jueves, 12 de enero de 2023

BENEDICTO XVI: EL DESTINO DEL PAPA PROFESOR

Andrés Torres Queiruga, 07-enero-2023

Este artículo ha sido publicado en gallego el juevds 5 de enero en  La Voz de Galicia por el teólogo ANDRÉS TORRES QUEIRUGA . Se une a los varios Promemorias que sobre Benedicto XVI esstamos publicando en Atrio. AD.

Hay frases que pueden marcar o al menos definir un destino. “Pienso que, ya que Dios ha hecho papa a un profesor, quería que precisamente este aspecto de la reflexión, y en especial la lucha por la unidad de fe y razón, pasaran al primer plano”. Son palabras pronunciadas por Benedicto XVI en 2010, en el libro de entrevistas La luz del mundo.

Había llegado al pontificado, después de pasar muchos años como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y siendo claramente la cabeza teológica de Juan Pablo II, el Papa más “político”, con quien durante unos treinta años había promovido, sin concesiones, una exigente reagrupación doctrinal de la Iglesia. La redacción del Catecismo de la Iglesia Católica, cuidadosamente supervisada por él, fue el ideario que, declarado de autoridad pontificia, pretendió imponer como norma y criterio para la catequesis e incluso para la teología.

De hecho, el prestigio de profesor alemán, junto con una rica trayectoria de publicaciones teológicas, lograron introducir en el ambiente un sentido de dignidad cultural para el anuncio de la fe cristiana. Respondía así a una necesidad global de actualización, que el Concilio Vaticano II había reconocido y proclamado solemnemente. Era urgente, tras la severa crisis de la Ilustración, que puso en crisis el papel destacado con el que el cristianismo había marcado la cultura occidental durante un milenio y medio y desde entonces, en buena medida, también la del mundo.

Él, no sólo por formación, sino por haber participado personalmente en el Concilio, parecía bien preparado para emprender la alta tarea. Y decidió afrontarla, continuando, con otro estilo pero con la misma actitud de cierto mesianismo salvador, el camino ya emprendido junto al anterior Papa, Juan Pablo II. Pero sucede que, a estas alturas, todo parece confirmar lo que gran parte de los teólogos habían denunciado desde el principio. El Concilio había abierto las puertas a una revolución evangélica, y lo que estos dos Papas pretendían imponer era una renovación de compromiso, con arreglos de forma y acomodación de estilo. Al final, no hacían más que apuntalar el mismo viejo edificio. Se procedió a través de una hermenéutica restauradora del mensaje conciliar, con el fortalecimiento de la autoridad central.

Si Juan Pablo II insistió sobre todo en la disciplina de un gobernante fuerte y experimentado, Benedicto XVI se centró en la teología. Publicó, siguiendo también el estilo del anterior, algunos documentos excelentes, como Deus caritas est (Dios es amor ), Spe salvi (Salvados por la esperanza ) y Caritas in veritate (La caridad en la verdad ), que fueron luminosos y esperanzadores, en cuanto se centraban en el anuncio central de la fe, evitando los temas colaterales y discutibles.

Pero, en cuanto a los esfuerzos relacionados con una actualización teológica sustantiva, lo traicionó su interpretación del servicio papal, considerándose a sí mismo como un “papa profesor”: pensó que su autoridad pastoral como anunciador de la fe y animador de vida en un sentido evangélico, lo investía también con el poder de controlar el “servicio teológico”. Convirtió su teología en modelo de la teología. En consecuencia, prosiguió, reforzando con la nueva autoridad papal, el control autoritario que había ejercido como prefecto de la doctrina de la fe. Las censuras, los procedimientos y las exclusiones de lo que sonaba a renovación fundamental se multiplicaron, imponiendo en la enseñanza más o menos oficial los textos de los representantes de la restauración teológica. Simplificando: Hans Urs von Balthasar contra Karl Rahner.

Respecto del segundo, llegó a decir: “Trabajando con él, me di cuenta de que Rahner y yo, a pesar de estar de acuerdo en muchos puntos y en múltiples aspiraciones, vivíamos desde el punto de vista teológico en dos planetas diferentes”. Justo ahí y también simplificando, aparece un síntoma que, permítaseme la opinión, es todo un diagnóstico: el teólogo Ratzinger está muy lejos de la creatividad y profundidad del teólogo Rahner. No supo reconocer, como este, la necesidad de un “cambio estructural de la Iglesia” ni de una superación radical del paradigma escolástico, abriendo para la teología y para la Iglesia un futuro que golpea con los puños las puertas de la humanidad. De la humanidad religiosa, que necesita que entren de nuevo los aires frescos del Evangelio. Y de la humanidad secular, a la que no le sobra escuchar el ofrecimiento de luz y esperanza que hace dos mil años encendió Jesús de Nazaret.

No es casualidad que cierre aquí estas reflexiones con esta evocación. Pues confieso que siempre he juzgado como la pérdida de una gran oportunidad el hecho de que el desenfoque en el diagnóstico haya impedido a Benedicto XVI aprovechar sus excelentes cualidades de síntesis precisa y exposición esclarecedora que sobre este tema central le ofrecía la amplia difusión de su libro sobre el Nazareno. Al no tener en cuenta los avances de los estudios bíblicos, la proclamación conciliar de la autonomía del mundo y el nuevo diálogo entre las religiones, no logró presentar al mundo una visión actualizada y verdaderamente creíble de su figura. La figura entrañablemente humana, de uno como nosotros, que, anunciando que la palabra que Dios es amor infinito y perdón incondicional, y que, ejerciendo una conducta fraterna, comprometida y liberadora de todos los humillados y ofendidos, permanece ahí como un faro abierto, que, hoy como en los inicios, sigue enviando señales con las que muchas personas en el mundo sintonizan íntimamente, encontrando en ellas sentido y salvación.

jueves, 5 de enero de 2023

Homilía del papa Francisco en el funeral de Benedicto XVI

El Papa Francisco presidió la Misa del funeral del Papa Emérito Benedicto XVI este 5 de enero en la plaza San Pedro del Vaticano ante miles de fieles procedentes de diferentes partes del mundo.

“Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz”, dijo el Santo Padre.

Texto completo de la homilía del Papa

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Son las últimas palabras que el Señor pronunció en la cruz; su último suspiro —podríamos decir— capaz de confirmar lo que selló toda su vida: un continuo entregarse en las manos de su Padre. Manos de perdón y de compasión, de curación y de misericordia, manos de unción y bendición que lo impulsaron a entregarse también en las manos de sus hermanos.

El Señor, abierto a las historias que encontraba en el camino, se dejó cincelar por la voluntad de Dios, cargando sobre sus hombros todas las consecuencias y dificultades del Evangelio, hasta ver sus manos llagadas por amor: «Aquí están mis manos» (Jn 20,27), le dijo a Tomás, y lo dice a cada uno de nosotros. Mira mis manos. Manos llagadas que salen al encuentro y no cesan de ofrecerse para que conozcamos el amor que Dios nos tiene y creamos en él (cf. 1 Jn 4,16).[1]

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» es la invitación y el programa de vida que inspira y quiere moldear como un alfarero (cf. Is 29,16) el corazón del pastor, hasta que latan en él los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Flp 2, 5).

Entrega agradecida de servicio al Señor y a su Pueblo, que nace por haber acogido un don totalmente gratuito: “Tú me perteneces… tú les perteneces”, susurra el Señor; “tú estás bajo la protección de mis manos, bajo la protección de mi corazón. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas”.[2] Es la condescendencia de Dios y su cercanía, capaz de ponerse en las manos frágiles de sus discípulos para alimentar a su pueblo y decir con Él: tomen y coman, tomen y beban, esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes (cf. Lc 22,19).

Entrega orante que se forja y acrisola silenciosamente entre las encrucijadas y contradicciones que el pastor debe afrontar (cf. 1 P 1,6-7) y la confiada invitación a apacentar el rebaño (cf. Jn 21,17). Como el Maestro, lleva sobre sus hombros el cansancio de la intercesión y el desgaste de la unción por su pueblo, especialmente allí donde la bondad está en lucha y sus hermanos ven peligrar su dignidad (cf. Hb 5,7-9). En este encuentro de intercesión donde el Señor va gestando esa mansedumbre capaz de comprender, recibir, esperar y apostar más allá de las incomprensiones que esto puede generar. Fecundidad invisible e inaferrable, que nace de saber en qué manos se ha puesto la confianza (cf. 2 Tm 1,12). Confianza orante y adoradora, capaz de interpretar las acciones del pastor y ajustar su corazón y sus decisiones a los tiempos de Dios (cf. Jn 21,18): «Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia».[3]

Y también en la entrega sostenida por la consolación del Espíritu, que lo espera siempre en la misión: en la búsqueda apasionada por comunicar la hermosura y la alegría el Evangelio (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 57), en el testimonio fecundo de aquellos que, como María, permanecen de muchas maneras al pie de la cruz, en esa dolorosa pero recia paz que no agrede ni avasalla; y en la obstinada pero paciente esperanza en que el Señor cumplirá su promesa, como lo había prometido a nuestros padres y a su descendencia por siempre (cf. Lc 1,54-55).

También nosotros, aferrados a las últimas palabras del Señor y al testimonio que marcó su vida, queremos, como comunidad eclesial, seguir sus huellas y confiar a nuestro hermano en las manos del Padre: que estas manos de misericordia encuentren su lámpara encendida con el aceite del Evangelio, que él esparció y testimonió durante su vida (cf. Mt 25,6-7).

San Gregorio Magno, al finalizar la Regla pastoral, invitaba y exhortaba a un amigo a ofrecerle esta compañía espiritual, y dice así: «En medio de las tempestades de mi vida, me alienta la confianza de que tú me mantendrás a flote en la tabla de tus oraciones, y que, si el peso de mis faltas me abaja y humilla, tú me prestarás el auxilio de tus méritos para levantarme». Es la conciencia del Pastor que no puede llevar solo lo que, en realidad, nunca podría soportar solo y, por eso, es capaz de abandonarse a la oración y al cuidado del pueblo que le fue confiado.[4] Es el Pueblo fiel de Dios que, reunido, acompaña y confía la vida de quien fuera su pastor.

Como las mujeres del Evangelio en el sepulcro, estamos aquí con el perfume de la gratitud y el ungüento de la esperanza para demostrarle, una vez más, ese amor que no se pierde; queremos hacerlo con la misma unción, sabiduría, delicadeza y entrega que él supo esparcir a lo largo de los años. Queremos decir juntos: “Padre, en tus manos encomendamos su espíritu”.

 

Roma 5-1-2023

 

 

martes, 3 de enero de 2023

31 dic 2022 10.51 por Simone M. Varisco en su blog Caffestoria

Benedicto XVI: instrumentalizado, mitificado, incomprendido y comprimido en tiempos y categorías que no explican nada. Yo lo veo como un emblema de la libertad.

“Dios es lo eterno, mientras que el tiempo es un ídolo cuando se convierte en objeto de veneración”. Esta frase, tomada de El Dios de Jesucristo, de Joseph Ratzinger, basta para trazar la parábola de una vida: la fe, la relación con lo eterno y la libertad para vivir los límites de la condición humana. El tiempo, con Benedicto XVI, ha sido generoso. Tiempo que resuena en una vida larga y plena, en comparación con la cual su primacía como el pontífice más longevo de la historia de la Iglesia se reduce a una mera nota a pie de página.

Fragmentos

Porque queda la constatación de que cualquier intento de encerrar la vida en años, así como en palabras y líneas de texto, resulta inevitablemente en una visión parcial, en un fragmento minúsculo que sólo encuentra su lugar en un diseño infinitamente mayor. Es, ni más ni menos, el destino de toda existencia humana. La pretensión de haber captado, o incluso comprendido, la esencia de un individuo está destinada, sin excepción, al fracaso.

La eternidad de Romano Guardini

Sólo el ejemplo -el recuerdo que se traduce en acción vital- puede, en cierta medida, esperar no ser del todo insuficiente y devolver la vitalidad y la memoria a los fragmentos. “Lo eterno no está relacionado con la vida biológica, sino con la persona”, escribió a principios de los años cincuenta Romano Guardini, teólogo y filósofo particularmente querido por Benedicto XVI, en su obra Las edades de la vida. “No preserva [a la persona] perpetuándola, sino que la realiza en un sentido absoluto. La conciencia de esta perpetuidad crece en la medida en que se acepta sinceramente la transitoriedad”.

Aceptar la finitud de esta vida”, como revela Benedicto XVI al periodista Peter Seewald, es el estilo de toda una existencia. La esperanza de “poder reunirme pronto” con los amigos difuntos, más que el conocimiento de que “pronto me enfrentaré al juez definitivo de mi vida”, como escribió Benedicto XVI en dos ocasiones a finales de 2021 y principios de 2022, no son piadosas declaraciones aisladas. No se trata de las esperanzas y temores improvisados de un anciano, sino de la conciencia de que “el presente, incluso un presente fatigoso, puede vivirse y aceptarse si conduce hacia una meta y si podemos estar seguros de esta meta, si esta meta es tan grande que justifica el esfuerzo del viaje” (Spe salvi).

Pero la transitoriedad se aplica tanto a las personas como al tiempo. Romano Guardini se dirige a un siglo que coincide con el de Joseph Ratzinger -el siglo XX-, un siglo a punto de extinguirse en la estación de los totalitarismos y de entrar en el rescoldo de nuevas formas aún más insidiosas de pensamiento totalizador. Lo que hace de la acumulación -de tiempo, de riqueza, de poder- la base de una eternidad efímera. Por el contrario, prosigue Romano Guardini, “la eternidad no es un ‘plus cuantitativo’, por inconmensurable que sea, sino que es algo cualitativamente otro, libre, incondicional”.

Libertad y locura

No es el recipiente lo que define una vida, sino su contenido. No el tiempo, sino su uso. Y “el comportamiento moral sólo es posible donde hay libertad”, escribe Guardini en Ética. La acción libre tiene […] un carácter especial: parte del principio interior de la vida, de la moción autónoma del espíritu, de la decisión con la que dispongo de mi ser”.

Se ha discutido mucho sobre la libertad real y “plena” de elección en la renuncia de Benedicto XVI en 2013. Pero cualesquiera que fueran las razones, ello no disminuye en modo alguno el ejemplo de libertad encarnado por Ratzinger. Libertad para despedirse de un determinado ejercicio de poder, libertad para apartarse de dinámicas asfixiantes, libertad para asumir responsabilidades.

Una libertad tan absoluta que puede confundirse con la locura. “Un orden bufonesco (Narrenorden), con el que nos burlamos de nosotros mismos y de la seriedad del gran mundo, es algo bueno. Y también por eso lo recibí con gusto”, explicó el entonces Card. Joseph Ratzinger durante la ceremonia en la que se le concedió la Orden de Karl Valentin, actor alemán de cabaret y teatro. En aquel momento, Ratzinger ocupaba el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aparentemente lo más alejado de la comedia que se puede estar.

“Algunos han expresado dudas sobre si esto encaja con una ocupación tan seria como la mía. Me parece que encaja muy bien con ella, ya que, célebremente, poder decir la verdad es el privilegio de los tontos. En las cortes de los antiguos potentados, el bufón era a menudo el único que podía permitirse el lujo de la verdad. Y puesto que por mi profesión tengo que decir la verdad, me alegro de haber sido aceptado en la categoría de los que disfrutan de ese privilegio. Quien, diciendo la verdad, no se sintiera un poco payaso, se convertiría sin duda demasiado fácilmente en un autócrata”.

En tiempos de autoritarismo, a veces incluso en la Iglesia.

El pontificado, y quizá la vida, de Benedicto XVI se han reducido con demasiada frecuencia a una elección tomada hace 10 años. Sin embargo, es esa mirada hacia lo absoluto, a la vez humilde y profética, libre y loca, uno de los mayores dones de Joseph Ratzinger a la Iglesia. Un legado para todo cristiano.

Testamento Benedicto XVI 29/08/2006

Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás, hacia las décadas que he vivido, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. Ante todo, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me ha dado la vida y me ha guiado en diversos momentos de confusión; siempre me ha levantado cuando empezaba a resbalar y siempre me ha devuelto la luz de su semblante. En retrospectiva, veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y agotadores de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien.

Doy las gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor prepararon para mí un magnífico hogar que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy. La clara fe de mi padre nos enseñó a nosotros los hijos a creer, y como señal siempre se ha mantenido firme en medio de todos mis logros científicos; la profunda devoción y la gran bondad de mi madre son un legado que nunca podré agradecerle lo suficiente. Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la claridad de su juicio, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin su constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo todos a Su bondad. Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe. Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y les ruego, queridos compatriotas: no se dejen apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he agraviado de alguna manera, les pido perdón de todo corazón.

Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio: ¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir! A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- fuera capaz de ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica. He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he visto cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas que sólo parecen ser competencia de la ciencia. Desde hace sesenta años, acompaño el camino de la teología, especialmente de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones, he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles y resultar meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.

Por último, pido humildemente: recen por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados y defectos, me reciba en la morada eterna. A todos los que me han sido confiados, van mis oraciones de todo corazón, día a día.

Benedicto, Santo y Doctor

Cuando en esta última temporada se le preguntaba por el estado de salud del papa emérito Benedicto XVI a su fiel e inseparable secretario, el arzobispo Georg Gäenswein —a quien la revista Vanity Fair dedicó una portada con la frase «ser guapo no es pecado»—, la respuesta sincera solía ser reiteradamente: «está muy débil y dada su edad cada día se va apagando como una velita». En la mañana del 31 de diciembre de 2022, quien desde la barca de Pedro había sido en estas décadas, una espléndida luminaria de doctrina y un faro seguro y orientador, se apagó silenciosamente, como se desvanece el pequeño cirio en la oscura nave de cualquier ermita.

Siempre, hasta en el final, me impresionó la inefable sensatez de este intelectual contemporáneo y teólogo genial. Solo en su físico me pareció pequeño y escaso. En todo lo demás: doctrina, piedad, prudencia, actividad pastoral, dialogo ecuménico, previsión del futuro, me pareció grande, magno y enorme.

Benedicto XVI merece sobradamente ser declarado pronto santo y “doctor de la Iglesia”, porque la grandeza de tal doctorado deviene no solamente por la profundidad de su magisterio y de sus escritos personales como teólogo genial, sino también por haber sido un gran maestro —en las decisiones complicadas, que hubieron de tomarse en los pontificados de san Juan Pablo II y en el suyo propio—, buscando el bien de la Iglesia y nunca el suyo personal.

La experiencia de los últimos años del pontificado de Juan Pablo II supusieron para Benedicto, una extraordinaria lección de la que supo colegir el riesgo de imprevisibles consecuencias que nos acarrearía en su caso una muy larga sede vacante. Por eso el 11 de febrero de 2013, con 85 años y a los ocho de pontificado, de manera imprevisible para todo el mundo, que no para él, manifestaba, santo y sabio: «Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras… para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado».  Repito, tal reflexión solo nace en una cabeza muy lúcida y de un corazón santo y generoso. 

Y así sin más, Benedicto se retiró hasta su muerte a la residencia “Mater Ecclesiae”, en los jardines vaticanos para dedicarse a la oración y al estudio. No han sido pocos los que han sabido valorar acertadamente esos gestos históricos como propios de una profunda espiritualidad ajena al pufo remilgoso y beatón. Benedicto con su renuncia concluyó sin alaracas un pontificado lleno de frutos para la Iglesia y para la historia porque solo quiso ser, como dijo al ser elegido, “un humilde obrero en la viña del Señor”. Y vuelvo al estribillo: cabeza muy lúcida y corazón santo y generoso.

El papa Benedicto nos enseñó también con esa decisión, seguramente más fácil para un alemán tan práctico como espiritual, la más clara e importante de sus enseñanzas magisteriales: «que la fe y la razón van de la mano, ensanchando el horizonte de la razón para no caer en fanatismos irracionales y abriendo el horizonte de la fe para no asfixiar al hombre en un bunker materialista».

En la hora del adiós —porque ya habrá momentos para exponer más detenidamente su opera magna—, se me ocurre aplicarle a él lo que en la audiencia del 2 de junio de 2010, dijo de su admirado santo Tomás de Aquino: «en aquel momento de enfrentamiento entre dos culturas —ese momento en que parecía que la fe tuviese que rendirse ante la razón— mostró que ambas van juntas, que cuando aparecía la razón incompatible con la fe, no era razón, y cuanto parecía fe no era fe, si se oponía a la verdadera racionalidad; así él creó una nueva síntesis, que formó la cultura de los siglos sucesivos».

Gracias, papa Benedicto XVI, que has querido vivir hasta apagarte humilde como una velita en la oscuridad, porque brillarás para siempre como estrella lúcida en el firmamento de la iglesia y en el magisterio honesto de la humanidad.

Mons. Alberto Cuevas Fernández

Sacerdote y periodista

Benedicto XVI y la centralidad de Dios

Recuerdo aquel 19 de abril de 2005 cuando, poco antes de las seis de la tarde, comenzó a salir la fumata blanca que anunciaba la elección del nuevo Papa. Me encontraba en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Era un integrante más de aquella muchedumbre de personas que prorrumpió en aplausos y aclamaciones cuando el cardenal protodiácono pronunció el «Habemus Papam» —«¡Tenemos Papa!»—.

El elegido era el cardenal Joseph Ratzinger, quien escogió para sí el nombre de Benedicto XVI. De modo tímido, saludó a los fieles desde el balcón principal de la Basílica: «Después del gran Papa, Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un sencillo, humilde, trabajador en la viña del Señor». Delante de mí estaba un grupo numeroso de seminaristas del Colegio Norteamericano de Roma que mostraban un entusiasmo incluso superior al que se suele ver en un animado partido de béisbol. El 24 de abril, en una soleada mañana, tuve también el privilegio de participar en la Misa del Inicio del Pontificado.

En esos días, paseando por el puente de Sant’Angelo, me encontré con el cardenal Carles, entonces arzobispo de Barcelona. Lo saludé y le agradecí que los cardenales hubiesen regalado a la Iglesia un papa como Benedicto XVI. Él me contestó sencillamente: «Hemos elegido al mejor». Era una certeza que muchos compartíamos. La excelencia de Joseph Ratzinger era tan destacada que sería imposible ocultarla: como teólogo y profesor, como arzobispo de Múnich y Frisinga, como Prefecto de la Congregación de la Fe en Roma… Y, estaba seguro de ello, también como Papa.

Los ocho años de pontificado (2005-2013) así lo han demostrado. También el inédito acto —en tiempos contemporáneos— de su renuncia, al igual que estos casi diez años vividos como Papa emérito. Su figura se agrandará aún más con el tiempo. Benedicto XVI era un Papa muy querido por los fieles, muy respetado por muchos intelectuales y también muy combatido, especialmente por ciertos sectores de la prensa alemana —quien haya leído la biografía escrita por Peter Seewald puede verificarlo—.

Amante de la belleza de la liturgia, respetuoso con la tradición de la Iglesia, ha sido, a mi juicio, el más moderno de los papas; aquel que más a fondo ha pensado la relación entre Cristianismo y Modernidad, entre fe y razón, apostando siempre por ser un “colaborador de la verdad”. Verdad y amor van de la mano: «El amor —caritas— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta», escribió en su tercera y última encíclica.

Su principal legado es, a mi juicio, además del testimonio de su vida, su enseñanza sobre la centralidad de Dios para la vida de los hombres. En la Plaza del Obradoiro, el 6 de noviembre de 2010, lo expuso con su habitual maestría, refiriéndose de modo especial a Europa. La aportación principal de la Iglesia a Europa «¡se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre». Este Dios, de primera necesidad para los hombres, lo ha traído Jesucristo al mundo, tal como podemos leer en su espléndida obra Jesús de Nazaret.

Benedicto XVI acaba de cruzar el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios. No dio este paso solo, sino sostenido por el afecto y la oración de la Iglesia y de tantos hombres de buena voluntad. Como él dijo al comienzo de su pontificado: «Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte».

Su vida en la tierra no ha sido inútil; ha dejado mucho poso. Le pedimos a Dios que el papa Benedicto nos siga acompañando desde el cielo.

Guillermo Juan Morado

Sacerdote y director del Centro Teológico de Vigo

lunes, 26 de diciembre de 2022

San Esteban, o día da nosa parroquia..

Uno de los primeros diáconos y el primer mártir cristiano; su fiesta es el 26 de Diciembre. En los Hechos de los Apóstoles el nombre de Esteban se encuentra por primera vez con ocasión del nombramiento de los primeros diáconos (Hechos, 6, 5). Habiéndose suscitado insatisfacción en lo relativo a la distribución de las limosnas del fondo de la comunidad, los Apóstoles eligieron y ordenaron especialmente a siete hombres para que se ocuparan del socorro de los miembros más pobres. De estos siete, Esteban es el primer mencionado y el mejor conocido.

La vida de Esteban anterior a este nombramiento permanece casi enteramente en la oscuridad para nosotros. Su nombre es griego y sugiere que fuera un helenista, esto es, uno de esos judíos que habían nacido en alguna tierra extranjera y cuya lengua nativa era el griego; sin embargo, según una tradición del Siglo V, el nombre de Stephanos era sólo el equivalente griego del arameo Kelil (del sirio kelila, corona), que puede ser el nombre original del protomártir y fue inscrito en una losa encontrada en su tumba. Parece que Esteban no era un prosélito, pues el hecho de que Nicolás sea el único de los siete designado como tal hace casi seguro que los otros eran judíos de nacimiento. Que Esteban fuera discípulo de Gamaliel se ha deducido a veces de su hábil defensa ante el Sanedrín; pero no ha sido probado. Ni sabemos tampoco cuando y en qué circunstancias se hizo cristiano; es dudoso que la afirmación de San Epifanio (Haer.,xx, 4) contando a Esteban entre los setenta discípulos merezca algún crédito. Su ministerio como diácono parece haberse ejercido principalmente entre los conversos helenistas con los que los apóstoles estaban al principio menos familiarizados; y el hecho de que la oposición con la que se enfrentó surgiera en las sinagogas de los “Libertos” (probablemente los hijos de los judíos llevados como cautivos a Roma por Pompeyo el año 63 antes de Cristo y liberados, de ahí el nombre de Libertini ) y “de los Cirineos, y de los Alejandrinos y de los que eran de Cilicia y Asia” muestra que habitualmente predicaba entre los judíos helenistas. Que era destacadamente idóneo para ese trabajo, sus facultades y carácter, que el autor de los Hechos desarrolla tan fervientemente, son la mejor indicación. La Iglesia, al escogerlo para diácono, le había reconocido públicamente como un hombre “de buena fama, lleno de Espíritu y sabiduría”(Hechos, 6, 3). Era “un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo”(6, 5) “lleno de gracia y de poder” (6, 8); nadie era capaz de resistir sus poco comunes facultades oratorias y su lógica impecable, tanto más cuanto que a sus argumentos llenos de la energía divina y la autoridad de la escritura Dios añadía el peso de “grandes prodigios y señales” (6, 8). Grande como era la eficacia de “la sabiduría y el Espíritu con que hablaba” (6, 10), aun así no pudo someter los espíritus de los refractarios; para estos el enérgico predicador se iba a convertir pronto fatalmente en un enemigo.

El conflicto estalló cuando los quisquillosos de las sinagogas “de los Libertos, y de los Cirineos, y de los Alejandrinos, y de los que eran de Cilicia y Asia”, que habían retado a Esteban a una discusión, salieron completamente desconcertados (6, 9-10); el orgullo herido inflamó tanto su odio que sobornaron a falsos testigos para que testificaran que “le habían oído pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios” (6, 11).

Ninguna acusación podía ser más apta para excitar a la turba; la ira de los ancianos y los escribas ya había sido encendida por los primeros informes de la predicación de los Apóstoles. Esteban fue detenido, no sin violencia parece (la palabra griega synerpasan implica algo así), y arrastrado ante el Sanedrín, donde fue acusado de decir que “Jesús, ese Nazareno, destruiría este Lugar [el Templo], y cambiaría las costumbres que Moisés nos ha transmitido” (6,12, 14).Sin duda Esteban había dado con su lenguaje alguna base para la acusación; sus acusadores aparentemente cambiaron en ultraje ofensivo atribuido a él, una declaración de que “el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre” (7, 48), alguna mención de Jesús prediciendo la destrucción del Templo y alguna condenando las opresivas tradiciones que acompañaban a la Ley, o más bien que la aseveración tan a menudo repetida por los Apóstoles de que “no hay salvación en ningún otro” (cf. 4, 12) no exceptuaba a la Ley, sino a Jesús. Aunque pueda ser esto así, la acusación le dejó impertérrito y “todos los que se sentaban en el Sanedrín... vieron su rostro como el rostro de un ángel” (6, 15).

La respuesta de Esteban (Hechos, 7) fue una larga relación de las misericordias de Dios hacia Israel durante su larga historia y de la ingratitud con que, durante todo el tiempo, Israel correspondió a esas misericordias. Este discurso contenía muchas cosas desagradables para los oídos judíos; pero la acusación final de haber traicionado y asesinado al Justo cuya venida habían predicho los profetas, provocó la rabia de una audiencia formada no por jueces, sino por enemigos. Cuando Esteban “miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba de pie a la diestra de Dios”, y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”(7, 55), se precipitaron sobre él (7, 56) y le sacaron de la ciudad para apedrearlo hasta la muerte. La lapidación de Esteban no se presenta en la narración de los Hechos como un acto de violencia popular; debe haber sido considerado por los que tomaban parte en él como la ejecución de la ley. Según la ley (Lev., 24, 14), o al menos según su interpretación habitual, Esteban había sido sacado de la ciudad; la costumbre exigía que las personas que iban a ser lapidadas fueran colocadas en una elevación (del terreno) desde dónde, con las manos atadas, serían luego arrojados abajo. Fue muy probablemente mientras estos preparativos se llevaban a cabo cuando, “dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (7,59). Mientras tanto los testigos, cuyas manos debían ser las primeras en ponerse sobre la persona condenada por su testimonio (Deut., 17, 7), estaban dejando sus vestidos a los pies de Saulo, para poder estar mejor dispuestos a la tarea que les correspondía (7, 57). El mártir orante fue arrojado; y mientras los testigos estaban empujando sobre él “una piedra tan grande como dos hombres pudieran llevar”, se le oyó pronunciar sus suprema plegaria: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (7, 58). Poco podía la gente presente, que lanzaba piedras sobre él, imaginarse que la sangre que derramaban era la semilla de una cosecha que iba a cubrir el mundo.

Los cuerpos de los hombres lapidados debían ser enterrados en un lugar designado por el Sanedrín: Si en este caso insistió el Sanedrín en su derecho no podemos afirmarlo; en cualquier caso, “hombres piadosos”, no se nos dice si cristianos o judíos, “sepultaron a Esteban, e hicieron gran duelo por él” (8, 2). Durante siglos la situación de la tumba de Esteban estuvo perdida, hasta que (en el año 415) cierto sacerdote llamado Luciano supo por revelación que el sagrado cuerpo estaba en Caphar Gamala, a alguna distancia al norte de Jerusalén. Las reliquias fueron exhumadas y llevadas primero a la iglesia de Monte Sión, luego, en 460, a la basílica erigida por Eudoxia junto a la Puerta de Damasco, en el lugar dónde, según la tradición, tuvo lugar la lapidación (la opinión de que la escena del martirio de San Esteban fue al este de Jerusalén, cerca de la puerta llamada de San Esteban por ello, no se oyó hasta el Siglo XII). El sitio de la basílica de Eudoxia se identificó hace unos veinte años, y se ha erigido un nuevo edificio sobre los viejos cimientos por los Padres Dominicos.

La única fuente de información de primera mano sobre la vida y muerte de San Esteban son los Hechos de los Apóstoles (6,1-8,2).

jueves, 22 de diciembre de 2022

ALEGRÍA DO NADAL

A semana pasada comentabamos os termos espera e esperanza, advertindo que aínda que a súa sonoridade é semellante, o seu significado é distinto. A espera causa fastío e revístenos de pesimismo; pola contra, a esperanza achéganos gozo e entusiasmo. O que se move en clima de prolongada esperanza, faino con gozosa responsabilidade, desexando colaborar co plan de Deus, e congratúlase contemplando a beleza da creación e a perfección arquitectónica dos monumentos.

Hai dous signos que nos falan da presenza do Mesías entre nós: son os comportamentos exemplares de moitos cristiáns. O comportamento fraterno de moitos crentes, cuxa exemplaridade é un signo primaveral do mesianismo do mundo, como o son tamén os miles de cidadáns que, sendo ricos, fanse pobres, para que a ninguén falte o pan de cada día. É verdade que non todo é ourego nos nosos campos. Hai tamén ortigas nos nosos hortos. Pero aí está a Igrexa, presenza viva do Mesías, que nos lembra que debemos sorrir cos que son felices, e levar sempre un pano de reposto para enxaugar as bágoas dos que choran. Así o fixo o Mesías, nada máis pisar terra, fai dous mil anos, e quedou connosco, para inculcarnos que así o debemos facer tamén nós. O Mesías quedou connosco. El é camiño, verdade e vida. Neste camiño están os bos discípulos de Xesús: sigámolos. El é verdade plena: creamos nel sen ambaxes nin rodeos. El é vida e camiña ao noso carón: mirémolo para que non perdamos a ruta e podamos camiñar sen errar o camiño. Procuremos evitar os tropezos, e se caemos, ao noso lado vai unha man amiga, tendida para erguernos.

O amor pide presenza. Por iso Deus, que é amor sen medida, éncheo todo coa súa inmensa grandeza; contémplao todo con eterna sabedoría; todo o dirixe co seu infinito poder, e coa súa divina providencia gobérnao. Da divina providencia están cheos os ceos e estano tamén os espazos terrestres. O Señor faise presente no pobre e no desvalido; no perseguido e no marxinado; pero os nosos criterios non coinciden cos seus. Non nos resulta atraente a figura dun Deus con aureola de xustiza; non nos vai aos homes do século XXI. Preferimos o Deus samaritano que sempre ten abertas as portas da súa casa para o fillo sumiso e para o fillo rebelde, porque sempre mirou a todos con ollos do corazón. Cando o fillo rebelde chama á porta do seu antigo fogar, sente a tentación de pedirlle a Deus que lle faga un transplante de corazón ao seu ancián pai, porque pensa que no peito do seu vello pai, xa non queda un corazón capaz de amar, pero equivocouse, porque o que de verdade amou unha vez sinceramente, ama para sempre, e demóstrallo o abrazo de pai con que o recibe esta mañá. 

Indalecio Gómez Varela

Cóengo da Catedral

miércoles, 14 de diciembre de 2022

ESPERA E ESPERANZA, CARACTERÍSTICAS DO ADVENTO

Estes dous termos teñen sonoridade semellante, pero os seus significados son desiguais. A espera mira ao pasado e precede ao dereito lexítimo ao que sentimos acredores e cuxa tardanza en recoñecérnolos sempre nos molesta e en ocasións cáusanos enfado. Moi ao contrario, a esperanza mira ao futuro, e ilusiónanos e estimúlanos a pór os medios para acelerar que se nos conceda o que se nos prometeu, e nós desexamos e cremos merecer.

O Advento é o tempo oportuno para intensificar o desexo dun futuro mellor. O home sabe que o seu futuro non está escrito; que a súa vida está a facerse e que en boa medida, o mañá depende da súa responsabilidade; e que esta crece en proporción do desexo de posuír aquilo que aínda non se ten, e aquí intervén a esperanza que anima e estimula. Canto máis sublime sexa o ideal, máis intenso será o sacrificio por alcanzalo. A esperanza non é só un desexo informativo, senón unha virtude transformativa. O que espera renova as súas enerxías cada día. O que non espera, vístese de tristeza, enferma de pesimismo e morre prematuramente. A esperanza nútrese de sacrificios, pero mantén o optimismo, porque sabe que despois de sementar, virá a recolección. Isto é aplicable á esperanza humana que se funda nas capacidades do home. Pero o cristián ten como garantía da súa esperanza a promesa do Señor. En todas as páxinas da Biblia, percíbese o perfume da esperanza. O pobo de Deus é un pobo de esperanza, fundándose nas promesas do Alto. Iavé ordénalle a Abraham que deixe a súa casa e que atopará a chamada Terra de Promisión. Abraham obedece a orde do Señor, ponse en camiño, e atopa pan e abundancia de bens. Daquela terra xurdiron os profetas que cultivaron a esperanza de recuperar o paraíso perdido. Ese paraíso primitivo é o Reino de Cristo, que está chamado a crecer e salvarnos a todos. Para iso, o mesmo Mesías decide facerse home e pídenos que nós os cristiáns sexamos os seus colaboradores; que sexamos pastores, apóstolos… e que traballemos como misioneiros restauradores do Reino de Deus.

No tempo actual a Igrexa segue traballando para que se faga presente Xesús entre nós, ata que o mundo sexa fermento do Reino de Deus. Para lograr isto debemos encarnar hoxe os cristiáns o espírito dos profetas e demais homes de Deus do Antigo Testamento. Que cheos de esperanza suspiremos pola vinda do Redentor e contaxiemos aos nosos contemporáneos este espírito de esperanza redentora, convertendo a nosa relixiosidade nun advento de esperanza e de súplica que nos mova a repetir constantemente: “Ven, Señor. Ven que te agardamos. Ven pronto, Señor”. Sintamos sinceramente a necesidade de Cristo nos nosos corazóns, nos nosos fogares, nas nosas empresas e nos nosos ambientes, a fin de que o noso mundo sexa novo paraíso terreal, tal como previu o Creador para os homes.

 

Indalecio Gómez Varela

lunes, 12 de diciembre de 2022

UN NOVO CAMIÑO DE ADVENTO

Segundo o dito, o camiño faise ao andar. Hoxe o noso mundo está cruzado de inexorables carreiros que nos conducen a todos os confíns do orbe. O camiñar é unha arte que, día a día, ábrenos novas veredas.

Todos nós imos cruzando a terra por camiños que nós descubrimos, e en ocasións construímos. Todos nós enchemos moitos anos de horas, pero non se trata de encher a vida de horas, senón de encher as horas de vida, porque hai que distinguir o camiño biolóxico ou existencial que empeza no berce e termina na tumba, e o camiño relixioso ou escatolóxico, que comeza no bautismo e durará para sempre.

O camiño existencial ímolo percorrendo inexorablemente empuxados polas horas e os traballos de cada día…”Que teño, pobre de min, hoxe de ter vivido onte?. Só teño o non ter as horas que onte vivín, o que hoxe de onte discurrín direi mañá se son, pero tan incerto estou de que mañá serei, que talvez non o direi, por morrer hoxe “.

Todos nós imos cruzando o mundo hai xa algúns anos: uns vinte, outros, cincuenta, outros máis; uns puros e fermosos, cheos de boas obras, e outros feos e pecaminosos, que quereriamos esquecer, pero a conciencia acúsanos do noso mal comportamento. Con todo, o camiño máis importante é o que se abre ante os nosos ollos, do cal podemos facer unha vereda rica en bos comportamentos, ou unhas horas de tempo perdido. Ante esta diversa posibilidade o profeta Xeremías advírtenos “Parádevos no camiño e preguntádevos, se esta é a senda boa; porque todos os camiños lévannos a Roma”, pero non todos nos conducen ao encontro con Deus.

O home é un ser social, comunicativo, e a súa sociabilidade pode existencializarse en tres direccións: cara a Deus; cara aos homes e cara ao mundo. O terreo que pisamos é sacro, pero a cualificación do camiño depende dos pasos que por el imos dando.

As nosas relacións con Deus, valóranse polo espírito que poñemos nós no andar. Se camiñamos baixo a mirada amorosa de Deus buscando en todo a súa gloria, o camiño é acertado, e noso peregrinar é santificador. Pola contra, se imos polo mundo, dando culto ao ídolo da avaricia, do orgullo e a outros falsos deuses, debemos rectificar, porque ese modo de actuar non nos leva a feliz termo. De Deus temos que aprender, facendo da nosa conduta unha constante ofrenda ao Señor. Este xeito de actuar é un bo camiño para os cristiáns.

Outro camiño para realizar correctamente a relacionalidade cristiá, é o amor fraterno. Non camiñamos sós: ao noso carón van outros camiñantes, cos que compartimos horas de cansazo e pratos de lentellas nos albergues de peregrinos. O incorrecto é mirarnos como competidores, non tender a man, non facilitar unha feliz peregrinación. Mirémonos con ollos do corazón, que nos faciliten crear fraternidade itinerante con todos os que camiñan ao noso lado, posto que polas súas veas tamén corre o sangue redentor de Cristo.

Por último, tamén o mundo é terreo sagrado. Todo o que hai no ceo e na terra saíu das mans de Deus e pódenos levar a Deus. El é o noso camiño. As súas divinas plantas deixaron pegadas por onde El pasou, e marcáronnos o camiño.

Camiñante non hai camiño, faise camiño ao andar, pero o camiñar é labor do home. Sigamos as pegadas de Xesús, e o camiño manterase expedito. Este camiño lémbranolo a liturxia do Advento: digámolo, e nós seremos os beneficiados, e o mundo converterase en horto de santidade.

Indalecio Gómez Varela

Cóengo da Catedral

domingo, 20 de noviembre de 2022

CRISTO, REI DO UNIVERSO.

Dios es supremo valor de cuanto existe y puede existir. Dios es el supremo valor intensivo y el supremo valor operativo. Dios es el todopoderoso en su ser y en su obrar.

La valoración es la estima que el hombre tiene de los objetos, por su contenido y por la utilidad que aportan a su poseedor. Esta estimación procede de la materia prima del objeto y del provecho que aporta a su dueño. Pues la materia prima de Dios es la inmaterialidad, llamada divinidad, pero no hay ningún libro que trate de Dios específicamente. Ningún tratado de teología nos habla de la naturaleza divina, ni del origen de Dios.

La misma biblia nos habla mucho de Dios a los hombres, pero no nos habla de su naturaleza, sino de su economía, explicitándonos sus proyectos. En la Biblia, Dios nos invita a escucharle y a responderle, poniendo en práctica su economía salvífica, por medio del magisterio y la pastoral de la Iglesia.

Pero la memoria de los hombres es olvidadiza y su voluntad inconstante, y esto frustra en buena medida el plan salvífico de Dios, pero no su amor a los hombres. Y en evitación de esta triste frustración, nos recuerda la existencia de un más allá, llamado eternidad, en el cual se prolongará indefinidamente el premio merecido por nosotros, en el devenir de la vida.

No hemos nacido para el mundo, que es terreno de dolor, sino que nacimos para el Cielo: hemos nacido para Dios. En el Cielo y junto a Dios, nos esperan gozando de feliz eternidad, los seres más queridos que hemos tenido en el mundo.

No temamos, pues, a la muerte, que no es momento de despedida, sino momento de nuevo encuentro: allí nos encontraremos con Cristo, que nos redimió con su sangre; con la mujer que nos acogió con cariño; con el padre que regó nuestra infancia con el sudor de su frente…

No tengamos miedo a la eternidad que es morada de gozo y de paz. Ni temamos que dicho gozo se termine, puesto que la muerte se queda aquí en la tierra, y el Cielo tiene puerta de entrada, pero carece de puerta de salida.

Del Cielo sólo ha venido Jesús y ha experimentado el dolor de la tumba, pero resucitó y ha subido al Cielo. Allí nos espera para compartir su gloria con nosotros. La nuestra es vocación de Cielo: seamos fieles a este regalo del Señor, con la esperanza de que su proyecto se hará realidad en la eternidad.

 

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

martes, 8 de noviembre de 2022

REFLEXION SOBRE LOS DIFUNTOS Y LA VIDA ETERNA

La conmemoración de los difuntos conlleva el interrogante ¿será el final definitivo? Y como cristiano ¿creo en la resurrección? Veremos

Presupuestos

Resurrección no significa revivificación del cuerpo, como se cuenta de Lázaro o del hijo de la viuda de Naim. Resurrección significa que tenemos vida más allá de la muerte.

La vida eterna nos resulta incomprensible e inimaginable porque no podemos pensar sin los a priori del tiempo y del espacio.

La física cuántica está superando el determinismo de la física tradicional, y las leyes del espacio-tiempo.

Racionalmente podemos declararnos agnósticos respecto a otra realidad, a otro modo de vida, porque no podemos demostrar su existencia ni su inexistencia.

La existencia de otra vida es una creencia razonable

La inteligencia sentiente encuentra razonable y adecuada la existencia de otra vida, de otro modo de realidad, que ahora no podemos percibir con claridad. La hormiga no puede percibir valores abstractos, pero eso no significa que esos valores no existan.

La trascendencia es una experiencia antropológica presente en todas las culturas.

La objetividad de los valores morales exige una justificación, un imperativo categórico, para no quedar en mero subjetivismo o en un acuerdo social, al que sólo podría obligarme la imposición por la fuerza. Pienso en un gran propietario que puede comprar la aceptación o el disimulo de políticos, jueces y policías.

Nuestra experiencia ética se rebela contra la injusticia, que cada día nos muestran los informativos (niños, pequeñas tribus o grupos humanos, emigrantes… que mueren por hambre, enfermedades, venganzas, guerras, ambiciones ajenas).

Nuestra conciencia nos pide otra vida para reparar la muerte cruenta de los que sufren injustamente, o de quienes dan su vida por proteger a otros, o por defender valores como la justicia, la dignidad humana, la libertad, las creencias de su pueblo…

Algunas experiencias perimortem bien documentadas y en  diversos países parecen atestiguar que existe “Consciencia más allá de la vida” (Pim Van Lommel).

Los místicos de las diversas épocas y religiones (incluso un ateo como Compte-Sponville) coinciden en la experiencia de una suspensión del tiempo, una“iluminación”, una sensación de plenitud y gozo que,  sin palabras, les permite comprender el misterio de la vida.

Para un cristiano, el mejor testimonio es que Jesús de Nazaret creyó en la resurrección, en la persistencia de una vida distinta: “Porque cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dados en matrimonio, sino que serán como los ángeles en los cielos”; y  “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

El cristianismo se basa en la experiencia pascual, en la resurrección de Jesús, que a unos discípulos escondidos por miedo los transformó en difusores del mensaje de Jesús entre judíos y paganos: “Si Cristo no ha resucitado… vana es nuestra fe”.

Conclusión

Aunque me siento incapaz de imaginar cómo puede existir una vida distinta y definitiva, y a veces dudo de ello, serenamente considero más razonable creer en su existencia; más aún, creo que la experiencia religiosa o ética,  que ya tenemos, que esos encuentros de amor y de generosidad,  ya son una primicia de esa vida definitiva.

Por eso asumo la Oración de Teilhard en su vejez: “Energía de mi Señor, fuerza irresistible y viviente, puesto que de nosotros dos Tú eres el más fuerte, a ti compete el don de quemarme en la unión que ha de fundirnos juntos. Dame todavía algo más precioso que la gracia por la que todos los fieles te ruegan. No basta que muera comulgando. Enséñame a comulgar muriendo”.

martes, 1 de noviembre de 2022

PAPA FRANCISCO: ÁNGELUS DE TODOS LOS SANTOS

Plaza de San Pedro

Miércoles 1 de noviembre de 2017

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena fiesta!

La solemnidad de Todos los Santos es «nuestra» fiesta: no porque nosotros seamos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Los santos no son figuritas perfectas, sino personas atravesadas por Dios. Podemos compararlas con las vidrieras de las iglesias, que dejan entrar la luz en diversas tonalidades de color. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han recibido la luz de Dios en su corazón y la han transmitido al mundo, cada uno según su propia «tonalidad».

Pero todos han sido transparentes, han luchado por quitar las manchas y las oscuridades del pecado, para hacer pasar la luz afectuosa de Dios. Este es el objetivo de la vida: hacer pasar la luz de Dios y también el objetivo de nuestra vida.

De hecho, hoy en el Evangelio Jesús se dirige a los suyos, a todos nosotros, diciéndonos «bienaventurados» (Mateo 5, 3). Es la palabra con la cual inicia su predicación, que es «Evangelio», Buena Noticia porque es el camino de la felicidad. Quien está con Jesús es bienaventurado, es feliz. La felicidad no está en tener algo o en convertirse en alguien, no, la felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Vosotros creéis esto? Debemos ir adelante, para creer en esto. Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los demás y por los propios errores, permanecen mansos, luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, obran siempre por la paz y permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal con el bien. Estas son las bienaventuranzas.

No exigen gestos asombrosos, no son para superhombres, sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día, para nosotros. Así son los santos: respiran como todos el aire contaminado del mal que existe en el mundo, pero en el camino no pierden nunca de vista el recorrido de Jesús, aquel indicado en las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana.

Hoy es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada por este mapa: no sólo los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas «de la puerta de al lado», que tal vez hemos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, escondidas que en realidad ayudan a Dios a llevar adelante el mundo. ¡Y existen muchos hoy! Son tantos. Gracias a estos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a llevar adelante el mundo, que viven entre nosotros, saludemos a todos con un fuerte aplauso. Ante todo —dice la primera bienaventuranza— son «los pobres de espíritu» (Mateo 5, 3). ¿Qué significa? Que no viven para el éxito, el poder y el dinero; saben que quien acumula tesoros para sí no se enriquece ante Dios (cf. Lucas 12, 21). Creen en cambio que el Señor es el tesoro de la vida y el amor al prójimo la única verdadera fuente de ganancia. A veces estamos descontentos por algo que nos falta o preocupados si no somos considerados como quisiéramos; recordemos que no está aquí nuestra felicidad, sino en el Señor y en el amor: sólo con Él, sólo amando se vive como bienaventurado.

Quisiera finalmente citar otra bienaventuranza, que no se encuentra en el Evangelio, sino al final de la Biblia y habla del conclusión de la vida: «Dichosos los muertos que mueren en el Señor» (Apocalipsis 14, 13).

Mañana estaremos llamados a acompañar con la oración a nuestros difuntos, para que gocen siempre del Señor. Recordemos con gratitud a nuestros seres queridos y oremos por ellos.

Que la Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, interceda por nuestro camino de santidad y por nuestros seres queridos que nos han precedido y han partido ya para la Patria celestial.

lunes, 31 de octubre de 2022

OS CAMIÑOS DA VIDA

Así como todo camiño consta de etapas, tamén a nosa historia persoal desenvólvese a través de distintos períodos con diversos matices, que conxuntamente configuran a nosa personalidade concreta: a infancia, a adolescencia, a mocidade, a adultez… e para algúns, a ancianidade, máis ou menos duradeira e progresivamente decrépita. 

O pasado do camiño convídanos a lembrar as peripecias do que queda atrás, e recoméndanos pararnos un instante para recuperar forzas, a fin de obter enerxías para poder seguir camiñando coa vista posta nun futuro cada vez máis próximo. Igualmente a historia da salvación consta de dous grandes períodos: o Antigo e o Novo Testamento; a etapa dos mandamentos e a etapa do Evanxeo; a etapa da lei e a etapa da misericordia; a etapa da temporalidade e o futuro da eternidade. E nesta reflexión vénnos á memoria a vida e a morte; a resurrección e a eternidade. Estes dous conceptos atópanse no camiño, pero as súas realidades son totalmente dispares.

Nacemos para a vida, pero no camiño espéranos a morte. Esta dualidade de vida e morte débese á nosa constitución de espírito e materia. Pola nosa condición corpórea, somos naturalmente mortais; pero pola nosa espiritualidade, nacemos para vivir sempre. No camiño espéranos a morte, e máis aló da tumba, está a resurrección esperándonos. Esta característica explica a nosa limitación terrea, á vez que a nosa inmortalidade exclusiva e perpetua.

Aquí intervén a divina providencia, que nos creou con futuro de eternidade, e a liberdade de cada un de nós que nos permite programar un futuro glorioso. E actúa tamén a vontade salvífica de Deus, que nos quere semellantes ao seu Fillo, aquí na terra, para facernos logo compañeiros de Xesús glorificado no Ceo.

Dúas vontades interveñen na constitución plena da persoa humana: a vontade de Deus, que nos creou para facernos felices, e nosa propia vontade que posibilita, positiva ou negativamente, o noso futuro eterno, para que guiados pola súa providencia, conduza os nosos pasos pola senda do ben e coa súa misericordia fáganos partícipes da gloria celestial, coa xenerosidade dun corazón que perdoa e esquece as incorrespondencias que tivemos con El neste mundo de barro e de escasa fraternidade.

Pero entre o aquí de hoxe e o alá de mañá, existe un labor dinámico, cuxa misión é facer desta terra un mundo mellor, unha vida máis bela, e unha Igrexa máis apostólica, para que na nosa sociedade haxa cabida para Cristo, e a súa evanxelización chegue a todos os confíns do orbe. Os nosos misioneiros fan que lembremos ese labor, pois eles, coa súa xenerosidade apostólica fan que a doutrina de Xesucristo sexa coñecida en toda a terra, e que a súa divina Eucaristía alimente a fe de incontables crentes de todas as razas e nacións.

 

jueves, 20 de octubre de 2022

"VOLVAMOS AL CONCILIO" ESHORTA EL PAPA

PAPA FRANCISCO / VOZ DEL PAPA

En la homilía de la Misa conmemorativa de los sesenta años del Concilio Vaticano II, el Santo Padre nos anima a volver a él, porque eso, de algún modo, no es ‘indietrismo’.

A continuación, las palabras del Papa Francisco en la tarde del martes 11 de octubre, aniversario del inicio del Concilio que impulsó Juan XXIII:

“¿Me amas?”. Es la primera frase que Jesús dirige a Pedro en el Evangelio que hemos escuchado (Jn 21,15). La última, en cambio, es: “Apacienta mis ovejas” (v. 17). En el aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II sentimos que el Señor nos dirige estas palabras también a nosotros, a nosotros como Iglesia: ¿Me amas? Apacienta mis ovejas.

En primer lugar: ¿Me amas? Es una interrogación, porque el estilo de Jesús no es tanto el de dar respuestas, como el de hacer preguntas, preguntas que interpelan la vida. Y el Señor, que “habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos” (Dei Verbum, 2), nos pregunta todavía y seguirá preguntando siempre a la Iglesia, su esposa: “¿Me amas?”.

El Concilio Vaticano II fue una gran respuesta a esa pregunta. Fue para reavivar su amor que la Iglesia, por primera vez en la historia, dedicó un Concilio a interrogarse sobre sí misma, a reflexionar sobre su propia naturaleza y su propia misión. Y se redescubrió como misterio de gracia generado por el amor, se redescubrió como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, templo vivo del Espíritu Santo.

Esta es la primera mirada que hay que tener sobre la Iglesia, la mirada de lo alto. Sí, hay que mirar la Iglesia ante todo desde lo alto, con los ojos enamorados de Dios. Preguntémonos si en la Iglesia partimos de Dios, de su mirada enamorada sobre nosotros.

Siempre existe la tentación de partir más bien del yo que de Dios, de anteponer nuestras agendas al Evangelio, de dejarnos transportar por el viento de la mundanidad para seguir las modas del tiempo o de rechazar el tiempo que nos da la Providencia de volver atrás.

Pero estemos atentos: ni el progresismo que se adapta al mundo, ni el tradicionalismo que añora un mundo pasado son pruebas de amor, sino de infidelidad. Son egoísmos pelagianos, que anteponen los propios gustos y los propios planes al amor que agrada a Dios, ese amor sencillo, humilde y fiel que Jesús pidió a Pedro.

¿Me amas tú? Redescubramos el Concilio para volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres que Él ama, a una Iglesia que sea rica de Jesús y pobre de medios, a una Iglesia que sea libre y liberadora.

El Concilio indica a la Iglesia esta ruta: la hace volver, como Pedro en el Evangelio, a Galilea, a las fuentes del primer amor, para redescubrir en sus pobrezas la santidad de Dios (cf. Lumen gentium, 8c; cap. V), para volver a encontrar en la mirada del Señor crucificado y resucitado la alegría perdida, para concentrarse en Jesús.

El Papa Juan XXIII, en sus últimos días, escribía: “Esta vida mía que llega a su fin no podría terminar mejor que concentrándome totalmente en Jesús, Hijo de María… grande y continuada intimidad con Jesús, contemplado en imagen: niño, crucificado, adorado en el Sacramento” (Diario del alma, 977-978). ¡Esta es nuestra mirada alta, nuestra fuente siempre viva! Jesús, la Galilea del amor, Jesús que nos llama, Jesús que nos pregunta: “¿Me amas?”.

Hermanos, hermanas, volvamos a las límpidas fuentes de amor del Concilio. Reencontremos la pasión del Concilio y renovemos la pasión por el Concilio. Abismados en el misterio de la Iglesia madre y esposa, digamos también nosotros, con san Juan XXIII: Gaudet Mater Ecclesia (Discurso en la apertura del Concilio, 11 octubre 1962).

Que en la Iglesia viva la alegría. Si no se alegra se contradice a sí misma, porque olvida el amor que la ha creado. Y, sin embargo, ¿cuántos entre nosotros no logran vivir la fe con alegría, sin murmurar y sin criticar? Una Iglesia enamorada de Jesús no tiene tiempo para conflictos, venenos y polémicas.

Que Dios nos libre de ser críticos e impacientes, amargados e iracundos. No es sólo cuestión de estilo, sino de amor, porque el que ama, como enseña el apóstol Pablo, hace todo sin murmuraciones (cf. Flp 2,14).

Señor, enséñanos a mirar alto, a mirar la Iglesia como la ves Tú. Y cuando seamos críticos y estemos insatisfechos, recuérdanos que ser Iglesia es testimoniar la belleza de tu amor, es vivir respondiendo a tu pregunta: ¿me amas?

¿Me amas? Apacienta mis ovejas. Apacienta: Jesús expresa con este verbo el amor que desea de Pedro. Pensemos precisamente en Pedro: era un pescador de peces y Jesús lo transformó en pescador de hombres (cf. Lc 5,10).

Ahora le asigna un nuevo oficio, el de pastor, que nunca había ejercitado. Y es un cambio, porque mientras el pescador toma para sí, atrae hacia sí, el pastor se ocupa de los otros, apacienta a los otros. Es más, el pastor vive con su rebaño, alimenta a las ovejas, se encariña con ellas. No está arriba, como el pescador, sino en medio.

Esta es la segunda mirada que nos enseña el Concilio, la mirada en el medio, estar en el mundo con los demás y sin sentirnos jamás por encima de los demás, como servidores del Reino de Dios (cf. Lumen gentium, 5); llevar la buena noticia del Evangelio a la vida y en las lenguas de los hombres (cf. Sacrosanctum Concilium, 36), compartiendo sus alegrías y sus esperanzas (cf. Gaudium et spes, 1).

Qué actual es el Concilio, nos ayuda a rechazar la tentación de encerrarnos en los recintos de nuestras comodidades y convicciones, para imitar el estilo de Dios, que nos ha descrito hoy el profeta Ezequiel: “ir en busca de la oveja perdida y hacer volver al rebaño a la descarriada, vendar a la que está herida y curar a la enferma” (cf. Ez 34,16).

Apacienta: la Iglesia no celebró el Concilio para contemplarse, sino para darse. En efecto, nuestra santa Madre jerárquica, que surgió del corazón de la Trinidad, existe para amar. Es un pueblo sacerdotal (cf. Lumen gentium, 10 ss.), no debe sobresalir ante los ojos del mundo, sino servir al mundo.

No lo olvidemos: el Pueblo de Dios nace extrovertido y rejuvenece desgastándose, porque es sacramento de amor, «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1).

Hermanos, hermanas, volvamos al Concilio, que ha redescubierto el río vivo de la Tradición sin estancarse en las tradiciones; que ha reencontrado la fuente del amor no para quedarse en el monte, sino para que la Iglesia baje al valle y sea canal de misericordia para todos. Volvamos al Concilio para salir de nosotros mismos y superar la tentación de la autorreferencialidad.

Y pastoreando, superad la nostalgia del pasado, el arrepentimiento de la relevancia, el apego al poder, porque vosotros, Pueblo santo de Dios, sois un pueblo pastoral: no existís para pastorearos a vosotros mismos, para escalar, sino para pastorear a los demás, a todos los demás, con amor.

Apacienta, repite el Señor a su Iglesia; y apacentando, supera las nostalgias del pasado, la añoranza de la relevancia, el apego al poder, porque tú, Pueblo santo de Dios, eres un pueblo pastoral, no existes para apacentarte a ti mismo, para escalar, sino para pastorear a los demás, a todos los demás, con amor.

Y, si es justo tener una atención particular, que sea para los predilectos de Dios, para los pobres y los descartados (cf. Lumen gentium, 8c; Gaudium et spes, 1); para ser, como dijo el Papa Juan, «la Iglesia de todos, en particular la Iglesia de los pobres» (Radiomensaje a los fieles de todo el mundo, un mes antes de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 11 septiembre 1962).

¿Me amas? Apacienta —concluye el Señor— mis ovejas. No piensa sólo en algunas, sino en todas, porque las ama a todas, las llama a todas afectuosamente “mías”. El buen Pastor ve y quiere a su grey unida, bajo la guía de los pastores que le ha dado.

Quiere —tercera mirada— la mirada de conjunto. El Concilio nos recuerda que la Iglesia, a imagen de la Trinidad, es comunión (cf. Lumen gentium, 4.13).

El diablo, en cambio, quiere sembrar la cizaña de la división. No cedamos a sus lisonjas, no cedamos a la tentación de la polarización. Cuántas veces, después del Concilio, los cristianos se empeñaron por elegir una parte en la Iglesia, sin darse cuenta que estaban desgarrando el corazón de su Madre. Cuántas veces se prefirió ser “hinchas del propio grupo” más que servidores de todos, progresistas y conservadores antes que hermanos y hermanas, “de derecha” o “de izquierda” más que de Jesús; erigirse como “custodios de la verdad” o “solistas de la novedad”, en vez de reconocerse hijos humildes y agradecidos de la santa Madre Iglesia.

El Señor no nos quiere así, nosotros somos sus ovejas, su rebaño, y sólo lo somos juntos, unidos. Superemos las polarizaciones y defendamos la comunión, convirtámonos cada vez más en “una sola cosa”, como Jesús suplicó antes de dar la vida por nosotros (cf. Jn 17,21).

Que nos ayude en eso María, Madre de la Iglesia. Que acreciente en nosotros el anhelo de unidad, el deseo de comprometernos por la plena comunión entre todos los creyentes en Cristo. Es hermoso que hoy, como durante el Concilio, estén con nosotros los representantes de otras comunidades cristianas. ¡Gracias por su presencia!

Te damos gracias, Señor, por el don del Concilio. Tú que nos amas, líbranos de la presunción de la autosuficiencia y del espíritu de la crítica mundana.

Tú, que nos apacientas con ternura, condúcenos fuera de los recintos de la autorreferencialidad. Tú, que nos quieres una grey unida, líbranos del engaño diabólico de las polarizaciones. Y nosotros, tu Iglesia, con Pedro y como Pedro te decimos: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amamos” .

domingo, 25 de septiembre de 2022

PROGRAMACION DA RELIXIOSIDADE DO HOME

Desde sempre na mente do home existiu o concepto dun ser plenamente perfecto en si mesmo.

Transcorrido o tempo, o desexo deste ser perfectísimo pasou á vontade humana, para que se fixese realidade, e cando se cumpriu isto, o home compraceuse niso, vendo as vantaxes que lle reportaba, e amouno entrañablemente; e comprendeu que Deus amábao, ata tal punto que converteu a lei do decálogo en paternidade amorosa, e a relixiosidade do home fíxose auténtica filiación de fillo. Desde entón as relacións Deus – home son outras: as leis impoñen obrigacións e causan afastamento, co consecuente medo a ser sancionados se delinquimos en algo.

Ante este comportamento de Deus, o home pasou do medo á xenerosidade; pasou do cumprimento de mínimos, ao que obriga a lei, a unha actitude de xenerosidade impulsado polo amor de pai con que Deus estaba a tratalo.

En efecto, o Señor cambiara o dereito lexislativo pola promesa de perdón e a abundancia de dons. Agora Deus xa non é sancionador de culpas, senón perdoador de pecados. Espera ao fillo que volve a casa na que atopa ao pai bo, acolledor como sempre e que fai festa, cando o fillo chega, posto que un pai, posto a amar, ama para sempre e xamais reprocha o mal recibido, senón que celebra festivamente o regreso do fillo díscolo, sen o cal o fogar estaba empobrecido, e o corazón do pai seguía chorando a ausencia do fillo perdido. Este comportamento é impensable no corazón humano, pero para Deus nada hai imposible, e a antiga casa paterna continúa sendo o fogar do fillo pródigo, e no peito do pai bo segue palpitando un corazón que estrea a súa paternidade amorosa que xamais se envelleceu.

Os cristiáns, se miramos ao pasado, non vemos infidelidades, senón perdóns do Señor, e se miramos ao futuro, os nosos ollos só contemplan promesas de eterna felicidade. Consecuentemente nos nosos corazóns non caben pesimismos nin desolacións, senón gratitude e esperanza de recompensa de gloria eterna, porque ao Señor custámoslle moito, e o seu sangue derramado é o prezo da nosa salvación. Deixemos, pois, de falar dun Deus sancionador, e presentemos a un Deus salvador, que nos redimiu do pecado e da morte eterna. Mirémolo como fonte de vida e como forno ardente de perdón e misericordia, e miremos o noso futuro como o Ceo de gloria no cal nos espera o Señor.

Indalecio Gómez

Cóengo da Catedral

viernes, 16 de septiembre de 2022

SÓLO DIOS ES GRANDE

Solo Dios es grande, pero el hombre no le reconoce su grandeza ni el derecho a ocupar un puesto en la sociedad. En el mundo no hay espacio para Dios. Por ello el Creador llama a la puerta del hombre, pidiendo hospedarse en su casa. Este es derecho al que el autor del universo tiene legitimidad plena, pero no basta tener derechos: para poder disfrutar de ellos, es necesario que se nos reconozcan legítimamente.

Y ahí el problema de la historia en estos días. Para Dios no hay cabida en la vida social, ni familiar. El hombre se declara autónomo pleno y hasta a Dios le cierra las puertas. Es una reivindicación infundada y perniciosa. Una sociedad sin divinidad es una entidad sin base ni fundamento. Un edificio sin cimientos no tiene consistencia ni pervivencia, ni utilidad al hombre, en función del cual se ha construido. Urge reconstruirlo de nuevo y edificarlo sobre base sólida, reconociendo los planes del creador y las necesidades del hombre, en función del cual ha sido pensada la vida social de los humanos.

El hombre es un sujeto de derechos, pero sus derechos son vicarios, y su vicariedad es inseparable de la estructuración de la convivencia humana. Marginarles de esta realidad congénita, es antihumano e irracional, que merece la calificación de suicidio social. El cometido del hombre no es el suicidio individual y menos el suicidio social. Es duro tener que reconocerlo, pero ésta es la fatal situación de nuestra sociedad. Estamos fomentando la cultura de la muerte, a todos los niveles: la cultura de la muerte conyugal, con el divorcio injustificado; la cultura de la muerte familiar con la desestructuración del hogar natural; la cultura de la muerte internacional, convirtiendo las fronteras regionales en escenarios de luchas fratricidas… El hombre pasó de ser un miembro de convivencia social, a ser un depredador para todo el que vive a su lado. Si el mundo es una jauría de lobos para el hombre, lo normal es que este mundo no nos guste, pero la postura correcta de un cristiano no es condenar al mundo, sino corregir el comportamiento de los hombres.

El día en que tú y yo seamos buenos, ya no todo el mundo será malo. Pero al tratamiento corrector debe preceder un diagnóstico acertado. Debemos de conocernos a nosotros mismos examinándonos por dentro y por fuera, y antes por dentro que por fuera, porque nuestro amor propio condiciona nuestros juicios. Para evitar este riesgo, es necesario salir de la superficialidad y someterse a un examen nutricional, no vaya a suceder que nuestro organismo tenga algún miembro vital afectado por alguna lesión que esté poniendo en peligro nuestra vida cristiana.

Para mí el vivir es Cristo, decía San Pablo. Si Cristo no está en mi vida, mi vida está muerta, y mi hacer cristiano también. Dios es el creador del Cielo y de la tierra. El mundo, como todo lo que Dios ha hecho, es radicalmente bueno. Dios  se ha hecho hombre para que el hombre pueda ser Dios. Dios es el “benevolente”; el “benedicente” y el “benefaciente”. Dios es el Salvador del mundo y nosotros somos sus colaboradores, y tenemos que capacitarnos para poder cumplir nuestro cometido.

No olvidemos que un mundo sin Dios es un mundo empobrecido. Y el hombre de hoy padece este empobrecimiento porque rechaza a Dios. Y Dios, morador del cielo, quiere morar también en el mundo, y llama a la puerta del hombre, pidiendo asilo, pero el hombre se hace el sordo, y no le abre. Es más, el mismo Dios nos pide a los cristianos que seamos apóstoles de nuestros hermanos. Pero como nadie puede dar aquello de lo que él carece, nos urge llenarnos nosotros de Dios, para que contagiemos de fe a todos los que pasan a nuestro lado, recorriendo los caminos de la tierra. Vayamos a las fuentes de la gracia: dialoguemos con el Señor en un clima de oración humilde; frecuentemos la vida sacramental, y así avituallados con perfume de divinidad, contribuyamos a que esta sociedad en la que no hay espacio para Dios, se impregne de fe y de buenas costumbres, ya que ésta es nuestra misión en la Iglesia.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

 

domingo, 11 de septiembre de 2022

O DOCE NOME DE MARÍA

Cando lles nace un bebé a uns pais crentes, apresúranse a bautizalo para facelo cristián e, á vez, asígnanlle un nome co cal o inscriben no rexistro civil e no libro parroquial, nos cales se manterá para sempre.

Con todo, na denominación do neófito non sempre se comportan correctamente á hora de elixir o nome que levará o neno, pois para eles conta máis o gusto da familia, que o significado do nome que se lle impón á criatura, porque así o queren os seus proxenitores, ou porque ese nome tamén o levan outros membros da familia, aínda que o seu significado non faga referencia algunha ao neno. 

A este respecto pode servirnos de exemplo o caso de que a alguén se lle impoña o nome de “Felipe”, que significa “amigo dos cabalos”, porque así lles parece ben aos seus pais ou padriños, sen pensar se o denominado “Felipe” xamais poida ter referencia algunha á equitación.

Non ocorreu así cando o Pai Celestial regalounos á súa nai como nai nosa: denominouna co apelativo de “Raíña e Nai” porque estes dous termos expresan o que a Santísima Virxe é en si e cal é o seu labor connosco. Raíña indica o sumo poder e afecto que lle deu Deus para velar por nós, e nai expresa a singular tenrura con que nos acepta como fillos. Raíña é a persoa que exerce o poder rexio por dereito propio ou conxuntamente co seu consorte o príncipe soberano dun Estado.

Pois iso é a Santísima Virxe, a persoa que, por designio da divina providencia, inflúe eficazmente na historia da humanidade, porque así o quixo o Señor, cando no intre cume da redención, diríxese ao Apóstolo Xoán, que representaba a toda a Igrexa, con estas palabras: “Fillo, aí tes á túa nai. Nai aí tes ao teu fillo” e, como a palabra de Cristo é palabra operativa, naquel momento, María quedou convertida na omnipotencia suplicante, e o seu corazón quedou feito corazón maternal para todos nós.

Por vontade de Xesús, en María os cristiáns temos o remedio de todos os males e a fonte de todos os bens. A palabra do Señor que enriqueceu o corazón de María co don da realeza e da maternidade universal, é aceptada incondicionalmente pola nosa Señora, e debe selo tamén polo corazón dos homes, porque paternidade e filiación condiciónanse mutuamente e, dalgunha maneira, tamén a nosa vontade condiciona o plan de Deus.

A vontade de Deus é sempre salvifica, e a súa vontade ninguén pode torcela, pero a realización do seu plan salvifico pode verse frustrada pola vontade do home que sempre ten a última palabra. De aí a nosa gratitude a Deus connosco, pero tamén a nosa responsabilidade ante a súa vontade salvífica, que, a pesar dos seus mellores dons para nós, respéctanos tanto, que a última decisión déixanola a cada un de nós.

Pidamos pois a María, a omnipotencia suplicante, que interceda pola nosa humanidade pecadora, para que converta a nosa resistencia á graza nun sincero si ao plan de Deus, a fin de que o plan salvífico do Señor sexa un patrimonio universal da humanidade.

Indalecio Gómez Varela

Cóengo da Catedral de Lugo

 

miércoles, 7 de septiembre de 2022

CRISTIANISMO DIALOGANTE

A relixiosidade implica diálogo entre Deus e o home. O diálogo é intercambio de ideas e de sentimentos entre Deus e o home. No diálogo relixioso a iniciativa sempre é de Deus, que se revela ao home como verdade e como benfeitor. Deus é o creador; amigo e Salvador que na súa actitude amorosa, reclama unha correspondencia de fidelidade afectiva. O diálogo relixioso enriquécese co coñecemento mutuo entre Deus e o crente. O coñecemento relixioso non é tanto froito do estudo teolóxico, senón máis ben consecuencia de trato amoroso entre Deus e o crente. Deus achégase ao home, e maniféstase como próximo, amigo e Salvador, provocando no cristián confianza e seguridade. A imaxe que Deus presenta está saturada de cordialidade, de proximidade e de xenerosidade prometedora, o cal provoca admiración e afecto no corazón do home, e é así como xorde a dimensión dialogal do cristián co Señor. O amor pide correspondencia e proximidade de intimidade oracional. Un día preguntáronlle ao intelectual francés Tagore, se coñecía a Xesucristo, e el contestou: “coñézoo pero non o trato”.

O coñecemento relixioso non é un coñecemento teolóxico (que tamén), senón máis ben un coñecemento cordial. A riqueza do corazón é o amor, e condiciona as relacións e o comportamento dos amigos. As relacións dos amigos non son meramente informativas, senón intercambio de sentimentos. Transvasamento de mutuas inquietudes e ilusións. E todo isto converte en diálogo o trato entre ambas as partes. A amizade auténtica converte ao amigo “nun ti” do outro.

Pois a este nivel de intimidade debemos elevar as nosas relacións os cristiáns: pasar dunha amizade mercantilista, a unha actitude afectiva de amizade sincera, que nos atraia cara ao outro, como ningún imán pode atraer a forza do seu magnetismo. Cando isto suceda o noso cristianismo empezará a ser evanxélico de verdade. Desde este momento o perfil de Deus é de verdade perfil paterno, e a Xesucristo contemplarémolo como Salvador e a providencia é para nós garantía de plena confianza de fronte ao futuro. A nosa relixión é unha relación de proximidade coa divindade. A intimidade é o que separa o Ceo da terra. E a piedade é o clima que respira todo fiel crente. O seu diálogo co Deus santo é como a súa respiración permanente, como Deus necesita do home para ter a quen amar.

A piedade é a vida cristiá como o aire é a vida do home.

Indalecio Gómez Varela

Coengo da Catedral de Lugo

jueves, 1 de septiembre de 2022

O CRISTIÁN, UN PLAXIO DE CRISTO

O plaxio de Cristo non implica identidade de natureza, senón similitude de comportamento. A identidade da nosa natureza, coa de Xesús sería unha herexía, posto que natureza divina soamente existe unha que comparten por igual Pai, Fillo e Espírito Santo. Xesucristo vive un proceso de obediencia ao Pai. A súa relación co Pai é o nuclear do seu ser de Fillo. O ser de Fillo é o fundamento de toda espiritualidade.

A filiación de Xesús é como un proceso con catro momentos fundamentais: a súa Encarnación (Lc 1,35), o seu Bautismo (Mc 1,11-12), a súa Predicación do Reino (Lc 4,14-18) e a súa Resurrección (Rm 1,4). Neste proceso da súa actuación filial de Xesús está presente o Espírito, en dúas etapas: o descenso da súa vida faise por obra e graza do Espírito Santo; e a súa situación redentora realízase en virtude do divino espírito. O Espírito fainos obedientes ao Pai, como Xesús, e o Espírito fainos fillos co Fillo. Nunha palabra, Cristo é modelo de toda espiritualidade cristiá.

Segundo Von Balthazar, houbo tres tipos de espiritualidades a través dos séculos:

Espiritualidade do heros = tendencia do home cara a un concepto optimista de si mesmo.

Esforzo do home por alcanzar a perfección suprema do seu ser.

A pasividade suprema para deixarse facer polo influxo do Espírito Santo, en orde a ser unha imaxe perfecta dun fillo de Deus.

E segue dicindo que estes tres tipos de espiritualidades condénsanse en conseguir que nós sexamos unha cara visible de Deus, como o é Xesucristo. A imitación desta espiritualidade de Xesús é o que fai que o home chegue a ser como unha nova encarnación do Fillo de Deus.

Cada época acentuou un tipo de espiritualidade, segundo os condicionamentos sociolóxicos e filosóficos do momento. Con todo, Xesús non se deixou influenciar por estes condicionantes históricos do momento, e entregouse incondicionalmente en obediencia ao Pai. Neste sentido, Xesús é o canon da espiritualidade cristiá, que implica a libre disposición do home á vontade de Deus, como fillo, e a plena obediencia ao Creador, como criatura. Esta é a identificación do cristián con Cristo: a súa fidelidade incondicinal ao Pai. Cal é a norma de comunicabilidade da nosa similitude con Cristo? A libre disposición de nós mesmos. Xesús é a plena dispoñibilidade para o Pai e a total dependencia do Pai. Somos homes, en canto somos criaturas e, á vez en canto somos chamados a ser imaxes de Deus, a identificarnos con Xesús. Estamos chamados a ser irmáns de Cristo e fillos de Deus. Non debemos ir sen rumbo pola vida. O punto de partida condiciona o punto de chegada. A natureza do ser condiciona o seu comportamento. As raíces da árbore condicionan o froito das súas ponlas. Pero nos seres racionais, o comportamento só impón a súa racionalidade e condiciónao a súa vontade. No humano a orixe do home é Deus creador, e o seu comportamento, obediencia ao seu señor, e como cristián a súa dignidade é a filiación divina e a súa vocación, a santidade. En consecuencia, o seu labor é discernir, elixir, decidir e vivir. Por ser homes somos libres e, á vez, dependentes, pero en nós dependencia e dispoñibilidade non sempre se identifican, de aí a necesidade do Espírito para que nos indique o camiño e fortaleza no noso bo camiñar.

Indalecio Gómez Varela

Cóengo da Catedral de Lugo