viernes, 16 de octubre de 2020

ESTE MODELO DE CIVILIZACIÓN TIENE UN PRECIO: A MÁS PROGRESO, MÁS ASFIXIA

"El panorama del mundo a causa de la humanidad –sí, a causa de la humanidad o, más exactamente, a causa de los poderosos de la misma, de su codicia sin límites–, es sobrecogedor"

"La dictadura financiera planetaria, la aceleración constante, la precarización de las condiciones laborales, nuestros jóvenes en masa sin futuro. Siria, Yemen, Libia, Sahel, retrato de un mundo desgarrado"

"Pero la humanidad es capaz de infinita ternura y de sonreír dulcemente, de perderlo todo por ayudar al que no puede, de componer el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y de cantarlo como Amancio Prada, de inventar mitos y de bailar tangos"

Hace unos días, mientras cenábamos, Malen nos regaló con la lectura de una de esas ocurrencias que tanto le gustan: “Los extraterrestres existen. La prueba es que no vienen”. Nos reímos, y luego yo comenté: “Desde luego, si hay extraterrestres, lo mejor ahora mismo es que no vengan a la Tierra”, y la conversación siguió por derroteros más serios. Tan serios como estas preguntas: ¿Podemos seguir creyendo en esta humanidad? ¿Hay solución para la vida de esta Tierra dominada por el Homo Sapiens?

Confieso con desasosiego que mi fe en la humanidad se ha resentido seriamente en los últimos 20 años. ¿Será por la edad y la disminución de mi energía vital? ¿Será la crisis creciente de este modelo de civilización depredadora, competitiva, violenta y machista, de la que la crisis del 2008 no es más que un corolario lógico de todo lo que precedió y un pequeño anticipo de la catástrofe final venidera? ¿Será por el mundo que vemos o por los ojos con que veo? ¿Será la influencia de mi lectura entusiasta de las obras de Harari, por las alarmas que enciende? ¿O será por un poco de todo? 

Sea como fuere, el panorama del mundo a causa de la humanidad –sí, a causa de la humanidad o, más exactamente, a causa de los poderosos de la misma, de su codicia sin límites–, es sobrecogedor. Los desengaños de Obama, la insolencia de Trump, las mentiras de Putin, el despotismo tranquilo de Xi Jinping, las multinacionales insaciables, la dictadura financiera planetaria, ganar, ganar, ganar… La destrucción del empleo, la precarización constante de las condiciones laborales, nuestros jóvenes en masa sin futuro. Siria, Yemen, Libia, Sahel, retrato de un mundo desgarrado... El colapso ecológico, la alarma climática, la huida adelante. La aceleración constante, la prisa agobiante, la competitividad feroz, el estrés creciente. Diez mil años de lo que llamamos progreso son la prueba fehaciente de este principio que anuncia el fin: a más progreso, más asfixia.

Y ahora… esta pandemia del coronavirus que nos cerca y nos hunde más aun en la angustia y en la incertidumbre, pandemia de la que no me atrevo a decir que sea consecuencia directa de la intervención humana, pero sí que pone cruelmente al descubierto la profunda fragilidad de nuestra especie en la cúspide de su poder y los radicales desarreglos de este modelo de civilización inhumana, de su afán de competir y de ganar hasta para lograr la vacuna, cueste lo que cueste. Y nos cuesta la vida personal, familiar, social, planetaria, eco-planetaria.

Estoy tentado de decir, aunque me asuste decirlo: Esta especie no tiene remedio, no es viable, camina hacia la destrucción general y su propia autodestrucción. Alguien la definió como “una especie que carece de la capacidad para gestionar sus propias capacidades”. Es capaz de infinita ternura y de sonreír dulcemente, de perderlo todo por ayudar al que no puede, de componer el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y de cantarlo como Amancio Prada, de inventar mitos y de bailar tangos. Pero también es capaz de las mayores crueldades por odio y venganza, y es incapaz de dominar sus recuerdos, miedos y angustias, y de descansar tranquilamente. Es incapaz de dominar su propio poder y de controlar sus emociones perturbadoras. San Pablo lo dijo en una memorable sentencia: “Hago aquello que no quiero de verdad, y soy incapaz de hacer aquello que quiero de verdad”.

Degradación de la humanidad

Y así vamos, y así va el mundo por nosotros. ¿Será que caminamos sin remedio a la ruina universal? Resignarse a ello equivaldría a provocarlo. No hallaremos remedio a los males que nos aquejan si no recuperamos la fe en nosotros mismos y en nuestra humanidad común. “Tu fe te ha curado”, decía Jesús a los enfermos que curaba. Era la fe o la confianza que suscitaba Jesús en ellos la que los curaba.

Hace unos días, en la sesión plenaria del Parlamento Europeo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunció un vibrante discurso titulado “Construyendo el mundo en que queremos vivir: una unión de vitalidad en un mundo de fragilidad”, y empezó su solemne intervención evocando la figura de Andrei Sakharov y su “fe inquebrantable en la fuerza oculta del alma humana”. Apeló a la mejor tradición y voluntad de Europa, a la urgencia del multilateralismo, a la cooperación. Señaló que “las principales potencias o están abandonando las instituciones o las utilizan como rehenes para sus propios intereses”. Llamó a reconocer “la dignidad sagrada” del trabajo, a dejar atrás la indecisión, a trabajar por una “globalización justa”. Y puso especial énfasis en la urgencia de buscar una solución a las migraciones desde “un enfoque humano y humanitario”. Y terminó diciendo: “Europa será lo que queramos que sea. Construyamos el mundo en el que queremos vivir”.

Me conmovió. Tiene razón: no avanzaremos hacia otra Europa y otro mundo global necesario sin la fe en lo mejor de que somos capaces. Sin nuestra mejor voluntad. La fe es querer lo mejor de nosotros y confiar en ello, o confiar en lo mejor de nosotros y quererlo de verdad. Pero ahí me surge de nuevo la duda lacerante: ¿Somos capaces de querer de verdad o de confiar en lo más profundo y humano que late en nosotros como nuestra posibilidad mejor?

85 ricos suman tanto dinero como 3.570 millones de pobres del mundo

La misma duda debe de abrumar a Ursula von der Leyen que, pocos días después, no logró que los Estados europeos aceptaran unánimemente las medidas políticas, humanas, que la presidenta les propuso en vistas a un Pacto sobre la Migración, y tuvo que conformarse con la “solidaridad voluntaria”, que es como decir: que cada Estado haga lo que quiera, lo que le venga en gana… No se impuso el querer del bien solidario, sino el querer del interés egoísta. Un querer sin voluntad verdadera, un querer superficial sin fe auténtica y profunda en la mejor posibilidad que nos habita. Y por ese camino seguiremos avanzando al abismo.

De modo que, si por esos espacios sin fin hubiera extraterrestres más inteligentes que nosotros y pudiera hablar con ellos, les diría que no vinieran a nuestra hermosa y doliente Tierra, de no ser para traernos un remedio. Pero no creo que el remedio pueda venirnos de otro planeta. Tampoco podemos esperar que intervenga un “Dios” exterior omnipotente, pues ni siquiera podemos creer que existe.

¿Qué podemos esperar entonces? ¿Podemos confiar todavía? ¿Queda algún modo de salvar la vida, la nuestra y la de todos? Yo no veo otro camino que una actuación a fondo, concertada y planetaria, en cuatro campos estrechamente ligados: la política, la educación, la ciencia y la espiritualidad.

No habrá solución si no llegamos a creer y querer de verdad una política global en mayúsculas, una nueva y efectiva Organización de Naciones Unidas, pues, como dijo Emmanuel Macron hace bien poco, “la ONU actual es un sistema desordenado en un mundo desordenado”. No habrá solución sin un acuerdo global para la implantación progresiva de un eco-socialismo democrático y planetario. Las revoluciones violentas llevan milenios demostrando su ineficacia además de su inhumanidad.

Ahora bien, una actuación política concertada y global será imposible sin una educación familiar, escolar, universitaria y permanente en el respeto, el diálogo y la solidaridad como único camino de una vida personal y colectiva buena y feliz.

Pero ni la política ni la educación podrán prescindir del conocimiento científico sobre esta especie viva maravillosa y contradictoria que somos, el Homo Sapiens. La ciencia por sí sola no puede ofrecernos la solución, pero no habrá solución sin las ciencias. Creo, concretamente, que las neurociencias y las diversas biotecnologías y los productos farmacéuticos serán absolutamente indispensables para corregir las disfunciones neuronales y genéticas que arrastra nuestra especie desde su origen. No se trata de ningún “pecado original”, sino de lagunas graves de una evolución inacabada, que las ciencias pueden ayudar a encauzar debidamente. La clave será el sabio uso de la ciencia y sus saberes. Mientras los intereses militares y económicos condicionen las ciencias tanto como las condicionan hoy, contribuirán a nuestra ruina personal y colectiva.

Y en último término, o en primer lugar, creo que no podremos confiar verdaderamente en el futuro de la humanidad mientras no asimilemos la sabiduría más humana y profunda que a lo largo de milenios han desarrollado las diversas tradiciones espirituales, religiosas o laicas, con dogmas o sin dogmas, con “Dios” o sin “Dios”. El Homo Sapiens no logrará ser sabio, es decir, no llegará a querer el bien profundo para sí y para los demás, ni, por lo tanto, podrá vivir en paz consigo y con los demás, mientras no aprenda a dejar que brote de él naturalmente lo que es más suyo y verdadero, el ren o la benevolencia en sus relaciones (Confucio), mientras no aprenda a ser como el agua y a vaciarse y a dejarse llevar sin competir (Laozi), mientras no se libere de sus apegos y deseos superficiales, engañosos (Buda), mientras no descubra la única felicidad o bienaventuranza verdadera, la de la paz, la mansedumbre y la compasión con los heridos (Jesús de Nazaret).

Si así fuera, podríamos recuperar la fe en la humanidad, la fe en las energías vitales profundas que laten en el alma o el aliento que nos hace ser. ¿Seremos capaces de creerlo y de quererlo de verdad?.

José Arregui

jueves, 8 de octubre de 2020

'IRMÁNS TODOS', NOVA ENCÍCLICA DO PAPA FRANCISCO

 O pasado 4 de outubro, coincidindo coa festa do San Francisco de Asís, o Papa asinou sobre a tumba do santo a súa nova Encíclica titulada Fratelli Tutti (Irmáns todos).

 O novo documento céntrase na fraternidade, tal e como declaran desde Vatican News: “la Encíclica pretende promover una aspiración mundial a la fraternidad y la amistad social. A partir de una pertenencia común a la familia humana, del hecho de reconocernos como hermanos porque somos hijos de un solo Creador, todos en la misma barca y por tanto necesitados de tomar conciencia de que en un mundo globalizado e interconectado sólo podemos salvarnos juntos. Un motivo inspirador citado varias veces es el Documento sobre la Fraternidad humana firmado por Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar en febrero de 2019″ .


Ver en PDF.-     "FRATELLI TUTTI"

miércoles, 7 de octubre de 2020

AS PERSOAS PRIMEIRO

Estamos sen dúbida nun tempo cheo de incertezas, de medos, de cambios, provocados por un virus global que mata, e que nos fai sentir débiles nun campo de batalla invisíbel pero real. Ao paso desta pandemia sanitaria estanse esborrallando sistemas produtivos, económicos, políticos, educativos e sociais, que se sostiñan en piares débiles, precarios, inxustos, desiguais…e unha vez máis, caen con maior impacto sobre as persoas máis vulnerables. Unha vez máis a crise, a pobreza, a miseria cébase coas mesmas persoas.

E por que non somos capaces de mudar, de transformar sistemas que afogan e que xeran inxustiza de xeito crónico?. Por que non somos capaces de poñer ás persoas no centro e ao redor xerar sistemas xustos e decentes, afastados de egoísmos e individualismos?. Por que non somos capaces de observar, de pensar, de sentir e de facer para acadar o ben común?. Dúbidas con e sen reposta, mentres millóns de persoas quedan atrás.

Este momento interpélanos e obríganos a actuar, a seguir avanzando con máis unión nun modelo social que non deixe a ninguén atrás. A seguir loitando por recuperar e garantir o dereito a unha vida digna. A seguir estendendo alternativas de vida máis sostible ante o deterioro medioambiental. A seguir defendendo o emprego decente porque “Esta crise ensinounos que se pode consumir menos e mellor, que o servizo daqueles oficios menos valorados, social e economicamente son os que sosteñen a vida e o coidado comunitario”.

O día 7 de outubro, con motivo da Xornada Mundial polo Traballo Decente, temos a oportunidade de alzar a voz a través da iniciativa da Igrexa polo Traballo Decente e baixo o lema “Movémonos polo traballo decente, nos nosos barrios, ante as organizacións sindicais e nas institucións de goberno”, para reclamar un novo modelo produtivo que, en pleno impacto social da pandemia, garanta emprego digno e accesible.

O traballo é unha expresión da dignidade humana, que debe contribuír ao desenvolvemento da comunidade, satisfacer as necesidades das familias, en condicións de respecto, de participación e de non discriminación. Na situación actual a igrexa polo traballo decente ten o compromiso de difundir os síntomas do deterioro e gravidade da situación, como son a “galopante destrución de emprego, cunhas cifras de ERTE e paro disparadas; unha protección social que non está chegando ós que teñen dereito e peor o están pasando, como no caso do ingreso mínimo vital ou a prestación para as empregadas de fogar, e que deixa fóra a miles de persoas sen posibilidade de acceso por exercer a súa actividade na economía somerxida; e a persistencia de demasiados empregos considerados esenciais que manteñen condicións laborais tan precarias que rozan a indecencia”.

Este tempo tamén trae sinais de esperanza, xestos de unidade ante a adversidade, emocións e novas oportunidades están a agromar para coidarnos e transformar esta realidade.

Eloína Ingerto López

Directora Fundación JuanSoñador en Galicia

lunes, 5 de octubre de 2020

IGREXA E SACERDOTES

La Iglesia se nutre de laicos y de clérigos. Todos somos iguales en dignidad, pero distintos en responsabilidad. La dignidad nos viene de nuestra condición de hijos de Dios, que se nos concedió por el bautismo. La responsabilidad es consecuencia de la misión que se nos confía por la vocación a la que hemos sido llamados. Las misiones son diferentes. 

La de los laicos es orientar la sociedad hacia el reino de Dios. La de los clérigos es el gobierno de la iglesia, promoviendo la formación y santificación del pueblo de Dios.

La misión de los laicos es congénita a todo bautizado. La de los ministros ordenados es consecuencia de la vocación especial, en virtud de la cual, algunos cristianos se integran en el llamado mundo de los consagrados. En la dinámica vocacional intervienen 2 voluntades. La de Dios, que llama y la del hombre, que responde. Si la respuesta es afirmativa, tenemos una vocación lograda. En las decisiones personales, la primera palabra la tiene Dios, pero la decisiva la tiene el hombre.

La vocación implica un género de vida que exige renuncia y generosidad. Renuncia a planificar la vida según las apetencias personales, y la entrega a la misión específica a la vocación que Dios llama. La vocación exige sacrificios y generosidad. Y puesto que somos limitados en nuestro ser, lo somos también en nuestras decisiones. Necesitamos de la gracia de Dios, que, cuando nos compromete también se compromete; y necesitamos, así mismo, de un entorno que posibilite llevar a efecto el proyecto de Dios sobre nosotros. Y aquí juega un papel decisivo el ambiente familiar y social, puesto que las amapolas florecen más vigorosas en los trigales que en los ortigales.

Aplicado todo esto al tema vocacional recordemos que el mañana de los hijos debe preocupar prioritariamente a los padres de familia. Y un momento propicio para afrontar este problema puede ser el de comenzar un nuevo curso académico. Con este motivo nos preguntamos en qué colegio matricularemos a nuestros hijos y qué futuro deseamos para ellos. Y dialogamos entre nosotros y con ellos sobre su porvenir. Las opciones son múltiples, y aquí entra el campo vocacional. En esta decisión debe pesar más la voluntad del candidato, que el gusto del educador. No obstante, el consejo de los padres puede aportar luz al adolescente que se abren a la vida.

La oportunidad para entablar dialogo al respecto con los hijos puede ser el tema de elegir el centro de estudios para el nuevo curso. Con tal motivo no será un despropósito ofrecer el Seminario como una opción formativa. Luego, en el intercambio del proceso, habrá que recordarle al niño que todos tenemos una misión que cumplir en la vida. Los sabios nos descubren los secretos de la ciencia. Los astronautas nos dicen cómo va el cielo. Y los sacerdotes nos enseñan como se va al Cielo.

Todos estos cometidos tienen su importancia y aportan valores a la sociedad, pero ninguno comparable a la misión sacerdotal. El jardinero cultiva las plantas para que produzcan flores. El sacerdote cuida de las personas para que crezcan en virtudes. La labor de las profesiones laicales mira preferentemente a los valores temporales de la persona. El ministerio sacerdotal se cuida del porvenir eterno de las almas, sin descuidar los demás valores.

Cuídate de la vocación de tus hijos, ¡quién sabe si en el mañana serán nuestros sacerdotes!…

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

jueves, 24 de septiembre de 2020

EL RETORNO A LA INOCENCIA

         El material del que está compuesto el inconsciente colectivo heredado, está compuesto fundamentalmente de imágenes. Sería como una colección de “diapositivas” o cuadros en un museo.

      Cuando uno se sitúa delante de un cuadro, (especialmente figurativo), y lo reflexiona, afluyen toda una serie de conocimientos, de ideas sobre la realidad reflejada.

   De forma similar, cuando uno se enfrenta ante la comunicación de alguien, inevitablemente se encuentra ante una serie de flases de alguna imagen inconsciente, que afloran a la conciencia del comunicador, desde su profundo interior.

       Con esta perspectiva, algunos de los dichos de Jesús, mejor o peormente transcritos en los escritos evangélicos, parece que reflejan una poderosa imagen sapiencial, (que nosotros también tenemos enterrada en la profundidad de nuestra mente, y actúa como llave-clave), con lo que nos aflora una relectura nueva y moderna, muy alejada de sus apariencias culturales a veces arcaica.

      Un ejemplo de esto es la narración de la expulsión de los “demonios” de la endemoniada, que ellos mismos se autodenominan “legión”, y que van a parar a una piara de cerdos cercana, y que con la psicología moderna, adquiere un sentido alegórico nuevo, y muy actual.

       Se trataría, (bajo la apariencia de una narración primitiva y supersticiosa), de una imagen muy moderna y actual, de la psicología humana: estamos divididos, fraccionados en una “legión de demonios autónomos”. Y nuestra liberación consiste en “expulsarlos”, coordinándolos y unificándolos.

       Ya decía hace días que en la mente humana no hay un yo, todopoderoso, que ordena y manda lo que se hace, como el jockey de un caballo.

       La mente humana, es un campo de batalla entre toda una serie de sistemas neurológicos independientes y autónomos, (complejos, arquetipos, homúnculos-minipersonalidades, etc.), que se han ido creando en nuestra mente a lo largo de nuestro desarrollo humano, y fruto de nuestra educación. Y en cada caso hay un vencedor.

       El “yo”, es un sistema más, el más importante, porque controla nuestros recuerdos, que configuran nuestra personalidad, nuestra “careta”. Pero no controla más que de vez en cuando.

       Y cuando lo hace, en vez de hacerlo unificando y coordinando el “gallinero” de bots internos, mediante la conciliación de opuestos, y dando galones a nuestros programas sapienciales internos, muchas veces lo hace a base de reprimir fuertemente dicho “gallinero”, generando una inestabilidad psicológica, en un falso equilibrio inestable, que no tarda mucho en manifestarse de nuevo, en una lucha perpetua.

En la simbólica narración bíblica del Pecado original, hay algo aparentemente poco claro. ¿Por qué comer del árbol del bien y del mal, es motivo de pecado?

       Se supone que el hombre primigenio, el humano “inocente” del Paraíso era el estado con el que el humano fue creado para vivir en la tierra, (Thomas Merton). Al adquirir el conocimiento, la ciencia, scientia, parece que se produce una desintegración, una desestructuración del humano, “el pecado original”.

       La inocencia original, es un actuar automáticamente, siguiendo nuestra naturaleza, como una flor o un árbol o un lobo. Es sencillo, como tener un reloj: son las tantas.

       Cuando vamos adquiriendo conocimientos, con cada uno de ellos, nos encontramos un nuevo reloj, que marca otra hora distinta. Y ahí empieza el lío. Necesitamos con cada nuevo reloj adquirido, reajustarlos todos, so pena de caer en un estado de confusión endémica.

       Hemos dejado de tener hora, hemos perdido la inocencia original. Y empezamos a dudar, y ante la duda, empezamos a taparnos nuestras partes pudendas con una hoja de parra, porque no estamos seguros de qué es lo que hay que hacer: nos entra la vergüenza.

       Estamos poseídos por una “legión” de relojes distintos, de “demonios”, tirando cada uno de ellos, de nosotros, volviéndonos locos, alienados.

    Entonces, ¿cómo hacemos para recuperar la inocencia, desestabilizada por el conocimiento, compatibilizándolos?

       Thomas Merton, en su diálogo con D. T. Suzuki, en su artículo “La reconquista del Paraíso”, lo aclara: “La inocencia no desplaza, ni destruye el conocimiento. Ambos van juntos”. Ahora bien, no se puede caer en el atajo de la inocencia quietista, la que corta por lo sano: si tu ojo te es motivo de pecado, ¡arráncatelo! Si el conocimiento de la realidad te es motivo de pérdida de la inocencia primigenia, ¡huye del conocimiento!

       Eso es confundir la inocencia primigenia con una ignorancia narcisista de bebé. No, el verdadero camino de recuperar la inocencia perdida, es una continua labor de resituación del conocimiento adquirido, para unificarlo en nuestro interior, con el resto: poner todos y cada nuevo reloj, a la hora buena, (que no necesariamente debe ser la del primer reloj).

       Ese es el arduo e inacabado camino de la sabiduría, o de la santidad, en términos tradicionales. Por eso sigue Merton: “En la inocencia original, todo se ha obrado en nosotros, pero sin nosotros. Pero debemos a aprender a obrar en el plano del conocimiento, scientia, donde la gracia hace su trabajo en nosotros, pero “no sin nosotros”.

       Lo que dicho en término psicológicos actuales, el trabajo lo hace ese núcleo “divino”, que tenemos dentro de nosotros instalado en el profundo inconsciente colectivo que está incorporado en nuestra naturaleza heredada.

       Solo que lo hace, si le abrimos camino hasta su afloramiento a la conciencia consciente, mediante la limpieza de tanto estorbo de ideas erróneas e inútiles: la “limpieza de corazón”, o la “vacuidad de morralla”. Y si lo deseamos de verdad.

Inicia Merton su artículo, con una cita de “Los hermanos Karamazov”, en la que el Staretz Zósima, dice: “No comprendemos que la vida es el Paraíso; pues bastaría con que deseáramos comprenderlo, para que el paraíso se nos presentara en el acto, ante nuestros ojos, con toda su belleza”.

      Isidoro García Gómez.

SENSIBILIDADE COA RELIXIÓN

 "Ser sensible coa relixión é unha obriga de todo aquel que queira entender o fenómeno humán"

Ser sensible coa relixión é unha obriga de todo aquel que queira entender o fenómeno humán. As relixións, todas, conteñen o mecanismo psicolóxico do home. Todos os matices psicolóxicos están nos mitos e ritos relixiosos. Así que aqueles que desprezan olimpicamente as crenzas relixiosas que vaian tomando nota.

O anticlericalismo e a xenreira contra a relixión seguen activos en círculos da esquerda política. É unha herdanza petrificada nos seus programas. Mentres que a esquerda non se libere de esa actitude antirelixiosa vai seguir perdendo o tempo. Disgregará as súas forzas. Andará entretida e confusa e non traballará no importante. E máis aínda, cometerá inxustizas graves contra as persoas nas fibras íntimas da súa personalidade. As burlas e ataques á relixión son ademais de inxustos e malvados, son torpes, inútiles e ofuscan a mente dos agresores.

Conseguen o premio de aumentar o numero de inimigos da esquerda. Calquera antropólogo pode explicar a un esquerdista que a relixión é a expresión da psicoloxía humana: As angurias, as esperanzas cobran forma en algo sublime como o entusiasmo estético. Arte e relixión van xuntos dende os comezos dos tempos. Leo que queren suprimir os cregos dos hospitais. O aforro en cregos seguramente aumentará o gasto en ansiolíticos.

Os argumentos económicos disimulan mal o anticlericalismo de fondo. Non toquedes a sensibilidade relixiosa. «Non queirades ser como deuses». Facer mal por facer mal é inxusto e máis estúpido.

 

Eduardo Fra Molinero

ONDE ESTÁ O NOSO AUXILIO?

Desde hai uns anos discútese en moitos foros se estamos nun cambio de época máis que en época de cambios. A crise xeral provocada pola Covid-19 é vista por moitos como ese punto de inflexión que marca o fin dunha época e o comezo doutra. Supoño que é moi pronto para decidilo e que é necesario que pasen uns cuantos anos para ver que feito da historia recente leva o premio de ser a icona dese cambio de época.

Durante os primeiros días do estado de alarma aventureime a profetizar que esta situación ía adiantar en 5-10 anos o proceso de descristianización no que está Occidente desde fai xa bastante tempo. Algúns compañeiros dixéronme que esaxeraba aínda que estes mesmos despois déronme a razón cando volvemos á nova normalidade. Lamento non equivocarme.

Durante estes días xa se empezaron a oír máis voces dicindo isto mesmo, incluso as dalgún cardeal da Igrexa, como a do arcebispo de Luxemburgo, Mons. Hollerich, que sostén que a pandemia de coronavirus pode acelerar a secularización de Europa en 10 anos e que esta situación ten que ser unha oportunidade «que nos permita reorganizarnos mellor, para ser máis cristiáns» e deixar atrás un «cristianismo meramente cultural».

Moitos anos antes foi o coñecido teólogo Rhaner o que dixo «o cristián do futuro ou será un místico ou non será cristián». Xa daquela víase vir con toda claridade o cambio de época que se pode estar a producir neste tempo.

Está claro que un cristianismo meramente cultural só serve para falsear as estatísticas e crernos que todo estaba ben, porque as igrexas aínda se enchían con bastante frecuencia. Pero abonda un virus para que da noite á mañá as igrexas queden baleiras e, o peor, que case ninguén o lamente nin bote en falta os sacramentos nin un lugar no que alimentar a fe; nin sequera no momento de despedir aos seres queridos.

Gústame lembrar con frecuencia as palabras de Bieito XVI, na súa encíclica Deus caritas est, na que nos deixa esta rotunda afirmación: «Non se comeza a ser cristián por unha decisión ética ou unha gran idea, senón polo encontro cun acontecemento, cunha Persoa, que dá un novo horizonte á vida e, con iso, unha orientación decisiva». Este é o futuro e por aquí é por onde temos que recomenzar. Todo o demais é un querer e non poder.

Custa pór o punto final a unha época. Custa pechar unha porta. Pero cando os balances son os que son é necesario facelo dunha vez e comezar de novo e de «cero», volvendo ás orixes para que a fe en Xesucristo sexa o que ten que ser e non unha cousa meramente cultural. Algo do que nos servimos cando non sabemos que facer cando o neno nace, faise adolescente ou cando hai que despedir ao pai ou ao avó.

Ante esta situación provocada polo coronavirus e os seus efectos colaterais na vida da Igrexa e dos cristiáns, só queda dicir como o salmista (123, 8a): «O noso auxilio é o nome do Señor, que fixo o ceo e a terra».

 

Miguel Ángel Álvarez Pérez

 

 


CARTA A DIOS

Querido Dios:

Aquí estoy, intentando explicarte como me siento o lo que siento, aunque tú ya lo sabes.

Nunca te veo. A veces te presiento en mi interior, pero puede que sean imaginaciones mías. ¡Si al menos fueras un poquito más claro cuando te manifiestas y si hicieses que fuera más fácil encontrarte…!

Te pido muchas veces que me des fe, pues la que tengo no me llega para verte claramente.

Sabes de todos mis miedos. Sabes de mi miedo al futuro, incluso más que a la enfermedad -a la que también tengo un miedo horrible-, al miedo de quedarme sola en la vejez.

Por otra parte, Dios mío, perdóname, pero no te entiendo. Si de verdad nos quieres ¿Por qué dejas que tanta gente lo pase tan mal? Mira, Señor a las personas de muchos lugares África, a los que tienen que emigrar, a los de Yemen y a los de tantos países que no tienen nada. ¿Por qué los dejas en esta situación tanto tiempo? ¿Por qué ahora esta pandemia que tantas penas está causando?

¡Dios mío!, si es verdad que eres todo amor, ¿Por qué en tantas personas no pones ahora ese amor?

¡Dios mío!, esta carta es dura, pero es así como me siento ahora.

Por otra parte, en cuanto a mí, solo quiero darte gracias infinitas por la vida que me has dado hasta ahora. Todo lo he tenido fácil. Gracias por mi familia, por mi salud, por mis amigos  por lo mucho que me has dado.

Señor, tengo un miedo horrible al futuro, a lo que me pueda venir y, si es malo, a no saber aceptarlo con resignación (Dios mío, pienso en la enfermedad de N., que me afectó bastante…).

¡Dios mío!, sigo pidiéndote que aumentes mi fe para que pueda tenerte de apoyo en lo que me depare la vida.

Por otra parte, pienso muchas veces que solo te quiero por puro egoísmo, que quiero tenerte solo como un bastón de apoyo cuando las cosas no me van bien. Quizás por eso no me haces caso.

Ayúdame, Señor. Seguiré.

Tengo que desahogarme contigo.

Te necesito en mi vida,

pero necesito saber que estás,

que de verdad existes

¡Ayúdame! Jesús, Dios mío.

¡Cuántas cosas te diría si te tuviera enfrente!

No me cansaría de contarte y ¡qué fácil sería entenderte!

Quizá en otra ocasión.

 

lunes, 14 de septiembre de 2020

FILOSOFÍA DEL AMOR

 La razón es finita, pero el sentimiento de amor

es infinito (Romanticismo alemán).

   El amor consiste simplemente en amar, y complejamente en ser amado. Hay una compenetración entre amante y amado o amada de ida y vuelta, una coimplicidad que topa con el otro/otra, un salir de sí a la otredad. El amor es un reconocerse a sí mismo a través de otro, un perderse para encontrarse, un darse confiando que el otro nos acoja como lo acogemos.

      El amor no es pues coger sino acogida, unión y afirmación mutua. Pienso que el amor es el sentido de la vida porque la dota de pro-creatividad, pero es también el sentido de la muerte porque abre su finitud al infinito. En efecto, el feeling o hilo sentimental del amor es el hilo de Ariadna, el cual nos saca de nuestra soledad en el laberinto de la vida-muerte, atrapados por el monstruo Minotauro. La pérdida del amor es la pérdida de nosotros mismos en el laberinto.

      El psicólogo S.Freud parece confundir el amor como una expresión de la sexualidad, cuando es al revés: la sexualidad es la expresión del amor, que adquiere así la primacía humana. Esta primacía del amor humano se basa en la com-pasión, la cual dice consentimiento y mutuo compadecimiento por nuestra situación de encerrona existencial en este mundo. Pues lo que hace el amor es un abrimiento radical, el tránsito de la finitud a la infinitud o indefinitud abierta.

      Ello es así porque el amor implica la fe en el/lo otro, así como la esperanza en su reciprocidad. El romanticismo alemán definió el amor como fe y creencia en el otro y en el Otro (el Dios-amor), porque garantiza nuestro amor humano. Así que el amor es un acto de fe y esperanza cuasi religiosa, pues no en vano el amor dice religación o coligación. Creo y espero porque amo, y amo porque creo y espero.

      La fe confiada en el amor intersecta la eternidad y la temporalidad, de donde la sensación del amor como finito e infinito. Por eso en la obra de Unamuno –San Manuel Bueno y mártir–, el sacerdote protagonista acaba eligiendo no la fe celestial, sino el amor terrestre a sus fieles, abriéndolos a una fe que él mismo solo obtiene por ese amor de compasión por el prójimo.

      Curiosamente la historia del cristianismo refleja bien esta problemática. En efecto, san Pablo y el protestantismo privilegian la fe, fiducia o confianza en el Dios-amor, mientras que san Pedro y el catolicismo privilegian las obras y rituales religiosos en honor del Dios. Sólo san Juan, el discípulo amado, optó directamente por el amor humano-divino. Hoy sale vencedor el discípulo amado por Jesús y su teología del Dios-amor, por eso el Cristo de su Juicio Final en la Capilla Sixtina aparece conteniendo su furor de Pantocrátor ante los enjuiciados finalmente por amor.

      Así que creemos, esperamos y obramos bien porque amamos, y la única manera de amor es sencillamente amar al otro como a uno mismo. El amor es la única prueba de la existencia divina de Dios, y la única muestra de la existencia humana del hombre, sin el cual este es un animal. El amor representa nuestra afirmación radical humana, mientras que el antiamor representa nuestra negación radical inhumana. Sólo el amor nos salva de nosotros mismos, pues el amor es creencia y creación de trascendencia, su símbolo o cifra: el bien inmanente que resulta trascendental. El hombre se hizo y se hace hombre por el amor: por eso es el animal capaz de amar (transracional).

Andrés Ortiz.

CRISTO Y LA IGLESIA

A la historia del hombre sobre la tierra se le llama “la historia de la salvación”, y en ella se distinguen tres etapas: La salvación escatológica, la salvación redentora y la salvación eclesiológica. En estas tres palabras se condensa el proceso vocacional del hombre hacia la pascua definitiva. Todo lo vocacional implica llamada y respuesta.

Nuestra historia salvífica comenzó con nuestra llamada existencia. Dios no necesitaba del hombre para ser feliz, pero necesitaba de nosotros para hacernos felices. El Dios eterno en su origen e infinito en poder y bondad, comparte sus dones con las criaturas y, en virtud de su vocación dadivosa, decretó crear al hombre para tener a quien amar y para hacerle feliz en su reino. En el reino de Dios hay que distinguir dos fases: una celestial y eterna, y otra terrenal y perecedera.

La fase terrenal del reino comenzó con el “sí” de Dios que, en el momento de la creación, elevó al hombre al orden sobrenatural y lo destinó a ser plenamente feliz ya aquí en la tierra, convertida en paraíso terrenal.

Está claro que, según el plan de Dios, todos tenemos vocación de cielo, pero toda vocación se integra de llamada y de respuesta. Si la llamada no es acogida, la vocación es frustrada y, desafortunadamente, éste ha sido nuestro caso: el hombre dijo “no” a Dios, y el paraíso terrenal se convirtió en “valle de lágrimas”. El llanto es desde entonces “patrimonio de la humanidad”.

El pecado del hombre cambió la suerte de la humanidad en la tierra, pero no cambió el corazón de Dios respecto a nosotros, a quienes continúa amando con amor sin límites.

Adán, llamado a ser jefe de un pueblo unido y obediente al Creador es ahora el caudillo de una comunidad dividida y en rebeldía con su Hacedor. Se requiere un nuevo Adán, que restaure la comunión con Dios y la fraternidad entre los hombres. Hay que empezar de nuevo. A esta regeneración se le llama “redención”, y su restaurador es Jesús, el Hijo de Dios vivo. A Él le hubiera bastado un solo acto de su humanidad santísima para llevar a efecto la misión confiada por el Padre. Pero Jesús no solo vino a expiar nuestras culpas: quiere ser también nuestro maestro y nuestro modelo, y a ello dedicó los treinta años de su vida terrenal con su comportamiento ejemplarizante. Y al final de sus días, fundó la Iglesia, a la que confió la misión de continuar su obra redentora en el mundo.

La Iglesia es la encarnación de la providencia de Dios en la redención haciéndose. Los hombres no somos la Iglesia, pero somos de la Iglesia. De su misión somos beneficiarios, a la vez que colaboradores. Ella es divina y humana. Todo lo divino que Dios le regala, la hace hermosa y amable. Lo que nosotros le aportamos no siempre es positivo; más bien es censurable a los ojos de grandes sectores. De estas limitaciones, no siempre somos “culpables”, pero sí “responsables”, puesto que el comportamiento de los cristianos condiciona la evaluación que los no creyentes hacen de ella. Los cristianos somos la cara visible de la Iglesia. La Iglesia no es una mera institución humana. La Iglesia es la presencia de Dios entre los hombres, para proseguir la obra comenzada por Cristo en la tierra. La Iglesia es divina, porque su cabeza es Cristo; pero también es humana, porque sus miembros somos nosotros, salpicados de imperfecciones. Hay en ella dos dimensiones: una divina y santa, y otra humana y pecadora. Como divina, merece nuestro aprecio y estima. Como humana y pecadora, necesita nuestro perdón, puesto que somos nosotros los que la manchamos con nuestro incorrecto comportamiento.

Valoremos, pues, a la Iglesia, por lo que tiene de divina y santa; y compadezcámosla por lo que de nosotros tiene de negativo, y vistámosla de fiesta con nuestra santidad personal, para que sus enemigos la miren sin prejuicios y le agradezcan sus servicios.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

jueves, 10 de septiembre de 2020

VENTANAS DEL ALMA

"Los ojos son la ventana del mundo. Por ellos veo el mundo entero y me veo a mí en el centro. Pero son también las ventanas del alma. Por ellos puedo verme en otros ojos que no serán nunca los míos"

"Si te hace caso, has salvado a tu hermano" (Mt 18, 15-20)

De mi infancia no recuerdo nada tan abiertamente como la ventana a la que me asomaba cada mañana para ver el mundo. El mundo se abría ante mí concentrado en las ventanas y tejados de las viviendas que se podían ver desde la mía. Tras cada ventana imaginaba yo otras vidas y la misma luz iluminandolas de noche o el mismo aire corriendo por el día entre nosotros. Yo no sabía más que lo que estaba viendo mientras lo miraba, atento a cada esquina, cristal, altura en la distancia...Yo no veía más que lo que estaba a la vista de la manera que mi propia posición lo permitía.

Fue así como llegué a tomar conciencia de mi punto de vista. Lo que no podía ver me lo imaginaba o preguntaba, más bien, cómo sería: diferente y semejante a la vez, familiar y extraño, sencillo y complicado. Desde mi propio mundo me asomaba al mundo común; desde mi vergel veía el desierto, ancho y expuesto al espejismo, a la noche fría y despierta a los misterios. Si yo hubiera vivido en cualquiera otra de las viviendas que rodeaban la mía, habría visto el mundo desde otra ventana. Si yo fuera el vecino de enfrente o el de la esquina gozaría de otro punto de vista diferente. Pero yo era yo y mi ventana abierta al mundo era precisamente la mía.

Tardé muchos años en hacer un descubrimiento transcendental. Mi ventana no se abría a la calle, por lo que yo no podía verla desde fuera cada vez que salía de mi casa. Mi ventana se abría al patio del instituto donde yo soñaba con estudiar cuando fuera mayor. Por eso, el día de mi entrada en el instituto fue el primero en que pude ver mi ventana desde fuera. Ése fue, para mí, el día de un gran descubrimiento. Por primera vez, desde el patio del instituto, pude contemplar mi ventana a lo lejos. Aún recuerdo la impresión de aquel momento. Me extrañó ver mi ventana tan pequeña, una más entre otras muchas, solo eso.

"Si tu hermano peca contra ti, reprendelo", enseña el evangelio. Si peca contra ti, es decir, si pretende que veas las cosas tal como él las ve desde su ventana. Porque en la raíz del pecado no se encuentra sino esta loca pretensión: que el mundo sea tal como lo veo yo desde mi ventana. Si es tal como yo lo veo y lo imagino, será entonces tal como yo quiero que sea. El otro ya no será otro sino extensión de mí mismo. No será sujeto sino objeto de interés, de  vana compasión o indiferencia. Y yo podré buscarle si me interesa o desdeñarle si no me interesa. El egoísmo será el principio de la ética: en el fondo siempre yo asomado  a mi ventana y el mundo entero a mi servicio.

El evangelio enseña, sin embargo, a bajar al patio del instituto, allí donde mi ventana y la tuya son apenas dos ventanas entre tantas. Alli donde no es el mundo común lo que se abre ante nosotros sino tú ante mí, yo ante ti. Allí donde dos se miran a los ojos, el mundo común -tal como yo lo veo, por supuesto- se desmorona. "Si te hace caso..." es decir, si no evita tu mirada, "has salvado a tu hermano". No le has salvado tú. Ha sido él mismo quien se ha salvado por su fe en ti, por su entrega a otra mirada diferente de la que nos entrega el mundo entero cada vez que abrimos la ventana y vemos tantas otras en torno a la nuestra. Los ojos son la ventana del mundo. Por ellos veo el mundo entero y me veo a mí en el centro. Pero son también las ventanas del alma. Por ellos puedo verme en otros ojos que no serán nunca los míos: ¡transcendental descubrimiento!

Víctor Márquez Pailos.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La mística en la teología del siglo XX: Karl Rahner Y Hans Urs von Balthasar; Ángel Cordovilla

Este  artículo  estudia  el  sentido  que  tiene  la  mística  en  la  teología  de  Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar, ayudando así de forma indirecta al discernimiento teológico en torno al fenómeno místico, tan de moda en la sociedad actual. A ambos les une una comprensión de la mística en su referencia al misterio. Para Rahner ella nace del encuentro inmediato y personal con el misterio incomprensible de Dios y ha de ser vivida en un mundo donde la secularidad y el pluralismo se han convertido en el humus vital. Para Balthasar la mística es la vida cristiana en total obediencia al misterio de Dios bajo la forma de seguimiento de Cristo, participando así en su obediencia al Padre por el bien de aquellos que el Hijo único, como primogénito de todos los hombres, no se avergüenza de llamar hermanos.


VER EN PDF.



VENTANAS DEL ALMA

"Los ojos son la ventana del mundo. Por ellos veo el mundo entero y me veo a mí en el centro. Pero son también las ventanas del alma. Por ellos puedo verme en otros ojos que no serán nunca los míos"

"Si te hace caso, has salvado a tu hermano" (Mt 18, 15-20)

De mi infancia no recuerdo nada tan abiertamente como la ventana a la que me asomaba cada mañana para ver el mundo. El mundo se abría ante mí concentrado en las ventanas y tejados de las viviendas que se podían ver desde la mía. Tras cada ventana imaginaba yo otras vidas y la misma luz iluminandolas de noche o el mismo aire corriendo por el día entre nosotros. Yo no sabía más que lo que estaba viendo mientras lo miraba, atento a cada esquina, cristal, altura en la distancia...Yo no veía más que lo que estaba a la vista de la manera que mi propia posición lo permitía.

Fue así como llegué a tomar conciencia de mi punto de vista. Lo que no podía ver me lo imaginaba o preguntaba, más bien, cómo sería: diferente y semejante a la vez, familiar y extraño, sencillo y complicado. Desde mi propio mundo me asomaba al mundo común; desde mi vergel veía el desierto, ancho y expuesto al espejismo, a la noche fría y despierta a los misterios. Si yo hubiera vivido en cualquiera otra de las viviendas que rodeaban la mía, habría visto el mundo desde otra ventana. Si yo fuera el vecino de enfrente o el de la esquina gozaría de otro punto de vista diferente. Pero yo era yo y mi ventana abierta al mundo era precisamente la mía.

Tardé muchos años en hacer un descubrimiento transcendental. Mi ventana no se abría a la calle, por lo que yo no podía verla desde fuera cada vez que salía de mi casa. Mi ventana se abría al patio del instituto donde yo soñaba con estudiar cuando fuera mayor. Por eso, el día de mi entrada en el instituto fue el primero en que pude ver mi ventana desde fuera. Ése fue, para mí, el día de un gran descubrimiento. Por primera vez, desde el patio del instituto, pude contemplar mi ventana a lo lejos. Aún recuerdo la impresión de aquel momento. Me extrañó ver mi ventana tan pequeña, una más entre otras muchas, solo eso.

"Si tu hermano peca contra ti, reprendelo", enseña el evangelio. Si peca contra ti, es decir, si pretende que veas las cosas tal como él las ve desde su ventana. Porque en la raíz del pecado no se encuentra sino esta loca pretensión: que el mundo sea tal como lo veo yo desde mi ventana. Si es tal como yo lo veo y lo imagino, será entonces tal como yo quiero que sea. El otro ya no será otro sino extensión de mí mismo. No será sujeto sino objeto de interés, de  vana compasión o indiferencia. Y yo podré buscarle si me interesa o desdeñarle si no me interesa. El egoísmo será el principio de la ética: en el fondo siempre yo asomado  a mi ventana y el mundo entero a mi servicio.

El evangelio enseña, sin embargo, a bajar al patio del instituto, allí donde mi ventana y la tuya son apenas dos ventanas entre tantas. Alli donde no es el mundo común lo que se abre ante nosotros sino tú ante mí, yo ante ti. Allí donde dos se miran a los ojos, el mundo común -tal como yo lo veo, por supuesto- se desmorona. "Si te hace caso..." es decir, si no evita tu mirada, "has salvado a tu hermano". No le has salvado tú. Ha sido él mismo quien se ha salvado por su fe en ti, por su entrega a otra mirada diferente de la que nos entrega el mundo entero cada vez que abrimos la ventana y vemos tantas otras en torno a la nuestra. Los ojos son la ventana del mundo. Por ellos veo el mundo entero y me veo a mí en el centro. Pero son también las ventanas del alma. Por ellos puedo verme en otros ojos que no serán nunca los míos: ¡transcendental descubrimiento!

martes, 1 de septiembre de 2020

PENSAR E DISCERNIR EN TEMPOS DE PANDEMIA

Facer memoria do ocorrido durante este tempo de pandemia, tratar de entender como nos afectan estas crises ás nosas existencias, discernir as necesidades dos seres humanos máis vulnerables, lembrar o pasado para vivir o presente con ilusións e esperanzas de futuro, espertar da nosa pasividade e redescubrir o máis grande da nosa interioridade…, son tarefas urxentes nestes tempos nos que todos, dun xeito ou outro, sentímonos afectados.

O corazón gardará memoria viva destas situacións. Aínda que recoñecemos que os contactos se puideron traducir en contaxios, as comunicacións en contaminacións e as relacións humanas en soidades inmensas e eternas, hai sempre algo positivo en medido da negatividade e as sombras ameazantes da morte. Estas pandemias que pon en corentena o futuro da humanidade orixinan, con mais intensidade, outras pandemias psíquicas que dexeneran en medo, temor e tedio. Confinados nos nosos fogares e cos templos pechados, crentes e non crentes preguntámonos onde atopar a Deus no medio de tanta desgraza. Pregunta nova e eterna que xorde inevitablemente alí onde hai dor, sufrimento e morte.

Onde está Deus? Ocúltase, escóndese, cala, disfrázase, ponse a máscara para xogar co ser humano aos agochos? Algúns, empuxados quizá pola dor das situacións vividas, acudiron ao seu encontro aínda que até entón as súas relacións fosen frías ou inexistentes. Outros, pola contra, aos que case ninguén faría cambalear nas súas conviccións relixiosas, sentiron que este aparente silencio de Deus durante esta inesperada tormenta sacudía os alicerces da fe. Este escenario, tan diverso como o camiño persoal de cada ser humano, testemuña a nosa probada vulnerabilidade e abre a porta a novos interrogantes: Está Deus ausente destas realidades ou está tamén crucificado no patíbulo e nas U.C.I.S. dos apestados? Estas crises axudan a espertar a fe durmida nas tranquilidades dunhas existencias cómodas e indiferentes aos problemas dos demais ou, pola contra, provocan o afastamento, o agnosticismo e a indiferenza relixiosa? En calquera das direccións, a Igrexa, como comunidade de seguidores de Xesús, o Fillo de Deus encarnado na historia, está chamada a acompañar nestes procesos contribuíndo a unha nova misión evanxelizadora e a unha nova presenza social significativa e visible. Aínda que é moi difícil entrar na interioridade e na intimidade do ser humano, en situacións de crises as persoas sempre miran de novo cara ao esencial, realidade que inclúe unhas relacións humanas máis verdadeiras, as preguntas fundamentais da vida e o sentido último da existencia. Estas situacións poden axudarnos a entender o que grandes pensadores da humanidade afirmaron: Que Deus sempre está aí, con frecuencia tamén acompañándonos na cruz para liberarnos e resucitarnos dos sepulcros; que El non é autor do mal; que o mal é sempre ausencia de ben; que Deus actúa no ámbito do respecto ás nosas liberdades, o don máis grande da creación concedido ao ser humano; e que, por riba de todo, estamos chamados á vida en común, a unha cultura do compartir fronte á de competir, ás presenzas constantes acolledoras e próximas e a uns acompañamentos cada vez máis empáticos e saudables con aqueles que viven en soidade e abandono as súas cruces cotiás. Axudarnos uns a outros a baixar delas ou a impedir que existan é a mellor lección que podemos ofrecer nas actuais circunstancias.

 

José Mario Vázquez Carballo

 

lunes, 31 de agosto de 2020

Xesús predicou o Reino de Deus e veu a Igrexa

       Esta reflexión tiene como punto de partida el tema del último número de Iglesia Viva, ¿“Todavía el Reino de Dios”?, y quiere ser un recuerdo de un gran testigo del Reino de Dios: Pedro Casaldáliga.

       Desde una perspectiva lingüística hacer referencia al Reino de Dios parece que está fuera de lugar, puesto que para todo lo relativo al reino y a la monarquía, sobre todo en nuestro país, no corren tiempos propicios; pero desde el punto de vista bíblico tiene su significado y contenido propios, y, creo, que hoy día se puede aplicar con todo su vigor y amplitud de significado.

       Jesús de Nazaret, siguiendo la tradición veterotestamentaria, emplea el término “Reino de Dios”, pero, como explicó a Poncio Pilato, su reino no es de este mundo, es decir, no tiene la estructura de poder como los reinos del mundo, porque, aunque se trate de un reino, no hay poder, sino amor, siendo Dios el epicentro del mismo, y la relación de Dios con sus “súbditos” viene marcada por el amor, la comprensión y la misericordia y éste es el mismo principio que ha regir la relación de los miembros del reino entre sí. En este reino no impera la ley, la norma o la autoridad, sino la libertad, el amor, la comprensión y la misericordia.

       La comunidad humana que configura el Reino de Dios, y era la pretensión fundacional de Jesús de Nazaret, se integra en torno a unos valores éticos propuestos en las bienaventuranzas, en la parábola del samaritano, en el llamado “juicio final”, etc., cuyas coordenadas son el amor y la misericordia. Se trata de una vivencia tanto personal como comunitaria que se relaciona verticalmente con Dios y con los demás en su horizontalidad. No hay leyes o normas externas que marquen ce por be lo que se debe hacer en cada momento, puesto que “el sábado está hecho para el hombre” y no al revés. Así lo entendió y así lo practicó la Iglesia primitiva de Jerusalén, cuando, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, permanecían juntos, en comunidad, unidos en la oración y en la fracción del pan y no había necesitados entre ellos, porque todo lo ponían en común.

       Cuando el Reino de Dios se institucionaliza sin más, se convierte en Iglesia, como dice A. Loisy: “Jesús predicó el Reino de Dios y vino la Iglesia”. La estructura institucional es necesaria en todo quehacer organizativo humano, pero no puede ser el epicentro hasta el punto de desbancar a la vivencia personal y comunitaria, a la libertad personal y comunitaria, al estar todo controlado por la norma y la ley. Como advertía el profeta Isaías ( Is 2,1-5) la norma viene del templo, que es tanto como decir del clero, de la jerarquía. El Reino de Dios se convierte en Iglesia y ésta en “sociedad perfecta”, en un Estado; una sociedad política más, controlada por el poder y por la ley, y si es dictatorial, mejor, abandonando así las exigencias de ese Reino.

       No llegó a buen puerto el intento de san Agustín de Hipona de identificar Iglesia y Reino de Dios en su De civitate Dei, menoscabando, sobre todo, el concepto de Reino de Dios, como lo evidencia la Historia de la Iglesia y del Papado a través de los tiempos; tiempos de cismas, de cruzadas bélicas, de poder político y religioso (el papa mediante el llamado “poder de las dos espadas”, como ya reconocía a finales del s. V el papa Gelasio I en su carta al emperador Anastasio, controla el poder político y el religioso), de anatemas de herejes y de doctrinas (como ocurría en los Concilios, en el anecdotario del Vaticano II se recoge la extrañeza de los obispos españoles porque no se proponía ninguna condena de doctrina y no se declaraba ningún dogma), de Syllabus condenatorios de asuntos sociales, políticos, religiosos… Es conmovedor, a este respecto, el testimonio del teólogo francés Y. Congar (la lista de testimonios sería larguísima), que recoge en sus Diarios, y que soportó tres “exilios” impuestos por el poder vaticano y por su Orden de dominicos como consecuencia de sus reflexiones teológicas, al parecer, contrarias a las posiciones “oficiales”: “Acepto a Dios, su visita… No acepto a la Gestapo… No tengo derecho a sacrificar el servicio a la verdad”.

       Con el reduccionismo del Reino de Dios a la Iglesia, éste pierde su vitalidad y la Iglesia se transforma más en Estado, en sociedad política, que en comunidad de creyentes en el Cristo resucitado. La Iglesia, católica por supuesto, no es el Reino de Dios; éste es un concepto más amplio y comprensivo, como cuando se decía que fuera de la Iglesia, católica por supuesto, no hay salvación, doctrina que corrigió el concilio Vaticano II. Ahora bien, la Iglesia ha de asemejarse al Reino de Dios, puesto que es factor importante para que Dios reine en el mundo y para ello ha de asumir los paradigmas de dicho Reino: más amor y misericordia y menos leyes y normas; más acogida a los pobres, a los emigrantes y refugiados, a los oprimidos, a los sin techos… y menos riquezas y propiedades; más disponibilidad de servicio y menos exaltación de poder y mando, como recomendaba san Bernardo de Claraval a su amigo el papa Eugenio III: “Te dejas agobiar por toda clase de juicios sobre toda suerte de cosas exteriores y seculares; sólo te oigo hablar de juicios y leyes; todo ello, y las pretensiones de riquezas y de prestigio, proviene de Constantino, y no de Pedro“.

       La Iglesia como motor imprescindible para llevar a cabo el Reino de Dios en la tierra ha de eliminar otro reduccionismo enormemente dañino y perjudicial para la propia Iglesia: considerar el Reino de Dios como algo escatológico, situarlo en el más allá. Los valores éticos y religiosos del Reino de Dios pertenecen a la historia y no se pueden aplazar al final escatológico. Es una contradicción que clama al cielo que la Iglesia pretenda transformar la realidad histórica desde el pietismo, desde la fe sin más: lo único que importa es la relación personal con Dios sin tener en cuenta la realidad que nos circunda. La fe es don, pero también es tarea, un quehacer liberador y transformador de la realidad que no se ajuste a los valores éticos del programa de la Bienaventuranzas. Como sugiere I. Ellacuría, el Reino de Dios supera la dualidad entre lo personal y lo estructural, entre ética social y ética individual, pero no es sólo cuestión de fe, sino también de obras, de praxis configurada por el evangelio de Jesús de Nazaret.

O Papa invita aos cristiáns de todo o mundo a unirse para o #TiempoDeLaCreacion

 La iniciativa se desarrollará del 1 de septiembre al 4 de octubreLa Iglesia celebrará la Jornada Mundial de Oración por la Creación el próximo 1 de septiembre

El Tiempo de la Creación es una época para renovar nuestra relación con el Creador y toda la creación a través de la celebración, la conversión y el compromiso juntos. Durante el Tiempo de la Creación, nos unimos a nuestras hermanas y hermanos de la familia ecuménica en oración y acción por nuestra casa común.

 El Patriarca Ecuménico Dimitrios I proclamó el 1 de septiembre como día de oración por la creación para los ortodoxos en 1989. En efecto, el año de la Iglesia Ortodoxa comienza ese día con una conmemoración de cómo Dios creó el mundo. El Consejo Mundial de Iglesias (CMI) fue fundamental para convertirlo en un tiempo especial, extendiendo la celebración del 1 de septiembre al 4 de octubre.

Tras el Patriarca Ecuménico Dimitrios I y el CMI, los cristianos de todo el mundo han acogido este tiempo como parte de su calendario anual. El papa Francisco hizo oficial la cálida bienvenida de la Iglesia Católica Romana al Tiempo de la Creación en 2015.

 En los últimos años, los líderes religiosos de todo el mundo han formulado declaraciones en las que animan a los fieles a dedicar tiempo a cuidar de la creación durante este mes de celebración. Este periodo comienza el 1 de septiembre, con la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, y termina el 4 de octubre, en la fiesta de San Francisco de Asís, el santo patrón de la ecología amado por muchas denominaciones cristianas.

 A lo largo del mes de celebración, los 2.200 millones de cristianos del mundo nos unimos para cuidar de nuestra casa común.

 EL TEMA DE ESTE AÑO: JUBILEO POR LA TIERRA

Cada año, el comité directivo ecuménico sugiere un tema para armonizar la celebración de las comunidades cristianas en este tiempo. Para el Tiempo de la Creación 2020, el tema sugerido es “Jubileo por la Tierra”: Nuevos ritmos, nueva esperanza”.

Este año, en medio de las crisis que han sacudido nuestro mundo, hemos descubierto la urgente necesidad de sanar nuestras relaciones con la creación y entre nosotros.

 Este año, durante este tiempo, entramos en un período de restauración y esperanza, un jubileo para nuestra Tierra, que requiere formas radicalmente nuevas de vivir con la creación.

Los cristianos de todo el mundo aprovecharán esta época para renovar su relación con nuestro Creador y con toda la creación mediante la celebración, la conversión y el compromiso.

 El Tiempo de la Creación de este año es un momento para considerar la relación integral entre el descanso de la Tierra y las formas de vida ecológicas, tanto en lo económico como en lo social y político.

 Este año en particular, la necesidad de sistemas justos y sostenibles ha sido revelada por los efectos a gran escala de la pandemia mundial de COVID-19.

 Como seguidores de Cristo de todo el mundo, compartimos un papel común como custodios de la creación de Dios. Nos regocijamos en esta oportunidad de cuidar de nuestra casa común y de nuestras hermanas y hermanos que la comparten.

 En este enlace puedes contactar con la Delegación Diocesana de Justicia, Paz e Integridad de la Creación.

A parroquia non é so relixión, é algo co que a xente se identifica moito.

 


Óscar Santiago, arcipreste da Terra Chá, cre que as unidades pastorais son consecuencia lóxica dos cambios na sociedade

Lonxe quedan os tempos en que cada parroquia tiña o seu crego. Diminúen as vocacións e medra o traballo dos sacerdotes, aínda que tamén se tentan artellar medidas que respondan á situación actual. O bispado de Mondoñedo-Ferrol está a desenvolver un proxecto de creación de unidades parroquiais, agrupando o traballo dos curas.

 Dende hai anos funciona a de Vilalba; comeza a dar os primeiros pasos a de Castro de Ribeiras de Lea, e está prevista a de Guitiriz-Begonte. Óscar Santiago, arcipreste de Terra Chá e párroco dos concellos de Guitiriz e de Begonte, cre que cómpre decatarse das novas circunstancias.

 -Se se fixeron concentracións parcelarias, hai que facer tamén concentracións parroquiais?

-Si e non [ri], salvando as distancias. Por unha banda, hai falta de vocacións; por outra, Galicia ten moitas parroquias. Somos poucos curas, e hai que concentrar. É algo que pasa en toda a sociedade, non só nas zonas rurais: o plan de unidades pastorais inclúe toda a diocese [de Mondoñedo-Ferrol]. Cómpre concentrar recursos para dar a mellor atención posible.

 -Entende a xente estes cambios?

-Creo que para a xente de máis idade é máis difícil de entender. Dende o punto de vista cultural a parroquia é unha unidade básica. Agora, quizais haxa que facer o esforzo e ir á misa a outra parroquia, e iso custa algo máis. Para algunha xente, é un esforzo ir á misa doutra parroquia.

 -A parroquia é algo presente na vida da xente, non lle parece?

-Si. Non é só algo eclesiástico. A parroquia non é só a relixión; ten a súa estrutura, é algo co que a xente se identifica moito. A xente fala da súa parroquia... O concepto de unidade pastoral contrasta un pouco con esa idea, pero é lóxico.

 -Haberá receos entre parroquias?

-Creo que non. O que se debe facer, dentro das posibilidades, é non abandonar as parroquias. Os enterros e os cabodanos deben facerse, se é posible, en cada parroquia. Unha cousa é que os cultos dominicais non cheguen a todas as parroquias; pero outras celebracións -as primeiras comuñóns, por exemplo- deberían manterse.

 -Pérdese relación social?

-Si. Haberá que crear comisións. O cura non pode estar presente en todas parroquias. Hai que ir pouco a pouco, pero téntase fortalecer o papel dos laicos.

 -Como cambia o traballo dun cura con tantas parroquias?

-Andamos un pouco apurados nas fins de semana; pero o importante é o contacto coa xente, que saiba que o cura está aí para o que faga falta. É imposible chegar a todo o mundo. Antes o cura coñecía a toda a xente; agora é complicado, porque alguna xente só a ves cando vas celebrar unha misa.

 -Mantense coma antes a relación entre o cura dunha parroquia e os veciños?

-Si. Hai xente que me ten invitado á súa casa. Cando podo, vou. Ás veces, remata a misa e saio con algo de présa; pero a misa é un lugar de encontro para os veciños.

 A media de idade dos párrocos chairegos supera os setenta anos. Óscar Santiago Sanmartín ten 48 anos e é un dos cregos máis novos da comarca da Terra Chá. Son poucos os dunha idade algo semellante á súa e moitos os que teñen máis anos. Santiago comenta que a idade media dos párrocos chariegos anda polos 74 anos, e engade que ese dato axuda a explicar con certa claridade a necesidade de crear unidades pastorais.

 Lembra que o bispo de Mondoñedo-Ferrol xa se foi reunindo con veciños da Terra Chá para comentar os cambios previstos. A unidade pastoral de Guitiriz e de Begonte terá parroquias deses dous concellos. A de Castro de Ribeiras de Lea incluirá parroquias pertencentes a Castro de Rei, a Outeiro de Rei, a Cospeito e a Pol, e estará atendida por tres sacerdotes.

 

Fonte: La Voz de Galicia

Tempo de creación, do 1 de setembro ao 4 de outubro

 O Tempo da creación é un tempo para renovar xuntos a nosa relación co Creador e toda a creación a través do arrepentimento, a reparación e o gozo.

 Historia

 En 1989, o patriarca ecuménico Dimitrios I dos ortodoxos, estableceu o 1 de setembro como a xornada de oración pola creación. Desde entón, anglicanos, luteranos, evanxélicos e cristiáns reformados acolleron este tempo como parte do seu calendario anual.

O Papa Francisco fixo oficial a cálida benvida da Igrexa católica ao Tempo da creación en 2015 e segundo palabras do Pontífice: “Este é o tempo para habituarnos de novo a rezar inmersos na natureza, para reflexionar sobre o noso estilo de vida, para emprender accións proféticas que orienten o planeta á vida, no canto de conducilo á morte”

 Enfoque do Tempo da creación

 Durante o Tempo da creación unímonos aos nosos irmáns da familia ecuménica en oración e acción pola nosa casa común.

 Este ano, no medio das crises que sacudiron o noso mundo, comprendemos a urxente necesidade de sanar as nosas relacións coa creación e entre nós.

 Datas importantes

 O Tempo comeza o 1 de setembro, coa Xornada Mundial de Oración polo Coidado da Creación, e termina o 4 de outubro, na Festa de San Francisco de Asís, o santo patrón da ecoloxía amado por moitas denominacións cristiás. Ao longo deste mes de celebración, os cristiáns de todo o mundo uniranse para reparar e restaurar os lazos que nos sanan. E comprométense a formas radicalmente novas de vivir coa creación.

 "e outra que ve vir o futuro que nos espera" isto vai ser o que nos espera a curto prazo...........