viernes, 4 de marzo de 2022

Carta Pastoral de mons. Barrio na Coresma 2022

28 de febrero de 2022

  • Carta Pastoral del arzobispo para este tiempo litúrgico que se inició el miércoles día 2 de marzo con la imposición de la ceniza
  • Monseñor Barrio recuerda que el ayuno, la limosna y la oración son semillas para la siembra cuaresmal

En su Carta Pastoral para la Cuaresma, el arzobispo de Santiago recuerda el mensaje del papa Francisco para este tiempo litúrgico que se inicia el próximo miércoles día 2 de marzo con la imposición de la ceniza. Monseñor Barrio indica que el pontífice nos dice que la Cuaresma “es un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado”.

En este sentido, el prelado compostelano indica que “el ayuno, la limosna y la oración, semillas para la siembra cuaresmal, nos ayudarán en este propósito a entender nuestra relación con las cosas y las personas y nuestro estilo de vida y acción”.

Monseñor Barrio recuerda que este es un tiempo para “fortalecer nuestro espíritu” y asegura que “las gracias jubilares nos ayudan a fortalecer nuestra espiritualidad, viviendo el sentido penitencial y la conversión a Dios”.

El arzobispo señala también que “Jesús es la acequia de gracia que nos refresca y hace que no nos marchitemos”, y que la fe cristiana habla con las manos porque actúa mediante la caridad”. Y añade: “las manos llagadas del resucitado son signo de que el amor del Padre es más fuerte que la muerte: En su resurrección vivimos de su presente eterno y nuestros nombres quedan inscritos en el libro de la vida porque estamos tatuados en Dios”.

En este camino cuaresmal, el arzobispo invita a participar en la celebración de las 24 horas para el Señor, que tendrán lugar el viernes 25 y el sábado 26 de marzo: “en la adoración eucarística encontramos también el ambiente propicio para celebrar el Sacramento de la Reconciliación cuya experiencia nos lleva a ser misericordiosos con los demás”.

El arzobispo pide, además, que en las parroquias, en las comunidades religiosas y en los Seminarios se programen momentos de adoración al Santísimo, lectura de la Palabra de Dios y celebraciones penitenciales en el contexto de esta celebración.

 

 

 


miércoles, 2 de marzo de 2022

MENSAJE DO SANTO PAI PARA A CORESMA 2022

«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo.

Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a)

 Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado. Para nuestro camino cuaresmal de 2022 nos hará bien reflexionar sobre la exhortación de san Pablo a los gálatas: «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad (kairós), hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a).

1. Siembra y cosecha

En este pasaje el Apóstol evoca la imagen de la siembra y la cosecha, que a Jesús tanto le gustaba (cf. Mt 13). San Pablo nos habla de un kairós, un tiempo propicio para sembrar el bien con vistas a la cosecha. ¿Qué es para nosotros este tiempo favorable? Ciertamente, la Cuaresma es un tiempo favorable, pero también lo es toda nuestra existencia terrena, de la cual la Cuaresma es de alguna manera una imagen [1]. Con demasiada frecuencia prevalecen en nuestra vida la avidez y la soberbia, el deseo de tener, de acumular y de consumir, como muestra la parábola evangélica del hombre necio, que consideraba que su vida era segura y feliz porque había acumulado una gran cosecha en sus graneros (cf. Lc 12,16-21). La Cuaresma nos invita a la conversión, a cambiar de mentalidad, para que la verdad y la belleza de nuestra vida no radiquen tanto en el poseer cuanto en el dar, no estén tanto en el acumular cuanto en sembrar el bien y compartir.

El primer agricultor es Dios mismo, que generosamente «sigue derramando en la humanidad semillas de bien» (Carta enc. Fratelli tutti, 54). Durante la Cuaresma estamos llamados a responder al don de Dios acogiendo su Palabra «viva y eficaz» (Hb 4,12). La escucha asidua de la Palabra de Dios nos hace madurar una docilidad que nos dispone a acoger su obra en nosotros (cf. St 1,21), que hace fecunda nuestra vida. Si esto ya es un motivo de alegría, aún más grande es la llamada a ser «colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), utilizando bien el tiempo presente (cf. Ef 5,16) para sembrar también nosotros obrando el bien. Esta llamada a sembrar el bien no tenemos que verla como un peso, sino como una gracia con la que el Creador quiere que estemos activamente unidos a su magnanimidad fecunda.

¿Y la cosecha? ¿Acaso la siembra no se hace toda con vistas a la cosecha? Claro que sí. El vínculo estrecho entre la siembra y la cosecha lo corrobora el propio san Pablo cuando afirma: «A sembrador mezquino, cosecha mezquina; a sembrador generoso, cosecha generosa» (2 Co 9,6). Pero, ¿de qué cosecha se trata? Un primer fruto del bien que sembramos lo tenemos en nosotros mismos y en nuestras relaciones cotidianas, incluso en los más pequeños gestos de bondad. En Dios no se pierde ningún acto de amor, por más pequeño que sea, no se pierde ningún «cansancio generoso» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 279). Al igual que el árbol se conoce por sus frutos (cf. Mt 7,16.20), una vida llena de obras buenas es luminosa (cf. Mt 5,14-16) y lleva el perfume de Cristo al mundo (cf. 2 Co 2,15). Servir a Dios, liberados del pecado, hace madurar frutos de santificación para la salvación de todos (cf. Rm 6,22).

En realidad, sólo vemos una pequeña parte del fruto de lo que sembramos, ya que según el proverbio evangélico «uno siembra y otro cosecha» (Jn 4,37). Precisamente sembrando para el bien de los demás participamos en la magnanimidad de Dios: «Una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra» (Carta enc. Fratelli tutti, 196). Sembrar el bien para los demás nos libera de las estrechas lógicas del beneficio personal y da a nuestras acciones el amplio alcance de la gratuidad, introduciéndonos en el maravilloso horizonte de los benévolos designios de Dios.

La Palabra de Dios ensancha y eleva aún más nuestra mirada, nos anuncia que la siega más verdadera es la escatológica, la del último día, el día sin ocaso. El fruto completo de nuestra vida y nuestras acciones es el «fruto para la vida eterna» (Jn 4,36), que será nuestro «tesoro en el cielo» (Lc 18,22; cf. 12,33). El propio Jesús usa la imagen de la semilla que muere al caer en la tierra y que da fruto para expresar el misterio de su muerte y resurrección (cf. Jn 12,24); y san Pablo la retoma para hablar de la resurrección de nuestro cuerpo: «Se siembra lo corruptible y resucita incorruptible; se siembra lo deshonroso y resucita glorioso; se siembra lo débil y resucita lleno de fortaleza; en fin, se siembra un cuerpo material y resucita un cuerpo espiritual» (1 Co 15,42-44). Esta esperanza es la gran luz que Cristo resucitado trae al mundo: «Si lo que esperamos de Cristo se reduce sólo a esta vida, somos los más desdichados de todos los seres humanos. Lo cierto es que Cristo ha resucitado de entre los muertos como fruto primero de los que murieron» (1 Co 15,19-20), para que aquellos que están íntimamente unidos a Él en el amor, en una muerte como la suya (cf. Rm 6,5), estemos también unidos a su resurrección para la vida eterna (cf. Jn 5,29). «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13,43).

2. «No nos cansemos de hacer el bien»

La resurrección de Cristo anima las esperanzas terrenas con la «gran esperanza» de la vida eterna e introduce ya en el tiempo presente la semilla de la salvación (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 3; 7). Frente a la amarga desilusión por tantos sueños rotos, frente a la preocupación por los retos que nos conciernen, frente al desaliento por la pobreza de nuestros medios, tenemos la tentación de encerrarnos en el propio egoísmo individualista y refugiarnos en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Efectivamente, incluso los mejores recursos son limitados, «los jóvenes se cansan y se fatigan, los muchachos tropiezan y caen» (Is 40,30). Sin embargo, Dios «da fuerzas a quien está cansado, acrecienta el vigor del que está exhausto. […] Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, vuelan como las águilas; corren y no se fatigan, caminan y no se cansan» (Is 40,29.31). La Cuaresma nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor (cf. 1 P 1,21), porque sólo con los ojos fijos en Cristo resucitado (cf. Hb 12,2) podemos acoger la exhortación del Apóstol: «No nos cansemos de hacer el bien» (Ga 6,9).

No nos cansemos de orar. Jesús nos ha enseñado que es necesario «orar siempre sin desanimarse» ( Lc 18,1). Necesitamos orar porque necesitamos a Dios. Pensar que nos bastamos a nosotros mismos es una ilusión peligrosa. Con la pandemia hemos palpado nuestra fragilidad personal y social. Que la Cuaresma nos permita ahora experimentar el consuelo de la fe en Dios, sin el cual no podemos tener estabilidad (cf. Is 7,9). Nadie se salva solo, porque estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia [2]; pero, sobre todo, nadie se salva sin Dios, porque sólo el misterio pascual de Jesucristo nos concede vencer las oscuras aguas de la muerte. La fe no nos exime de las tribulaciones de la vida, pero nos permite atravesarlas unidos a Dios en Cristo, con la gran esperanza que no defrauda y cuya prenda es el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cf. Rm 5,1-5).

No nos cansemos de extirpar el mal de nuestra vida. Que el ayuno corporal que la Iglesia nos pide en Cuaresma fortalezca nuestro espíritu para la lucha contra el pecado. No nos cansemos de pedir perdón en el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, sabiendo que Dios nunca se cansa de perdonar [3].  No nos cansemos de luchar contra la concupiscencia, esa fragilidad que nos impulsa hacia el egoísmo y a toda clase de mal, y que a lo largo de los siglos ha encontrado modos distintos para hundir al hombre en el pecado (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 166). Uno de estos modos es el riesgo de dependencia de los medios de comunicación digitales, que empobrece las relaciones humanas. La Cuaresma es un tiempo propicio para contrarrestar estas insidias y cultivar, en cambio, una comunicación humana más integral (cf. ibíd., 43) hecha de «encuentros reales» ( ibíd., 50), cara a cara.

No nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo. Durante esta Cuaresma practiquemos la limosna, dando con alegría (cf. 2 Co 9,7). Dios, «quien provee semilla al sembrador y pan para comer» (2 Co 9,10), nos proporciona a cada uno no sólo lo que necesitamos para subsistir, sino también para que podamos ser generosos en el hacer el bien a los demás. Si es verdad que toda nuestra vida es un tiempo para sembrar el bien, aprovechemos especialmente esta Cuaresma para cuidar a quienes tenemos cerca, para hacernos prójimos de aquellos hermanos y hermanas que están heridos en el camino de la vida (cf. Lc 10,25-37). La Cuaresma es un tiempo propicio para buscar —y no evitar— a quien está necesitado; para llamar —y no ignorar— a quien desea ser escuchado y recibir una buena palabra; para visitar —y no abandonar— a quien sufre la soledad. Pongamos en práctica el llamado a hacer el bien a todos, tomándonos tiempo para amar a los más pequeños e indefensos, a los abandonados y despreciados, a quienes son discriminados y marginados (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 193).

3. «Si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos»

La Cuaresma nos recuerda cada año que «el bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día» (ibíd., 11). Por tanto, pidamos a Dios la paciente constancia del agricultor (cf. St 5,7) para no desistir en hacer el bien, un paso tras otro. Quien caiga tienda la mano al Padre, que siempre nos vuelve a levantar. Quien se encuentre perdido, engañado por las seducciones del maligno, que no tarde en volver a Él, que «es rico en perdón» (Is 55,7). En este tiempo de conversión, apoyándonos en la gracia de Dios y en la comunión de la Iglesia, no nos cansemos de sembrar el bien. El ayuno prepara el terreno, la oración riega, la caridad fecunda. Tenemos la certeza en la fe de que «si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos» y de que, con el don de la perseverancia, alcanzaremos los bienes prometidos (cf. Hb 10,36) para nuestra salvación y la de los demás (cf. 1 Tm 4,16). Practicando el amor fraterno con todos nos unimos a Cristo, que dio su vida por nosotros (cf. 2 Co 5,14-15), y empezamos a saborear la alegría del Reino de los cielos, cuando Dios será «todo en todos» (1 Co 15,28).

Que la Virgen María, en cuyo seno brotó el Salvador y que «conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19) nos obtenga el don de la paciencia y permanezca a nuestro lado con su presencia maternal, para que este tiempo de conversión dé frutos de salvación eterna.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2021, Memoria de san Martín de Tours, obispo.

 

FRANCISCO

 

martes, 22 de febrero de 2022

A RELIXIOSIDADE DO HOME

Relixión significa relación da divindade cos homes, e dos homes con Deus.

A historia sagrada comezou así: Deus chama a Abraham, cuxos proxenitores servían aos deuses pagáns no país de Caldea, e promételle unha terra propia e unha descendencia numerosa. Abraham cre a Deus e fíase da promesa que lle fai. Así se estrean as relacións de Iavé co seu pobo

Deus desexa que o home viva en comuñón con el, e proponlle un pacto de alianza. Parece coma se tomase exemplo dos costumes sociais en uso nos tempos primitivos. Os pactos de axuda eran frecuentes nas xeracións contemporáneas de Abraham. Cando xurdían litixios grupais, o máis débil pedía ao máis forte que lle dese protección, e este prometíalla mediante un pacto, cuxas condicións asinaban ambos os contendentes. O ritual deste convenio, chamado alianza, consistía en sacrificar un animal e descortizalo, e os contendentes proferían improperios contra o que fose infiel ao prometido na alianza pactada entre ambas as part 

Concluído o pacto, na arca da alianza gardábanse as táboas da lei, como testemuño do acordado, e plantábase unha árbore ou se fixaba unha mouteira de pedra, lembrando o lugar onde aquilo se asinou. Deste xeito oficializáronse as relacións de Deus co pobo de Israel. Con todo, o pacto de Deus cos homes, ten unha particularidade única: a diferenza abismal entre a grandeza e a bondade do Creador e as limitacións humanas. Uns pobos procuraban aliarse con outros buscando protexerse contra un terceiro. Non era así o comportamento de Deus. Este prometía protección ao seu pobo, como nos lembra a historia sagrada. Pero, tanto nun caso como no outro, ambos comprometíanse a ser fieis ao acordado. Compromiso que Israel non sempre cumpriu, de tal maneira que Deus tivo que imporlle repetidos correctivos pola súa infidelidade: ruína de Xerusalén, catividade a que se viu sometido o pobo nalgunhas ocasións, dispersión dos israelitas. Con todo, a fidelidade de Iavé mantívose inamovible e houbo periódicas renovacións do rito da antiga alianza, como aquela na que participou Moisés no monte Sinaí.

Con este rito aliancista do Sinaí, Deus demostra que o seu plan é facer un pobo que o adore só a el. Este plan maniféstao o Señor nos seguintes termos: “se observades a miña alianza, eu serei o voso Deus, e vós seredes o meu pobo”. Pero a historia repítese, e as limitacións humanas continúan tamén na Igrexa, que é divina e humana. Isto sábeo o Señor, polo cal actuando coa pedagoxía de sempre, quere que se repitan periodicamente ritos aliancistas, lembrando aos israelitas os compromisos das alianzas pasadas, por iso é polo que nestes tempos de decadencia relixiosa, pida á Igrexa que tamén ela se revise, para detectar as súas posibles carencias, e poder emendalas. Esta é a finalidade do Sínodo convocado polo Papa Francisco. A esta acción eclesial estamos convidados todos para que, iluminados pola luz do Espírito Santo podamos ver o que falla na nosa vida persoal, e tamén na nosa sociedade; e, unha vez diagnosticadas as causas da actual crise de fe, decidámonos a combatelas con todas as nosas forzas.

Sumémonos todos a este proceso renovador, posto que todos somos Igrexa, e debemos colaborar na súa misión social e evanxelizadora. 

Indalecio Gómez

Cóengo da Catedral

viernes, 11 de febrero de 2022

A IGREXA EN PROCESO SINODAL

A Igrexa ten por fundador e cabeza a Xesucristo; por alma ao Espírito Santo, que lle dá vida e a santifica; e a súa materia prima somos os homes, nos que abundan as limitacións de todo xénero. Isto obriga a emendar as imperfeccións e recuperar a vitalidade, para continuar a obra redentora do propio Xesucristo. Esta é a intencionalidade coa que o Papa Francisco convocou o sínodo universal, xa en curso, en cuxo dinamismo debemos implicarnos todos os cristiáns, posto que todos somos Igrexa.

A primeira actitude sinodal é a escoita, posto que a palabra é o principal medio de comunicación social, e dela tamén se serve o Señor, para darnos a coñecer a súa vontade. A primeira vez que Deus falou connosco, fíxoo con Abraham, advertíndolle que só Iavé é o Deus verdadeiro e que só a El debemos adorar: non aos deuses de pagáns, xa que iso sería unha idolatría, sempre reprobable. Abraham aceptou a información e prometeulle ao Señor que a súa fe sería só monoteísta. Pero correron os tempos, e o pobo esqueceu o que o pai Abraham había prometido ao Señor. Este, con todo, multiplicou as alianzas co seu pobo, lembrándolle o que Iavé dixéralles aos seus antepasados: “Eu serei o voso Deus, e vós seredes o meu pobo”. Grazas a esta singular providencia do Señor, a historia da salvación chegou á súa plenitude coa encarnación do Fillo de Deus, palabra eterna do Pai, que fundou a Igrexa para que continuase a súa misión no mundo. Isto garántelle a súa supervivencia, pero non está exenta das humanas limitacións, porque tamén ela ten algo de humana, e por aí viñéronlle repetidos declives ao longo dos seus XXII séculos de existencia.

Que fallou? A materia prima. O home, sen deixar de ser humano, non deixou de ser “home”, e fallaron os cimentos da Igrexa. Moitos dos nosos fallos non son fallos de cristiáns: son fallos humanos; e tales homes non serven para cimentos da Igrexa. O primeiro que se nos pide aos crentes é que sexamos homes de palabra, cidadáns honrados. De non ser así as nosas vidas desprestixian á Igrexa e empobrecen a súa misión.

En segundo lugar, non debemos cohibirnos de ser cristiáns; de ser fillos da Igrexa, a institución que máis achegou á humanidade.

E en terceiro lugar, pídesenos que sexamos persoas abertas á palabra de Deus, que é portadora de fe e de esperanza. Por último, aos cristiáns pídesenos que sexamos “homes palabra”, porque a cidadanía poscristiá destes momentos non cre o que se lle di, se o que fala non vive o que di, aínda que o diga en nome do Señor. Nunha palabra, pídesenos que sexamos apóstolos, posto que pertencemos a unha Igrexa que é apostólica, e a Igrexa non a formamos só o clero e os relixiosos, senón todos os bautizados. De aí o noso gozo e a nosa responsabilidade apostólica. O Señor falounos de moitas maneiras noutros tempos por medio dos profetas e evanxelistas; con todo, moitas outras cousas quedan por dicirnos ás xeracións actuais, de tal maneira que posto a comunicárnolas, non caberían nos libros santos nin na tradición oral.

A palabra de Deus é o sol que nos ilumina a senda para atoparnos con El e cos irmáns; pero para que a súa luz teña efecto, requírese escoitala e obedecela. Aí está a nosa responsabilidade. Podemos facernos xordos ao que nos di Deus; nese caso, a voz divina sería un sol eclipsado, que non nos iluminaría a senda do ben, e consecuentemente, non influiría no noso presente nin no noso futuro.

Isto sería volver a unha actitude veterotestamentaria, na que a palabra divina era promesa que tardaba en cumprirse. Afortunadamente, as antigas promesas xa están cumpridas: O Verbo de Deus xa se fixo un de nós e está na súa Igrexa. Para que se converta en realidade salvífica, pídesenos unha escoita auditiva e comprometedora. A vida do cristián máis que cumprimento dun decálogo de obrigacións, debe ser unha correspondencia a Deus que nos amou e fíxose vida en nós. A súa entrega chegou ao sangue. Se o seu amor non tivo medida, tampouco debe tela a nosa correspondencia. Máis que preguntarnos que temos que facer como cristiáns, preguntémonos que máis podemos facer polo Señor que se encarna en cada home que pasa ao noso carón.

 

Indalecio Gómez Varela

Cóengo da Catedral

viernes, 4 de febrero de 2022

ARS CELEBRANDI

Presidir es una forma de arte,  como todo los que aspira a la excelencia. El arte nos ayuda a vivir la realidad del misterio de nuestra existencia en profundidad; está al servicio de la celebración. En la perspectiva de la fe, celebrar significa vivir anticipadamente la vida de Dios con el que comunicarnos, vida por excelencia y en plenitud. Así es el gran don de la liturgia a la cual nos abandonamos, don comparable a la gratitud divina de la Redención.

El arte de celebrar rectamente es un gran don que se va perfeccionando a lo largo de toda una vida; lo cual implica también corrección de malos hábitos.

La presidencia del celebrante, en comunión con Dios y con la asamblea que preside, está unida necesariamente a la participación fructuosa de los fieles. Por parte del sacerdote, este ministerio requiere competencia y sabiduría, preparación y amor reverencial, sentido de oración e interioridad. La presidencia es también una gran responsabilidad, poraue es servicio ministerial en representación de Cristo, del que es icono y siervo; ministerio que es una simple función porque tiene valor sacramental.

El arte de presidir, función principal del presbítero que actúa en nombre de Cristo, es eminentemente el don gratuito del Padre al cual se ofrece el sacrificio eucarístico del mismo Cristo y de su Iglesia viva y universal por el poder del Espíritu  Santo. 

La eucaristía no es un dialogo horizontal entre el sacerdote y los fieles. Es eminentemente una acción de gracias por el sacrificio de Cristo simbolizado por la cruz en el presbiterio (IGMR, 308) a la que ambos dirigen su mirada. Enraizada en la Escritura y los Padres de la Iglesia.

Desde el centro de la cruz y el altar, símbolos del banquete del sacrificio pascual de Cristo, la postura del sacerdote  (versus Deum) afirma nuestra actitud interior, eminentemente transcendente y escatológica: “Marana tha” (1 Cor 16,22).

Este es el poder inherente de la Liturgia, obra de Dios y de la Iglesia al servicio del pueblo. Lo más ajeno a este poder y don es la manipulación subjetiva en nombre de la “creatividad”. Como medios para lograrlo se multiplicaron las moniciones explicativas, la improvisación, y la resultate inflación de palabras, o verbosidad. Esto último además, produce en los oyentes una desconexión del ritmo celebrativo. Las moniciones a su debido tiempo deben fomentar la participación; pero la Ordenación General del Misal Romano (IGMR, 50, 57, 105) determina que deben expresarse “con brevísimas palabras…y bien preparadas con comentarios claros y sobrios”.

El estilo de la oración eclesial necesita ciertamente expresividad – lo contrario de la recitación mecánica y rutinaria – pero no es simplemente un asunto estético que debemos reinventar. Además este gusto estético nos lo da la fuerza de la Liturgia en la que debemos confiar. Hay que conocer las leyes litúrgicas a las que debemos ser fieles.

El camino de renovación del estilo litúrgico esta patente en la Constitución litúrgica del Vaticano II. La comprensión del estilo litúrgico está lejos de actitudes fundamentalistas y arcaicas que ignoran las constantes y riqueza de la tradición católica en su conjunto.

Para una adecuada celebración, los ritos “deben resplandecer con una noble sencillez” (SC 34) “el lenguaje del cuerpo”, como la mirada y los gestos son muy importantes. Además, cada elemento celebrativo requiere una entonación  diferente. Así, para poner un ejemplo, no leemos o decimos una oración, sino que la rezamos. Celebramos con naturalidad, dirección y vigor en gestos y ritos celebrativos evitando lo pomposo, lo trivial, y la artificiosidad.  Hay cosas básicas, como pronunciar con claridad. Debida entonación, y la ejecución de cada momento ritual y gesto simbólico, o palabra según su función.

Respeto a la misa, respetemos el silencio en el acto penitencial, en la oración colecta, durante la proclamación de la Palabra y después de la homilía.  Este es el sentido de estos momentos de silencio: en los que con la gracia del Espíritu Santo “se saborea la Palabra de Dios en los corazones y, por la oración, se prepara la respuesta (IGMR 56) sigue el silencio durante la proclamación de la Plegaria eucarística: exige que todos la escuchen con silencio y reverencia” (ibid, 78) Al momento después de la comunión se le llama el gran silencio, durante el cual “el sacerdote y los fieles oran un espacio de tiempo en secreto”  (ibid, 88 y 64) hay que evitar toda forma de precipitación que impida el recogimiento.

El sacerdote, hombre de Dios y maestro de oración, debe dar ejemplo. Como popularmente se ha dicho, “la imagen es el mensaje”.

Aunque nuestro objetivo no es entretener, ni informar; sino comunicar, escuchar y orar.

Siendo las acciones litúrgicas celebraciones de la Iglesia  (SC 26), el celebrante sigue siempre con espíritu orante la estructura y las leyes de los libros litúrgicos. Así, celebrar correctamente con espíritu de fe y en la presencia de Cristo es la mejor forma de mejorar y hacer relevante la liturgia eucarística. De hecho, la Liturgia es fundamentalmente comunicación, a través de la oración, el rito y la palabra, del Misterio de Cristo, para que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo. (CA, 1068). Es el legado de santidad que nos viene de la tradición y de la vida de la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, artífice de la eficacia de los misterios, que sostuvo la fe de incontables generaciones.

 

domingo, 30 de enero de 2022

IV DOMINGO. REFLEXIÓN

¿QUIÉN ES LUCAS?

No estamos en condiciones de reconstruir la biografía precisa de nuestro evangelista, pero podemos esbozar algunos trazos que perfilen su figura. Lucas viviría en la provincia romana de Acaya y participaría de la situación sociocultural del resto de la gente. También en su interior habría echado raíces la desesperanza que anidaba en el corazón de sus convecinos. Algún misionero cristiano -tal vez Pablo o algún discípulo suyo- le anunciaría la buena noticia del evangelio de Jesús.

Ante el anuncio evangélico. Lucas se siente seducido por Cristo y se decide a seguirlo. Nuestro autor ha encontrado lo único que es importante descubrir en la existencia humana: Cristo es el único Señor de la vida. Lucas abandona la esclavitud que supone la dependencia de los pequeños señores, y se dispone a emprender la gran aventura de su existencia: seguir los pasos del Cristo vivo.

La tradición cristiana nos cuenta que Lucas era médico y compañero de Pablo. Cuando leemos el tercer evangelio, apreciamos la pluma de un escritor erudito. Un buen conocedor de la lengua griega y un excelente estilista. Al analizar el vocabulario de su texto, apreciamos que unas 400 palabras reflejan una terminología propia del lenguaje de la medicina.

Una vez incorporado a la comunidad cristiana, Lucas se propone escribir un evangelio. Tal vez, en su corazón, se dijera a sí mismo: «Yo he experimentado la salvación de Jesús y me siento liberado por él. Escribiré un libro en el cual contaré a mis hermanos mi experiencia de liberación. Les anunciaré gozosamente que Cristo es el único Señor. No vale la pena malbaratar la vida para sobrevivir al servicio de pequeños señores».

Observemos bien este detalle. Lucas no se propone realizar una descripción ni una biografía de Jesús. Lucas cuenta a sus condiscípulos una experiencia de fe: “He descubierto que Cristo es el Señor, y quiero anunciaros que tan solo él libera». Lucas escribe un evangelio. No nos presenta a Jesús para que lo admiremos de lejos, nos presenta al Señor de la misericordia para que nos decidamos a seguirlo llevando la cruz de cada día.
 

MONICIÓN DE ENTRADA

Nuestra celebración dominical nos recuerda que cada uno de nosotros hemos sido elegidos, consagrados y enviados por Señor. Cada eucaristía renueva en nosotros esta vocación y hace crecer en nosotros la fe, la esperanza y el amor, virtudes que son nuestro sustento y que nos hacen fuertes con Cristo en el amor al Padre y a los hermanos. Con alegría nos disponemos, como comunidad, a participar de este sacramento de vida.
 

TEXTO DEL EVANGELIO (LC 4, 21-30)

Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy».
 

REFLEXIÓN: DIME CON QUIÉN ANDAS... Y TE DIRÉ LO QUE TE ESPERA. POR JAVIER LEOZ

1.- He querido cambiar, el final de un conocido refrán, para centrar el mensaje del Evangelio de este día. Seguir a Jesús no es ninguna bicoca. La fe en Cristo, no es una sustancia que nos produce dulces sueños o un escaparate que pone delante de nosotros surcos sembrados de oro o surtidores de buena suerte. Eso sí; confiar en Jesús, infunde seguridad en las decisiones; tranquilidad en nuestra conciencia y transparencia en el caminar.

2.- Nuestro encuentro con El, desde el día de nuestro Bautismo, fue un golpe de gracia y de vida pero, cuando pasa el tiempo, vamos cayendo en la cuenta de lo qué supone comprometerse con El. O de lo qué nos espera, si somos capaces y estamos interesados, claro está, de acoplar hasta las últimas consecuencias, su estilo de vida con la nuestra. Porque, nos puede ocurrir lo mismo que a aquellos que, en la sinagoga, quedaron encantados por las palabras de Jesús pero, a continuación, comenzaron a pensárselo dos veces: ¿no es este Jesús el hijo del carpintero? ¿Y esos milagros? También, esta reacción y actitud, la solemos emplear muchísimas veces en personas de nuestro entorno cuando nos cuesta admitir el bien que nos hacen o, simplemente, el que llevan la razón.

3.- El domingo pasado nos quedábamos con la sensación del éxito de Jesús: ¡todos los ojos puestos en El! Hoy, por el contrario, todas las manos parecen estar sobre El para empujarlo y despeñarlo por una ladera. La vida, en todos los estados y en variadas situaciones, nos trae a la memoria esta cruda realidad: tan pronto te aplauden como te critican. Pero, aquel/lla que es o quiera ser profeta, ha de saber (hemos de saber) que no ha venido al mundo para ser elogiado, ni tampoco con el ánimo de ser impopular, sino para sentirse tan en las manos de Dios que, cumplir su voluntad, es la ocupación y la preocupación de todo apostolado. Lo demás…queda en segundo plano. Agarrarse a Dios, y estar menos pendiente de la imagen, da fuerza al apostolado. Lo contrario…lo debilita. ¿Lo vemos así? ¿No preferimos que la sociedad, el mundo, los que nos rodean pongan los ojos en nosotros y en nadie más? Recientemente, por activa y por pasiva, se nos ha recordado en España que, la Iglesia es una de las instituciones con menos credibilidad. Pues, mira por donde, en ese sentido, ya está a la altura de Jesús Maestro. Si, El, fue denostado, despreciado entre los suyos y no reconocido ¿Por qué con la iglesia habría de ser distinto? ¿Qué espera nuestra sociedad de la Iglesia? ¿Que le diga que “sí” a todo? ¿Qué piense y actúe como el mundo y no como Dios? ¿Que renuncie a lo que es vital en ella y traicione al espíritu de su fundador para subir puntos en el barómetro de su consideración? Dime con quien andas y te diré qué te espera. Un joven no creyente, en una carta a un medio de comunicación social, escribía lo siguiente en estos días: “agradezco a mis padres el hecho de que me inculcaron valores; ojala en vez de suprimir horas de religión en la enseñanza, pusieran más. Creo que a los jóvenes les vendrá bien el día de mañana situarse desde una escala de valores y no desde el dictado de la sociedad”. Frente al intento de despeñar la realidad cristiana de nuestra tierra, por desfiladeros peligrosos y con argumentos ridículos, han de surgir cristianos dispuestos a dar la cara por Cristo.

4.- Hemos de prepararnos ante unos tiempos que, según estamos percibiendo, nos traen nuevos retos y no pocas dificultades. Pero ¡no temamos! El Señor va por delante. Que seamos capaces de abrirnos paso en medio de una turba que, más que airada, está despistada y sin control. Escandaliza y es sospechoso, que en medio del río revuelto, algunos tengan más empeño en poner al servicio de otras religiones y atacando otras sensibilidades, la mismísima Catedral de Córdoba y, por el contrario, a los que seguimos a Jesús de Nazaret poco menos que pretendan aquello de “a éstos ni pan ni agua”. Nada. Se cumple una vez más. Sólo desprecian a uno… en su propia casa. ¿Será que Jesús tenía entre nosotros muchas casas pero pocos corazones dispuestos a dar batalla por El?
 

 

DESTACADO CARDENAL EUROPEO DICE QUE LA IGLESIA DEBE CAMBIAR

EXCLUSIVO: En una amplia entrevista con “La Croix”, el cardenal Jean-Claude Hollerich SJ habla con franqueza sobre temas candentes en la Iglesia católica

Por Loup Besmond de Senneville | Ciudad del Vaticano | La Croix International, 24-1-2022

La disminución del número de creyentes en Europa, la lucha de la Iglesia por seguir desempeñando un papel en la sociedad occidental, el debate sobre el celibato sacerdotal y las nuevas visiones sobre la sexualidad.

El cardenal Jean-Claude Hollerich, el jesuita de 63 años que dirige la Arquidiócesis de Luxemburgo y es presidente de COMECE (la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea), habla con franqueza sobre estos y otros temas candentes en esta entrevista exclusiva con Loup Besmond de Senneville de La Croix.

La Croix : Has sido misionero en Japón, eres jesuita, arzobispo de Luxemburgo, cardenal. ¿Siempre has buscado a Dios de la misma manera?

Cardenal Jean-Claude Hollerich: Cuando llegué a Japón siendo un joven sacerdote, fue un gran impacto. En ese momento yo era un joven empapado del catolicismo popular de Luxemburgo.

Con otros jesuitas, cada uno con un origen católico diferente, llegamos a un modelo de catolicismo que todos vimos muy rápidamente que no correspondía a las expectativas de Japón. Para mí, esto representó una crisis. Tuve que dejar de lado toda la piedad que había sido la riqueza de mi fe hasta entonces y abandonar los caminos que amaba.

Me enfrenté a una elección: renunciar a mi fe porque no podía encontrar los caminos que conocía, o emprender un viaje interior. Elegí la segunda opción. Antes de poder proclamar a Dios, tenía que convertirme en un buscador de Dios. Dije con insistencia: “Dios, ¿dónde estás? ¿Dónde estás, tanto en la cultura tradicional como en el Japón posmoderno?” Cuando regresé a Europa hace diez años, tuve que empezar de nuevo.

Para ser honesto, pensé que encontraría el catolicismo que había dejado en mi juventud. Pero ese mundo ya no existía. Hoy, en esta Europa secularizada, tengo que hacer lo mismo: buscar a Dios.

¿Ha vuelto Europa hoy a ser tierra de misión?

Sí, lo ha sido durante mucho tiempo.

El Luxemburgo de mi juventud era un poco como Irlanda, con grandes procesiones, mucha piedad popular, etc. Cuando yo era niño, todos los niños iban a la iglesia. Mis padres no fueron, pero me enviaron, porque era normal hacerlo.

Recuerdo que en la escuela, una niña de mi clase no hizo su primera comunión y eso armó un escándalo. Ahora, lo que causa el escándalo es cuando un niño realmente la toma.

Pero al reflexionar, puedo ver que este pasado no fue tan glorioso. Obviamente no lo vi de niño, pero ahora me doy cuenta de que ya había muchas grietas e hipocresías en esa sociedad en ese entonces.

Básicamente, la gente no creía más de lo que cree hoy, incluso si iban a la iglesia. Tenían una especie de práctica dominical cultural, pero no estaba inspirada en la muerte y resurrección de Jesús.

¿Crees que este catolicismo cultural está acabado?

Todavía no. Varía en diferentes partes del mundo. Pero estoy convencido de que la Covid acelerará este proceso.

En Luxemburgo, tenemos un tercio menos de feligreses. Estoy seguro de que no volverán. Entre ellos hay personas de cierta edad a las que les resultará doloroso volver a la práctica religiosa, ir a una iglesia. Pero también están aquellos católicos para quienes la misa dominical era un ritual importante que brindaba estabilidad a sus vidas.

Para muchos, llamarse católico sigue siendo una especie de disfraz dotado de una moralidad general. Les ayuda a mantenerse al día con la sociedad, a ser “buenos cristianos”, pero sin definir realmente lo que eso significa.

Pero esta era debe terminar. Ahora debemos construir una Iglesia basada en la fe. Ahora sabemos que somos y seremos una minoría. Esto no debería sorprendernos ni entristecernos.

Tengo la dulce certeza de que mi Señor está presente en Europa hoy.

¿Y no tienes dudas al respecto?

Oh no. No hay dudas en absoluto. Ya no es una pregunta que me persiga.

Cuando era más joven, tenía miedo de no encontrarlo. Era como si estuviera obsesionado por este miedo. Tenía que averiguarlo o me hundiría. Ahora estoy mucho más tranquilo.

¿Es esa la sabiduría de la edad?

No sé si existe tal cosa como la sabiduría de la edad. (Risas). ¡Sería feliz si lo hubiera!

Pero en el fondo siempre hacemos las mismas estupideces y siempre nos topamos con la misma pared. Al menos sabemos que el muro está ahí y que dolerá.

También sé ahora que soy solo un instrumento del Señor. Hay muchos otros. Esta conciencia me hace siempre desconfiar un poco de todos aquellos que dicen tener la fórmula inmejorable para anunciar a Dios.

¿No hay una receta mágica?

No. Sólo existe la humildad del Evangelio.

Y cuando eras más joven, ¿creías en las recetas mágicas?

Sí, por supuesto, creía en ellos. Pero es una hermosa locura de juventud. También muestra el entusiasmo de los jóvenes.

¿Por qué el mensaje del cristianismo sigue siendo relevante hoy?

Porque la gente no ha cambiado en dos mil años. Seguimos buscando la felicidad y no la encontramos. Todavía tenemos sed de infinito y nos encontramos con nuestros propios límites.

Cometemos injusticias que tienen graves consecuencias para otras personas, lo que llamamos pecado. Pero ahora vivimos en una cultura que tiende a reprimir lo humano. Esta cultura de consumo promete satisfacer los deseos humanos, pero no lo hace.

Sin embargo, en momentos de crisis, de conmoción, la gente se da cuenta de que en su corazón hay un montón de preguntas latentes. El mensaje del Evangelio es excepcionalmente fresco al responder a esta búsqueda de sentido y felicidad.

El mensaje sigue siendo relevante, pero los mensajeros a veces aparecen con disfraces de tiempos pasados, lo que no es el mejor servicio hacia el mensaje en sí.

Por eso tenemos que adaptarnos. No para cambiar el mensaje en sí, por supuesto, sino para que se entienda, aunque seamos nosotros quienes lo anunciemos.

El mundo sigue buscando, pero ya no mira en nuestra dirección, y eso duele. Debemos presentar el mensaje del Evangelio de tal manera que las personas puedan orientarse hacia Cristo.

Precisamente por eso, el Papa Francisco inauguró en octubre pasado el Sínodo sobre la sinodalidad, del que eres relator general. ¿Dijiste recientemente que no sabes lo que escribirás en el informe?

Tengo que ser yo quien escuche. Si hago muchas propuestas, desanimaré a las personas que tienen una opinión diferente. Entonces son las personas las que tienen que llenar mi cabeza y las páginas.

Este es un sínodo. Debe estar abierto. Como dice el Papa, es el Espíritu Santo quien es el maestro de obras. Así que también debemos dejar espacio para el Espíritu Santo. Este método es importante hoy porque ya no podemos conformarnos con dar órdenes de arriba hacia abajo. En todas las sociedades, en la política, en los negocios, lo que cuenta ahora es la creación de redes.

Este cambio en la toma de decisiones va de la mano con un verdadero cambio de civilización, al que nos enfrentamos. Y la Iglesia, como siempre lo ha hecho a lo largo de su historia, debe adaptarse a ella. La diferencia es que esta vez el cambio de civilización tiene una fuerza sin precedentes. Tenemos una teología que nadie entenderá en 20 o 30 años. Esta civilización habrá pasado.

Por eso necesitamos un nuevo lenguaje que debe basarse en el Evangelio. Y toda la Iglesia debe participar en el desarrollo de este nuevo lenguaje: este es el sentido del sínodo.

Como presidente de COMECE, participaste en una reunión en Roma a principios de octubre con los partidos europeos de derecha y centro-derecha. A la salida, el cardenal Pietro Parolin les animó a no considerar el cristianismo como un supermercado del que sólo se pueden elegir determinados valores. ¿Existe esta tentación entre los políticos?

Sí, claramente. A la derecha, retoman símbolos cristianos. Les gustan los rosarios y los crucifijos, pero esto no siempre está ligado al misterio de Cristo. Esto está relacionado con nuestra cultura europea pasada. Quieren referirse a una cultura para conservarla. Este es un mal uso de la religión.

En la izquierda también conozco a políticos que se dicen cristianos comprometidos, que luchan contra el cambio climático, pero que votan en el Parlamento Europeo para hacer del aborto un derecho fundamental y para limitar la libertad de conciencia de los médicos. Eso también es tomar la religión como un supermercado.

Uno puede ser demócrata cristiano, socialista, ecologista, etc. , y seguir siendo cristiano. Esta diversidad de formaciones políticas es de gran beneficio para la sociedad. Pero los políticos a menudo tienden a mantener en privado sus preferencias religiosas. En este caso, ya no se trata de una religión, sino de una convicción personal. La religión requiere un espacio público para expresarse.

Pero, ¿no es más difícil para los cristianos involucrarse en política?

En primer lugar, es cierto que hay menos cristianos. En segundo lugar, es cierto que cada vez se involucran menos en política. Vemos esto después de cada elección.

Por otro lado, es evidente que el mensaje de los obispos a la sociedad ya no llega. Usted ha experimentado esto en Francia durante varios años. Esta es la consecuencia de que estemos en minoría.

Para ayudar a la gente a entender lo que queremos, debemos entablar un largo diálogo con aquellos que ya no son cristianos, o que son sólo cristianos en la periferia. Si tenemos ciertas posiciones no es porque seamos conservadores, sino porque creemos que la vida y la persona humana deben estar en el centro.

Para poder decir esto, creo que necesitamos tener diálogos y amistades con tomadores de decisiones o políticos que piensan diferente. Aunque no sean cristianos, compartimos con ellos una sincera preocupación por colaborar por el bien de la sociedad. Si no queremos vivir en una sociedad compartimentada, debemos ser capaces de escuchar las historias de los demás.

¿Significa esto que la Iglesia debe renunciar a defender sus ideas?

No, no se trata de eso. Debemos intentar comprender al otro, construir puentes con la sociedad. Para hablar de antropología cristiana, debemos basarnos en la experiencia humana de nuestro interlocutor. Porque aunque la antropología cristiana es maravillosa, pronto dejará de ser comprendida si no cambiamos de método.

¿Y de qué nos sirve hablar si no somos oídos? ¿Hablamos por nosotros mismos, para asegurarnos de que estamos en el lado correcto? ¿Es para tranquilizar a nuestros propios seguidores? ¿O hablamos para ser escuchados?¿Cuáles son las condiciones para esta escucha?

En primer lugar, la humildad. Pienso que aunque no sea necesariamente consciente, la Iglesia tiene la imagen de una institución que sabe todo mejor que otras. Por lo tanto, necesita mucha humildad, de lo contrario no puede entrar en un diálogo.

Esto también significa que debemos demostrar que queremos aprender de los demás. He aquí un ejemplo: me opongo totalmente al aborto. Y como cristiano, no puedo tener una posición diferente. Pero también entiendo que hay preocupación por la dignidad de la mujer, y hoy ya no se escucha el discurso que teníamos en el pasado para oponernos a las leyes del aborto.

Entonces, ¿qué más podemos hacer para defender la vida?

Cuando un discurso ya no pesa, no hay que obstinarse en utilizarlo, sino buscar otros caminos.

En Francia, muchos creen que la Iglesia ha perdido gran parte de su credibilidad a causa de los delitos sexuales que se cometen en su seno. ¿Cómo te posicionas frente a esta crisis?

Antes que nada, quiero decir que estos abusos son un escándalo. Y cuando vemos los números en el Informe Sauvé, podemos ver que no es el desliz de unos pocos. Hay una falla sistémica en alguna parte, y debe abordarse.

No debemos temer las heridas que esto nos pueda causar, que no son absolutamente nada comparadas con las de las víctimas. Por lo tanto, debemos ser muy honestos y estar preparados para recibir algunos golpes.

Hace unas semanas estuve en Portugal, donde estaba celebrando la Misa. Había allí un niño pequeño que, mientras servía la Misa, me miraba como si yo fuera el buen Dios. Pude ver que me vio como un representante de Dios, lo cual era, de hecho, durante la liturgia.

Abusar de tales niños es un crimen real. Es una falta mucho más grave que si un profesor o un entrenador deportivo cometiera tales actos. El hecho de que esto haya sido tolerado para proteger a la Iglesia duele. ¡Hicimos la vista gorda! Es casi irreparable.

Ahora llego a tu pregunta. Algunas personas han perdido la confianza. Para recuperarla, cuando sea posible, hay que tener una gran humildad. Cuando se acompaña a una comunidad oa una persona, se debe tener siempre presente el principio de absoluto respeto por aquellos a quienes se acompaña. No puedo dejar de lado ni siquiera a una persona.

Me parece obvio que estas preguntas estarán en la mente y en el corazón de todos durante el proceso sinodal. Tenemos que aceptar el cambio.

Si hay un fallo sistémica, ¿crees que se necesitan cambios sistémicos?

Si. Obviamente, en mi diócesis, como en muchas otras, tenemos una carta de buena conducta que todos tienen que firmar, tanto los sacerdotes como los laicos que trabajan para la Iglesia.

Antes de la ordenación, también sometemos a los seminaristas a ocho sesiones psicológicas diseñadas para detectar la pedofilia. Estamos haciendo todo lo que podemos, pero no es suficiente. Necesitamos una Iglesia que esté estructurada de tal manera que estas cosas ya no sean posibles.

¿Qué significa eso?

Si a las mujeres y los jóvenes se les hubiera dado más voz, estas cosas se habrían descubierto mucho antes. Debemos dejar de actuar como si las mujeres fueran un grupo marginal en la Iglesia. No están en la periferia de la Iglesia, están en el centro. Y si no damos voz a los que están en el centro de la Iglesia, tendremos un gran problema.

No quiero ser más específico: esta pregunta se hará inevitablemente en el Sínodo, en varias culturas, en diversos contextos. Pero las mujeres han sido ignoradas demasiado. Debemos escucharlos, como hacemos con el resto del pueblo de Dios.

Los obispos deben ser como pastores que escuchan a su pueblo. No es solo que digan: “Sí, escucho, pero eso no me interesa”. Necesitan estar en medio de su rebaño.

¿Qué otros cambios hay que hacer?

La formación del clero debe cambiar. No debe centrarse sólo en la liturgia, aunque entiendo que los seminaristas le dan gran importancia. Los laicos y las mujeres deben tener voz en la formación de los sacerdotes. Formar sacerdotes es un deber de toda la Iglesia, por lo que toda la Iglesia debe acompañar este paso, con hombres y mujeres casados y solteros.

En segundo lugar, necesitamos cambiar nuestra forma de ver la sexualidad. Hasta ahora hemos tenido una visión bastante reprimida de la sexualidad.

Obviamente, no se trata de decirle a la gente que puede hacer cualquier cosa o de abolir la moralidad, pero creo que debemos decir que la sexualidad es un regalo de Dios.

Lo sabemos, pero ¿lo decimos? No estoy seguro. Algunas personas atribuyen el aumento de los abusos a la revolución sexual. Pienso exactamente lo contrario: en mi opinión, los casos más horribles ocurrieron antes de la década de 1970.

En esta área, los sacerdotes también deben poder hablar sobre su propia sexualidad y ser escuchados si tienen problemas para vivir el celibato. Deben poder hablar de ello libremente, sin temor a ser reprendidos por su obispo.

En cuanto a los sacerdotes homosexuales, que son muchos, sería bueno que lo hablaran con su obispo sin que éste los condene.

En cuanto al celibato y la vida sacerdotal, preguntémonos con franqueza si un sacerdote debe ser necesariamente célibe.

Tengo una opinión muy alta del celibato, pero ¿es indispensable? En mi diócesis tengo diáconos casados que desempeñan su papel diaconal de una manera maravillosa, que dan homilías a través de las cuales tocan a las personas mucho más poderosamente que nosotros que somos célibes.

¿Por qué no tener sacerdotes casados también?

De la misma manera, si un sacerdote ya no puede vivir esta soledad, debemos ser capaces de comprenderlo, no de condenarlo. Soy ya viejo ahora, así que esto no me preocupa tanto.

¿Has sentido la dificultad de vivir esta soledad?

Sí, por supuesto.

En ciertos momentos de mi vida, fue muy claro. Y también es obvio que todo sacerdote se enamora de vez en cuando. La pregunta es cómo comportarse en este caso.

En primer lugar, uno debe tener la honestidad de reconocerlo a sí mismo, y luego actuar de tal manera que pueda continuar viviendo su sacerdocio.


sábado, 29 de enero de 2022

HISTORIA E ACTUALIDADE DO MOVEMENTO ECUMÉNICO II

O Concilio Vaticano II

22 de enero de 2022

A iniciativa do papa Xoán XXIII de crear un Secretariado para a Unidade dos Cristiás dentro da estrutura da Curia Romana (1960) xa facía pensar en que o Concilio ía a ser un punto de inflexión da Igrexa con respecto ao Movemento ecuménico.  O Secretariado, dirixido polo xesuita Augustin Bea, convertirase ou funcionará na práctica como unha comisión conciliar. Non en van, o anuncio da celebración do Concilio foi feita polo Papa na igrexa de San Paulo extramuros, ao remate da Semana de Oración pola unidade dos cristiás (25.01.1959)

O Ecumenismo vai a ser así un punto de referencia clave para a obra conciliar, nomeadamente na súa reflexión sobre a Igrexa. O decreto Unitatis redintegratio, xunto coa constitución Lumen gentium e o decreto Orientalium ecclesiarum, serán os pilares da  entrada oficial de la Igrexa católica no Movemento Ecuménico.

A partir do Concilio a Igrexa católica estableceu diálogo teolóxico y relacións bilaterais fraternas con todas as Igrexas históricas de Oriente e de Occidente. Tamén o realiza directamente co Consello Mundial de Igrexas, no cal é membro da súa Comisión doutrinal, Fe e Constitución. Este diálogo multilateral internacional tamén está apoiado en outros a nivel nacional e rexional en diversas partes do mundo.

a) Froito deste traballo, publicáronse varios importantes documentos de converxencia por parte desa comisión, que están marcando as relacións ecuménicas actuais:

O Documento de Lima (1982): Bautismo, Eucaristía e Ministerio.

A Conferencia Mundial de Fe e Constitución en Santiago de Compostela (1993): sobre a comuñón na Igrexa

A publicación dun documento que está a ser estudiado polas diferentes igrexas: “A Igrexa: cara a unha visión común” (2013).

b) No ámbito bilateral, xa o temos mencionado, un fito histórico foi o acordo entre a Igrexa Católica e a Federación Luterana Mundial en 1999, coa firma da Declaración Conxunta sobre a sobre a doutrina da xustificación.

c) Isto posibilitou a conmemoración conxunta dos cincocentos anos do inicio da Reforma no ano 2017.

d) E, ao mesmo tempo, deu comezo ao proceso de conmemorar tamén desa forma a gran iniciativa de comuñón que no seu tempo supuxo a Confesión de Augsburgo (1530-2030), a pesares de que, como sucedera anos antes, non se puido evitar a división.

f) Outro acontecemento que vai a marcar as axendas ecuménica máis cerca vai ser a conmemoración do 1700 aniversario do Concilio de Nicea, que marcou a constitución do Credo que nos une a tódolos cristiás (325-2025).

g) Así mesmo, tamén é importante sinalar os pasos que se están dando no diálogo coas igrexas ortodoxas bizantinas entorno á figura do ministerio de Pedro na Igrexa, un ministerio que eles nunca negaron nin negan. Por iso, están revisando de forma conxunta como se executaba no primeiro milenio da Igrexa indivisa (Ravenna, 2007; Chieti, 2016).

Se visitamos a páxina web do Pontificio Consello para a Promoción da Unidade dos Cristiáns (http://www.christianunity.va/content/unitacristiani/it.html), darémonos conta da toda riqueza que significa para nos, os católicos, establecer diálogo coa meirande maioría dos cristiáns, nomeadamente con aqueles que están aumentando de forma exponencial en todo o mundo: os Pentecostáis.

Benito Méndez

Profesor do ITC


"EU SÍNTOME..."

Cando as persoas empezamos a falar dicindo: “é que eu síntome…”, hai que esperar e ver como e onde se sente ou se senta esa persoa, se se sente, senta, sobre un tallo, unha cadeira, sofá, mesa, cama, tacóns de agulla, enriba dun cigarro, nas botas de boxeador, no chan, area, pedras, silvas,… ou empoderados/as que pode significar estar con poder enriba dos/as outros/as e con frecuencia oprimindo.

As persoas certamente que temos sentimentos e emocións variadas… e unha persoa pode sentir tantas cousas e tan diversas, mesmo contraditorias, que pouco nos van dicir quen é e como é ese ser humano, e o que pode chegar a ser. As persoas non son un sentimento nin son unha emoción, aínda que estes condicionen con maior ou menor intensidade os seus estados de ánimo e esperanzas. De feito, cando aparece un cadáver en calquera lugar, o primeiro que buscan os médicos forenses son as súas impresións dixitais e/ou o seu ADN para empezar a saber quen é: se foi pai/nai de… se fillo/a de… se familiar de… Os estudos da bioquímica humana non son só para eses temas forenses, senón que tamén antes dun transplante fanse análises bioquímicas serias para ver se é compatible ou non coa persoa a que se lle vai transplantar. Calquera médico sabe que un determinado fármaco (un químico) pode influír no estado anímico dunha persoa.

As persoas é certo que somos seres espirituais, pero tamén é verdade que somos seres corporais e, cando imos a calquera lugar, a nosa corporeidade é o primeiro que aos nosos interlocutores lles vai entrar polos ollos coas correspondentes cicatrices externas ou internas que no corpo van impresas. Ademais a vestimenta, peiteado, maneira de andar e de sentar… son unha linguaxe, unha maneira de expresarse, de comunicarse e entenderse.

Así que como me sinto é unha cousa, e quen son eu é outra realidade máis fonda. Por outra parte quen estou chamado a ser é seguramente o “leiv motiv” máis importante para o desenvolvemento da vida persoal, da propia vocación. Igualmente hai que distinguir o que tantas veces escoitamos dicir: “ti, de que vas?”, que non é o mesmo ca cuestión “quen es ti?”. Non son equivalentes de ningunha maneira “ser” e “ir de…”. Neste segundo caso de “ir de…” algúns chámanlle á iso ser chaqueteiros e outros din que son os de pantalóns gris, pois calquera chaqueta lles combina ben…

Temos que ser conscientes dos sentimentos e das emocións propias, recoñecelas, e logo hai que gobernalas persoalmente para que poidamos levar unha vida pacífica e dialogante na sociedade. Debemos ser donos dos sentimentos e non ser dominados por eles para así poder levar unha vida libre e responsable cos nosos irmáns, para non ser uns tiranos cos demais en función da emoción ou sentimento que teñamos. Se queremos ter un proxecto de vida responsable e compartido, unhas metas a alcanzar na vida, debemos saber gobernar e orientar os sentimentos e emocións.

Aos gobernantes do país, que seica son xente alfabetizada e lida, habería que pedirlles que fosen razoables e xustos e non andasen a intentar manipularnos co xogo das emocións. Habería que pedirlles que desde unha cosmovisión, unha percepción do mundo harmónica e coherente, xusta e liberadora, se articularan as leis e os proxectos sociais. Non debería haber as contradicións que hai, por exemplo, no noso sistema legal sobre a maioría de idade segundo para que cousas: xa que se é maior de idade en cuestións complicadas que condicionarán a vida gravemente (aborto, cambio de sexo…) e para outras menos importantes non se é. Non se ve lóxico que se multe por poñer a vida en perigo ao non levar o cinto de seguridade e ao mesmo tempo que sexa legal atentar contra a propia vida coa eutanasia, etc.

Este espazo non permite unha reflexión máis ampla. Remato con esta expresión moi usada polos logoterapeutas, que chama a tratar ás persoas non desde os sentimentos senón desde un proxecto vital humanizador: “Se tratas a unha persoa como é, fala peor do que é, pero se a tratas como pode chegar a ser, axúdaslle a mellorar”.


Antón Negro


miércoles, 26 de enero de 2022

HISTORIA E ACTUALIDADE DO MOVEMENTO ECUMÉNICO

Introdución: ¿De qué se trata?

18 de enero de 2022

Dinos o Vaticano II no seu decreto de Ecumenismo que a reconstrución da unidade entre os cristiás é un dos propósitos do Concilio. Por iso, considera que as iniciativas levadas a cabo en este senso, e ata aquel momento, por parte dos cristiás non católicos é froito da graza do Espírito Santo (Unitatis redintegratio 1).

Esas iniciativa abarcan dende os comezos do século XX ata o de agora, pero iso non quere dicir que non houbera intentos no pasado. A diferenza é que nestes tempos constitúe unha realidade constante para as principais confesións cristiás, na conciencia de que a separación é xa insoportable, e necesita remedio urxente, para volver á comuñón plena: todos formamos unha soa familia, a Igrexa de Cristo. Vivimos na mesma casa, aínda que en habitacións separadas.

¿En que consiste, pois, o movemento ecuménico? É un movemento (iniciativas, accións, persoas…) que promove a unidade entre os cristiás a través de oracións (A Semana de Oración e outras iniciativas parecidas), encontros (moitos deles directamente con Papa, como a recente da Igrexa Luterana de Finlandia) diálogos teolóxicos (documentos de converxencia e de acordo), obras comúns de caridade, e outras.

¿Cal é a idea de fondo? Creemos na Igrexa, que é unha e sempre o será. O que sucede é que os que pertencemos a ela, por diversas circunstancias históricas, non nos entendemos e viñeron as separacións e loitas de uns contra outros. Agora, mesmo que a separación, continúa e seguimos a vivir en habitacións diferentes, xa nos saudamos cando nos encontramos, e, a parte diso, dende o Concilio xa nos temos que chamar irmáns reconciliados. Así tentamos de cumprir o desexo de Xesús: “Pai, que todos sexan un” (Xn 17,21)

Historia e actualidade do movemento ecuménico: As divisións

19 de enero de 2022

Diferentes cuestións da doutrina (como a  doble natureza de Cristo, e outras), pero tamén as relacionadas con costumes e coa natureza mesma da Igrexa, e coas diferencias culturais, provocaron escisións en determinados momentos da Historia, que continúan ata hoxe.

A primeira delas tivo lugar no século V, debida á diferente forma de comprender a natureza divina de Cristo. De iso naceron as chamadas antigas igrexas orientais ou precalcedonianas, tamén chamadas monofisitas (porque non aceptaron as decisións do Concilio de Calcedonia). Hoxe hai un entendemento total con elas con respecto a ese tema e as relacións son moi cordiais.

No 1054 houbo unha nova escisión entre o Patriarcado de Constantinopla (Estambul) e a Igrexa de Roma, dando lugar á excomuñón mutua. Así, dende entón existe a Igrexa ortodoxa chamada bizantina, que é a mais numerosa. O encontro entre o patriarca Atenágoras e o papa Paulo VI posibilitou o levantamento da devandita excomuñón.

A división máis recente foi fai cincocentos anos, cando Lutero publicou as famosas 95 teses contra a práctica das indulxencias por parte da Igrexa. A súa idea non era crear unha nova igrexa; quería unha igrexa máis pegada ao Evanxeo da graza e da misericordia. Por iso, o centro do debate era a chamada doutrina da xustificación pola fe: se solo basta a fe, a Igrexa e os sacramentos non parecían servir de moito. Lutero insistía en que estes debían estar ao servizo do Evanxeo, pero non quería que deixasen de existir. Por iso, dende o 1999 hai unha declaración conxunta entre a Federación Luterana Mundial e a Igrexa Católica na que se di que a intención foi e é sempre a mesma por ambas partes: Deus ten a iniciativa de salvarnos e nos, o que temos que facer, é aceptala libremente como un don. Loxicamente, tamén deberemos actuar en consecuencia.

Por outra banda, dentro do protestantismo, a partir dos movementos reformistas do século XVI (Lutero, Calvino, Zwinglio…), xurdirán novos grupos cristiáns (Luteranos, Reformados, Igrexas libres…) xunto co Anglicanismo.

Debido ao concepto de Igrexa como realidade máis ben invisible, eses grupos vai a ir subdividíndose á súa vota, dando lugar á creación de grandes comunidades como bautistas, metodistas, menonitas e moitas das ramas actuais dos pentecostáis…

Historia e actualidade do movemento ecuménico: Inicios do movemento ecuménico

20 de enero de 2022

Dende a última parte do século XIX apareceu unha corrente unionista entre algunhas das igrexas cristiás procedentes da Reforma, fundamentalmente debido a que neses tempos iniciaban a súa tarefa misioneira polo mundo. De feito, un fito que vai marcar o inicio do movemento ecuménico vai a ser a Conferencia misioneira mundial de Edimburgo (1910). Dende ese momento comezáronse a coordinar iniciativas dispersas para impulsalas a nivel mundial,  nun proceso que foi visto por todos -menos pola Igrexa Católico romana daquel tempo- como un impulso do Espírito Santo.

Historia e actualidade do movemento ecuménico: A actitude tradicional da Igrexa Católica fronte ó Movemento Ecuménico

21 de enero de 2022

A Igrexa Católica nun principio foi reticente ás iniciativas ecuménicas, pois pensaba que as mesmas poñían en dúbida a súa verdade como sociedade perfecta. Como tal, non tiña que reunirse con ninguén. Máis ben terían que ser “os que se foron” os que debían volver. Por iso, os papas de inicios do século XX prohibían aos católicos participar en este tipo de iniciativas (Pio XI, encíclica Mortalium animos, 1928).

O proceso de mentalización durou varias décadas e tería o seu punto culminante no Concilio Vaticano II. Pero, vale a pena salientar a iniciativa do franciscano Paul Watson, no 1908, que deu inicio á Semana de oración pola unidade dos cristiás. Tamén, a contribución do dominico Y. M. Congar,  coa súa obra Chrétiens désunis (cristiás desunidos), marcará o comezo dunha eclesioloxía de comuñón que tenta de superala  visión apoloxética, para volver á  gran tradición, bíblica e patrística da Igrexa. Nela o centro é Xesucristo. A Igrexa é servidora, e está condicionada polas marcas da historia, que a fan consciente da súa necesidade de conversión é reforma. Nesa visión, os demais cristiás, non teñen que volver á Igrexa, pois nunca se foron. Son de Cristo, e se son de Cristo, están xa na súa casa.

Un feito non menos importante que os anteriores, e outros que poderíamos citar, foi nos anos da segunda posguerra mundial a fundación da comunidade ecuménica de Taizé, polo monxe protestante Roger Schutz. Nela viven xuntos monxes de varias Igrexas, para ir realizando na práctica a comuñón eclesial a través de la oración, a vida común, e a acollida de milleiros de xoves de todo o mundo.


Benito Méndez

Profesor do ITC


BAUTISMO, O NOSO SEGUNDO NACEMENTO

O plan redentor de Deus púxose en marcha nada máis se afundiu o home no abismo do pecado. O seu proceso será longo. Comeza coa promesa de salvación formulada polo Señor no mesmo paraíso terreal, e terá o seu pleno cumprimento na encarnación do Fillo de Deus. Este asombroso acontecemento comunicóuselle ao pobo xudeu por medio dos anxos, na persoa dos pastores, e ao pobo xentil, por medio dunha estrela, na persoa dos Magos.

A andaina do Redentor entre nós desenvólvese como a dun veciño máis de Nazaret, sen que ninguén puidese sospeitar que aquel neno e aquel mozo aprendiz de carpinteiro fose o Fillo de Deus. A súa aterraxe entre nós foi totalmente clandestina. Na súa concepción, a única persoa que intervén foi María, que dixo “si” ao Anxo anunciador do misterio da encarnación. A súa clandestinidade continuou no berce no que se limitou a recibir o alimento que lle proporcionaba a súa nai. Ela foi a que lle ensinou a falar e a dar os primeiros pasos; a distinguir o ben do mal; a ser persoa, nunha palabra. Cando no deserto, Iavé alimentou ao pobo co milagroso “maná”, os israelitas preguntábanse que era aquilo. Algo extraordinario había naquel branco alimento caído do ceo, e non se interesaban pola súa calidade nin pola súa procedencia. Agora abondáballes saber que aquel neno era fillo de Xosé e de María. Xesús seguía vivindo na clandestinidade sobrenatural, sen que ninguén sospeitase que era unha persoa caída do Ceo, que viña a redimir aos homes. Pero el tiña clara conciencia de que a súa misión era salvarnos, e non puido silencialo por máis tempo; por iso aos 30 anos, espiuse da súa clandestinidade, pedíndolle a Xoán que o bautizase publicamente, momento que aproveitou o Pai Eterno para dicirnos: “Este é o meu fillo, moi amado, escoitádeo”. Con esta proclamación da divindade de Xesús, comeza unha nova etapa na historia do mundo. A noite do pecado faise sol de graza, e o home, vítima da tentación diabólica, queda incorporado a Xesucristo, como membro do seu corpo místico.

Este acontecemento redentor xa fora prefigurado repetidas veces no Antigo Testamento. A palabra bautismo significa purificación, lavatorio; nada estraño, pois, que a auga simbolice purificación.

O bautismo de Xoán comportaba o recoñecemento dos propios pecados e un esforzo de conversión definitiva, pero non afectaba ao status orixinal do neófito. Era tan só un bautismo de auga preparatoria para o bautismo mesiánico, co cal Xesús converteu o bautismo ritual do Xordán en bautismo sacramento, que nos fai fillos de Deus e membros vivos de Xesucristo. So seus efectos están significados na auga e o sangue que brotaron do costado do Señor na tarde do Venres Santo. A auga significa purificación de toda mancha de pecado, e o sangue significa nova vida.

O Bautismo é como un segundo nacemento. Esta é a grandeza operativa do sacramento do Bautismo, e consecuentemente, grande é tamén a responsabilidade dos pais de bautizar aos seus fillos recentemente nados; pero a súa responsabilidade non é algo puntual que conclúe realizado o rito sacramental. Sobre a conciencia dos proxenitores pesa tamén o deber de educar na fe aos xa bautizados, para que a graza bautismal frutifique en boas obras, na medida en que a conciencia dos novos cristiáns váianse abrindo á responsabilidade persoal.

Incorporade, pais de familia, os vosos fillos á Igrexa, para que baixo a súa tutela maternal e a vosa paternal crezan en graza e eclesialidade.


Indalecio Gómez Varela

Cóengo da Catedral


domingo, 23 de enero de 2022

23 DE XANEIRO: PALABRA DE DEUS

El tercer domingo del tiempo ordinario, este año el 23 de enero, la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios. El papa Francisco instituyó esta Jornada el 30 de septiembre de 2019, con la firma de la Carta apostólica en forma de «Motu proprio» Aperuit illis, con el fin de dedicar un domingo completamente a la Palabra de Dios. 

El área de Pastoral Bíblica de la Comisión Episcopal para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado ha editado unos materiales para contribuir a la celebración de esta Jornada: una presentación del director del secretariado de esta Comisión, Francisco Julián Romero; un método para ayudar a leer la Palabra de Dios; y un subsidio litúrgico para el celebrante y otro para el monitor.

La Palabra de Dios alimenta la vida

«La Palabra de Dios alimenta la vida» es el título que ha elegido Francisco Julián Romero para el texto de presentación de la Jornada de este año. Un título con el que une el Domingo de la Palabra de Dios a la celebración del Sínodo que celebra la Iglesia. «La Palabra -explica- es el alimento para la vida que precisamos en este caminar juntos como pueblo de Dios. Ella es como la sabia que en nuestro interior nos da ilusión, esperanza y deseo firme para seguir por el sendero de Dios y hacer presente su reino». Además, invita «a leerla en comunidad y con el sentir de la Iglesia».

Ante los interrogantes que plantea la rutina diaria de la vida personal y eclesial, propone buscar la respuesta en la Palabra de Dios que es «la luz que resuelve sus dudas, que afianza sus convicciones, que responde a sus preguntas y que refuerza sus inquietudes».

Además, ofrece algunas recetas para que acercarse a la Palabra produzca estos frutos. Y lo hace acudiendo a Benedicto XVI, san Agustín y el papa Francisco: dejar un espacio a la Palabra de Dios en nuestro día a día y leer la Biblia entrablando una conversación con Dios, sabiendo que allí está el Señor para hablarnos y para revelarnos sus secretos más íntimos.

Francisco Julián Romero termina su presentación reclamando que esta Jornada no se quede en una efeméride si no que sea una ocasión para afianzar «en la vida personal, comunitaria y pastoral el valor de la Palabra de Dios y la inquietud por leerla, meditarla y convertirla en alimento para la vida personal, comunitaria y pastoral». Especialmente en este tiempo de Sínodo, «afiancemos de este modo el camino sinodal que estamos recorriendo. De esta manera tendrá una mayor fecundidad nuestro caminar juntos».

¿Cómo leer la Palabra de Dios? Método de la lectio divina

La lectio divina es una antigua práctica que enseña a leer, meditar y vivir un texto de la Palabra de Dios por medio de un método muy sencillo que consiste en seguir varios pasos. Este método se incluye entre los materiales para la preparación de esta Jornada.

Preparación previa

Como preparación previa hay que buscar la lectura que se va a meditar junto con aquello que vamos a necesitar de ayuda o apoyo para la comprensión del texto, su profundización y reflexión. Después, se hace la señal de la cruz, y tras un momento de silencio, la Oración de preparación.

Empezamos: guía paso a paso

Lectura de la Palabra de Dios: ¿qué dice el texto? Leemos el texto las veces que sea necesario hasta que comprendamos bien lo que en él se dice. Hay que hacer una lectura pausada. Este momento es de suma importancia. Es necesaria la comprensión de lo que la Palabra narra.

¿Qué me dice Dios con este texto? Tras otra lectura nos detenemos a preguntarnos lo que el Señor nos ha dicho por medio del texto. Es el momento de la profundización de la Palabra de Dios para acogerla en nuestro interior. Dios cuando inspiró al autor quiso hablar a los hombres. Intentamos descubrir el mensaje divino contenido en el texto: ¿qué me dice el Señor?, ¿qué mensaje particular me quiere Dios hacer llegar? Tomamos el tiempo necesario para descubrirlo. Lo hacemos con serenidad y paz.

Ora. Habla con Dios sobre lo que te ha comunicado. Dialoga con el Señor sobre lo que has descubierto en este texto. Puedes, si es necesario y lo quieres expresar, darle gracias, pedir perdón, alabarle, adorarle, hacerle alguna petición… dile todo lo que esté en tu corazón. Cuéntaselo con sinceridad.

Contemplación: queda unos instantes en silencio en la presencia de Dios. No digas nada. Solamente pon tu pensamiento y tus afectos en el Señor.

Acción: es el momento de concretar lo que el Señor quiere que vivas de lo que te ha dicho. No hay que ponerse muchos propósitos. Intenta concretar y decide realizar una acción o a lo sumo dos. Ve cómo la(s) puedes poner en práctica en tu vida real y concreta.

Terminamos con una oración final de acción de gracias: da gracias al Señor por esta lectio divina que has vivido.

Divulgar la Palabra de Dios y valor ecuménico

El papa Francisco instituía esta Jornada el 30 de septiembre de 2019 con la firma de la Carta apostólica en forma de «Motu proprio» Aperuit illis.

El Pontífice propone este Domingo dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios:

Para comprender la riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo.

Para que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable.

 Para que nunca falte la relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe.

Además, la celebración se ha hecho coincidir con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Un tiempo «en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad».

Conferencia Episcopal Española


martes, 18 de enero de 2022

ORAD SIN CESAR

Ya hemos superado un siglo de ecumenismo. Este tiempo nos llevó a una transformación de la relación entre las distintas iglesias que profesamos la misma Fe, compartimos el mismo bautismo y oramos al mismo Padre.

Pero mientras nosotros nos reunimos en paz y oración, muchos hermanos nuestros sufren persecución y martirio a causa de su Fe, de nuestra Fe común.

Comenzando el tercer milenio el cristianismo vuelve a ser la Fe mas perseguida. Hoy se persigue a los cristianos, no ya por ser de una comunidad o jurisdicción eclesiástica, no por ser ortodoxos, católicos, luteranos, anglicanos, etc. simplemente por ser cristianos. Tenemos un martirologio común, un ecumenismo de mártires, una prueba de que todo elemento de división es superado y vencido con el don total de si mismo a la causa del Evangelio. Vemos como Dios ha mantenido la comunión entre los bautizados en la exigencia suprema de la Fe, manifestada por el sacrificio de la propia vida. Que estos mártires que en la gloria con el Padre viven en plena comunión, intercedan por nosotros para que nos lleve a superar las piedras en el camino hacia ese encuentro común.

Llama la atención que leyendo el Nuevo Testamento podemos observar mas diferencias en la forma de vivir la Fe y el cristianismo en las comunidades de la iglesia cristiana primitiva que entre algunas denominaciones cristianas de las iglesias de hoy y conservaban la comunión y la unidad entre ellos. Entonces ¿qué nos está pasando a nosotros? Qué es lo que estamos haciendo mal para que el pueblo de Dios siga dividido? ¿Nos lo hemos preguntado alguna vez o simplemente nos creemos en posesión de la verdad absoluta y esperamos que sea el otro el que venga a nuestra casa, porque nosotros somos los buenos…

Debemos ser muy conscientes todos que la comunión entre nosotros no es un tema de diálogo, de estudio, de conocernos… todo esto es necesario, y conocernos es mucho mas necesario todavía, pero la comunión entre nosotros es un tema de oración. Oración desde lo mas profundo del corazón. “Orad sin cesar…, pedid y se os dará…, llamad y se os abrirá…”

Dice el Evangelio: Cuando llegaron al gentío, vino a El un hombre que se arrodilló diciendo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.… Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora. Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe… esta clase de demonios no sale sino con oración y ayuno. (Mr. 9.14-29; Lc. 9.37-43).

Este, solo éste es el camino que nos llevará a sentarnos en la mesa común a la que hemos sido invitados…

La comunión entre todos los cristianos es un tema de humildad y de oración, de mucha oración… y de encontrarnos, de conocernos, de compartir, de orar juntos, de hablarnos al corazón… de sentirnos hermanos de verdad… De sentirnos sarmientos injertados en la única Vid que es Cristo. Solo así daremos fruto.

La historia nos ha llevado a desconfiar los unos de los otros y en consecuencia a distanciarnos cada vez mas… Solo la búsqueda y el Don del Espíritu Santo han hecho que de nuevo volvamos a encontrarnos, volvamos a orar juntos, volvamos a tratar de conocernos mutuamente, volvamos a entender que no es Cristo quien está dividido, somos nosotros los cristianos, todos los cristianos, los divididos, los separados, los que no hemos entendido el mensaje del Divino Redentor. La historia está llena de desencuentros, de faltas de caridad, de egoísmos mutuos, pero la comunión entre todos los cristianos ha de producirse siempre desde la oración sin cesar, del acercamiento mutuo, del respeto a la diversidad y el sentirnos todos hermanos, hijos del mismo Padre, bautizados en nombre del mismo Redentor, compartiendo los mismos sacramentos y peregrinos todos hacia esa Casa Común, hacia la Casa del mismo Dios que nos ha redimido. Esa comunión cristiana depende de nosotros, de cada uno de nosotros, así que no pasemos la responsabilidad a los otros, a los de arriba, a eso que llamamos iglesia que a veces es una forma de desentendernos de nuestro compromiso como cristianos, porque eso que llamamos iglesia, eso mismo somos nosotros, no son los sacerdotes, los obispos… somos nosotros, cada uno de nosotros, cada uno de los cristianos, cada uno de los bautizados y por eso debemos entender cuanta responsabilidad, cuanto compromiso hay en nuestra condición de cristianos.

Si cada uno de nosotros, viéramos al otro como nuestro hermano, independientemente de la jurisdicción cristiana a la que pertenece, si entendiéramos que el otro, ese que está a nuestro lado, es como nosotros un buscador de la Verdad Revelada, un seguidor del Mensaje Supremo del Divino Redentor, si entendiéramos que en el otro también el Espíritu Santo habita en su corazón, si entendiéramos que ese otro también se acerca con Fe a la Sagrada Mesa del Altar y recibe en su corazón el cuerpo y sangre del mismo Cristo resucitado hecho presencia real para él… si entendiéramos todo ésto, entonces sí… entonces entenderíamos de verdad el ecumenismo.

¿Que responsabilidad tenemos nosotros en esta situación? “Vosotros sois la luz del mundo”, dijo el Maestro. “Vosotros sois la sal de la tierra…” Somos nosotros luz para el mundo? Somos nosotros la sal para la tierra..? Hoy sí me gustaria pedirles que nos olvidáramos del ecumenismo, que nos olvidáramos de la unidad de los cristianos solo por unos instantes y que miremos a nuestros corazones, que es el lugar de Dios dentro de nosotros mismos y nos preguntemos, ¿somos nosotros luz del mundo? Quién es el mundo para mi? Qué luz ven en mi los que me rodean? Mis padres, mi cónyuge, mis hermanos, mis hijos, mis compañeros de trabajo, mis amigos… qué luz ven en mi? Los paganos cuando hablaban de los primeros cristianos, decían: “mirad como se aman”. Los primeros cristianos cumplían el mandamiento del Maestro… y hoy los paganos de nuestro tiempo qué dicen de nosotros? Qué dicen de mi? No lo que dicen del que está a mi lado, o lo que dicen de aquel cura de aquella parroquia… Cuando alguien se acerca a nosotros, qué recibe? Recibe amor, paz, consuelo, ayuda, comprensión, disponibilidad… Recordar que nosotros nunca podemos dar lo que no tenemos… Martin Luter King decía: No me duele que la gente mala haga cosas malas, pero me duelo que la gente buena, pudiendo hacer cosas buenas, no las haga…

Para esto deben servir estos encuentros, los encuentros de estas fechas, esto que llamamos octavario, pero recordemos, recordémoslo bien, que “todos estos demonios solo se expulsan con la oración y el ayuno…”

Padre Dámaso

Sacerdote ortodoxo

Patriarcado de Serbia