miércoles, 12 de febrero de 2020

EL PODER DE LA ORACIÓN



PRESENTACIÓN: ES HORA DE ORAR
La oración es la respuesta que nos sale del corazón, cuando nos ponemos ante Dios, aquel que nos creó a su imagen. Una multitud inmensa de creyentes nos han llevado al encuentro con Dios, a esos orantes antes de todos los tiempos que encontramos el fundamento de nuestra oración.

El Espíritu Santo que ahora a nosotros, nos hace comprender los acontecimientos que forman nuestro vivir diario. La oración es hoy una realidad en crisis, abandono de la oración vivida como adoración y súplica confiada al Padre; el mundo se mueve por criterios de actividad, trabajo y rendimiento, y olvida lo trascendente, lo espiritual, lo gratuito, se deja la oración como encuentro personal con Dios, para cuando el tiempo lo permita.

Queremos que Dios venga, pero no esperamos encontrarlo " aquí y ahora", no sabemos esperar y escuchar, esa voz suave que habita en nuestro interior, que nos aporta calma y orientación, para responder con esa confianza, que nos lleva más allá de nuestras dudas.

La vida humana es compleja; de lucha y paz, no tiene porque ser una carga que haya que resolver, sino una bendición que hay que aceptar; la oración nace del deseo de Dios, que nos transforma.
  
PRIMERO. QUÉ ES ORAR
La oración, como todo acto de amor, es una experiencia personal, única, nadie puede vivirla por otro, yo miro a Dios amándolo, es buscarlo mas allá de libros o frases, es entrar en relación con Dios, a quién tenemos acceso por Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo, se entrega a nosotros por amor, orar es ponernos en camino todos los días hacia la "tierra prometida", nos dice que lo importante es nuestra actitud interior sincera amorosa, ante el Padre, Dios es amor y está pendiente de cada uno de nosotros, para dar sentido a nuestra vida; la oración es experiencia de amor, que transforma a quienes aman, que engendra personas nuevas porque afecta a todo su ser y los mueve a dar una respuesta de amor: "Vivir sin orar es vivir sin la mejor compañía, sin conocer la paz, la seguridad y la confianza que sólo pueden brotar de Dios. La oración del hombre humilde, es la debilidad de Dios".


SEGUNDO. ISRAEL, UN PUEBLO ELEGIDO: DE ESTE PUEBLO SURGIRÁ LA SALVACIÓN PARA TODOS LOS PUEBLOS
La fe de Israel es histórica; su único Dios se fue revelando a través de sucesivas intervenciones en momentos importantes de su historia. El destierro supuso un drama en la vida y en la fe del pueblo judío; aquello en que se apoyaba, se sentía orgulloso de sus señas de identidad, se vino abajo la tierra de la promesa, la monarquía, la Ciudad Santa, el templo, el culto; la Biblia ha recogido estos sentimientos de frustración y esta crisis de fe en las palabras de los profetas y en los salmos. Nosotros formamos parte de aquellos a quienes Dios dijo: "vosotros sois mi pueblo y yo soy vuestro Dios", que nos ama, que nos transforma; un Dios atento a nuestras súplicas, que oye, mira, recuerda, acompaña, ayuda y bendice, el Señor te llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor.


TERCERO. UN PUEBLO EN CAMINO
-¡Abraham, sal de tu tierra!. Moisés hacia la tierra prometida. Con el comienza la alianza de Dios con su pueblo, ¡haré de tí una gran nación!, la fe se hace obediencia, esa actitud de confianza personal a Dios, que liberó a Israel de la esclavitud de Egipto, es el artículo más importante de la fe del Antiguo Testamento.

Un largo camino, durante cuarenta años a través del desierto, de peregrinar sin tregua por un desierto inmenso, lleno de peligros, de soledad, de sed, de hambre y miedos, todo esto representa la cara sombría del pueblo elegido a través del desierto; pero el desierto tiene también otra cara abierta a la esperanza, el Señor acompaña su pueblo, lo alimenta con el maná, lo conduce como un pastor a su rebaño, hace brotar el agua de la roca, lo protege con una nube de sol, y hace una alianza con el más pequeño de todos los pueblos, constituyéndolo como el pueblo de su propiedad, y le entrega la ley como signo de su amor y su lealtad, la experiencia del pueblo elegido en camino, nos ofrece luz para iluminar los caminos que el Señor quiere que recorramos. "Cuando el camino me canse, no te pido que me hables, sino que me des la mano".


CUARTO. ABRAHAM. LA NECESIDAD DE CONTARLE A DIOS LAS COSAS QUE NOS PASAN
Abraham es el hombre que supo vivir en la presencia de Dios, en el "aquí estoy, aquí me tienes", en una actitud de obediencia y fidelidad a Dios. Sale de Ur de Caldea, su patria, con su familia hacia un país que no conoce y un futuro desconocido, no se apoya en sí mismo ni en los méritos de los hombres, sino en la promesa de Dios, "Haré de tí una gran nación, te bendeciré", mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas, así será tu descendencia, el diálogo entre Abraham y Dios ensalza la justicia de Dios y el poder de la oración, cuando el Dios en que ha confiado le da a su hijo, éste le pide un nuevo gesto de obediencia; el sacrificio de Isaac, y Abraham responde obedeciendo y confiando, aún no entiendo nada.

Nos enseña a orar, a vivir en diálogo con Dios a partir de las promesas, que cada vez que vamos a orar el Señor ya nos está esperando; que nuestra oración es un intercambio con Aquel de quien nos podemos fiar porque nos ama.

Para Abraham, y para nosotros, orar es entrar en el desierto donde no hay caminos, pero con la certeza de que Dios nos acompaña y nunca nos abandona, orar es sembrar semillas en la noche, llenar de luz las oscuridades y las sombras, es regar cada día la flor de la esperanza; en la historia de Abraham aprendemos a encontrar a un Dios sin fronteras, a invocar su nombre, a entrar en su presencia, a escuchar y hacer lo que Él nos pide; preciosa historia la de Abraham, porque no está escrita para brillar por sí misma, sino para enseñarnos a orar, a vivir como creyentes en la presencia de Dios. "No existen educadores, sino personas que muestran a otras lo que hacen ellas para
educarse a sí mismas".


QUINTO. JACOB. EN LAS BATALLAS DE CADA DÍA BUSCÓ EL ROSTRO DE DIOS
La apasionante historia de Jacob, soñó con una escalera, que plantada en la tierra, llegaba hasta el cielo y por la que subían y bajaban ángeles, Jacob se despertó lleno de asombro y llamó a aquel lugar: "morada de Dios".

Jacob da nombre a su pueblo: Israel, y es el antecesor de las doce tribus, su vida está marcada por dos encuentros con Dios; el sueño de Betel y el combate con Dios en el valle de Yaboc, separados por veinte años uno de otro. Es un hombre que nos enseña a buscar el rostro de Dios, en los acontecimientos de cada día, a superar dificultades: Dios está ahí, y nos habla, no está en lo alto de la escalera, sino que está junto a cada uno de nosotros como estuvo junto a Jacob. El mundo de Dios y el nuestro están en contacto, por la que todos tenemos acceso a Dios Padre. Es entonces cuando orar de verdad, no se deja llevar de sus valores personales, ante el gran combate que se le viene encima, se humilla ante el Señor, se queda solo y lucha con un hombre hasta el amanecer, le dice: "suéltame que llega la aurora". Jacob respondió: "no te soltaré hasta que me bendigas".

Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios. Con su fe y su oración, superó la prueba en la noche oscura, Jacob nos enseña a buscar el rostro de Dios en las batallas de cada día.

El Señor libera, acompaña, elige, perdona, transforma, abre las puertas de la vida, como a Jacob se nos pide la prueba de la fidelidad, perseverar en la oración; por Aquel a quien tratamos de llegar; todos los días trata de llegar a nosotros y nos promete: "no temáis, yo he vencido al mundo".

Características de toda la oración y de toda la prueba son: la paciencia, la perseverancia, la confianza; las tres son camino de una esperanza que no defrauda. La paciencia es una virtud que nos enseña a saber esperar el tiempo de Dios para que todas sus promesas, que colma nuestras esperanzas, se cumplan. La perseverancia nos hace comprender que la búsqueda de Dios es un proyecto que dura toda la vida; no es una respuesta inmediata a nuestra oración, sino una luz que brilla en nuestro interior para guiarnos, día a día, a través de nuestras preocupaciones. La confianza nos da fuerzas para afrontar lo desconocido, nos guía en el vacío de la vida con la esperanza puesta en el Dios de las sorpresas y con una sonrisa en nuestro rostro. Jacob no esperaba nada maravilloso en Betel, era un lugar como los otros, solitario e incómodo, era de noche y había que dormir sobre el duro suelo; pero allí le aguardaba un sueño maravilloso, estaba Dios esperándolo, nos espera en cada uno de los momentos y circunstancias de cada día para decirnos como a Jacob: "Yo estoy contigo y te bendeciré a donde quiera que vayas, y no te abandonaré". Ora en la necesidad y sepas orar también, en la plenitud de tu alegría y en los días de abundancia.


SEXTO. MOISÉS: INTERCEDER POR UN PUEBLO DE DURA CERVIZ
Con Moisés la promesa se hace realidad, en el Sinaí, con la entrega de la ley, la alianza se ratifica, Dios viene hasta el hombre, hace un pacto con él, se compromete a llevarlo a la tierra que había prometido a Abraham, el Señor se adelanta a liberar al pueblo, porque Dios se adelanta siempre a amarnos, nos ama antes de que le conozcamos.

Los cuatro libros de Pentateuco hablan de Moisés y le presentan como un hombre de oración, como profeta y como legislador de Israel se adentrará, cada vez más profundamente en la intimidad con Dios, al mismo tiempo que irá recorriendo las periferias de su mundo; incluso morirá en las fronteras de la tierra prometida, contemplándola desde el monte Nebo. El Señor lo eligió para liberar a los israelitas, pero Moisés no se siente preparado para la misión que le encomienda, pensamos que los proyectos de Dios salen adelante por nuestros esfuerzos humanos, y no es así, triunfan cuando utilizamos los medios que Dios nos regala; la humildad, la oración, la gracia, el servicio y la entrega. La historia de Israel es hoy para nosotros prototipo de una humanidad que busca el cumplimiento de sus anhelos más profundos, Jesús es el nuevo Moisés, presencia de Dios en medio de nosotros, es el Profeta de la nueva ley, el Maestro que nos enseña a vivir el evangelio, de las Bienaventuranzas proclamando en esa montaña que representa el nuevo Sinaí. Moisés nos enseña tres actitudes del hombre respecto a Dios, la oración, la alabanza, es el hombre de la intersección y de la acción.

Orar es abrirse a la trascendencia de Dios, entrar en su presencia, responder a su llamada, la alabanza es adoración asociada a la intercesión porque está arraigada en la vida y en los acontecimientos. "Haz to lo que puedas, pide lo que no puedas, y Dios te dará para que puedas".


SÉPTIMO. LOS SALMOS: LA EXPERIENCIA ORANTE
Es el libro más usado de la Biblia en los últimos tres mil años por judíos y cristianos, en principio se llamaba: "Libro de las Alabanzas", se conoce también como "Salterio", porque éste era el instrumento más usado para cantarlos en comunidad, en el Antiguo Testamento, era el libro oficial de himnos, en el templo y en la sinagoga; hoy la Iglesia lo mantiene como libro de oración en el Oficio Divino y en la Santa Misa, en los Salmos palpita la historia del corazón del hombre de ayer y de hoy, y de todos los tiempos; son también la ternura y misericordia de Dios para nosotros; en los salmos están grabadas las experiencias de la fe del pueblo de Dios que aclama, canta, agradece, suplica, busca y anhela al Señor; "dichoso el hombre", esta es la primera palabra que Dios nos dirige, porque no se desentiende de nosotros, nos ama mostrándonos el camino de la vida, toda la realidad del creyente confluye en estas oraciones, que el pueblo de Israel primero y la iglesia después, asumieron como mediación privilegiada de relación con Dios y como respuesta a su revelación en la historia; quien reza los salmos habla a Dios con las mismas palabras que Él pone en nuestros labios, se dirige a Dios con los

sentimientos que Él mismo hace brotar en nuestro corazón, nos enseña a dar gracias, a celebrar la grandeza de Dios, a reconocer la belleza de sus obras. "La oración es música callada y soledad sonora; es un grito amoroso dicho en silencio y manifestado con constancia, es esperar para encontrar, hablar para callar, decir para escuchar".


OCTAVO. UN PUEBLO EN EL DESIERTO
La experiencia que Israel tuvo de Yavé en el desierto marcó su identidad para siempre, por la alianza pasó a convertirse en el pueblo de su propiedad, su tarea y su misión desde ese momento consistía en convertirse en testigo del amor de Dios que le había liberado; la salida de Egipto, el camino a través del desierto y la entrada en la tierra prometida formaron parte del acontecimiento salvador de Dios.

Dos son los desiertos bíblicos en Tierra Santa: el desierto de Judá, al sureste de Jerusalén, limitando con el Jordán y mar Muerto, y del desierto del Heguev, situado más al sur, entre la depresión delAravá a oriente y la frontera egipcia a occidente. Al sur, antes de llegar a Eilat, están los desiertos bíblicos de Zin y de Farán. Dios estaba con el pueblo, pero de un modo velado, esto los llevó a no fiarse de Él, el desierto, desde el primer momento dió vértigo y llenó de temor y recelo a los israelitas, hasta el punto de añorar las cebollas de Egipto, símbolo de la servidumbre y de la esclavitud. La palabra hebrea para designar el desierto es "Midbar", que significa, "conducir o apacentar", y el término que mejor lo traduciría sería "páramo"; de la misma raíz proviene el vocablo "Dabar", que significa "palabra". El desierto es el lugar de la Palabra que crea, saca a la luz, da nombre y hace suyo todo, el desierto ayuda a comprender toda la Historia de Salvación que en él se revela, es el comienzo de una nueva vida; en él se hace la primera alianza, al desierto se retira Elías para renovarla, y será el lugar de purificación para Oseas, el Bautista predicaba la conversión y exhorta a preparar el camino al Señor, y en el desierto, llevado por el Espíritu, comienza Jesús su vida pública. "Soy consciente de que la voz de la Iglesia es a veces, la voz que grita en el desierto".


NOVENO. SUBIR AL MONTE. DIOS ME DA UNA LEY PARA VIVIR
El monte es el lugar de encuentro con Dios, es escenario de las grandes "teofanías"; manifestaciones de Dios. Subir al monte supone un esfuerzo, hay que elevarse por encima de aquello que nos mantiene apegados al suelo, subir es todo un proceso personal, sólo quien lo vive lo entiende, es una gracia especial, sólo el pobre de spíritu la recibe, a Jesús le gustaba rezar en el monte, para sentir la presencia cercana del Padre. Montes significativos: Horeb/Sinaí: Monte del llamamiento. Hermón: Monte de la conquista. El rocío de Hermón, copioso y fecundo, alimentar los manantiales de donde brota el agua que riega la tierra árida de Palestina. Nebo: Desde esta cumbre Moisés vio la tierra prometida, pero murió sin entrar en Canaán. Olivos: Monte del quebrantamiento. Es el monte donde Absalón se rebeló contra su Padre David intentando usurparle el trono. En este monte, Jesucristo se doblega en obediencia a su Padre Dios aceptando ser Rey en la Cruz. Moriah: Monte de la prueba. "Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac … y ofrécemelo allí en el holocausto". Jesús subirá a otro monte, donde Dios no perdonará su vida … Tabor: Monte de la alabanza y de la Transfiguración. Este monte, situado al sur de la cordillera del Antilíbano domina la llanura de Galilea. Sión: Monte del Gran Rey.


DÉCIMO. MUJERES ORANTES, DEL ANTIGUO TESTAMENTO. CONFIANZA EN EL DIOS DE LA HISTORIA
En aquella sociedad en la que la mujer representaba la debilidad y la inferioridad respecto al varón, fueron ellas las que realizaron grandes hazañas, la experiencia de la debilidad es para nosotros algo negativo, en cambio la fuerza, el poder, nos hacen sentir lástima de aquellos a quienes vemos privados de eso que, para nosotros, significa plenitud. La Biblia nos dice que Dios escoge a los pequeños, las mujeres orantes del Antiguo Testamento, nos ayudan a descubrir los códigos secretos más significativos para nosotros, hoy nos presentan la historia como lugar de revelación y de encuentro con el Dios liberador de su pueblo, un Dios que no soporta la opresión de sus hijos, nos ofrece la alianza como clave de amor gratuito y fiel como posibilidad de una
s relaciones fraternas y no del dominio, nos revelan la confianza en Dios y la esperanza mesiánica del pueblo de Israel. La mujer que Dios ha suscitado en el centro de la humanidad y de la Iglesia, una mujer fiel, un modelo de vida, una madre solícita. María condensa la memoria creyente de su pueblo y las virtudes de aquellas mujeres que brillan con luz propia en la historia de la salvación. "Cuando se trata de luchar por la causa de la mujer, hay que combinar fe y pragmatismo, prudencia y audacia, sin separar la esperanza de la astucia, ni la radicalidad de la flexibilidad".


 Artículo realizado por María, feligresa de la unidad pastoral de San Martiño de Xuvia



miércoles, 5 de febrero de 2020

Sobre lo Divino


     Hemos separado laicalmente a Dios del mundo, incluso lo hemos contrapuesto en un dualismo de tipo maniqueo. Pero al mismo tiempo hemos manipulado clericalmente a Dios o al menos a su nombre, usándolo en vano o vanamente. La verdad es que Dios se ha retirado invisiblemente ante nuestra pretensión de ser dioses en lugar del Dios, lo que no estaría mal si fuera posible y plausible y no una quimera que echa meramente humo. Entre Dios y el hombre hay hoy una escisión o fractura que nos pasará factura, por cuanto resulta insostenible e insalvable tal y como se presenta.

      Por eso proponemos aquí recuperar, más acá del nombre de Dios, su adjetivo “divino”, como una cualidad o calificación de la realidad natural o cultural, humana y extrahumana. Lo divino atañe a una persona o a una situación, a una obra de arte o a una vianda o bebida espirituosa, especialmente a la experiencia estética o religiosa, así como a la vivencia de la belleza y la bondad. Lo divino atañe al sentido de lo sublime como sublimación o trasfiguración, elevación y metamorfosis de nuestra realidad en su evolución. Una evolución que va de la materia al espíritu, pasando por la mediación anímica o del alma como ámbito más propio y propicio del amor y su afección o afecto.

     Porque lo divino comparece específicamente en el amor, lo sabe todo el mundo y es un secreto a voces por pudor, y también por temor al desamor, así que comparece como algo sagrado aunque a menudo degradado. Ya Sócrates y Platón consideran el amor como divino con algún reparo, ya que es una especie de duende semidivino y revoltoso, simbolizado por el niño Cupido; por ello el amor es la deconstrucción y reconstrucción del mundo. Será el cristianismo el que radicalice lo divino como amor y el amor como divino, al menos si involucra o incluye la caridad, tal y como se muestra en la figura divina de Jesús de Nazaret. En donde su divinidad resplandece en su humanidad, cuando resume o condensa la fe y la esperanza humanas en el amor de compasión por el otro; pues el amor radical al otro significa ya creer y esperar en la otredad radical. De este modo, la idea platónica del bien o bondad se encarna en el Dios cristiano de Jesús.

     El amor es una esfera inmanente o humana pero trascendente o divina, por cuanto remediadora de nuestra finitud abierta al infinito. El tiempo del amor se abre al espacio de la eternidad, elevando el cuerpo sensual al espíritu celeste a través del alma afectiva. Por eso el amor simboliza el cielo de nuestra felicidad encarnada dolorosa o dolosamente en la tierra, la apertura no hacia abajo de signo nihilista, sino hacia el horizonte del sentido en cuanto destilación o sutilización de lo sentido. Esta operación simbólica o alquímica requiere una vivencia estética o religiosa, en todo caso amorosa. Se trata de una experiencia que no detiene el tiempo, sino que lo contiene extática o místicamente, salvaguardándolo morosa y amorosamente. Yo diría que en esta situación-límite se da un intento de redimir o salvar a nuestros propios démones o pasiones, así traspuestos simbólicamente, al modo como la pasión, padecimiento o sufrimiento nos hace supurar y superar lo sentido en el sentido.

     El simbolismo nos abre el horizonte de lo divino a través del sentido del amor explícito o implícito. Lo sabemos bien en su contraposición al infierno cohabitado por el odio y el desamor, un odio demoníaco que atenta contra lo divino y su humanidad o humanización. Porque el amor es religador e implicativo, mientras que el odio es desligador y disolutor. El mismísimo André Gide se dio buena cuenta de ello cuando promulgó su religión siquiera laical del amor así: no distingas a Dios de la felicidad. Pues esa distinción resulta peligrosa para nuestra psique humana, y en esta peligrosidad está recayendo errónea e infelizmente el hombre contemporáneo.

Andrés Ortiz Osés, teólogo.

miércoles, 29 de enero de 2020

Iglesia pobre para los pobres


Con toda razón algunas personas se preguntan qué significa la expresión “una iglesia pobre y para los pobres”, tan en boga en el Pontificado de Francisco. Gente de mucha honestidad personal está inquieta porque no sabe si al tener los medios para vivir, -con holgura-, están excluidos de pertenecer a esta iglesia pobre. Con más razón, si se refiere a gente muy rica. Algunos se cuestionan porque si Dios no excluye a nadie, dónde quedan los ricos en una iglesia pobre y para los pobres. Por esto es bueno ahondar en esa expresión. La riqueza no es mala y la pobreza no es buena. Pero la riqueza se torna mala cuando es fruto o produce la injusticia social, cuando “no se distribuye dando a cada uno según su necesidad”, como lo intentó vivir la primera comunidad cristiana (Hc 2, 45). También la riqueza puede llevar al consumismo o al apego a los bienes convirtiéndolos en razón para vivir. En estos casos la riqueza es mala. La pobreza es buena cuando es libertad del consumismo, cuando es solidaridad con los más pobres o como consecuencia del compartir de bienes cuando otros pasan necesidad. También como testimonio de los valores del reino, como explícitamente lo profesan los/as religiosos/as con el voto de pobreza.


      Pero todo esto no se entiende sin mirar al Jesús de los evangelios y el núcleo de su predicación. Su figura es la de un hombre libre, en un contexto pobre. Además, Lucas presenta a Jesús iniciando su misión con el texto del profeta Isaías: “He venido a anunciar la liberación a los pobres, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos” (4, 18). Y toda la predicación de Jesús continua en la misma línea. Sus parábolas denuncian la situación de los más pobres y sus obras buscan transformar todo aquello que afecta a sus contemporáneos. Precisamente porque sus palabras y obras cuestionan una religión que no se compromete con la vida de los más pobres, Jesús es perseguido y crucificado por sus opositores -lamentablemente las instituciones religiosas de su tiempo son las que consiguen esa ejecución- y solo queda la palabra definitiva de Dios en la resurrección: quien tiene la razón en el culto que agrada a Dios es Jesús y no los defensores de la ley y el templo.

     La iglesia ha de hacer visible a Jesús y su misión. Pero, históricamente, las circunstancias la fueron llevando a hacerse poderosa y rica. Ha llegado a tener un Estado – el Estado Vaticano- y al estilo de cualquier organización humana se ha llenado de títulos, honores, privilegios. Como institución humana no puede despojarse de los medios que hacen posible su misión, pero si puede vigilar para que estén al servicio de esta y no sustituyan la libertad de “los pobres de Yahvé” -los que ponen la confianza sólo en Dios-. Sus medios no pueden convertirla en una institución que opaque la sencillez del evangelio o que se empleen para aumentar su poder o prestigio. Toda ha de ser para garantizar la vida de la gente, especialmente, de los más pobres, débiles, sufrientes, de cada tiempo histórico. La iglesia ha de vivir con libertad frente a las cosas de este mundo y dedicarse a que todos los hijos e hijas de Dios tengan vida digna.

     Por lo tanto, querer una “iglesia pobre y para los pobres” es una llamada a una conversión profunda a lo que la iglesia siempre debe ser y a lo que sus miembros deben aspirar. Una vida al servicio de los demás donde se garantice la vida de todos, no solamente de unos pocos. Y ¿los ricos? Pues ayer y hoy pasa lo mismo: los que llegan a entender a Jesús ponen todo al servicio del amor y sin duda su riqueza disminuirá porque se comparte con todos los que lo necesitan. Sin embargo, algunos lo pueden entender, pero irse tristes -como el joven rico del evangelio (Mc 10, 17-22)- porque, el acaparar para sí, es una tentación constante. Y, acomodan la fe a sus intereses y no quieren oír el evangelio. Estos últimos hablan
de la “pobreza de espíritu” y de que se puede ser rico si se tiene esa pobreza espiritual. Todos hemos de tener pobreza espiritual -esa de los pobres de Yahvé de la que ya hablamos- pero también nadie puede tener más de lo que necesita sabiendo que tantos otros -hijos e hijas del mismo Dios- pasan necesidades.

     Definitivamente, el evangelio es un mensaje de conversión y, por supuesto, incomoda, molesta, inquieta. Por tanto, hablar de “una iglesia pobre y para los pobres” no es un mensaje fácil, pero es un mensaje verdadero. Esta es la iglesia que habla de Jesús, del evangelio, de la libertad, de la sencillez, del servicio, del amor. A esto nos llama el momento presente si queremos que la iglesia sea creíble y diga algo a nuestros contemporáneos. ¡Ojala que esta conversión eclesial se haga realidad!

Olga Consuelo Vélez Caro

miércoles, 22 de enero de 2020

A busca apaixonada da Unidade dos Cristiáns


«Nos mostraron una humanidad poco común» (Cf. Hch 28, 2) es el lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que se celebrará del 18 al 25 de enero de 2020
"O papa Xoán estaba convencido de que renovación da Igrexa e a unidade entre os cristiáns debían de ser as dúas caras dunha mesma moeda"
A promoción do restablecemento da unidade entre todos os cristiáns é un dos principais obxectivos do Concilio Vaticano II”. Con estas verbas iniciais, o decreto conciliar Unitatis redintegratio, non só nos presentaba o que é o ecumenismo, senón tamén o que fora un dos principais desafíos que se propuxo o Concilio: a busca apaixonada da recomposición da unidade perdida entre os cristiáns. Cando dicimos apaixonada referímonos á actitude do papa Xoán XXIII, en primeiro lugar. Esta paixón xa fora nacendo nel durante a súa experiencia como diplomático pontificio; pero, sen dúbida, naceu tamén na Semana de Oración pola unidade dos cristiáns. Non en van anunciou a convocatoria do Vaticano II ao final desa Semana, o día 25 de xaneiro de 1959, festa da conversión de san Paulo. Este feito indica ás claras que o papa Xoán estaba convencido de que renovación da Igrexa e unidade entre os cristiáns debían de ser as dúas caras dunha mesma moeda. E así, xa dous anos antes do comezo da asemblea conciliar, o 5 de xuño de 1960 constituíu o Secretariado para a Unidade, encargándolle a súa dirección ao xesuíta alemán Agostiño Bea.
Paulo VI, pola súa banda, tamén estaba convencido desta estreita relación entre renovación da Igrexa e promoción da unidade entre os cristiáns. Sen necesidade de renunciar á propia verdade católica, tratábase de vela con outros ollos, os ollos de Deus. Nese Misterio, que ha de manifestar a Igrexa, hai unidade, pero tamén diferenza ou diversidade simultánea. Por iso a Igrexa, sendo “icona da Trindade” (Bruno Forte), non pode máis que promover o espírito de comuñón en todas as súas facetas, especialmente en relación co movemento ecuménico:
Queremos implorar o sopro do Espírito Santo sobre o movemento ecuménico. Desexamos repetir a nosa emoción e o noso gozo polo encontro – cheo de caridade e non menos que de nova esperanza- que tivemos en Xerusalén con Patriarca Atenágoras; queremos saudar con respecto e con recoñecemento a intervención de tantos representantes das Igrexas separadas no Concilio ecuménico Vaticano II;… con amor e con reverencia saudamos a todos estes cristiáns na espera de que, cada vez mellor, poidamos promover con eles, no diálogo da sinceridade e do amor, a causa de Cristo e da unidade que El quixo para a súa Igrexa” (Ecclesiam suam, 52).
Seguindo esta liña, os Papas que viñeron despois continuaron a promover e profundar na tarefa ecuménica. Estamos seguros de que a historia lle fará xustiza a Xoán Paulo II, que alentou a firma da Declaración Conxunta sobre a doutrina de Xustificación xunto coa Federación Luterana Mundial (31 de novembro do 1999). Con iso rompíase un muro de cinco séculos.

Pero, se temos que falar de verdadeira paixón, non temos outra que destacar as verbas e os xestos do papa Francisco, pois el foi en persoa a conmemorar cos Luteranos o aniversario da Reforma, o 31de outubro do 2016 en Lund (Suecia). Con elo recoñecía na práctica que a Igrexa sempre necesita reforma e renovación, para ser fiel a Xesús; e que, polo tanto, o obxectivo final de Lutero non era o de facer outra Igrexa senón o de acadar unha Igrexa máis evanxélica, como dicía o coñecido teólogo protestante W. Pannenberg. É mais, segundo el, a división da cristiandade foi un fracaso para todos. Por iso, o éxito da Reforma chegará solo no momento en que as divisións poidan ser superadas definitivamente e se poida vivir unha unidade na que todos se sintan recoñecidos na súa diversidade (Ética e Eclesioloxía). O apóstolo Paulo márcanos o camiño a seguir para esa meta final: “Un so corpo e un so Espírito, así como unha é a esperanza á que fostes chamados. Un só Señor, unha soa fe, un só bautismo, un só Deus e Pai de todos, que está sobre todos, por todos e en todos” (Ef 4, 4-6).


martes, 21 de enero de 2020

O Inferno existe


Fai uns domingos (O domingo XXVI do Tempo Ordinario) quedaba clara a existencia do Inferno na lectura do Evanxeo (Lc 16, 19-31) coa parábola coñecida como a do pobre Lázaro e o rico Epulón. Ademais, dábanse detalles de como é a vida de lugar infernal: «estando no inferno, no medio dos tormentos», «porque me torturan estas chamas», «que non veñan a este lugar de tormento».

Lembro que unha vez estando nunha comida na que o único cura era un servidor, saíron os temas típicos cando hai un cura diante, entre eles o do inferno. Unha persoa entrada en idade dixo que ela, sendo cristiá practicante, non cría que iso do inferno existise e apelaba á misericordia infinita de Deus. Enseguida os demais tamén empezaron a opinar na mesma dirección. Despois de falar moitos deles, esperábase a miña resposta. Só me limitei a dicirlles que se non existía o inferno entón non eramos libres. Produciuse un silencio unánime duns segundos e, sen dicir nada máis, todos caeron na conta de que é así: se non hai inferno, non podemos escoller e, por tanto, non somos libres. Naquela comida o tema de inferno quedou resolto.

Na homilía do domingo que lles dicía ao principio, que este ano foi o 29 de setembro, tamén falei destas cousas: a relación do Inferno coa liberdade. Non faltou xente que se achegou a min para exporme as súas dúbidas e apelar, outra vez, á infinita misericordia de Deus, da que eu tampouco dubido e que, ademais, experimento todos os días.

Pero unha cousa é a misericordia de Deus e outra nosa liberdade, xa que Deus, sendo omnipotente, non pode salvarnos se nós non queremos. Dito doutro xeito, se hai alguén que non queira ir a ceo debe ter outro lugar onde ir. Se o prefiren, se non quere ir á vida eterna (Ceo), só queda ir á morte eterna (Inferno), dado que a vida terrea e histórica un día terminará.

Hai dúas cousas que os humanos temos especialmente en grao infinito: a capacidade de amar e a liberdade. Para todo o demais estamos afectados pola nosa condición de seres limitados, pero para estas dúas, non. Sempre podemos amar máis, até o extremo de dar a vida. E tamén somos libres de modo infinito, até o punto de poderlle negar ao mesmo que nos creou. Deus puido crearnos cunha liberdade relativa para que nunca desobedecésemos unha orde súa e sempre fósemos fieis a El, pero non o fixo. No relato da creación da Xénese queda claro isto que acabo de dicir. Ademais, se é que nós non o facemos, podemos ver todos os días a persoas que negan a Deus, que blasfeman contra El, que renegan del. Todo isto é unha proba máis da infinita liberdade que Deus nos deu.

Sendo así, se negamos ou rexeitamos a perfección infinita de Deus, non nos queda outra opción que a imperfección infinita. Para temporal e relativo abonda o de agora. O de despois será todo infinito, para a perfección ou para a imperfección, pero infinito en todas as súas dimensións.

Quizais, chegamos a este momento, poida parecer todo moi complicado, xa que dicimos que somos libres, pero con só dúas opcións para escoller: unha boa e outra mal, polo que case estamos obrigados a escoller só a boa, co cal, xa tampouco somos libres. O erro está no noso concepto de liberdade. Liberdade non é escoller o que me dá a gana ou o que me apetece, xa que, por outra banda, isto converteríanos en escravos. Liberdade é escoller o bo, belo e verdadeiro.

Miguel Ángel Álvarez Pérez

Párroco da Fonsagrada

martes, 7 de enero de 2020

As procesions ou como sacar aos santos de paseo


Antes de nada, quero pedir perdón polo título. Quizais non sexa o máis axeitado, pero xa se sabe que ultimamente, os títulos están máis para enganchar ao persoal que para facernos un resumo do artigo.

Os que me coñecen, saben que un dos meus intereses como cura é contribuír a que teñamos unha fe e unha práctica desta o máis auténtica posible. Que sexa unha fe que dea sentido á nosa vida e non só un cúmulo de tradicións e sentimentos dos cales descoñecemos xa a súa orixe.

Unha vez máis quero aclarar que non xulgo a bondade ou maldade dos fieis, pois ben sei que a maioría das veces que o facemos mal respecto das cousas da fe non é con mala intención, senón por descoñecemento ou por unha simple traizón dos nosos sentimentos. Tampouco quero pecar de iconoclasta.

Vimos do verán, tempo de festas e, por tanto, de procesións despois (ás veces antes) das misas. Quizais deberiamos empezar por lembrar o que é unha procesión. Abóndanos acudir a calquera dos dicionarios que hai na Rede:

«(Do latín processus, acción de avanzar). Camiñar comunitario dunhas persoas detrás doutras con sentido relixioso. Na liturxia romana da Misa hai varias procesións […] Durante o ano litúrxico están sinaladas procesións especiais […] Ademais adoitan facerse procesións fóra do templo levando o Santísimo Sacramento baixo palio ou as imaxes da Virxe María ou dos santos nas súas festas» (Aciprensa).

Poderiamos engadir a esta definición que unha procesión é tamén unha manifestación pública da nosa fe, na que pedimos a intercesión dos santos para que o Señor bendiga as nosas cidades, pobos ou campos. Supoño que estamos todos de acordo coa definición. Pero correspóndese coa realidade?

Despois dun verán de festas e «procesións» teño a sensación de que o que estamos a facer é máis ben sacar as imaxes dos santos de paseo, tratando de terminar pronto, á vez que pasamos polo medio dun corredor, no que ao carón están xa algúns co vermut na man, do outro un exército de paparazis cos seus móbiles inmortalizando o «paseo» e, por detrás, a banda tocando a peza acostumada para este momento.

Só unas poucas persoas da multitude que está no campo da festa ou nas rúas fan o percorrido da procesión cun auténtico sentimento relixioso e como unha profesión pública da fe. Por certo, que a orde nas procesións é o contrario a como o facemos habitualmente: primeiro os fieis en dúas filas, detrás da cruz procesional, e, por último, as imaxes dos santos.

Falamos da procesión como unha manifestación. Se se fixan, as manifestacións civís (normalmente reivindicativas) teñen unha estrutura semellante ás relixiosas, tanto na forma como o fondo: dar a coñecer unha causa e mostrar o noso apoio detrás dunha pancarta (estandarte) identificativa cunha mensaxe. A ninguén se lle ocorrería ir a unha manifestación sen coñecer ben os motivos desa manifestación ou só ir por ir ou ir rindo dos demais.

Non sei, quizais nas nosas procesións tamén teñamos que dicir iso de «non nos mires, únete, non nos mires, únete!», para que outros tamén poidan descubrir a grandeza e o gozo de seguir, como fixeron os santos ao máis grande, Xesucristo, e que non quede todo en sacar aos santos de paseo unha vez ao ano.
Miguel Ángel Álvarez

Párroco da Fonsagrada

domingo, 29 de diciembre de 2019

"Teño que ir a un funeral"

Do tema funerario sabemos moito os curas, pero non só os curas. En Galicia consérvase o bo costume de «estar» á beira de quen perdeu un ser querido. Por iso os funerais celébranse case sempre coa asistencia masiva de veciños e amigos. Tamén se dá a coñecer a noticia do falecemento de alguén por todos os medios: necrolóxicas murais nos lugares habituais da localidade, as que se publican en prensa ou radio e, ultimamente, tamén nas redes sociais e por correo electrónico.
Os curas temos que estar sempre dispoñibles para cando xorde un funeral e facelo o día e á hora que a familia considera mellor. Non importa que haxa outra cousa na axenda. Todo queda en función da vontade da familia. Por suposto que ninguén quere unha Misa de funeral antes das doce da mañá nin despois das cinco ou sete da tarde, dependendo de se estamos no verán ou inverno. O mesmo sucede cos aniversarios. E o rosario ou Misa de velorio tampouco ninguén os quere antes das oito da tarde para que poidan vir os que traballan até esa hora.
Podería contar aquí unha ducia de anécdotas relacionadas coa data e hora de funerais de enterro e aniversarios polas que non saberiamos se rir ou chorar, a pesar do delicado do asunto.
Con esta descrición das cousas que acabo de facer pode concluírse doadamente que o defunto é o que menos nos importa nun funeral. E isto xa sería o colmo dos colmos. Pero nesas estamos. Xa sei que o defunto pertence a unha familia e que nestes casos todo vai unido. Pero tamén é certo que todo o que se fai é en función da familia e dos amigos da familia: «para que poidan vir».
Entón, que pasa co defunto?, que beneficios teñen para el os pésames en forma de abrazo, firma ou tarxeta (agora tamén por correo electrónico) que se lle dan á familia? Por certo, o momento da paz e da comuñón da Misa non é para dar o pésame á familia, que tamén hai moito disto: persoas que non van nunca a Misa e ese día van e, ademais, comulgan, asegurándose así de que os viron os da familia.
Insisto, teñamos coidado de non esquecer o defunto cando imos a un funeral. Unha cousa é o acompañamento á familia, que o temos claro, e outra cousa é o que podemos e debemos facer por unha persoa cando rematan os seus días neste mundo.
Se somos cristiáns e imos á celebración dun funeral cristián, a primeira cousa que temos que facer é pedirlle a Deus que sexa misericordioso co defunto por quen estamos alí e que lle conceda a vida eterna. E a segunda é a de facer memoria do defunto ante Xesucristo. Isto faise participando como se debe na Eucaristía, estando con actitude de oración e cun silencio respectuoso tanto no interior da igrexa como na procesión cara ao cemiterio e no momento da inhumación.
O do silencio respectuoso serve tamén para os non cristiáns e para os funerais civís. É que, ademais, sabemos como facelo. O mesmo silencio e respecto que hai cando se trata da morte dun mozo tamén debe habelo cando é unha persoa maior.
Cando vaiamos a un funeral non vaiamos só por quedar ben coa familia, vaiamos tamén polo defunto que necesita das nosas oracións. Se o facemos así, todo será moi distinto.
Miguel Ángel Álvarez Pérez
Párroco da Fonsagrada

martes, 24 de diciembre de 2019

RECEMOS JUNTOS EN ARAMEO


No quiero decir ninguna palabra; quiero rezar. En el mundo hay demasiadas palabras y demasiado pocas oraciones. Y quiero rezar el Padrenuestro. Pero me van a permitir hacerlo en arameo.

El Padrenuestro en arameo es una de las pocas oraciones que existen, tal vez la única, que pueden rezar juntos un judío, un cristiano y un musulmán. Un judío puede rezar el Padrenuestro en arameo porque Jesús era un buen judío, y porque los judíos han hablado arameo durante siglos. Un musulmán puede rezar el Padrenuestro en arameo porque los musulmanes defendemos que Jesús es musulmán, que predicó el Islam y que en el Evangelio hay guía y luz para los que lo siguen. Y, por razones obvias, un cristiano puede rezar el Padrenuestro, más aún si se le pide que lo haga en el idioma de Jesús.

Así pues, recemos:

ᵓAḇūn dəḇashmayyā
neṯqaddash shəmāḵ
ti(ᵓ)ṯē malkūṯāḵ
nehwē ṣeḇyānāḵ
ᵓaykannā dəḇashmayyā ᵓāp ba(ᵓ)rᶜā
haḇ lan laḥmā dəsūnqānan yawmānā
washḇūq lan ḥawbayn
ᵓaykannā dā(ᵓ)pḥənan shəḇaqn ləḥayyāḇayn
wəlā taᶜlan lənesyūnā
ᵓellā paṣṣān men bīshā
meṭṭul dəḏīlāḵ (hy) malkūṯā
wəḥaylā wəṯeshbūḥtā
ləᶜālam ᶜālmīn

El problema está en saber qué hemos dicho. Porque el Padrenuestro, la oración que los cristianos se enorgullecen de haber aprendido de labios de Jesús, no dice lo mismo si se traduce del latín, del griego o del arameo. Dependiendo del idioma en que lo transmitamos se piden unas cosas a Dios, o se piden otras; dependiendo del idioma, es una oración creada para gentes muy sencillas (pescadores, campesinos, mercaderes…) de la Galilea del siglo I, o para una clase media burguesa más o menos formada religiosamente a partir de categorías abstractas grecolatinas.

Una traducción literal de lo que hemos dicho en arameo sería:

Padre nuestro de los cielos,
sea consagrado tu Nombre.
Viene tu Reino:
se cumple tu deseo,
tanto en los cielos como en la tierra.
Danos diariamente el pan de nuestra necesidad,
y líbranos de nuestras deudas,
así como también nosotros liberamos a nuestros deudores.
Y no nos traigas enfermedad,
sino ponnos a salvo de lo dañino.
Porque tuyo es el Reino,
y la Fuerza y la Gloria,
por los siglos de los siglos.

En el Padrenuestro en su versión oficial pedimos a Dios que nos perdone nuestros pecados u ofensas, así como nosotros se las perdonamos a otros, pero en arameo lo que se pide a Dios es que nos libre de las deudas, de las hipotecas, así como nosotros liberamos de sus compromisos a los que nos deben dinero, literalmente, a los que están a merced nuestra. [ḥawbā: deuda económica]. En el Padrenuestro en su versión oficial pedimos a Dios que no nos deje caer en tentación, pero en arameo lo que se pide a Dios es que no nos ponga a prueba, que no nos traiga enfermedades. [nesyūnā: enfermedad, prueba, dificultad]. En el Padrenuestro en su versión oficial pedimos a Dios que nos libre del Mal (en algunas versiones, incluso, del Maligno), pero en arameo lo que se pide a Dios es que nos evite daños y sufrimientos [bīshā: lo dañino, lo triste, lo que nos debilita].

Es evidente que en su versión aramea el Padrenuestro está más cerca de la vida (nos habla del pan, de la necesidad, de la enfermedad, de la tristeza, de las trampas económicas, de lo dañino…) y más lejos de los conceptos religiosos (pecado, tentación, Mal…). Pero la mayoría de los cristianos siguen reacios a oír a Jesús hablando en arameo, por miedo de adónde pueda conducirles su palabra. Ojalá toda esta situación cambie en los próximos años; ojalá permitamos a Jesús volver a hablar en su lengua. Ojalá que Jesús no tenga que decirnos nunca: «Antes de que cante el gallo dos veces, habrás negado tres, que yo hablaba arameo».

domingo, 21 de mayo de 2017

LECTIO

DOMINGO VI DE PASCUA
(Ciclo A: 21 de maio 2017)

            O tempo de Pascua que estamos a celebrar nestes domingos, despois da festa do domingo de Resurrección, está preto do seu remate. O próximo domingo é xa a festividade da Ascensión do Señor e, no seguinte, a vinda do Espírito Santo, o día de Pentecoste.
            Por iso neste domingo de hoxe atopamos xa ideas e pensamentos que teñen abondo que ver tanto coa Ascensión do Señor como co don e agasallo infinito que Xesús nos vai facer: o Espírito Santo.
            En canto cristiáns, é dicir, en canto crentes na palabra e na revelación que Xesús fai á humanidade de como é Deus, a Trindade deste noso Deus ocupa un lugar esencial. Sobre este misterio infinito, que é Deus, dános Xesús a entender de diversas maneiras que está constituído (por así dicilo) por algo ó que a reflexión cristiá veu chamar despois as tres “persoas” divinas. O único Deus noso é a persoa do Pai, a persoa do Fillo e a persoa do Espírito Santo. Algo así como sobre unha familia moi unida se podería dicir que as distintas figuras que a compoñen, o pai, a nai e mailos fillos ou fillas, a pesar de seren diferentes entre si, forman unha única realidade.
            Non se trata de que os cristiáns queiramos complicar as cousas. O que pasa é que é Xesús mesmo, en primeiro lugar, quen veu comunicarnos e quere comunicarmos a grandeza infinita e incomprensíbel dese Deus Pai, que se converte con Xesús en Pai noso tamén. Se, segundo viamos no anterior domingo, Xesús podía dicir de si mesmo que quen o ve a el ve tamén a seu Pai, é xustamente porque a persoa de Xesús forma desde sempre unha unidade co seu Pai, aínda sendo diferente del.
            Mais, en segundo lugar, nas Lecturas fálasenos ademais doutra “persoa”, en unidade co Pai e co Fillo, neste misterio grandioso do noso Deus. Xesús dinos que ós que o amamos a el daranos “outro Paracleto”, para que, tal como se nos di, “estea decote connosco: o Espírito da Verdade”. O “Paracleto” é unha palabra grega que significa “auxiliador” ou “dador de consolo”. Este “Espírito da Verdade” ou “ou dador de consolo” é o que chamamos, de maneira máis habitual, o “Espírito Santo”.
            O Espírito Santo convértese así para nós en presenza viva e actuante de Xesús  en nós a través de tódolos tempos da historia humana. En nós e tamén en cantos veñan despois de nós. É dicir, en cantos historicamente non fomos testemuñas directas da vida, morte e resurrección de Xesús. Deste Espírito diranos Xesús que estará “onda nós” e “en nós”.
            Un Xesús, que está dalgún xeito de despedida, déixanos neste don en certo modo a si mesmo ó nos dar e regalar o seu “Espírito Santo”. “Non vos deixarei orfos”, dinos Xesús.
            Sen dúbida, é bo que a nosa fe cristiá nos dea receitas morais para tantas e tan diversas situacións e problemas cos que nos atopamos e atoparemos na vida. Mais coido que é case máis importante aínda que nos acostumemos a ver este fondo grandioso e marabilloso da nosa fe e que Xesús nos comunica.
            Acostumarnos, pois, a darmos grazas a Deus (non o esquezamos: a “Eucaristía” significa “acción de grazas”), a darmos grazas a Deus, digo, pola súa grandeza, polo seu misterio. Un misterio de amor que el nos quixo comunicar, manifestando así o aprecio que el nos ten. Os segredos só se comunican a aqueles cos que se ten confianza. E Deus comunicounos a nós quen é El, como é El e como nos quere.
            Deus quere facer do mundo, de toda a humanidade, de toda a creación, unha realidade unida, mais con persoas e grupos humanos e sociais que son e queren seguir sendo diferentes entre si. Unha realidade unitaria o máis semellante posíbel a esa unidade entre Pai, Fillo e Espírito Santo que quere, respecta e ama porén a mutua diferencia.
            Pero hai algo máis aínda. Esta unidade da humanidade, que respecta e quere a diversidade e a diferenza no interior de si mesma, está chamada a se realizar plenamente no interior de Deus mesmo, por moi incrible que isto poida parecer.
            Lembremos unha vez máis aquilo do apóstolo Paulo de que “en Deus vivimos, nos movemos e existimos”. Mais é Xesús mesmo quen nolo di e nolo promete tamén cando lles anuncia ós seus discípulos: “Naquel día coñeceredes que eu estou en meu Pai, e vós en min, e eu en vós”.
            É dicir, os plans de Deus consisten en que todos esteamos e vivamos en Xesús e el no Pai. Unidos, pois, a Deus, sendo nós ó mesmo tempo nós mesmos. Eses son os grandiosos e inimaxinábeis plans de Deus sobre nós.
            Todo isto é o que teriamos que ir interiorizando e asumindo con alegría nas nosas vidas. Deste xeito poderemos converternos en luz e calor para toda persoa que se atope connosco e queira coñecer o segredo das nosas vidas, que no fondo consiste en sentírmonos felices porque Deus é o noso Pai e deste modo consideramos os demais como irmán nosos.
            Daremos así cumprimento tamén ó que nos pide o apóstolo Pedro na súa carta: “estade sempre dispostos –dinos Pedro- a responder a todo aquel que vos pida razón da esperanza que levades dentro”.
            Porque o que máis precisamos todos é sermos capaces de “esperar”. Porque sen esperanza non se pode vivir. E vivir é o que todos en definitiva máis desexamos. Pois ben, Xesús prométenos a vida. Porque el mesmo non é senón Vida: “Eu son o camiño, a Verdade e a VIDA”. Ou como se nos di hoxe no texto do evanxeo: “Eu vivo e tamén vós habedes vivir”.
            Por iso esperamos e por iso somos capaces de esperar.

CREDO

ORACIÓN DOS FIEIS
Deus, noso Pai, a Ti, que nos mandaches o teu propio fillo Xesús como “o camiño, a verdade e a vida”, dirixímosche a nosas oracións, por medio do teu Fillo Xesús e na forza do Espírito Santo, dicindo: Escóitanos, Pai.
TODOS: ESCÓITANOS, PAI.

- Apréndenos, Pai, a verte a Ti en unión trinitaria e misteriosa co teu Fillo Xesús e co Espírito Santo.
Todos: ESCÓITANOS, PAI.
- Axúdanos, Pai, a vermos toda a humanidade, unha e diferente, como reflectindo dalgún modo a túa Trindade, que é tamén e antes ca nós unha e diferente
Todos: ESCÓITANOS, PAI.
- Concede, Pai, á túa Igrexa saber anunciar con agradecemento e alegría ó mundo como es Ti, un e diferente, e como debemos ser tamén nós, unidos e diferentes.
Todos: ESCÓITANOS, PAI.

            Pedímoscho, Pai, por Xesús Cristo, Fillo teu e irmán noso, na unidade co Espírito Santo. AMÉN.



Manuel Cabada Castro

domingo, 7 de mayo de 2017

LECTIO

DOMINGO IV DE PASCUA
(Ciclo A: 7 de maio 2017)

As lecturas da Eucaristía teñen desta vez un ton marcadamente bucólico, aínda que ó tempo moi esixente. Oímos nelas falar de pastores e pegureiros, do bo pastor, do curral das ovellas, das ovellas extraviadas. Fálasenos de que Xesús é o bo pastor, de que coñece as súas ovellas e de que elas o coñecen a él. Nos tempos de Xesús era unha estampa habitual da súa terra e da súa cultura popular e.
Tamén nos meus tempos de rapaz as ovellas facían aínda acto de presenza na miña aldea natal do interior da provincia de Pontevedra, cando as botabamos pola mañá para pastar ou volvían á tardiña para a casa dos seu respectivos donos. E nisto das ovellas Galicia e Galilea, máis alá da semellanza dos nomes, teñen bastante que ver. Dentro de Galicia, especialmente a nosa provincia de Pontevedra. Por algo será que, se mirades nalgún buscador electrónico, dirásevos que onde máis apelidos “Ovelleiro” hai é xustamente na provincia de Pontevedra e con bastante diferenza respecto das outras provincias galegas. Os “ovelleiros” eran as persoas que tiñan ou gardaban ovellas ou as levaban a pastar. Hoxe, se non o apelido, este oficio está reducido á mínima expresión. Pois ben, Xesús fálanos de que El é o bo pastor: “Eu son o bo pastor. Coñezo as miñas ovellas e elas coñécenme a min”. A comparanza non ten nada que ver con submisións ou calquera xénero de sometemento servil das ovellas ó seu pastor. Hai nesta relación, máis ben, unha corrente igualitaria de coñecemento, igualdade e confianza mutuas. Por iso o pastor coñece as súas ovellas e as ovellas coñéceno a El. Podemos dicir que o  rabaño e o seu pastor forman un todo de mutua confianza, onde non resulta imaxinable rabaño sen pastor nin pastor sen rabaño. Entre as ovellas e o seu pastor, entre nós e Xesús flúe así unha mesma vida, a vida que procede del e do noso común Pai Deus.
Onde isto non é así, non pode haber vida. Por iso fálanos Xesús de que Él non só é o bo pastor, senón que incluso é a porta mesma pola que entran e saen do curral as ovellas. “Eu son o camiño”, proclamara xa Xesús. E, ó dicir isto, vén el indicarnos que nas nosas relacións tanto con Deus Pai coma cos demais non valen supostos atallos que estean á marxe de Xesús e do que el significa. Todo o evanxeo, a boa nova de Deus á humanidade, non fai senón anunciar ó mundo que non hai salvación fóra do amor, fóra do coñecemento e aprecio mutuos, fóra da estima e da defensa da vida  En son a Vida, proclamara Xesús.
Os que empregan outros sistemas ou outras estratexias para se faceren donos das ovellas, non entrando no curral pola porta (que é Xesús e todo o que isto significa), eses son (e deberían selo tamén para nós) “ladróns” e “bandidos”. Se as ovellas non escoitan nin seguen a tales pastores, tampouco deberiamos facelo nós.
Os cristiáns deberiamos ser, pois, persoas que nos esforcemos pola defensa da vida de todos. Coma o bo pastor que quere as súas ovellas e que as defenderá sempre contra calquera inimigo que intente roubalas ou matalas. Coma o pastor que non se aproveita das ovellas para o seu propio interese e que é capaz de correr calquera risco en beneficio delas. Que non é violento cos outros, aínda que o sexan con el. Na carta de Pedro da segunda Lectura dinos Pedro, neste sentido, como debería ser un bo pastor: “Cristo –dinos el- deixounos un exemplo para que sigamos os seu pasos. Él, que non fixo pecado, nin engano se atopou na súa boca, cando o aldraxaban non devolvía aldraxes; mentres sufría, non ameazaba, senón que se puña nas mans do que xulga con xustiza”.
Manténdonos na comparanza utilizada por Xesús do rabaño e do pastor, Xesús opón ben claramente os que proceden mal ós que se comportan ben: os “matóns” opóñense ós defensores da vida. “O ladrón –dinos Xesús- non entra senón para roubar, matar e estragar. Eu vin para que teñan vida e para que a teñan abonda”.
Para que teñan vida e abonda!! Estamos en tempo litúrxico de lembranza e conmemoración da Resurrección de Xesús. O Xesús resucitado é o que nos dá vida aquí e tamén alén da nosa morte temporal. É bo pastor nesta vida e tamén o será na outra.
Como cristiáns, como seguidores de Xesús, temos que especializarnos, pois, en sermos favorecedores da vida e radicalmente contrarios a toda mentalidade ou modo de obrar que dunha ou doutra forma conduza á morte ou ó asoballamento dos demais. Veñen ben aquí as palabras do papa Francisco na súa encíclica “A alegría do evanxeo”, que tanto teñen que ver coa imaxe do “bo pastor”. “A comunidade evanxelizadora –dinos Francisco- métese con obras e xestos na vida cotiá dos demais, achica distancias, abáixase ata a humillación se é necesario e asume a vida humana, tocando a carne sufrinte de Cristo no pobo. Os evanxelizadores teñen así ‘olor a ovella’ e estas escoitan a súa voz”. Para Francisco “olor a ovella” vén ser o mesmo có que el chama tamén “olor a evanxeo”. E neste sentido advírtenos aínda: “Prefiro unha Igrexa accidentada, ferida e manchada por saír á rúa ca unha Igrexa enferma por encerrarse en si mesma e pola comodidade de aferrarse ás propias seguridades”.
Sermos, pois, “bos pastores” ou “boas pastoras”. Este é o encargo de Xesús. E digo expresamente “pastora”, porque hoxe (primeiro domingo de maio) celebramos o día da Nai e as virtudes do oficio e do bo comportamento pastoril acáenlle moi ben ás nosas nais, entregadas ós seu fillos e defensoras das súas vidas. En homenaxe a todas elas, remato xa léndovos unhas liñas do noso escritor Xosé Neira Vilas (do que eu fun bo e agradecido amigo hasta que hai pouco se nos foi). Levan como título  “Lembranza” e son estas:
O mencer eras ti. Poñías claridade nas xanelas, música nos gonzos de cada porta, lume de billardo ou garabullos na lareira. O lene plo plo dos teus zocos era como un reloxo dicíndonos que o eixe terráqueo deu outra volta e roe sen acougo nas dentoiras da vida. Ti eras a man que botaba nos presebes o verde arrecendo do prado. Eras a forza do sangue bulindo nas arterias do fogar. Eras a campá que nos chamaba, a tenra voz resoando máis aca das arañeiras do sono para nos dicir que inda viviamos. Nai-raiola, Alborada nosa. Lembranza que renace cada mañá ó longo do tempo”.

CREDO

ORACIÓN DOS FIEIS
Deus, noso Pai, a Ti, que nos mandaches o teu propio fillo Xesús para nos ensinar o camiño da vida, dirixímosche a nosas oracións, dicindo: ESCÓITANOS, PAI.
Todos: ESCÓITANOS, PAI.

- Dános, Pai, corazóns de bo pastor, para sermos bos, compasivos e misericordiosos con todos, irmáns nosos.
Todos: ESCÓITANOS, PAI.
- Apréndenos, Pai, a sabermos apreciar o don da vida que nos deches, para así podelo respectar e fomentar nos demais.
Todos: ESCÓITANOS, PAI.
- Concede, Pai, á túa Igrexa ímpeto pastoral para saír de si mesma na busca das persoas necesitadas da túa palabra, que é Xesús, Vida e Porta de salvación.
Todos: ESCÓITANOS, PAI.

Pedímoscho, Pai, por Xesús Cristo, Fillo teu e irmán noso. AMÉN.


Manuel Cabada Castro

domingo, 9 de abril de 2017

LECTIO


Ao mediodía, a iso das tres da tarde, faise obscuridad total sobre a terra. Ata a natureza sente o efecto da agonía e da morte de Jesús. Colgado da cruz, privado de todo, sae da súa boca un queixume: "Eli, Eli! Lama Sabactani!" Isto é: "Meu Deus! Meu Deus! Por que me abandonaches?" É a primeira frase do salmo 22(21). Jesús entra na morte rezando, expresando o abandono que sente. Reza en hebreo. Os soldados que estaban preto del, e que facían a garda, din: "Está a chamar a Elías?" Os soldados eran estranxeiros, mercenarios contratados polos romanos. Non entendían a lingua dos xudeus. Pensaban que Eli quería dicir Elías. Xesús colgado da cruz atópase nun abandono total. Aínda que quixese falar con alguén, non lle sería posible. Permaneceu completamente só: Xudas traizoouno, Pedro negouno, os discípulos fuxiron, as amigas estaban seguramente moi afastadas (v.55), as autoridades escarnecíano, os que pasaban insultábanlle, Deus mesmo abandónao e ningunha lingua serve para comunicarse. Este foi o prezo que pagou pola súa fidelidade á súa opción de seguir sempre o camiño do amor, o camiño do servizo para redimir aos seus irmáns. El mesmo di: "O Fillo do home non veu para ser servido, senón para servir e para dar a vida en rescate de moitos" (Mt 20,28). No medio do abandono e da obscuridad, Xesús lanza un forte berro e morre...

Morre lanzando o berro dos pobres, porque sabe que Deus escoita o clamor dos pobres (Ex 2,24; 3,7; 22,22.26 etc.). Con esta fe, Xesús entra na morte, seguro de ser escoitado. A Carta aos Hebreos comenta: "El ofreceu pregarias e súplicas con fortes berros e bágoas a aquel que podía liberalo da morte e foi escoitado pola súa piedade" (Heb 5,7). Deus escoitou o berro de Xesús e "exaltouno" (Fil 2,9). A resurrección é a resposta de Deus á oración e ao ofrecemento que Xesús fai da súa vida. Coa resurrección de Jesús, o Pai anuncia ao mundo enteiro esta Boa Noticia: "Quen vive a vida como Xesús servindo aos seus irmáns, é vitorioso e vivirá para sempre, aínda que morra e aínda que o maten! É esta a Boa Noticia do Reino que nace da Cruz!"
O significado da Morte de Jesús:
Sobre o Calvario estamos diante dun ser humano torturado e excluído da sociedade, completamente só, condenado como herético e subversivo polo tribunal civil, militar e relixioso. Aos pés da cruz, as autoridades relixiosas confirman por última vez que se trata verdadeiramente dun rebelde que fallou, e renégano publicamente (Mt 27,41-43). E nesta hora de morte renace un significado novo. A identidade de Xesús vén revelada por un pagán: "Verdadeiramente este era Fillo de Deus!" (Mt 27,54). Desde agora en diante, se ti queres atopar verdadeiramente ao Fillo de Deus non o busques no alto, nin no afastado ceo, nin no Templo cuxo veo se rasgou, búscao xunto a ti, no ser humano excluído, desfigurado, sen beleza. Búscao naqueles que, como Xesús, dan a vida polos seus irmáns. É alí onde Deus  se agocha e se revela, e é alí onde podemos atopalo. Alí atópase a imaxe desfigurada de Deus, do Fillo de Deus, dos fillos de Deus. "Non hai proba de amor máis grande que dar a vida polos irmáns!"

domingo, 2 de abril de 2017

LECTIO

DOMINGO V DE CORESMA
(Ciclo A: 2 de abril de 2017)

            Xa no próximo domingo, que é Domingo de Ramos, entramos na Semana Santa. E parece que a liturxia ten présa para nos anunciar xa agora o que vai vir despois da treboada da Paixón de Xesús. Para nos dicir que sempre hai, sempre, detrás de todo e pese a todo, Resurrección.
            O evanxeo, é dicir, a boa e alegre noticia da resurrección de Lázaro é un anuncio anticipado da propia resurrección de Xesús e, consecuentemente, tamén da nosa propia resurrección. Un anuncio que os cristiáns deberiamos proclamar ós catro ventos con tódalas nosas forzas, alicerzados na graza que nos vén do Espírito de Deus.
            O relato da resurrección de Lázaro é realmente impresionante por moitas veces que un o lea ou escoite. Mais é, sobre todo unha maneira de nos facer Deus comprensíbel o porqué da Resurrección de Xesús e tamén da nosa.
     Se o pensamos ben, a resurrección de Lázaro é moi diferente da resurrección de Xesús ou da futura nosa. Por que? Porque Xesús resucita a Lázaro para unha vida que será ou sería máis ou menos coma a que tivera antes. Xesús resucita aquí a Lázaro para unha vida aínda mortal, pois o Lázaro resucitado por Xesús morrería aínda.
            A resurrección de Lázaro é así só unha pequena mostra do que será a verdadeira resurrección definitiva e para sempre. O máis importante do relato é o que nel se deixa entender e que no fondo se nos anuncia con claridade. Xesús vén falarnos nel de quen é Él de verdade, cal é o seu poder e o seu amor.
            Eu adoito comentar, co gallo de misas de defuntos ou nos cabodanos, que se se xuntan e suman estas tres “cantidades” (para dicilo dalgunha maneira), que son Deus e mailo seu poder e o seu amor, entón o resultado desta suma é igual a: resurrección.
            Vexamos por que e como, aínda que algunha destas cousas xa volas comentei algunha vez. Mais os vellos temos o costume de repetir moito as cousas. Un chisco de paciencia, pois. E, en calquera caso, algo de chuvia sobre un terreo que aínda ten algo de lentura axúdao a amolecer para que poida producir froitos abondosos.
            Pois ben, en relación con esas tres cousas (Deus, poder e amor), sobre o poder de Deus non fai falla falar moito. Nós cremos que El é o creador de todo canto existe, sen que antes houbese absolutamente nada, ningún material, que lle puidese axudar ou valer para facelo. Así o confesamos sempre ó principio do “Credo” na eucaristía: “Cremos nun só Deus, Pai todopoderoso, creador do ceo e maila terra”. Ese poder infinito de Deus é o que se manifesta dalgunha maneira no seu Fillo, cando no texto de Xoán se nos di que Xesús, ante a sepultura de Lázaro, “berrou con voz forte: Lázaro, ven para fóra!”. Con voz forte, poderosa, de quen sabe que ninguén, nada, pode escapar á súa forza, á súa omnipotencia.
            No que se refire ó amor de Deus para connosco, tampouco precisamos estendernos moito. Deus quérenos de verdade, infinitamente máis do que podemos amar nós a unha persoa neste mundo. Xesús falaba continuamente do seu Pai Deus como Pai tamén noso. Deus-Pai quérenos polo tanto verdadeiramente coma a fillos seus, coma a irmáns do seu “Fillo predilecto”. Xesús é, pola súa parte, o noso irmán maior. Quérenos, polo tanto, verdadeiramente como se queren os irmáns dunha mesma familia. Son moitas as pasaxes no Evanxeo nas que se nos fala deste amor inmenso, infinitamente delicado,  paciente e constante que Deus-Pai e o seu Fillo Xesús nos teñen.
            Agora ben, algunha vez vos falei xa tamén do que dicía o filósofo francés Gabriel Marcel. El escribiu unha vez o seguinte, que a min me gusta moito e por iso me comprace comentárllelo a outros: “amar a unha persoa é dicirlle ‘ti, ti  non morrerás endexamais’”. Isto sabémolo ben nós. Cando de verdade queremos a unha persoa (o noso pai, nai, esposa, esposo, filla, fillo, noivo, noiva, etc.), fáisenos dificilmente aturábel, case impensábel, que esa persoa poida morrer, que vaia morrer. Amar leva consigo, pois, que a persoa querida sexa considerada por nós en certo modo como inmortal, como alguén que non pode morrer, que non debería morrer. E se, a pesar de todo ou polo que fose, morrese e nós tivésemos o poder para lle devolver a vida, fariámolo de contado. Resucitámolo e punto.
            Lembremos agora o texto da resurrección de Lázaro. Que ocorre alí? A familia de Lázaro é unha familia especialmente querida por Xesús. Xesús é moi querido tamén polos membros desta familia. Onda a sepultura de Lázaro atópanse, pois, Lázaro, que leva varios días morto, as súas dúas irmás, Xesús e maila xente que os acompañaba. Mais Xesús é o verdadeiro centro do que alí ocorre. Nel habita toda a divindade do Pai, todo o seu poder e todo o seu amor.
            Realicemos agora a operación da suma que os rapaces aprenden doadamente na casa ou no cole. Temos os tres sumandos: Deus, poder e amor. O resultado desta suma é: resurrección de Lázaro. Se “amar” é, con razón, para Gabriel
Marcel, “dicirlle a un: ti non morrerás nunca”, isto convértese necesariamente en resurrección.
            Como Deus é Deus e, polo tanto, ama e pode infinitamente, por iso fainos, faranos, vivir para sempre, máis alá do que fixo con Lázaro. O ocorrido con Lázaro foi só un sinal para nós, para o que ocorrerá para sempre despois da nosa morte. Como vai permitir Deus que morramos para sempre aqueles ós que Él de verdade quere, tendo poder como ten para nos dar vida, e para sempre?
            Se vos decatastes do que se di no relato evanxélico, o amor de Xesús a Lázaro é algo que está alí presente á maneira dunha música de fondo. As irmás mándanlle con tempo o recado a Xesús: “Señor, mira, o que amas está enfermo”. E Xoán engade aínda: “Xesús queríalles moito a Marta, á irmá dela e mais a Lázaro”. Xesús mesmo comunícalles ós apóstolos: “Lázaro, o noso amigo, dorme”. Dísenos tamén que Xesús “se botou a chorar” ante a súa sepultura. A xente que estaba alí interpretou correctamente as bágoas de Xesús como un sinal do moito que o quería. “¡Ai que ver como o quería!”, comentaban os xudeus.
            Agora podemos entender ben como cando se xuntan o poder de Deus e o seu amor a nós o resultado é a incríbel nova da nosa Resurrección, moito máis marabillosa e grandiosa que a ocorrida con Lázaro.

CREDO

ORACIÓN DOS FIEIS

Pidámoslle ó Pai de Xesús e Pai noso que polo seu Espírito nos dea a todos fe agradecida na resurrección de Xesús e mais na nosa, dicindo: PEDÍMOSCHO, PAI.
Todos: Pedímoscho, Pai.

Aumenta no noso corazón, Pai, a nosa fe en Ti, que resucitas os mortos.
Todos: PEDÍMOSCHO, Pai.
Robustece a nosa fe no teu poder infinito, capaz de resucitar os que xa morreron.
Todos: PEDÍMOSCHO, Pai.
Fortalece a nosa confianza no teu amor infinito, que nos quere resucitar.
Todos: PEDÍMOSCHO, Pai.      

Por Xesús Cristo, noso Señor. AMÉN.



                                                                                                                     Manuel Cabada Castro

sábado, 18 de febrero de 2017

LECTIO

DOMINGO VII T. O.
(19 febreiro 2017)

As lecturas volven pór de relevo, todas elas,  diante de nós a nova sabedoría á que Deus nos chama, se queremos ser verdadeiramente sabios. Trátase dunha sabedoría, que non pode quedarse en mera teoría. Porque entón non pasaría de ser más ca un saber abstracto e baleiro. A nosa fe ten que ser concreta, viva, actuante. Do contrario non ten valor ningún. Nin para nós nin para os demais.
Aínda que ás veces podemos pensar ou dicir que o Novo Testamento, que se instaura coa vida e a actuación de Xesús, é algo absolutamente novo en relación co Antigo, en realidade non é exactamente así. O que fai Xesús é levar ó seu máis elevado cumio e á máxima perfección o que dalgún xeito se anunciaba xa no Antigo Testamento. Refírome, de maneira particular, á importancia que xa no Antigo Testamento ten o sentido e a práctica da fraternidade, do amor mutuo.
Exemplo disto é, concretamente, o que se nos di no libro do Levítico (na primeira Lectura). Entre as normas e mandados que, segundo o Levítico, Deus lle dá a Moisés, en relación co modo de se comportaren as persoas que el ten ó seu cargo, aparecen estas: “Non terás odio no corazón ó teu irmán [...[ Non te vingarás nin lles terás xenreira ós teus veciños. Amarás o teu próximo coma a ti mesmo”.
A este último mandado (“Amarás o teu próximo coma a ti mesmo”) recorrerá Xesús moitas veces. E estará na súa práctica e na súa boca continuamente sobre todo nas súas discusións cos doutos e doutores do xudaísmo do seu tempo.
Xa no Antigo Testamento aparece tamén bastante explicitamente o porqué da esixencia deste comportamento fraternal. As razóns non son outras có comportamento mesmo do propio Deus co seu pobo. Este pobo ten unha viva experiencia da bondade e da misericordia do seu Deus nos diversos acontecementos polos que foi pasando ó longo da súa historia.
A reflexión que o pobo se faría, e que aparece personalizada e dignificada na orde que a teor do texto do Levítico Deus lle comunica a Moisés, sería algo así como esta: se Deus é bo con todos nós, non podemos ser nós pola nosa parte malos os uns cos outros. De feito, no “Salmo responsorial” que segue á Lectura do Levítico proclamabamos nós agora, utilizando frases soltas dos Salmos do Antigo Testamento, o seguinte: “O Señor é misericordioso e clemente [...] Él coróate de amor e de tenrura [...] Él é tardo á ira e rico en mercés [...] Canto un pai ama os seus fillos, así ama o Señor os que o temen”.
No Antigo Testamento tíñase, pois, moi clara conciencia, da bondade e da paternidade de Deus en relación co seu pobo. Era lóxico, pois, que o senso de mutua fraternidade entre todos se fose asentando cada vez máis.
Mais, naturalmente, coa vinda de Xesús, coa incríbel boa nova do acontecemento de Xesús, que se amosa a si mesmo coma imaxe vivente do seu Pai Deus no mundo, as cousas modifícanse decisivamente. O senso, xa tradicional, de fraternidade do Antigo Testamento fortalécese agora dunha maneira insospeitada. Porque resulta que agora Deus non está só, para dicilo dalgunha maneira, “alá arriba”, senón entre nós. Ó ser Xesús conxuntamente Fillo de Deus e irmán noso, como un máis entre nós, entón toda a humanidade e cada un de nós viñemos acadar unha dignidade divina, “sagrada”.
A consecuencia é que, entón, facerlle mal a alguén é como facerlle mal a Deus, porque somos xa todos pola humanidade de Xesús parentes de Deus, en canto fillos de Deus e irmáns de Xesús. E, ademais, por enriba de todo isto, o propio Xesús mandounos e deunos a nós, a toda humanidade, desde o primeiro Pentecoste, o Espírito Santo que continúa a habitar connosco ata á fin dos tempos. Somos, pois, todos e cada un de nós tan importantes e sagrados que debería resultar xa case incomprensíbel que alguén pensase, quixese ou fixese mal a alguén.
Entenderedes así moi ben por que ó comezo da segunda Lectura se atreve a dicir Paulo: “¿Non sabedes que sodes templo de Deus e que o Espírito de Deus habita en vós? Se alguén destrúe o templo de Deus, o Señor destruirao a el. Porque o templo de Deus é sagrado e iso sodes vós”. Nalgúns lugares, poucos xa, conservan aínda algunhas persoas o costume de se persignaren ó pasar preto dunha igrexa. Pois ben, se quixésemos ser fieis ó que aquí nos di Paulo, deberiamos facer algo semellante, aínda que sexa só no segredo do noso corazón, onde queira que nos atopemos con calquera persoa. Pois, tal como nolo advirte Paulo, todos somos “templo de Deus”. E, desde logo, non está en absoluto excluído que alí onde menos o pareza estea tamén Deus no seu templo. Non son xustamente os pobres, os necesitados  ou os excluídos pola súa raza, pola súa lingua ou polo que sexa os que Deus escolleu en Xesús para estar con eles?
En calquera caso, o desamor que poidamos padecer, tal como nolo recorda o texto do evanxeo de hoxe, non se combate coa mesma arma, co desamor. Nisto, como ben sabemos, Xesús foi moito máis alá do que era tradicional. Nada, polo tanto, do “ollo por ollo ou dente por dente” e comportamentos semellantes.
Para Xesús hai que ir alén do que o outro poida pedir ou esperar de min. Alén do que as normas de xustiza ou dunha aceptábel relación cívica poidan esixir. Como xustificación de todo isto, apela Xesús tamén á nosa condición de fillos dun mesmo Pai. Desta condición debería derivarse unha fraternidade, vivida en toda a súa radicalidade. Fraternidade que debería primar sobre calquera outra consideración ou diferenza: “Eu dígovos –proclama Xesús-: Amade os vosos inimigos e pregade polos que vos perseguen. Así seredes fillos do voso Pai que está no ceo, que fai saír o seu sol sobre os malos e os bos, e chover sobre xustos e inxustos... Sede bos, como o voso Pai celestial é totalmente bo”.
Que tarefa tan grande temos diante nosa, como seguidores de Xesús: reflectir e practicar na terra nada menos que a bondade “total”, infinita, de Deus!

CREDO

PRECES
Preguémoslle ó Señor, Pai que sempre nos escoita con amor, e digámoslle: Pai bo, axúdanos a amar.
Todos: Pai bo, axúdanos a amar

- Para que a Igrexa sexa signo de amor ás persoas máis necesitadas pregámoslle a Deus dicindo:
Todos: Pai bo, axúdanos a amar.
- Para que os gobernos das nacións fomenten a comprensión e o amor por enriba da xenreira e busquen sempre a paz entre tódalas persoas, pregámoslle a Deus dicindo.
Todos: Pai bo, axúdanos a amar.
- Polo noso país galego e por cantos viven connosco, para que non sintamos como estraña a nosa propia lingua e cultura, senón que a amemos e apreciemos, pregámoslle a Deus dicindo.
Todos: Pai bo, axúdanos a amar.
- Por todos e cada un de nós, para que practiquemos a amizade e fraternidade non só cos amigos, senón tamén cos que nos rexeitan ou pensan de xeito diferente, pregámoslle a Deus dicindo.
Todos: Pai bo, axúdanos a amar.

Pedímoscho, Pai, por Xesús Cristo noso Señor. Amén.


Manuel Cabada Castro

domingo, 12 de febrero de 2017

Lectio

DOMINGO VI do T. O.
(12 febreiro 2017)

        Unha das funcións máis importantes dos nosos encontros comunitarios co Señor nas celebracións dos domingos é, como ben sabemos, a de “agradecer”. Agradecerlle ó Señor porque nos deu a vida; porque estamos aquí cos nosos familiares e outras persoas e familias cristiás; porque nos deu e nos segue a dar fe, esperanza e caridade; porque nos dá azos, coa forza do seu Espírito Santo, para seguirmos adiante na confesión e na práctica da nosa fe; porque nos promete unha vida con Él que endexamais rematará.
            Ó sermos deste xeito “agradecidos” co Señor, estamos ó tempo recoñecendo a súa bondade e a súa grandeza. Trátase dunha grandeza, a grandeza de Deus, que supera calquera pensamento noso sobre Él, por moi grandes e elevadas que coidemos que sexan as nosas ideas sobre Él. Hoxe en día, os que se dedican ó estudo da realidade material, os científicos que intentan afondar por así dicilo nos máis pequenos elementos da materia, é dicir, os físicos, ou aqueles que observan e estudan a inmensidade e grandiosidade do universo ou dos universos, é dicir, os astrofísicos ou astrónomos, todos eles decátanse con sorpresa de que a realidade é moito máis grande e misteriosa có que se pensaba. De que por moito que creamos saber das cousas, moitísimo maior é a nosa ignorancia.
              Agora ben, isto non debería en principio estrañarnos ou abraiarnos, se é verdade que os produtos que saen da intelixencia e do poder de calquera creador ou artista teñen que levar en si unha certa semellanza co que os ideou ou construíu. Quero dicir: se os estudosos da materia ou da natureza ademais de dedicarse á súa especialidade tivesen tempo e capacidades para reflexionar filosófica ou teoloxicamente sobre a realidade, decataríanse seguramente tamén de que se Deus é absolutamente infinito, tamén as cousas que saíron das súas mans deberían asemellarse dalgún modo ó seu autor. E que, polo tanto, as cousas, a realidade, todo, tería que ser algo dalgunha maneira “infinito”.
            Todo isto que vos estou a comentar vén a propósito do que acabamos de escoitar nas Lecturas primeira e segunda, nas que se nos fala da grandeza da “sabedoría” de Deus aínda que nun senso máis antropolóxico ca estritamente cósmico. O autor do Libro do Eclesiástico dinos por exemplo: “Grande é a sabedoría do Señor. El é potente e egrexio e todo o dexerga. Os ollos de Deus contemplan as súas criaturas e Él penetra as accións de cadaquén”. Na súa primeira carta ós Corintios, comunícalles pola súa parte Paulo ós seus destinatarios que el lles anuncia a eles a misteriosa e insondábel grandeza de Deus. “Nós predicamos –dilles o apóstolo Paulo- unha sabedoría de Deus, misteriosa”. Tan misteriosa e grandiosa que o propio Paulo non terá reparo algún en engadir: “O que o ollo non viu, o que o oído non sentiu, e o que non pasou pola mente do home: iso preparou Deus para os que o aman”.
            É dicir, o Deus e Pai noso quérenos tan de verdade e tan de corazón que nin sequera podemos maxinar o que É ten preparado para nós. Un agasallo tan grande, en correspondencia co amor que nos ten, que poderiamos dicir que nos deixará seguramente durante toda a eternidade coa boa aberta. Iso vén ser, falando de maneira moi informal, o que os teólogos chaman a “visión beatifica”, esa felicidade que Deus quere para nós e á que Él nos destinou desde sempre e para sempre.
            Iso si. Os que xa se consideran satisfeitos co que cren ser ou co que teñen non dispoñen xa posibelmente de capacidade para seren destinatarios da bondade, da “misteriosidade” e da grandeza de Deus. Ó contrario dos humildes, é dicir, dos que teñen ou temos conciencia de que non somos nada sen o poder do Deus que nos creou e que nos sostén. Xesús así o dicía en agarimoso diálogo co seu Pai Deus: “Bendito es ti, Pai, Señor do ceo e mais da terra, porque revelaches os misterios do Reino ós humildes”.
            Esta misteriosidade e grandeza de Deus é a razón de que Él nos quixese de tal maneira que chegase a nos converter en fillos seus e destinados en consecuencia a un futuro de felicidade que endexamais rematará. Por iso, as esixencias de Xesús, o noso irmán maior, en relación connosco están loxicamente en correspondencia con esta especial e grandiosa situación nosa: a de sermos todos fillos dun mesmo Pai, irmáns todos polo tanto entre nós e convidados a formarmos parte desa futura comunidade de igualdade e irmandade que Xesús chama o “Reino dos Ceos”.
            Se esa é a verdadeira situación dos que nos chamamos cristiáns, entón Xesús ten razóns abondas para esixirnos, tal como o acabamos de escoitar, que, máis alá do “Non matarás”, nin sequera nos “enrabechemos” cos nosos “irmáns”, pois iso, o de “enrabecharnos”, non é un comportamento axeitado entre irmáns. Ou tamén para amoestarnos non só a que non cometamos adulterio exterior ou externamente comprobábel, senón tamén –tal como se nos di-  a nin sequera cometelo “no corazón”, no desexo consentido. Pois é aquí onde comeza xa a destrución da fraternidade, da boa relación entre as persoas coas que se convive.
            Á fin e o cabo todo pecado, segundo a mensaxe de Xesús, é un atentado contra a irmandade mutua entre todos e, polo tanto, contra o grandioso destino de Deus. Agradezámoslle este inmerecido e gratuíto destino ó que Él nos chama.

CREDO

ORACIÓN DOS FIEIS:
            Presentémoslle a Deus Pai os nosos desexos e oracións en comunidade de irmáns entre nós e fillos queridos seus, dicindo:
TODOS: Pedímoscho, Pai.
-         Polo mundo enteiro, pola humanidade toda, para que saibamos ver e agradecer a grandeza e misteriosidade de Deus: Pedímoscho, Pai.
TODOS: Pedímoscho, Pai.
-         Polo sentido de fraternidade entre todos nós e con tódalas persoas do mundo enteiro, especialmente as máis necesitadas, para que así progresemos no coñecemento e na práctica desa fraternidade: Pedímoscho, Pai.
TODOS: Pedímoscho, Pai.
-         Por tódalas persoas que se dedican ó coñecemento da realidade material e humana, para que no seu esforzo intelectual poidan descubrir e admirar a grandeza e misteriosidade de Deus: Pedímoscho, Pai.
TODOS: Pedímoscho, Pai.

Pedímoscho, Pai, por Xesús Cristo Noso Señor. AMÉN.



Manuel Cabada Castro