación entre o cura dunha parroquia e os veciños?

-Si. Hai xente que me ten invitado á súa casa. Cando podo, vou. Ás veces, remata a misa e saio con algo de présa; pero a misa é un lugar de encontro para os veciños.

 A media de idade dos párrocos chairegos supera os setenta anos. Óscar Santiago Sanmartín ten 48 anos e é un dos cregos máis novos da comarca da Terra Chá. Son poucos os dunha idade algo semellante á súa e moitos os que teñen máis anos. Santiago comenta que a idade media dos párrocos chariegos anda polos 74 anos, e engade que ese dato axuda a explicar con certa claridade a necesidade de crear unidades pastorais.

 Lembra que o bispo de Mondoñedo-Ferrol xa se foi reunindo con veciños da Terra Chá para comentar os cambios previstos. A unidade pastoral de Guitiriz e de Begonte terá parroquias deses dous concellos. A de Castro de Ribeiras de Lea incluirá parroquias pertencentes a Castro de Rei, a Outeiro de Rei, a Cospeito e a Pol, e estará atendida por tres sacerdotes.

 

Fonte: La Voz de Galicia

Tempo de creación, do 1 de setembro ao 4 de outubro

 O Tempo da creación é un tempo para renovar xuntos a nosa relación co Creador e toda a creación a través do arrepentimento, a reparación e o gozo.

 Historia

 En 1989, o patriarca ecuménico Dimitrios I dos ortodoxos, estableceu o 1 de setembro como a xornada de oración pola creación. Desde entón, anglicanos, luteranos, evanxélicos e cristiáns reformados acolleron este tempo como parte do seu calendario anual.

O Papa Francisco fixo oficial a cálida benvida da Igrexa católica ao Tempo da creación en 2015 e segundo palabras do Pontífice: “Este é o tempo para habituarnos de novo a rezar inmersos na natureza, para reflexionar sobre o noso estilo de vida, para emprender accións proféticas que orienten o planeta á vida, no canto de conducilo á morte”

 Enfoque do Tempo da creación

 Durante o Tempo da creación unímonos aos nosos irmáns da familia ecuménica en oración e acción pola nosa casa común.

 Este ano, no medio das crises que sacudiron o noso mundo, comprendemos a urxente necesidade de sanar as nosas relacións coa creación e entre nós.

 Datas importantes

 O Tempo comeza o 1 de setembro, coa Xornada Mundial de Oración polo Coidado da Creación, e termina o 4 de outubro, na Festa de San Francisco de Asís, o santo patrón da ecoloxía amado por moitas denominacións cristiás. Ao longo deste mes de celebración, os cristiáns de todo o mundo uniranse para reparar e restaurar os lazos que nos sanan. E comprométense a formas radicalmente novas de vivir coa creación.

 "e outra que ve vir o futuro que nos espera" isto vai ser o que nos espera a curto prazo...........

viernes, 28 de agosto de 2020

Dios te quiere y tú no lo sabes..

En una ocasión vi un grafiti que decía: «El hombre está solo». La frase no tenía nada de original, pero me llamó la atención. Traté de imaginarme a la persona que lo había escrito. Y me entraron ganas de completar la frase: «El hombre está solo porque no sabe que es hijo de Dios».

Otros, aun conociendo la existencia de Dios, piensan: “Uf, somos tantos en el mundo… Dios tiene otras cosas de las que ocuparse. No creo que se vaya a preocupar de mis pequeños problemas. De hecho, todo sucede como si Dios estuviese en un mundo y yo en otro. Será grande su poder, pero no lo veo actuar. Lo que veo es que tengo que trabajar, solucionar mis problemas y aguantar si viene una desgracia”.

A pesar de las apariencias, cada uno puede decir con toda verdad estas palabras: “Dios se preocupa de mí como si solo yo existiera en el mundo”.

«Dios solo sabe contar hasta uno», dijo André Frossard. Para Dios no hay masas. Cada uno de nosotros no es un número anónimo en la infinita muchedumbre de la humanidad. Cada hombre es un hijo único para Él. Dios no tiene otra cosa que hacer que pensar, cuidar y amar a cada uno de sus hijos. Es lo que expresa santa Teresa del Niño Jesús de modo muy sencillo:

«El sol ilumina al mismo tiempo a los cedros y a cada florecilla, como si estuviera sola en la tierra; nuestro Señor se interesa también por cada alma en particular, como si no existieran otras iguales».

«Bien sabes –le dice Jesús a Gabrielle Bossis– que cada alma es para Mí como si fuera la única en la tierra».

Aunque Dios tenga muchos hijos, puede estar pendiente de cada uno como si fuera el único. Lo más importante para Él eres tú. Y se preocupa de tus problemas más insignificantes.

¿O es que tiene una inteligencia limitada y un corazón pequeño?

¿Por qué nos empeñamos en reducir su Sabiduría y su Amor?

Aunque nos contemos por miles de millones los habitantes del mundo, nadie es olvidado por Dios ni un solo instante.

Y ese pequeño problema que tengo ahora o el gran problema que puedo tener mañana, es conocido por Dios, y Él sabe muy bien cómo ayudarme.

Podemos considerar como dirigidas a nosotros estas palabras que le dijo a santa Catalina de Siena:

«Hija, olvídate de ti y piensa en mí, que yo pensaré continuamente en ti».

O estas otras que escuchó Gabrielle Bossis:

Un Dios con corazón de padre y de madre escrito por Pbro. Tomás Trigo

 DIOS TE QUIERE

Es casi imposible que una madre se olvide de su bebé, pero podría suceder. El amor de Dios va mucho más allá, es superior al de todas las madres del mundo.

Han venido desgracias, contratiempos, dificultades. Y pensamos: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado». Y Dios nos pregunta, como sorprendido:

«¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues, aunque ella se olvidara, Yo no te olvidaré!» (Is 49, 15).

¡Qué confianza deben despertar en nosotros estas palabras del Señor! Una madre no puede olvidarse del hijo de sus entrañas, de su recién nacido. «Pues, aunque ella se olvidara…». Es casi imposible que una madre se olvide de su bebé, pero podría suceder. El amor de Dios va mucho más allá, es superior al de todas las madres del mundo.

¿Hemos imaginado alguna vez a Dios Padre abrazándonos contra su corazón con infinita ternura, defendiéndonos del mal con su infinito poder, mirándonos a los ojos como solo un padre o una madre pueden mirar a su hijo recién nacido? (Él nos ha dado la imaginación, la creatividad, para que podamos verlo de algún modo).

¿Puede ese Padre permitir que algún mal dañe a su hijo? ¡No! Por tanto –nos ha dado la razón para que, con la gracia, podamos pensar como Él de algún modo–, cuando nos envíe algo que nos parezca un mal, hemos de concluir que es un bien para nosotros.

«Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios», afirma san Pablo (Rm 8, 28).

La sabiduría cristiana popular lo ha expresado de otro modo: «No hay mal que por bien no venga».

Pero, además, hemos de pensar, porque es verdad, que cuando nos envía sufrimientos nos está tratando como a las personas a las que más quiere.

Parece difícil aceptarlo, pero ¿acaso no permitió que sufriera su Hijo? ¿No permitió también que sufriera la Virgen María? Si tratásemos de ver las cosas con los ojos de Dios, con los ojos de la fe, caeríamos en la cuenta de que, cuando permite que suframos, nos demuestra que nos quiere, porque nos trata como a su Hijo y como a su Madre. Entonces, el dolor se transformaría siempre en dolor alegre, que es un tipo de dolor exclusivo de los que creen en el amor de Dios, y que está al alcance de todos.

«Si vienen contradicciones, está seguro de que son una prueba del amor de Padre, que el Señor te tiene» (S. Josemaría, Forja, n. 815).

Con los ojos de la fe, vemos la verdad de estas palabras de Cristo a Santa Teresa:

«Considera mi vida toda llena de sufrimientos, persuádete de que aquel es más amado de mi Padre que recibe mayores cruces; la medida de su amor es también la medida de las cruces que envía. ¿En qué pudiera demostrar mejor mi predilección que deseando para vosotros lo que deseé para mí mismo?».

Y no hay que sorprenderse si, ante esta visión que proporciona la fe, algunas personas reaccionan con una sonrisa escéptica que puede significar: “estáis locos”, “sois imbéciles” o “la religión os tiene sorbido el seso”. Lo han dicho de Jesús y de todos los que han querido seguirlo de cerca.

Tomás Trigo.

domingo, 23 de agosto de 2020

Jugar para conocer..

 "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16, 13-20)
Inteligencia y cariño: éstas eran las dos condiciones que cumplía aquel caniche para ser tenido por "su familia". El buen párroco se sintió acaso en el deber de recordar que los animales son animales y no personas, habida cuenta del abismo que nos separa de ellos. Mientras, yo jugueteaba con el animalito entre el suelo y mis rodillas, tan ajeno como él a ese abismo en cuyo borde debía de encontrarme, por lo visto, sin saberlo ni preocuparme lo más mínimo por ello. Los animales no son humanos, es bien cierto, pero hay momentos en que se parecen a nosotros y nosotros a ellos...
Son los momentos para el juego. Se cuenta de algunas batallas que los contendientes se daban breve tregua para jugar unos con otros. No importaba entonces el bando más que si el otro es un bruto animal y yo persona. Jugando somos todos necesarios. No es posible jugar con uno mismo. Por eso el juego une más que la más justa de las guerras y la más alta de todas las banderas. Nosotros lo valoramos, sin embargo, mucho menos que el trabajo productivo y redentor. Pero, al minusvalorarlo, obtenemos un efecto inesperado: la sobrevaloracion del ocio, que es tiempo para pasarlo sin trabajar. El juego redime mucho más que el propio trabajo y su residuo, hábilmente explotado por la industria del entretenimiento.
No es posible conocer sin querer, reconocer el valor y la inteligencia de otro ser humano sin ponerse a jugar con él. Dos se conocen cuando empieza el juego. Aprenden a respetarse respetando las reglas del juego: ni trampas ni zancadillas. Sobre el terreno de juego queda al descubierto el corazón de las personas: sus sentimientos, su mundo propio. Allí se juega nada menos que la verdad del mundo común, ése que vamos componiendo o descomponiendo con nuestras palabras comunes: desde las más concretas hasta las más abstractas, desde las más humildes hasta las más sublimes. La ética en el juego es la base de la política, juego de la convivencia entre libres e iguales.
Allí donde no se juega o se juega sin reglas, no es solo el abismo entre hombre y bruto el que se abre. Se abre un abismo aún más profundo entre hombre y hombre. El que no sabe querer a una criatura indefensa no sabe desarmar tampoco a otra que puede defenderse. El que no sabe jugar con las palabras o los gestos, con las manos o los pies y con la cabeza, es como uno de esos políticos que nunca cumplen sus promesas. Sus grandes palabras mueren sin haber nacido, gastadas y vacías. Sin mundo propio no hay un mundo común que merezca la pena. Sin ética no hay política, sociedad de personas en juego y en diálogo.
Cuando Jesús se vio rechazado por su pueblo parece que se fue con sus discípulos, como quien se retira a su propio mundo, y les hizo dos preguntas. La primera: "¿quién dice la gente que soy yo?" Y la segunda: "¿quién decís vosotros que soy yo?" A mí esta escena de Jesús con sus discípulos me parece un juego de preguntas y respuestas. Había que jugar porque de lo que se trataba era de conocerse, de que aquellos discípulos -semilla de la futura Iglesia- llegaran a ser el grupo de los que conocen a Jesús en su identidad única.
La gente -el mundo común de la época- tenía una idea común de Jesús, la de que era otro entre los grandes profetas conocidos ya en Israel. Solo ellos, Pedro a la cabeza, sabían quién era Él propiamente. Por eso fueron ellos quienes recibieron, en la persona de Pedro, la misión de edificar la Iglesia e interpretar la ley, esto es, construir el mundo común en que hoy vivimos: este mundo donde cada uno tiene su nombre propio, empezando por Pedro y siguiendo por los demás. Un mundo sin abismos entre hombre y bruto ni entre hombre y hombre. Un mundo con momentos para el juego.

Quen é Xesucristo para ti..??

Hai 2.000 anos, un home de Galilea preguntou ao pequeno grupo de amigos que o acompañaban: “Quen di as xentes que son eu?” A resposta foi moi variada: “Uns, que Xoán Bautista; outros que Elías, e outros, que un dos profetas” Pasaron 20 séculos, e a historia aínda non se puxo de acordo para dar unha resposta unánime. Entón ninguén sospeitaba que aquel mozo aldeán fose un personaxe tan importante. Era un incomprendido. Os violentos atopábano débil e manso. Os encargados da orde xulgábanos perigoso. A xente culta desprezábao e temíao. Os poderosos rían del.

Eran moitos os que escoitaban a súa predicación, pero á maioría interesáballes máis o pan que repartía, que a doutrina que ensinaba. Cando o levaron aos tribunais, todos o abandonaron: só a súa Nai e tres ou catro amigos máis, acompañárono na súa agonía. Parece que todo esqueceríase baixo a lousa do sepulcro, agora baleiro. Con todo, a historia segue virando ao redor da súa figura. Os historiadores continúan citando os acontecementos en referencia a este personaxe: X anos antes, ou despois de Xesucristo din ao datar os seus artigos informativos. 

Media humanidade confesa as súas crenzas en referencia ao mártir do Gólgota. Os libros que se publican non esquecen unha referencia a Xesús. A súa vida inspirou máis da metade da arte que actualmente promove o turismo universal, para contemplar as marabillas do mundo.

Cada ano, miles de persoas deixan patria e fogar, para seguilo a El, ingresando no que se chama canonicamente “Vida consagrada”, que implica a práctica dos votos de pobreza, castidade e obediencia. Por El morreron incontables mártires. A El amárono moitos homes de fe, que se desprazaron a afastadas terras, para predicar a outros pobos, a mensaxe de salvación que Xesucristo quere regalar a todo o mundo.

Ao longo da historia, a xente preguntouse quen é este personaxe que arrastra á entrega total ou ao odio frontal. Moitas das respostas dadas polos homes foron desacertadas. Por iso, e para emendar erros, o Señor pregúntanos aos cristiáns de hoxe: “E vós quen dicides que son eu?”. Nós asumimos a fe dos Apóstolos e contestamos: “Ti es o Mesías, o Fillo de Deus vivo”. Estamos certos desta verdade, porque así nolo demostrou El coas súas obras. A súa vida trasparenta a súa divindade e o seu infinito amor. Nós os cristiáns deste mundo secularizado, que somos á vez causantes e vítimas desta situación relixiosamente empobrecida tomemos o exemplo de María e das pouquísimas persoas que acompañaron a Xesús na súa agonía.

Tomemos exemplo para que nós, que estamos a padecer a pandemia dunha fe descafeinada, demostremos que, se o noso corazón é rico en defensas de vitalidade cristiá, poderemos resistir a todo contaxio de calquera coronavirus que poña en perigo a supervivencia da nosa actitude cristiá.