La ‘ultra modernidad’ (que otros denominan ‘era
postmoderna’ y que, en el contexto de lo religioso, nosotros preferimos el
termino de ‘era post-secular’), es el resultado de todo un proceso que ha
conducido al ser humano occidental a buscar emanciparse de numerosas
coacciones colectivas, religiosas y otras, que limitaban su libertad
individual. Hoy, esta última, no está inicialmente frenada más que por la
libertad de los otros y algunas reglas indispensables al vivir juntos.
Pero esta libertad está vacía, no tiene contenido,
es una libertad negativa, una libertad que nos expone a toda suerte de
alineaciones y a dependencias, una libertad qué siendo objeto de
manipulaciones exteriores nos lleva al fundamentalismo del mercado y al dictado
de lo tenido por correcto. En una sociedad liberal la cuestión del sentido de
la vida es reenviada a la esfera privada, a la intimidad de cada uno, pues la
sociedad, en ella misma, no es portadora de sentido. La sociedad, aunque
divinizada, está radicalmente secularizada.
En la sociedad occidental ultramoderna, (EEUU, Francia, Gran
Bretaña, Alemania y centro Europa, los países nórdicos, y gran parte de
España), la radicalización incluso de la secularización está conduciendo a lo
religioso al corazón de la vida colectiva pública. Es un retorno
activo, no siempre visible, de la participación de los actores e instituciones
religiosas en la elaboración del bien común individual y colectivo,
mientras que se ha creído poder encerrar lo religioso en la conciencia
individual privada y en la práctica de ritos al interior de los edificios de
culto. Es la exculturación sociocultural y política de lo religioso. Algo a lo
que nunca el cristianismo ha querido reducirse. Un retorno que acepta
inscribirse en el marco del debate público democrático y que no demanda nada de
particular más que de participar, al lado y con los otros, en una discusión
colectiva sin que la calificación religiosa de los contribuyentes sea un motivo
de descalificación o de marginalización. Tampoco de supremacía.
La secularización desencantada
¿Por qué hablamos de una radicalización de la
secularización? Porque los ideales seculares que hemos tenido tendencia
a presentarlos como alternativas a los ideales religiosos se encuentran ellos
mismos desencantados. Ya no es la creencia en las promesas políticas la que
viene a reemplazar la creencia en las promesas religiosas; tampoco la creencia
en la autoridad de los “maîtres d’école” (grandes intelectuales) se sustituiría
a la de los sacerdotes; el reconocimiento del profesionalismo de los asistentes
sociales reemplazaría el compromiso existencial de las mujeres y hombres de
caridad; la confianza acordada a los técnicos y sabios reemplazaría aquella
acordada a los saberes y técnicas tradicionales. Pues todas estas autoridades
seculares están ellas mismas quebrantadas, puestas en discusión.
Esta secularización de los ideales seculares es particularmente
neta en el dominio de la política, con el aumento del desenganche e
incredulidad de los ciudadanos hacia la política, hacia los políticos, como
muestran Informes Internacionales, incluso con afán prospectivo. Pienso, por
ejemplo, en el “Informe de Tendencias Globales” que publicó en marzo pasado el
Consejo Nacional de Inteligencia de EE UU. En tal coyuntura es llamativo
constatar que, tanto en los filósofos y sociólogos agnósticos o ateos
como André Comte-Sponville, Jürgen Habermas, Salvador
Giner, Edgar Morin, como en los inscritos en una tradición
religiosa como Paul Ricoeur, Pierre Manent, Jesús
Martinez Gordo, Andrés Torres Queiruga, encontramos diversas
formas de reconsiderar el ámbito y el papel de lo religioso, en el marco de las
sociedades secularizadas y pluralistas de hoy, en el sentido de un
reconocimiento de la legitimidad de su participación en los debates públicos a
condición que no quieran imponer nada. Entiéndase bien.
No se trata de una vuelta de lo religioso en el sentido en
el que se volvería a un estado anterior a la “era secular” que diría Charles
Taylor, en las relaciones Iglesia-Estado, cómo si las religiones volvieran a
recuperar el poder sobre la sociedad y los individuos. Este último
planteamiento solamente es sostenido por los nostálgicos de la “era de
cristiandad” que, afortunadamente, no ha de volver. En la actualidad, se
trata de reconfigurar el espacio y el papel de lo religioso en las sociedades
radicalmente secularizadas dónde las promesas seculares están, ellas
mismas, desencantadas.
El cristianismo en medio de la modernidad
desencantada
En tal coyuntura, tanto lo religioso como lo secular
evolucionan y reajustan sus relaciones: un cristianismo cada vez más
desmitologizado y valorando, defendiendo y postulando su ética universal de la
fraternidad, “el ethos del amor” universal e incondicional, como sostiene Hans
Joas, este cristianismo encuentra positivamente una política o un
político desescatologizado y desencantado en la búsqueda de fuerzas
convincentes y motivantes para construir la sociedad de mañana. De ahí
las sinergias positivas entre lo político y lo religioso, lo que no impide que
haya conflictos y desacuerdos profundos como se ha visto en el caso del
“matrimonio para todos” en Francia, y la ley de eutanasia, y de las uniones
“trans”, en España. Pero, en eso consiste la democracia moderna.
Siendo el cristianismo una religión de la Encarnación de
dimensión universalista, se inscribe sin problema en una configuración
favorable a la participación de las religiones en la vida pública. En Europa
occidental las Iglesias católica y protestante han aprendido poco a
poco a integrar su autocomprensión en el hecho de que no representan ya en la
actualidad, ellas solas, las normas de lo religioso en la era secular y
ya, aunque en germen en España, todavía, la era post – secular. Estamos
viviendo, en nuestros días, el paso del cristianismo heredado al cristianismo
por elección, lo que no quiere decir que tengamos que hacer “tabla rasa” de la
herencia de 20 siglos de cristianismo, en la actualidad más universal,
geográficamente hablando, de los que nunca ha sido en la historia. Esta nueva
condición social del cristianismo le permite hacer valer sin complejos sus
posiciones y sus acciones en las sociedades pluralistas, en las que el Estado
pena a regular una pluralidad acentuada de concepciones del hombre y del mundo
y de las diferentes opciones éticas presentes en la sociedad.
La interpelación de lo religioso a lo político
La interpelación religiosa que impide a lo político dormitar
si se encierra en el bienestar de sus votantes, es una evocación del papel de
los cristianos respecto de lo político (en otras latitudes hablaría de los
budistas, musulmanes, judíos etc., siempre que propugnen el universalismo
ético) que no está tan lejos de las posturas actuales de algunas iglesias
cristianas respecto del poder. Frente al riesgo de no tratar
humanamente a los refugiados, los extranjeros y los autóctonos en situación de
extrema precariedad (por ejemplo, las personas de edad avanzada con pocos
recursos, y las personas incapacitadas), y frente a los riesgos de la
estigmatización de ciertas poblaciones como los gitanos, los migrantes pobres,
etc., las autoridades religiosas y los que se dicen cristianos, deben movilizar
la ética de la fraternidad cristiana, el “ethos del amor”. Que sea Caritas
católica, la Acción Social Protestante, numerosos benévolos sacan recursos
movilizadores, de carácter ético, del cristianismo para comprometerse en las
acciones de solidaridad e interpelar a los poderes públicos sobre su deber de
humanidad.
Pero también sobre otros temas las religiones quieren hacer
patente su voz: sobre la sexualidad, género, filiación, la gestación por otra
persona o la procreación médicamente asistida, la legalización de la eutanasia
etcétera. En estos temas, especialmente ciertas voces laicas, tienen tendencia
a querer reenviar las iglesias a su sacristía y les solicitan que se limiten a
lo que, supuestamente les concierne únicamente, esto es, a las
cuestiones espirituales y de culto. Como si las religiones se limitarán al
fuero interno y a las prácticas en los edificios del culto.
Cabe preguntarse si, finalmente, no habría tendencia a
seleccionar el papel de la religión en el espacio público, en forma
positiva en ciertos ámbitos, especialmente en el de la ética social y de forma
negativa en otros, particularmente en los de la ética sexual y familiar.
Pero la participación de grupos religiosos al debate público no es de
geometría variable según los temas, y su legitimidad no depende de su grado
de conformidad con las tendencias seculares del momento. Lo esencial es
respetar las leyes del país, inscribir su acción en el marco democrático de una
sociedad laica donde, incluso, si las voces cristianas son rigurosamente
opuestas a una evolución, esta evolución debe ser aceptada y desembocar en una
ley que pueda devenir una ley de todos y para todos. Entre tanto, aquí también,
habrá conflictos, como los ha tenido el cristianismo, en su interior (como en
la actualidad, valorando la acción del papa Francisco), como en sus relaciones
con la sociedad y el poder de cada momento, a lo largo de su historia.
Una laicidad democrática y no autoritaria no debe descalificar
y deslegitimar los interlocutores religiosos bajo el pretexto que estarían en
contra de ciertas evoluciones, incluso en el caso de que hubieran sido
legalizadas. Así, por ejemplo, en cuanto a la condición de género del ser
humano, la igualdad de los hombres y de las mujeres, hay diferentes formas de
concebirlas y no hay ninguna razón para que un Estado secular excomulgue, esto
es, impida y castigue, la expresión pública, pacifica, de ciertas concepciones
en provecho de otras. Lo que no quiere decir que no legisle de acuerdo a la
mayoría, aunque, si es responsable, procurará hacerlo con el mayor acuerdo
posible.
En ciertos temas no vale la mayoría del 51 %. Las
tensiones son inevitables entre las religiones y las evoluciones dominantes en
la sociedad. Estás tensiones no son solamente inevitables, sino que son
estructurales y testimonian una buena salud de la laicidad. En efecto el deber
de la democracia es el de permitir lealmente la expresión de estas tensiones
más que de querer aniquilarlas con el único provecho de uno de los polos del
debate. Es lo que Paul Ricard llamaba una “laicidad positiva de
confrontaciones” que hace justicia a la diversidad de la sociedad civil.
Hay que redescubrir que las religiones alimentan
también compromisos solidarios y profundamente altruistas, que son
depósitos de compromiso y de esperanza que pueden socializar a las personas, en
particular los jóvenes, en una normatividad estructurada y estructurante,
prevenirlos contra el pesimismo e incitarlos a actuar, sean las que sean las
dificultades del presente.
Los riesgos de las lecturas políticas del cristianismo
Reconocer este depósito de convicciones y de acciones que
representa el cristianismo, como otras religiones, no significa por otra parte
que, como toda realidad militante y de convicción, el cristianismo pueda
generar, y de hecho ha generado en ciertas circunstancias, actividades
intolerantes e incluso fanatismos y violencias. Así, por ejemplo, las
religiones pueden conducir a encerrar a sus miembros en su red, cortándoles
lo más posible de la sociedad en la que se desarrollan, incluso hacerles
percibir la sociedad global como una realidad diabólica de la que es preciso
huir y combatir.
Es el caso de Rod Dreher con lo que denomina “la opción
benedictina”. En efecto, el cristianismo no está indemne de estas
tendencias, así en el catolicismo tradicionalista conservador que
manifiesta simpatías por la extrema derecha y en las franjas fundamentalistas
del protestantismo que quisieran reconquistar la sociedad. Aunque la
utilización partidista de lo religioso no se limita a la extrema derecha y al
mundo tradicional. También en la extrema izquierda, como vemos ahora, por
ejemplo, en Nicaragua, con la lectura que se hace en España, atribuyendo la
responsabilidad de su mala situación, casi en exclusiva, al maligno poder
estadounidense.
Superar el individualismo reinante
Por otra parte, si el humanismo democrático se ha construido
a veces en oposición a las religiones, estas últimas pueden, en un mundo
secular desencantado, devenir preciosos garantes de una superación de un
individualismo que se cruza con una mundialización, rasgos de la sociedad
de nuestros días. El cristianismo, en la diversidad de sus expresiones
confesionales, se encuentra cada vez más tranquilo para esta defensa del
humanismo democrático pues no son extranjeras a su propia emergencia.
En las incertidumbres y en las inseguridades identitarias
del régimen ultramoderno, el cristianismo reencuentra no el poder, sino la
influencia. Es, incluso, esta pérdida de poder sobre la sociedad y en su
aceptación del marco laico de la sociedad del cristianismo posmoderno y
post-secular (aunque no todos los cristianos comulgan, todavía con esta idea),
lo que le permite ser apreciado, también como proveedor de sentido y de
esperanza en una sociedad bastante desbrujulada. Un cristianismo incubador
y propulsor de acciones solidarias en un entorno en el que “el cada uno para
si” tiende a desarrollarse con fuerza.
Javier Elzo.