sábado, 22 de abril de 2023

Xesús, Redentor do Mundo

Deus, que é todo amor no seu ser e no seu obrar, creou ao home para ter a quen amar e facelo feliz, e con tal finalidade fixo do mundo un reino terreal, semellante ao reino celestial, para que nel os humanos puidesen ser felices como El mesmo é infinitamente feliz na corte celestial. A este home, a criatura privilexiada da creación, Deus constituíuna raíña do universo, co encargo de que o custodiase e o fixese crecer. Para posibilitar tal labor, a divina providencia regaloulle unha constitución chamada Decálogo, cuxos dez preceptos sintetízanse en amar a Deus, o seu pai, e aos homes os seus irmáns. Pero os homes tentados polas forzas do mal, lonxe de ser fieis á vontade do Creador, foron os seus depredadores e comeron do froito prohibido, e o reino de Deus converteuse en val de bágoas, para os pobres fillos de Adán. Con todo, o bo Deus non desistiu do seu primeiro proxecto e decretou melloralo progresivamente, actuando coa súa providencia amorosa e a súa infinita sabedoría. O primeiro que fixo, foi “poñer a mesa”, enriquecéndoa con todos os bens creados, para satisfacción do home, ao que constituíu dono e señor de todo o creado. En segundo lugar Deus enriqueceu ao mesmo home cos dons da conciencia e do corazón para que o amase con amor filial e o adorase con humildade sincera. Nun terceiro momento, decretou a redención da humanidade por medio do seu Fillo Redentor. Con este xesto, Deus que nunca deixara de amar con amor de Pai, agora xa se ve correspondido co amor do seu propio Fillo, feito home. Diriase que a distancia entre o Ceo e a terra desapareceu. Deus e o home fixéronse amigos. O sangue redentor de Xesucristo purificou o corazón empecatado do home, o cal aínda redimido, segue sendo humano e vulnerable, susceptible de ser novamente tentado; e en evitación de ser novamente ferido, o Señor funda a Igrexa, prolongadora da obra salvadora de Cristo.

Desde este intre, a salvación está ao alcance da man do home, pero o home non queda dispensado da súa responsabilidade. A súa misión é a de colaborar afanosamente na obra santificadora da súa vida persoal e comunitaria. A materia prima xa a temos ao noso alcance. A nosa conciencia capacítanos para distinguir o ben do mal. A nosa vontade fainos preferir a bondade á maldade. Para nós os compañeiros de viaxe non debemos de miralos como competidores no mal obrar, senón como colaboradores no ben facer. Os bens da creación teñen unha débeda pendente co Señor, dador de todo ben. O sol e as estrelas pídenlle correspondencia. Os sacramentos son auxilios espirituais para fortalecer a nosa debilidade. A oración e a piedade lémbrannos que Deus está ao noso carón tendéndonos a man para que non caiamos, e a súa divina misericordia está ao noso lado para levantarnos e podamos continuar camiñando por senda de santidade. A nosa vocación é clara. A divina providencia é xenerosa. As nosas caídas son subsanables e a nosa esperanza, recuperable. Os divinos plans mantéñense en pé. As divinas pegadas están á vista: seguíndoas, alcanzaremos a meta.

 

Indalecio Gómez Varela

lunes, 6 de marzo de 2023

IPSA NOVITAS INNOVANDA EST (Homilia Padre Rainiero Cantalamessa. Cuaresma)

La historia de la Iglesia a finales del siglo XIX y principios del XX nos ha dejado una amarga lección que no debemos olvidar para no repetir el error que la provocó. Me refiero al retraso, más aún al rechazo, de tomar nota de los cambios que se estaban producido en la sociedad, y de la crisis del Modernismo que fue su consecuencia.

Cualquiera que haya estudiado ese período, aunque haya sido superficialmente, sabe el daño que sobrevino, tanto para la Iglesia como para los llamados “modernistas”. La falta de diálogo, por un lado, empujó a algunos de los modernistas más conocidos a posiciones cada vez más extremas y, finalmente, heréticas; por otro, privó a la Iglesia de una enorme energía, provocando en ella laceraciones y sufrimientos sin fin, haciéndola que la hicieron retraerse, cada vez más, en sí misma, perdiendo de este modo el ritmo de los tiempos.

El Concilio Vaticano II fue la iniciativa profética para recuperar el tiempo perdido. Ha producido una renovación que no es el caso de volver a ilustrar aquí. Más que su contenido, nos interesa en este momento el método que inauguró, que consiste en es caminar por a través de la historia, junto a la humanidad, tratando de discernir los signos de los tiempos.

La historia y la vida de la Iglesia no se detuvo, sin embargo, con el Concilio Vaticano II. Gracias al Concilio Vaticano II la historia y la vida de la Iglesia no se detuvieron. ¡Ay de hacer de ella lo que se intentó hacer con el Concilio de Trento, No caigamos en el error de hacer lo que se intentó con el concilio de Trento, es decir, una meta inamovible! Si la vida de la Iglesia se detuviera, sucedería como un río que llega a una barrera: inevitablemente se convierte en un lodazal o en un pantano.

“No penséis –escribía Orígenes en el siglo III– que basta con renovarse una sola vez; necesitamos renovar la misma novedad: ‘Ipsa novitas innovanda est’”. Antes que él, el nuevo Doctor de la Iglesia San Ireneo había escrito: La verdad revelada es “como un licor precioso contenido en un vaso valioso. Por obra del Espíritu Santo, rejuvenece continuamente y también hace rejuvenecer la vasija que la contiene”. El “vaso” que contiene la verdad revelada es la tradición viva de la Iglesia. El “licor precioso” es en primer lugar Escritura, pero Escritura leída en la Iglesia, que es entonces la definición más correcta de Tradición. El Espíritu es, por su naturaleza, novedad. El Apóstol exhorta a los bautizados a servir a Dios “en la novedad del Espíritu y no en la caducidad de la letra” (Rm 7, 6).

La sociedad no sólo no se detuvo en la época del Concilio Vaticano II, sino que conoció una aceleración vertiginosa. Los cambios que solían producirse en un siglo o dos ahora lo hacen en una década. Esta necesidad de renovación continua no es otra cosa que la necesidad de conversión continua, extendida desde el creyente individual a toda la Iglesia en su componente humano e histórico: la “Ecclesia semper reformanda”. El verdadero problema, por tanto, no reside en la novedad; es más bien en la forma de tratar con ella. Me explico. Toda novedad y todo cambio se encuentra en una encrucijada; puede tomar dos caminos opuestos: o el del mundo, o el de Dios: o el camino de la muerte o el camino de la vida. La Didaché, escrita cuando todavía vivía al menos uno de los doce apóstoles, ya ilustraba estos dos caminos a los creyentes.

Nosotros tenemos un medio infalible para emprender siempre de nuevo el camino de la vida y de la luz: el Espíritu Santo. Es la certeza que Jesús dio a los apóstoles antes de dejarlos: “Le pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre (Jn 14,16). Y en otro lugar: “El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena ” (Jn 16,13). No lo hará todo de golpe, ni de una vez por todas, sino a medida que vayan surgiendo las diversas situaciones. Antes de dejarlos definitivamente, en el momento de la Ascensión, el Resucitado asegura a sus discípulos la asistencia del Paráclito: “Recibiréis -dice- la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

La intención de los cinco sermones de Cuaresma que comenzamos hoy, muy sencillamente, es precisamente ésta: animarnos a poner al Espíritu Santo en el centro de toda la vida de la Iglesia y, en particular, en este momento, en el centro de las decisiones sinodales. En otras palabras, retomar la apremiante invitación que el Resucitado dirige, en el Apocalipsis, a cada una de las siete Iglesias de Asia Menor: “El que tenga oídos, escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2, 7).

Es la única manera, entre otras cosas, que tengo para no permanecer completamente ajeno al compromiso en curso con el sínodo. En uno de mis primeros sermones a la Casa Pontificia, hace 43 años, dije en presencia de San Juan Pablo II: “Toda mi vida continué haciendo el humilde trabajo que hacía de niño”. Y le expliqué cómo. Mis abuelos maternos cultivaban una vasta tierra montañosa como aparceros. En junio o julio era la siega, todo a mano, con la hoz, encorvados bajo el sol. Era un trabajo muy agotador. Mis primitos y yo éramos los encargados de llevar constantemente agua a los segadores para beber. Eso es –dije en aquella ocasión – lo que he estado haciendo el resto de mi vida. Han cambiado los segadores, que ahora son los obreros de la viña del Señor, y ha cambiado el agua, que ahora es la Palabra de Dios. Un trabajo, el mío, mucho menos fatigoso, siendo sicero, que el de los obreros de la viña; pero también, espero, útil y de algún modo necesario.

* * *

En este primer sermón me limito a recoger la lección que nos llega de la Iglesia naciente. En otras palabras, quisiera mostrar cómo el Espíritu Santo guió a los apóstoles y a la comunidad cristiana a dar sus primeros pasos en la historia. Cuando las palabras de Jesús antes citadas sobre la asistencia del Paráclito fueron escritas por Juan, la Iglesia ya había tenido experiencia práctica de ella, y es precisamente esta experiencia, nos dicen los exegetas, la que se refleja en las palabras del evangelista.

Los Hechos de los Apóstoles nos muestran una Iglesia que es, paso a paso, “guiada por el Espíritu”. Su guía se ejerce no sólo en las grandes decisiones, sino también en las cosas menores. Pablo y Timoteo quieren predicar el evangelio en la provincia de Asia, pero “el Espíritu Santo se lo prohíbe”; están a punto de dirigirse hacia Bitinia, pero, está escrito, “el Espíritu de Jesús no se lo permite” (Hch 16, 6s). De lo que sigue se comprende el motivo de esta guía tan apremiante: el Espíritu Santo exhortó así a la Iglesia naciente a salir de Asia y enfrentarse a un nuevo continente, Europa (cf. Hch 16, 9). Pablo llega a definirse, en sus elecciones, como “prisionero del Espíritu” (Hch 20, 22).

No es un camino recto y suave, el de la Iglesia naciente. La primera gran crisis es la relativa a la admisión de gentiles en la Iglesia. No hay necesidad de recordar su desarrollo. Sólo nos interesa recordar cómo se resuelve la crisis. ¿Pedro va a Cornelio y los paganos? Es el Espíritu quien le manda (cf. Hch 10,19; 11,12). ¿Y cómo es motivada y comunicada la decisión tomada por los apóstoles en Jerusalén de acoger a los paganos en la comunidad, sin obligarlos a ser circuncidados y a cumplir con toda la legislación mosaica? Se resuelve con esas extraordinarias palabras iniciales: “Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros…” (15,28).

No se trata de hacer arqueología de la Iglesia, sino de sacar a la luz, siempre de nuevo, el paradigma de toda elección eclesial. De hecho, no cuesta mucho ver la analogía entre la apertura que entonces se tomaba hacia los gentiles, con la que se impone hoy hacia los laicos, especialmente a las mujeres, y a otras categorías de personas. Por lo tanto, vale la pena recordar la motivación que impulsó a Pedro a superar sus perplejidades y bautizar a Cornelio y su familia. Leemos en los Hechos:

Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Entonces Pedro dijo: «¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» (Hch 10, 44-47)

Llamado a justificar su conducta en Jerusalén, Pedro relata lo sucedido en casa de Cornelio y concluye diciendo:

Me acordé entonces de aquellas palabras que dijo el Señor: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo”. Por tanto, si Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios? (Hch 11, 16-17)

Si miramos con detenimiento, es la misma motivación que impulsó a los Padres del Concilio Vaticano II a redefinir el papel de los laicos en la Iglesia, es decir, la doctrina de los carismas. Conocemos bien el texto, pero siempre es útil recordarlo:

Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia (LG 12).

Estamos ante el redescubrimiento de la naturaleza no sólo jerárquica sino también carismática de la Iglesia. San Juan Pablo II, en la “Novo millennio ineunte” (n. 45) lo hará aún más explícito al definir a la Iglesia como jerarquía y como koinonía. En una primera lectura, la reciente constitución sobre la reforma de la Curia “Praedicate Evangelium” (aparte de todos los aspectos jurídicos y técnicos que desconozco por completo) me dio la impresión de estar dando un paso adelante en esta misma dirección: es decir, en aplicar el principio sancionado por el Concilio a un sector particular de la Iglesia que es su gobierno y a una mayor implicación en él de los laicos y las mujeres.

Pero ahora tenemos que dar todavía un paso más. El ejemplo de la Iglesia apostólica nos ilumina no sólo sobre los principios inspiradores, es decir, sobre la doctrina, sino también sobre la práctica eclesial. Nos dice que no todo se resuelve con las decisiones tomadas en un sínodo, o con un decreto. Existe la necesidad de llevar estas decisiones a la práctica, la llamada “recepción” de los dogmas. Y para eso necesitamos tiempo, paciencia, diálogo, tolerancia; a veces incluso compromiso. Cuando se hace en el Espíritu Santo, el compromiso no es ceder, ni rebajar la verdad, sino llevarlo a cabo con caridad y obediencia a las situaciones. ¡Cuánta paciencia y tolerancia tuvo Dios después de dar el Decálogo a su pueblo! ¡Cuánto tiempo tuvo que esperar, y todavía tiene que esperar, para su recepción!

A lo largo de la historia que acabamos de mencionar, Pedro aparece claramente como el mediador entre Santiago y Pablo, es decir, entre la preocupación por la continuidad y por la de la novedad. En esta mediación, somos testigos de un incidente que puede ayudarnos aún hoy. El incidente es el de Pablo que en Antioquía reprende a Pedro de por la hipocresía de por haber evitado sentarse a la mesa con paganos convertidos. Escuchemos lo que sucedió desde su propia voz:

Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión. Pues antes que llegaran algunos del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos (Gal 2, 11-12).

Los “conservadores” de la época reprocharon a Pedro haber ido demasiado lejos yendo al pagano Cornelio; Pablo, sin embargo, le reprocha no haber ido lo suficientemente lejos. Pablo es el santo que más admiro y amo. Pero en este caso estoy convencido de que se dejó llevar (¡no es la única vez!) por su carácter de fuego. Pedro no pecó en absoluto de hipocresía. La prueba es que, en otra ocasión, el mismo Pablo hará exactamente lo que hizo Pedro en Antioquía. En Listra hizo circuncidar a su compañero Timoteo “a causa -está escrito- de los judíos que había en aquellas regiones” (Hch 16,3), es decir, para no escandalizar a nadie. A los Corintios escribe que se hizo “judío con los judíos, para ganar a los judíos” (1 Cor 9, 20) y en la Carta a los Romanos recomienda encontrarse con aquellos que aún no han alcanzado la libertad de la que otros disfrutan” (Rom 14, 1 ss).

El papel de mediador que ejerció Pedro entre las tendencias opuestas de Santiago y Pablo continúa en sus sucesores. Ciertamente no (y esto es bueno para la Iglesia) uniformemente en cada uno de ellos, sino según el carisma propio de cada uno que el Espíritu Santo (y se supone que los cardenales bajo él) han considerado los más necesarios en un momento dado de la historia de la Iglesia.

Ante los acontecimientos y las realidades políticas, sociales y eclesiales, nosotros estamos listos para tomar inmediatamente partido por un lado y demonizar al contrario, a desear el triunfo de nuestra elección sobre la de nuestros adversarios. (¡Si estalla una guerra, todos rezan al mismo Dios para que dé la victoria a sus ejércitos y aniquile a los del enemigo!). No digo que esté prohibido tener preferencias: en el campo político, social, teológico, etc., o que sea posible no tenerlas. Sin embargo, nunca debemos esperar que Dios se ponga de nuestro lado contra el adversario. Tampoco debemos preguntárselo a quienes nos gobiernan. Es cómo pedirle a un padre que elija entre dos hijos; cómo decirle: “Elige: yo o mi oponente; muestra claramente con quien estás!” ¡Dios está con todos y por eso no está contra nadie! Es el padre de todos.

La acción de Pedro en Antioquía -como la de Pablo en Listra- no fue hipocresía, sino adaptación a las situaciones, es decir, la elección de lo que, en una determinada situación, favorece el mayor bien de la comunión. Es sobre este punto que quisiera continuar y concluir esta primera meditación, también porque nos permite pasar de lo que concierne a la Iglesia universal a lo que concierne a la Iglesia local, es decir, a nuestra propia comunidad o familia y a la vida espiritual de cada uno de nosotros (¡Que es lo que uno espera, creo, de una meditación de Cuaresma!).

Hay una prerrogativa de Dios en la Biblia que a los Padres les encantaba subrayar: la synkatabasis, es decir, la condescendencia. Para San Juan Crisóstomo es una especie de clave para comprender toda la Biblia. En el Nuevo Testamento esta misma prerrogativa de Dios se expresa con el término benignidad (chrestotes). La venida de Dios en la carne es vista como la suprema manifestación de la benignidad de Dios: “Se ha manifestado la benignidad de Dios y su amor por los hombres” (Tito 3:4).

La amabilidad -hoy diríamos también cortesía- es algo distinto de la simple bondad; es ser bueno con los demás. Dios es bueno en sí mismo y es bondadoso con nosotros. Es uno de los frutos del Espíritu (Gal 5,22); es un componente esencial de la caridad (1 Cor 13, 4) y es el marco de un alma noble y superior. Ocupa un lugar central en la exhortación apostólica. Leemos, por ejemplo, en la Carta a los Colosenses:

Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros (Col 2, 12-13).

Este año celebramos el cuarto centenario de la muerte de un santo que fue un excelente modelo de esta virtud, en una época también marcada por amargas controversias: San Francisco de Sales. Todos deberíamos volvernos, en la Iglesia, un poco más condescendientes y tolerantes, menos colgados de nuestras certezas personales, conscientes de cuántas veces hemos tenido que reconocer dentro de nosotros mismos que estábamos equivocados sobre una persona o una situación, y cuántas veces nosotros también hemos tenido que adaptarnos a las situaciones. En nuestras relaciones eclesiales, afortunadamente, no existe -ni debe existir- esa propensión a insultar y vilipendiar al adversario que se advierte en ciertos debates políticos y que tanto daño hace a la pacífica convivencia civil.

Hay alguien, es cierto, con quien es justo ser intransigente, pero ese alguien soy yo mismo, es mi “yo”. Estamos inclinados por naturaleza a ser intransigentes con los demás e indulgentes con nosotros mismos, mientras que deberíamos proponernos hacer todo lo contrario: estrictos con nosotros mismos, longánimos con los demás. Esta resolución, tomada en serio, bastaría por sí sola para santificar nuestra Cuaresma. Nos dispensaría de cualquier otro tipo de ayuno y nos dispondría a trabajar con más fe y serenidad en todos los ámbitos de la vida de la Iglesia.

Un gran ejercicio en este sentido es ser honesto, en lo profundo de tu corazón, con la persona con la que no estás de acuerdo. Cuando me doy cuenta de que estoy acusando a alguien dentro de mí, tengo que tener cuidado de no ponerme de mi parte inmediatamente. Debo dejar de darle vueltas a mis razones como quien masca chicle y tratar de ponerme en el lugar de la otra persona para entender sus razones y lo que él también podría decirme.

Este ejercicio no debe hacerse sólo con respecto a la persona singular, sino también con la corriente de pensamiento con la que no estoy de acuerdo y con la solución propuesta por ella a un determinado problema en discusión (en el Sínodo o en otro ámbito). Santo Tomás de Aquino nos da un ejemplo: inicia cada uno de los artículos de su Suma Teológica con las razones del adversario que nunca banaliza ni ridiculiza, sino que las toma en serio y luego les responde con su “Sed contra”, “sin embargo”, es decir, con las razones que considera más en conformidad con la fe y la moral. Preguntémonos (yo primero): ¿hacemos lo mismo?

Jesús dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados…¿Cómo es que ves la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? (Mt 7, 1-3). ¿Es posible vivir, nos preguntamos, sin juzgar nunca? ¿No es la capacidad de juzgar parte de nuestra estructura mental y no es un don de Dios? En la versión de Lucas, al mandato de Jesús: “no juzguéis y no seréis juzgados” le sigue inmediatamente, como para aclarar el sentido de estas palabras, el mandato: “no condenéis y no seréis condenados” (Lc 6, 37). Por lo tanto, no se trata de eliminar el juicio de nuestro corazón, ¡sino de eliminar el veneno de nuestro juicio! Eso es el odio, la condena, el ostracismo.

Un padre, un superior, un confesor, un juez, cualquiera que tenga alguna responsabilidad sobre los demás, debe juzgar. A veces, en efecto, juzgar es precisamente el tipo de servicio que uno está llamado a ejercer en la sociedad o en la Iglesia. La fuerza del amor cristiano reside en el hecho de que es capaz de cambiar el signo incluso del juicio y, de un acto de desamor, convertirlo en un acto de amor. No con nuestras propias fuerzas, sino gracias al amor que “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).

En conclusión, hagamos nuestra la hermosa oración atribuida a San Francisco de Asís. (Tal vez no sea suya, pero refleja perfectamente su espíritu):

Oh Señor, hazme un instrumento de tu paz:

donde haya odio, déjame llevar amor,

donde haya ofensa, que yo lleve el perdón,

donde hay discordia déjame traer unidad,

donde haya duda, déjame vestirme de fe,

donde está el error, que pueda traer la verdad,

donde está la desesperación, déjame traer esperanza,

donde haya tristeza, déjame llevar alegría,

donde está la oscuridad, déjame traer la luz.

 

Y añadimos:

 

Donde haya malicia, déjame mostrar benignidad

¡Donde haya dureza, déjame traer bondad!

Coresma, apoio para o fundamental

Al comienzo de una nueva cuaresma apetece mirar a lo auténticamente esencial en la vida, sin medias tintas ni componendas. Porque la Cuaresma consiste en descubrir lo fundamental de la vida. Vivir desde lo esencial. 

Por eso, la llamada de la Cuaresma, que es la llamada de Cristo, resulta especialmente actual y necesaria para contrarrestar la cultura light del pensar y actuar que se promueve en muchos ambientes. Se trata de dejar todo lo alejado del evangelio y de ver todo lo verdaderamente humano para redescubrir lo primordial, apreciar y saborear la presencia de Dios en cada uno. Se trata de zanjar nuestros caminos de imperfección, de materialismo, de obsesión por el dinero, de consumismo, de adoración de la carne, de insolidaridad, de egoísmo, de superficialidad, y de tantos otros males que de nosotros nacen, por nosotros viven y de nosotros se alimentan.

Lo fundamental nos invita a la plenitud de la vida profunda. A llenarnos de confianza, sencillez, honestidad, misericordia, perdón, actitud de servicio y de fe. A cambiar la piel del corazón. A huir del envejecimiento prematuro que no sueña, no espera, no se ilusiona, no cambia.

Vivir con plenitud en el “mar de la vida”, apoyarse en lo esencial no es fácil. Podemos desesperanzarnos, pero motivados por las palabras del Señor, somos invitados a un nuevo intento, a revertir nuestro barro por virtud. A examinar nuestra vida, entrar en uno mismo, y tamizar la propia existencia a la luz del Señor, de su Palabra y de su Iglesia, para redescubrir con alegría el encuentro gozoso, sanante y transformador con Jesucristo.

Comenzamos la Cuaresma el miércoles pasado, llamado de Ceniza. Un día especialmente penitencial, día de ayuno y abstinencia, igual que el Viernes Santo.

La abstinencia, sabemos que consiste en no comer carne, se exige, al menos, los viernes de Cuaresma. Y obliga a todos los mayores de 14 años. El ayuno, consiste en no comer entre comidas. Desayunar, comer bien y cenar escasamente. Obliga a los mayores de edad hasta los 60 años. Están dispensados del ayuno y la abstinencia los enfermos. Ayuno y abstinencia son las prácticas comunes que unen a todos los cristianos del mundo, de ahí su importancia.

Pero es a la oración, a la lectura de la Palabra de Dios y a la caridad, a lo que nos invita, sobre todo, la Cuaresma. Orar más, privarnos de algo, renunciando a caprichos y superficialidad, compartir tiempo y dinero, es vivir la Cuaresma. Esto es lo esencial en la vida. Los verdaderos apoyos de nuestra vida cristiana. Aunque en nuestro tiempo sea ir contracorriente.

Daniel García García

Canónigo y párroco de Albeiros

miércoles, 22 de febrero de 2023

Mensaxe do Papa para a Coresma 2023

 «Ascesis cuaresmal, un camino sinodal»

Queridos hermanos y hermanas: 

Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas concuerdan al relatar el episodio de la Transfiguración de Jesús. En este acontecimiento vemos la respuesta que el Señor dio a sus discípulos cuando estos manifestaron incomprensión hacia Él. De hecho, poco tiempo antes se había producido un auténtico enfrentamiento entre el Maestro y Simón Pedro, quien, tras profesar su fe en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, rechazó su anuncio de la pasión y de la cruz. Jesús lo reprendió enérgicamente: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23). Y «seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17,1).

El evangelio de la Transfiguración se proclama cada año en el segundo domingo de Cuaresma. En efecto, en este tiempo litúrgico el Señor nos toma consigo y nos lleva a un lugar apartado. Aun cuando nuestros compromisos diarios nos obliguen a permanecer allí donde nos encontramos habitualmente, viviendo una cotidianidad a menudo repetitiva y a veces aburrida, en Cuaresma se nos invita a “subir a un monte elevado” junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis. 

La ascesis cuaresmal es un compromiso, animado siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz. Era precisamente lo que necesitaban Pedro y los demás discípulos. Para profundizar nuestro conocimiento del Maestro, para comprender y acoger plenamente el misterio de la salvación divina, realizada en el don total de sí por amor, debemos dejarnos conducir por Él a un lugar desierto y elevado, distanciándonos de las mediocridades y de las vanidades. Es necesario ponerse en camino, un camino cuesta arriba, que requiere esfuerzo, sacrificio y concentración, como una excursión por la montaña. Estos requisitos también son importantes para el camino sinodal que, como Iglesia, nos hemos comprometido a realizar. Nos hará bien reflexionar sobre esta relación que existe entre la ascesis cuaresmal y la experiencia sinodal.

En el “retiro” en el monte Tabor, Jesús llevó consigo a tres discípulos, elegidos para ser testigos de un acontecimiento único. Quiso que esa experiencia de gracia no fuera solitaria, sino compartida, como lo es, al fin y al cabo, toda nuestra vida de fe. A Jesús hemos de seguirlo juntos. Y juntos, como Iglesia peregrina en el tiempo, vivimos el año litúrgico y, en él, la Cuaresma, caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje. Análogamente al ascenso de Jesús y sus discípulos al monte Tabor, podemos afirmar que nuestro camino cuaresmal es “sinodal”, porque lo hacemos juntos por la misma senda, discípulos del único Maestro. Sabemos, de hecho, que Él mismo es el Camino y, por eso, tanto en el itinerario litúrgico como en el del Sínodo, la Iglesia no hace sino entrar cada vez más plena y profundamente en el misterio de Cristo Salvador.

Y llegamos al momento culminante. Dice el Evangelio que Jesús «se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17,2). Aquí está la “cumbre”, la meta del camino. Al final de la subida, mientras estaban en lo alto del monte con Jesús, a los tres discípulos se les concedió la gracia de verle en su gloria, resplandeciente de luz sobrenatural. Una luz que no procedía del exterior, sino que se irradiaba de Él mismo. La belleza divina de esta visión fue incomparablemente mayor que cualquier esfuerzo que los discípulos hubieran podido hacer para subir al Tabor. Como en cualquier excursión exigente de montaña, a medida que se asciende es necesario mantener la mirada fija en el sendero; pero el maravilloso panorama que se revela al final, sorprende y hace que valga la pena. También el proceso sinodal parece a menudo un camino arduo, lo que a veces nos puede desalentar. Pero lo que nos espera al final es sin duda algo maravilloso y sorprendente, que nos ayudará a comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino.

La experiencia de los discípulos en el monte Tabor se enriqueció aún más cuando, junto a Jesús transfigurado, aparecieron Moisés y Elías, que personifican respectivamente la Ley y los Profetas (cf. Mt 17,3). La novedad de Cristo es el cumplimiento de la antigua Alianza y de las promesas; es inseparable de la historia de Dios con su pueblo y revela su sentido profundo. De manera similar, el camino sinodal está arraigado en la tradición de la Iglesia y, al mismo tiempo, abierto a la novedad. La tradición es fuente de inspiración para buscar nuevos caminos, evitando las tentaciones opuestas del inmovilismo y de la experimentación improvisada.

El camino ascético cuaresmal, al igual que el sinodal, tiene como meta una transfiguración personal y eclesial. Una transformación que, en ambos casos, halla su modelo en la de Jesús y se realiza mediante la gracia de su misterio pascual. Para que esta transfiguración pueda realizarse en nosotros este año, quisiera proponer dos “caminos” a seguir para ascender junto a Jesús y llegar con Él a la meta.

El primero se refiere al imperativo que Dios Padre dirigió a los discípulos en el Tabor, mientras contemplaban a Jesús transfigurado. La voz que se oyó desde la nube dijo: «Escúchenlo» (Mt 17,5). Por tanto, la primera indicación es muy clara: escuchar a Jesús. La Cuaresma es un tiempo de gracia en la medida en que escuchamos a Aquel que nos habla. ¿Y cómo nos habla? Ante todo, en la Palabra de Dios, que la Iglesia nos ofrece en la liturgia. No dejemos que caiga en saco roto. Si no podemos participar siempre en la Misa, meditemos las lecturas bíblicas de cada día, incluso con la ayuda de internet. Además de hablarnos en las Escrituras, el Señor lo hace a través de nuestros hermanos y hermanas, especialmente en los rostros y en las historias de quienes necesitan ayuda. Pero quisiera añadir también otro aspecto, muy importante en el proceso sinodal: el escuchar a Cristo pasa también por la escucha a nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia; esa escucha recíproca que en algunas fases es el objetivo principal, y que, de todos modos, siempre es indispensable en el método y en el estilo de una Iglesia sinodal.

Al escuchar la voz del Padre, «los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo» (Mt 17,6-8). He aquí la segunda indicación para esta Cuaresma: no refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, de experiencias sugestivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones. La luz que Jesús muestra a los discípulos es un adelanto de la gloria pascual y hacia ella debemos ir, siguiéndolo “a Él solo”. La Cuaresma está orientada a la Pascua. El “retiro” no es un fin en sí mismo, sino que nos prepara para vivir la pasión y la cruz con fe, esperanza y amor, para llegar a la resurrección. De igual modo, el camino sinodal no debe hacernos creer en la ilusión de que hemos llegado cuando Dios nos concede la gracia de algunas experiencias fuertes de comunión. También allí el Señor nos repite: «Levántense, no tengan miedo». Bajemos a la llanura y que la gracia que hemos experimentado nos sostenga para ser artesanos de la sinodalidad en la vida ordinaria de nuestras comunidades.

Queridos hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo nos anime durante esta Cuaresma en nuestra escalada con Jesús, para que experimentemos su resplandor divino y así, fortalecidos en la fe, prosigamos juntos el camino con Él, gloria de su pueblo y luz de las naciones.

Roma, San Juan de Letrán, 25 de enero de 2023, Fiesta de la Conversión de san Pablo

Francisco

miércoles, 15 de febrero de 2023

"CUADERNOS DEL CONCILIO"

La Conferencia Episcopal estrena la página web «Cuadernos del Concilio». Un proyecto con el que su une a la invitación del papa Francisco de redescubrir las cuatro grandes constituciones conciliares del Vaticano II como preparación al Jubileo Ordinario de 2025.

Acceder a la web

A raíz de esta petición del Santo Padre, la Santa Sede impulsa la iniciativa “Cuadernos del Concilio”. Se trata de una serie de pequeños volúmenes con los que acercar, especialmente a los más jóvenes, algunos de los contenidos del Vaticano II para que sigan «orientando y guiando al pueblo santo de Dios, para que progrese en la misión de llevar a todos el gozoso anuncio del Evangelio».

La editorial BAC ha traducido y editado estos Cuadernos que serán distribuidos próximamente para el trabajo en grupos, parroquias, movimientos y vida consagrada.

Esta nueva página web de la Conferencia Episcopal, preparada por la Comisión para las Comunicaciones Sociales y la Oficina de Información, ofrece una síntesis de cada uno de estos capítulos, también en formato podcast descargable, así como un pequeño vídeo de introducción que facilite el trabajo en grupos.

Este lunes se abrió la web de Cuadernos del Concilio con los libros dedicados a Dei Verbum y a Sacrosanctum Concilium.

Esta página web, además, se completará próximamente con los textos íntegros que está preparando para su publicación la editorial BAC.

CEE

jueves, 9 de febrero de 2023

LA ENTRETELA. UNA ACTITUD DIVINA: LA CERCANÍA

Entre finales de enero y la primera semana de febrero el Papa ha dedicado un espacio de sus discursos para analizar diversas actitudes divinas. En este rincón nos vamos a detener en lo que ha dicho sobre la cercanía.

La cercanía, es una de esas “cosas de Dios” que se manifiesta en una gran diversidad. El Papa estos días se ha centrado en:

– La cercanía permite sumar, permite avanzar y convertir en positivo aún las situaciones más trágicas. Y dice el Papa. La transformación desde lo negativo a lo positivo es uno de los aspectos esenciales del misterio de Jesucristo. Cristo culminó su pasión y muerte en la cruz, en un sacrificio de salvación para todos. Lo hizo gracias al amor de su Padre, rico en misericordia y nos lo presenta tangible en la Eucaristía, dónde sabiendo que le aguardaba, dio gracias al Padre sobre el pan y el vino, para donarnos el sacramento de su sacrificio.

– La cercanía está abierta al diálogo en primer lugar con Dios por medio de la oración, en segundo lugar, con el prójimo. La cercanía nos obliga a salir de nosotros mismos en un éxodo desde nuestro ego hacia el otro mediante un diálogo en radical apertura al otro. Y esto es propio de Cristo, que se hizo hombre, para abrazar los dramas, las preguntas y esperanzas de una humanidad sufriente siempre en busca de la paz.

– La cercanía nos lleva a la colaboración y esta a compartir conocimientos y experiencias prácticas.

– La cercanía nos lleva a la fraternidad y esta aporta soluciones, concita voluntades, da testimonio de que el amor, la fraternidad y el verdadero humanismo que nace de la fe vence al odio, al rechazo y a la brutalidad. Y dice el Papa; la Sede de Pedro ha estado siempre atenta a las vicisitudes de todos los pueblos, a sus esfuerzos y sus dificultades por conseguir una vida mejor, buscando que alcancen la paz que el Señor prometió a sus discípulos (cf. Jn 14,26–27).

En definitiva, ser cercano es una actitud divina que estos días el Papa ha querido recordarnos a quienes queramos escuchar.

miércoles, 18 de enero de 2023

DOMINGO día 22: DOMINGO DA PALABRA

El tercer domingo del tiempo ordinario, este año el 22 de enero, la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios. Una Jornada que instituyó el papa Francisco el 30 de septiembre de 2019, con la firma de la carta apostólica en forma de «Motu proprio» Aperuit illis, con el fin de dedicar un domingo completamente a la Palabra de Dios.

La Conferencia Episcopal Española se une cada año a la celebración de este Día y anima a su celebración con la publicación de los materiales que elabora el área de Pastoral bíblica de la Comisión para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado. Este año, además, se aporta una novedad: en el marco de esta celebración y teniendo en cuenta que el 27 de enero es la fiesta de san Enrique de Ossó, patrón de los catequistas de España, se propone dedicar estos días a concienciar sobre la responsabilidad que tiene la comunidad parroquial en la catequesis.

Así, este año, a los materiales para el Domingo de la Palabra de Dios, se suman otros documentos para difundir la figura de san Enrique de Ossó y la importancia de los catequistas en la vida de la Iglesia.

Un domingo para que repercuta en todo el año

El obispo responsable del área de Pastoral bíblica, monseñor Julián Ruiz Martorell, firma la presentación del Domingo de la Palabra de Dios. El prelado recuerda en su escrito que el Papa instituyó este Domingo para que repercuta en todo el año: «El día dedicado a la Biblia no ha de ser “una vez al año”, sino una vez para todo el año, porque nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el pan en la comunidad de los creyentes. Para esto necesitamos entablar un constante trato de familiaridad con la Sagrada Escritura, si no el corazón queda frío y los ojos permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera «.

También destaca el deseo del Santo Padre para que este Domingo «haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor sagrado lo enseñaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra “está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas”.

¿Cómo leer la Palabra de Dios? Método de la lectio divina

La lectio divina es una antigua práctica que enseña a leer, meditar y vivir un texto de la Palabra de Dios por medio de un método muy sencillo que consiste en seguir varios pasos. Entre los materiales que se han editado este año se proponen tres esquemas de lectio divina: La primera para niños, tomando como base el salmo responsorial; la segunda para jóvenes, a partir del texto de la primera Carta a los Corintios; y la tercera para adultos, desde el texto del evangelio. 

Con estos esquemas, se podrá seguir el proceso de la lectio divina. Como paso previo, se hace la señal la cruz, y tras un momento de silencio, la Oración de preparación.

Empezamos: guía paso a paso

Lectura de la Palabra de Dios: ¿qué dice el texto? Leemos el texto las veces que sea necesario hasta que comprendamos bien lo que en él se dice. Hay que hacer una lectura pausada. Este momento es de suma importancia. Es necesaria la comprensión de lo que la Palabra narra.

¿Qué me dice Dios con este texto? Tras otra lectura nos detenemos a preguntarnos lo que el Señor nos ha dicho por medio del texto. Es el momento de la profundización de la Palabra de Dios para acogerla en nuestro interior. Dios cuando inspiró al autor quiso hablar a los hombres. Intentamos descubrir el mensaje divino contenido en el texto: ¿qué me dice el Señor?, ¿qué mensaje particular me quiere Dios hacer llegar? Tomamos el tiempo necesario para descubrirlo. Lo hacemos con serenidad y paz.

Ora. Habla con Dios sobre lo que te ha comunicado. Dialoga con el Señor sobre lo que has descubierto en este texto. Puedes, si es necesario y lo quieres expresar, darle gracias, pedir perdón, alabarle, adorarle, hacerle alguna petición… dile todo lo que esté en tu corazón. Cuéntaselo con sinceridad.

Contemplación: queda unos instantes en silencio en la presencia de Dios. No digas nada. Solamente pon tu pensamiento y tus afectos en el Señor.

Acción: es el momento de concretar lo que el Señor quiere que vivas de lo que te ha dicho. No hay que ponerse muchos propósitos. Intenta concretar y decide realizar una acción o a lo sumo dos. Ve cómo la(s) puedes poner en práctica en tu vida real y concreta.

Terminamos con una oración final de acción de gracias: da gracias al Señor por esta lectio divina que has vivido.

Divulgar la Palabra de Dios y valor ecuménico

El papa Francisco instituía esta Jornada el 30 de septiembre de 2019 con la firma de la carta apostólica en forma de «Motu proprio» Aperuit illis.

El pontífice propone este Domingo dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios:

· Para comprender la riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo.

· Para que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable.

· Para que nunca falte la relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe.

Además, la celebración se ha hecho coincidir con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Un tiempo «en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad».

 

lunes, 16 de enero de 2023

Carta Pastoral Semana pola Unidade dos Cristiáns

“Haz el bien; busca la justicia” (Is 1,17)

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 18 a 25 de enero de 2023

Queridos diocesanos:

Concluido un dúplice año santo, tiempo de conversión y de caminar hacia Cristo, se nos invita a crecer en la justicia y el bien con una frase que nos pide los frutos de la conversión y la gracia jubilar recibidas. Desde el Dicasterio por la Promoción de la Unidad de los Cristianos y  el  Consejo Mundial de Iglesias, un año más se nos motiva a unirnos en la oración por el don de la Unidad, por la que repetidamente pide Nuestro Señor entre la Cruz y en la Pascua, según el discurso de despedida del Evangelio de Juan. Esa unidad es expresión de la llamada de Dios a la fe en comunidad, como recuerda Pablo, a los Efesios. Precisamente es la fiesta del Apóstol de las Gentes, Pablo, la que nos hace mirar a todos los cristianos no a nosotros mismos, causa de nuestro egoísmo y división, sino hacia Cristo, unidos. La mirada pura del corazón es la mirada en oración compartiendo la caridad fraterna: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

“El Concilio Vaticano II enseñó que “este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana” (UR 24). Al orar por la unidad reconocemos que esta es un don del Espíritu Santo y que no podemos alcanzarla con nuestras propias fuerzas. La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se celebra cada año del 18 al 25 de enero. “El recentísimo Vademecum ecuménico vaticano nos recuerda que no es una devoción privada sino oración de toda la Iglesia. Esta invitación a la oración por la unidad y a unirnos en la oración se repite desde el Concilio Vaticano II y llega a nosotros en el Magisterio de los distintos santos Pontífices que han gobernado la barca de la Iglesia en las tormentas del cambio de siglo. También el ecumenismo ha sufrido el rechazo de aquellos que, ante la tempestad, como los apóstoles, temen naufragar y prefieren la comodidad del antiguo puerto seguro a responder confiadamente al arriesgado “duc in altum“, “rema mar adentro”. Son aquellos que vacilan a echarse al agua como Pedro, que tan sólo sigue confiado los pasos de Cristo, aunque sea sobre el agua, aunque no haya camino preparado”1.

El miedo al ecumenismo nos lleva a ver en él una especie de deformación según los tiempos, tentación que nos bloquea a corregirnos y renovar nuestra fe como venimos de hacer todo un Año Santo. “Ante todo, el ecumenismo no consiste en una solución de compromiso, como si la unidad tuviera que lograrse a expensas de la verdad. Al contrario, la búsqueda de la unidad nos lleva a una valoración más plena de la verdad revelada por Dios” (UR 11)2. Estas palabras recogen una intuición que de forma clarividente exponía el entonces Joseph cardenal Ratzinger: “No es el consenso el que funda la verdad, sino la verdad el consenso… La unanimidad no es el fundamento del carácter vinculante de algo, sino el signo de la verdad que se manifiesta”3. 

Pero precisamente es esa búsqueda de Dios y de la Verdad la que debe movernos siempre de tal manera que no nos conformemos con un ídolo, con una apariencia formal externa, acorde a nuestros gustos, sino que luchemos por acercarnos a Dios a través de su Palabra, su Imagen, su Hijo, para dejar restablecer en nosotros su semejanza. “Distinguir las separaciones meramente humanas de las divisiones realmente teológicas. Precisamente las separaciones meramente humanas gustan de darse la importancia de lo esencial; se esconden, por así decir, detrás de lo esencial… La tácita divinización de lo propio, que es la permanente tentación del hombre, se extiende… El ecumenismo exigía y exige el intento de liberarse de tales, con frecuencia, sutiles falsificaciones… Debería despertarse una tolerancia para lo otro que no esté basada en la indiferencia ante la verdad, sino en la distinción entre verdad y mera tradición humana”4.

Esta actitud humilde interior y de búsqueda sin duda nos llevará igualmente a profundizar en la fe desde el respeto a quienes la viven, auténticamente en conciencia, de formas tan diversas, sin relativizar ni consensuar la fe, pero sí respetándonos en el amor. “El mandato del amor purificará a ojos vistas también nuestra fe y nos ayudará a distinguir lo esencial de lo que no lo es”5.

El amor es la virtud que mejor expresa la autenticidad teológica y espiritual de la conversión, de la fe que siempre busca crecer y renovar al individuo y a la Iglesia. Por eso desde el amor, el compromiso por la justicia no es simple altruismo o valores humanos, sino conversión de fe, que además nos lleva de la mano a todos los discípulos de Cristo. Como nos recuerda el Santo Padre el papa Francisco “mientras nos encontramos todavía en camino hacia la plena comunión, tenemos ya el deber de dar testimonio común del amor de Dios a su pueblo colaborando en nuestro servicio a la humanidad”6. Las dos últimas encíclicas del papa Francisco Laudato Si’ y Fratelli Tutti son expresión de cómo la conversión y reforma de la Iglesia, en cuanto nos reconducen al centro que es Cristo, nos llevan a la Unidad que Él ha querido para sus discípulos a quienes nos llama amigos. Con ambas encíclicas el Papa quiere llegar también a los cristianos no católico-romanos como signo de unidad. También nos muestran que, junto con la oración y el ecumenismo espiritual, el ecumenismo de la caridad, del compromiso y de la justicia nos llevan de la mano en cuanto que no son sólo un camino humano, sino hacia Dios y desde Dios, en la fe que actúa en el amor. No son pocas las pequeñas acciones cotidianas de nuestros fieles, parroquias y movimientos que lo están demostrando a diario sin buscar protagonismos.

Recemos por la Unidad a Dios, cuyo Espíritu es el único que la puede construir entre nosotros. Pero luchemos contra las tentaciones egoístas que nos llevan a mirarnos a nosotros mismos sin humildad, dejando de mirar a Cristo mismo. Superemos la tentación derrotista que nos hace abandonar la lucha porque no alcanzamos resultados humanos, como si no fuese toda nuestra vida cristiana un sembrar una semilla que no es humana ni crece por acción humana. No olvidemos que el don de Dios siempre es más grande que nosotros, y se reparte entre muchos, para compartirlo y entregarlo, pero también recibirlo de los demás.

 

Os saluda con afecto y bendice en el Señor.

+ Julián Barrio Barrio,

jueves, 12 de enero de 2023

BENEDICTO XVI: EL DESTINO DEL PAPA PROFESOR

Andrés Torres Queiruga, 07-enero-2023

Este artículo ha sido publicado en gallego el juevds 5 de enero en  La Voz de Galicia por el teólogo ANDRÉS TORRES QUEIRUGA . Se une a los varios Promemorias que sobre Benedicto XVI esstamos publicando en Atrio. AD.

Hay frases que pueden marcar o al menos definir un destino. “Pienso que, ya que Dios ha hecho papa a un profesor, quería que precisamente este aspecto de la reflexión, y en especial la lucha por la unidad de fe y razón, pasaran al primer plano”. Son palabras pronunciadas por Benedicto XVI en 2010, en el libro de entrevistas La luz del mundo.

Había llegado al pontificado, después de pasar muchos años como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y siendo claramente la cabeza teológica de Juan Pablo II, el Papa más “político”, con quien durante unos treinta años había promovido, sin concesiones, una exigente reagrupación doctrinal de la Iglesia. La redacción del Catecismo de la Iglesia Católica, cuidadosamente supervisada por él, fue el ideario que, declarado de autoridad pontificia, pretendió imponer como norma y criterio para la catequesis e incluso para la teología.

De hecho, el prestigio de profesor alemán, junto con una rica trayectoria de publicaciones teológicas, lograron introducir en el ambiente un sentido de dignidad cultural para el anuncio de la fe cristiana. Respondía así a una necesidad global de actualización, que el Concilio Vaticano II había reconocido y proclamado solemnemente. Era urgente, tras la severa crisis de la Ilustración, que puso en crisis el papel destacado con el que el cristianismo había marcado la cultura occidental durante un milenio y medio y desde entonces, en buena medida, también la del mundo.

Él, no sólo por formación, sino por haber participado personalmente en el Concilio, parecía bien preparado para emprender la alta tarea. Y decidió afrontarla, continuando, con otro estilo pero con la misma actitud de cierto mesianismo salvador, el camino ya emprendido junto al anterior Papa, Juan Pablo II. Pero sucede que, a estas alturas, todo parece confirmar lo que gran parte de los teólogos habían denunciado desde el principio. El Concilio había abierto las puertas a una revolución evangélica, y lo que estos dos Papas pretendían imponer era una renovación de compromiso, con arreglos de forma y acomodación de estilo. Al final, no hacían más que apuntalar el mismo viejo edificio. Se procedió a través de una hermenéutica restauradora del mensaje conciliar, con el fortalecimiento de la autoridad central.

Si Juan Pablo II insistió sobre todo en la disciplina de un gobernante fuerte y experimentado, Benedicto XVI se centró en la teología. Publicó, siguiendo también el estilo del anterior, algunos documentos excelentes, como Deus caritas est (Dios es amor ), Spe salvi (Salvados por la esperanza ) y Caritas in veritate (La caridad en la verdad ), que fueron luminosos y esperanzadores, en cuanto se centraban en el anuncio central de la fe, evitando los temas colaterales y discutibles.

Pero, en cuanto a los esfuerzos relacionados con una actualización teológica sustantiva, lo traicionó su interpretación del servicio papal, considerándose a sí mismo como un “papa profesor”: pensó que su autoridad pastoral como anunciador de la fe y animador de vida en un sentido evangélico, lo investía también con el poder de controlar el “servicio teológico”. Convirtió su teología en modelo de la teología. En consecuencia, prosiguió, reforzando con la nueva autoridad papal, el control autoritario que había ejercido como prefecto de la doctrina de la fe. Las censuras, los procedimientos y las exclusiones de lo que sonaba a renovación fundamental se multiplicaron, imponiendo en la enseñanza más o menos oficial los textos de los representantes de la restauración teológica. Simplificando: Hans Urs von Balthasar contra Karl Rahner.

Respecto del segundo, llegó a decir: “Trabajando con él, me di cuenta de que Rahner y yo, a pesar de estar de acuerdo en muchos puntos y en múltiples aspiraciones, vivíamos desde el punto de vista teológico en dos planetas diferentes”. Justo ahí y también simplificando, aparece un síntoma que, permítaseme la opinión, es todo un diagnóstico: el teólogo Ratzinger está muy lejos de la creatividad y profundidad del teólogo Rahner. No supo reconocer, como este, la necesidad de un “cambio estructural de la Iglesia” ni de una superación radical del paradigma escolástico, abriendo para la teología y para la Iglesia un futuro que golpea con los puños las puertas de la humanidad. De la humanidad religiosa, que necesita que entren de nuevo los aires frescos del Evangelio. Y de la humanidad secular, a la que no le sobra escuchar el ofrecimiento de luz y esperanza que hace dos mil años encendió Jesús de Nazaret.

No es casualidad que cierre aquí estas reflexiones con esta evocación. Pues confieso que siempre he juzgado como la pérdida de una gran oportunidad el hecho de que el desenfoque en el diagnóstico haya impedido a Benedicto XVI aprovechar sus excelentes cualidades de síntesis precisa y exposición esclarecedora que sobre este tema central le ofrecía la amplia difusión de su libro sobre el Nazareno. Al no tener en cuenta los avances de los estudios bíblicos, la proclamación conciliar de la autonomía del mundo y el nuevo diálogo entre las religiones, no logró presentar al mundo una visión actualizada y verdaderamente creíble de su figura. La figura entrañablemente humana, de uno como nosotros, que, anunciando que la palabra que Dios es amor infinito y perdón incondicional, y que, ejerciendo una conducta fraterna, comprometida y liberadora de todos los humillados y ofendidos, permanece ahí como un faro abierto, que, hoy como en los inicios, sigue enviando señales con las que muchas personas en el mundo sintonizan íntimamente, encontrando en ellas sentido y salvación.

jueves, 5 de enero de 2023

Homilía del papa Francisco en el funeral de Benedicto XVI

El Papa Francisco presidió la Misa del funeral del Papa Emérito Benedicto XVI este 5 de enero en la plaza San Pedro del Vaticano ante miles de fieles procedentes de diferentes partes del mundo.

“Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz”, dijo el Santo Padre.

Texto completo de la homilía del Papa

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Son las últimas palabras que el Señor pronunció en la cruz; su último suspiro —podríamos decir— capaz de confirmar lo que selló toda su vida: un continuo entregarse en las manos de su Padre. Manos de perdón y de compasión, de curación y de misericordia, manos de unción y bendición que lo impulsaron a entregarse también en las manos de sus hermanos.

El Señor, abierto a las historias que encontraba en el camino, se dejó cincelar por la voluntad de Dios, cargando sobre sus hombros todas las consecuencias y dificultades del Evangelio, hasta ver sus manos llagadas por amor: «Aquí están mis manos» (Jn 20,27), le dijo a Tomás, y lo dice a cada uno de nosotros. Mira mis manos. Manos llagadas que salen al encuentro y no cesan de ofrecerse para que conozcamos el amor que Dios nos tiene y creamos en él (cf. 1 Jn 4,16).[1]

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» es la invitación y el programa de vida que inspira y quiere moldear como un alfarero (cf. Is 29,16) el corazón del pastor, hasta que latan en él los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Flp 2, 5).

Entrega agradecida de servicio al Señor y a su Pueblo, que nace por haber acogido un don totalmente gratuito: “Tú me perteneces… tú les perteneces”, susurra el Señor; “tú estás bajo la protección de mis manos, bajo la protección de mi corazón. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas”.[2] Es la condescendencia de Dios y su cercanía, capaz de ponerse en las manos frágiles de sus discípulos para alimentar a su pueblo y decir con Él: tomen y coman, tomen y beban, esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes (cf. Lc 22,19).

Entrega orante que se forja y acrisola silenciosamente entre las encrucijadas y contradicciones que el pastor debe afrontar (cf. 1 P 1,6-7) y la confiada invitación a apacentar el rebaño (cf. Jn 21,17). Como el Maestro, lleva sobre sus hombros el cansancio de la intercesión y el desgaste de la unción por su pueblo, especialmente allí donde la bondad está en lucha y sus hermanos ven peligrar su dignidad (cf. Hb 5,7-9). En este encuentro de intercesión donde el Señor va gestando esa mansedumbre capaz de comprender, recibir, esperar y apostar más allá de las incomprensiones que esto puede generar. Fecundidad invisible e inaferrable, que nace de saber en qué manos se ha puesto la confianza (cf. 2 Tm 1,12). Confianza orante y adoradora, capaz de interpretar las acciones del pastor y ajustar su corazón y sus decisiones a los tiempos de Dios (cf. Jn 21,18): «Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia».[3]

Y también en la entrega sostenida por la consolación del Espíritu, que lo espera siempre en la misión: en la búsqueda apasionada por comunicar la hermosura y la alegría el Evangelio (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 57), en el testimonio fecundo de aquellos que, como María, permanecen de muchas maneras al pie de la cruz, en esa dolorosa pero recia paz que no agrede ni avasalla; y en la obstinada pero paciente esperanza en que el Señor cumplirá su promesa, como lo había prometido a nuestros padres y a su descendencia por siempre (cf. Lc 1,54-55).

También nosotros, aferrados a las últimas palabras del Señor y al testimonio que marcó su vida, queremos, como comunidad eclesial, seguir sus huellas y confiar a nuestro hermano en las manos del Padre: que estas manos de misericordia encuentren su lámpara encendida con el aceite del Evangelio, que él esparció y testimonió durante su vida (cf. Mt 25,6-7).

San Gregorio Magno, al finalizar la Regla pastoral, invitaba y exhortaba a un amigo a ofrecerle esta compañía espiritual, y dice así: «En medio de las tempestades de mi vida, me alienta la confianza de que tú me mantendrás a flote en la tabla de tus oraciones, y que, si el peso de mis faltas me abaja y humilla, tú me prestarás el auxilio de tus méritos para levantarme». Es la conciencia del Pastor que no puede llevar solo lo que, en realidad, nunca podría soportar solo y, por eso, es capaz de abandonarse a la oración y al cuidado del pueblo que le fue confiado.[4] Es el Pueblo fiel de Dios que, reunido, acompaña y confía la vida de quien fuera su pastor.

Como las mujeres del Evangelio en el sepulcro, estamos aquí con el perfume de la gratitud y el ungüento de la esperanza para demostrarle, una vez más, ese amor que no se pierde; queremos hacerlo con la misma unción, sabiduría, delicadeza y entrega que él supo esparcir a lo largo de los años. Queremos decir juntos: “Padre, en tus manos encomendamos su espíritu”.

 

Roma 5-1-2023

 

 

martes, 3 de enero de 2023

31 dic 2022 10.51 por Simone M. Varisco en su blog Caffestoria

Benedicto XVI: instrumentalizado, mitificado, incomprendido y comprimido en tiempos y categorías que no explican nada. Yo lo veo como un emblema de la libertad.

“Dios es lo eterno, mientras que el tiempo es un ídolo cuando se convierte en objeto de veneración”. Esta frase, tomada de El Dios de Jesucristo, de Joseph Ratzinger, basta para trazar la parábola de una vida: la fe, la relación con lo eterno y la libertad para vivir los límites de la condición humana. El tiempo, con Benedicto XVI, ha sido generoso. Tiempo que resuena en una vida larga y plena, en comparación con la cual su primacía como el pontífice más longevo de la historia de la Iglesia se reduce a una mera nota a pie de página.

Fragmentos

Porque queda la constatación de que cualquier intento de encerrar la vida en años, así como en palabras y líneas de texto, resulta inevitablemente en una visión parcial, en un fragmento minúsculo que sólo encuentra su lugar en un diseño infinitamente mayor. Es, ni más ni menos, el destino de toda existencia humana. La pretensión de haber captado, o incluso comprendido, la esencia de un individuo está destinada, sin excepción, al fracaso.

La eternidad de Romano Guardini

Sólo el ejemplo -el recuerdo que se traduce en acción vital- puede, en cierta medida, esperar no ser del todo insuficiente y devolver la vitalidad y la memoria a los fragmentos. “Lo eterno no está relacionado con la vida biológica, sino con la persona”, escribió a principios de los años cincuenta Romano Guardini, teólogo y filósofo particularmente querido por Benedicto XVI, en su obra Las edades de la vida. “No preserva [a la persona] perpetuándola, sino que la realiza en un sentido absoluto. La conciencia de esta perpetuidad crece en la medida en que se acepta sinceramente la transitoriedad”.

Aceptar la finitud de esta vida”, como revela Benedicto XVI al periodista Peter Seewald, es el estilo de toda una existencia. La esperanza de “poder reunirme pronto” con los amigos difuntos, más que el conocimiento de que “pronto me enfrentaré al juez definitivo de mi vida”, como escribió Benedicto XVI en dos ocasiones a finales de 2021 y principios de 2022, no son piadosas declaraciones aisladas. No se trata de las esperanzas y temores improvisados de un anciano, sino de la conciencia de que “el presente, incluso un presente fatigoso, puede vivirse y aceptarse si conduce hacia una meta y si podemos estar seguros de esta meta, si esta meta es tan grande que justifica el esfuerzo del viaje” (Spe salvi).

Pero la transitoriedad se aplica tanto a las personas como al tiempo. Romano Guardini se dirige a un siglo que coincide con el de Joseph Ratzinger -el siglo XX-, un siglo a punto de extinguirse en la estación de los totalitarismos y de entrar en el rescoldo de nuevas formas aún más insidiosas de pensamiento totalizador. Lo que hace de la acumulación -de tiempo, de riqueza, de poder- la base de una eternidad efímera. Por el contrario, prosigue Romano Guardini, “la eternidad no es un ‘plus cuantitativo’, por inconmensurable que sea, sino que es algo cualitativamente otro, libre, incondicional”.

Libertad y locura

No es el recipiente lo que define una vida, sino su contenido. No el tiempo, sino su uso. Y “el comportamiento moral sólo es posible donde hay libertad”, escribe Guardini en Ética. La acción libre tiene […] un carácter especial: parte del principio interior de la vida, de la moción autónoma del espíritu, de la decisión con la que dispongo de mi ser”.

Se ha discutido mucho sobre la libertad real y “plena” de elección en la renuncia de Benedicto XVI en 2013. Pero cualesquiera que fueran las razones, ello no disminuye en modo alguno el ejemplo de libertad encarnado por Ratzinger. Libertad para despedirse de un determinado ejercicio de poder, libertad para apartarse de dinámicas asfixiantes, libertad para asumir responsabilidades.

Una libertad tan absoluta que puede confundirse con la locura. “Un orden bufonesco (Narrenorden), con el que nos burlamos de nosotros mismos y de la seriedad del gran mundo, es algo bueno. Y también por eso lo recibí con gusto”, explicó el entonces Card. Joseph Ratzinger durante la ceremonia en la que se le concedió la Orden de Karl Valentin, actor alemán de cabaret y teatro. En aquel momento, Ratzinger ocupaba el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aparentemente lo más alejado de la comedia que se puede estar.

“Algunos han expresado dudas sobre si esto encaja con una ocupación tan seria como la mía. Me parece que encaja muy bien con ella, ya que, célebremente, poder decir la verdad es el privilegio de los tontos. En las cortes de los antiguos potentados, el bufón era a menudo el único que podía permitirse el lujo de la verdad. Y puesto que por mi profesión tengo que decir la verdad, me alegro de haber sido aceptado en la categoría de los que disfrutan de ese privilegio. Quien, diciendo la verdad, no se sintiera un poco payaso, se convertiría sin duda demasiado fácilmente en un autócrata”.

En tiempos de autoritarismo, a veces incluso en la Iglesia.

El pontificado, y quizá la vida, de Benedicto XVI se han reducido con demasiada frecuencia a una elección tomada hace 10 años. Sin embargo, es esa mirada hacia lo absoluto, a la vez humilde y profética, libre y loca, uno de los mayores dones de Joseph Ratzinger a la Iglesia. Un legado para todo cristiano.

Testamento Benedicto XVI 29/08/2006

Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás, hacia las décadas que he vivido, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. Ante todo, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me ha dado la vida y me ha guiado en diversos momentos de confusión; siempre me ha levantado cuando empezaba a resbalar y siempre me ha devuelto la luz de su semblante. En retrospectiva, veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y agotadores de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien.

Doy las gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor prepararon para mí un magnífico hogar que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy. La clara fe de mi padre nos enseñó a nosotros los hijos a creer, y como señal siempre se ha mantenido firme en medio de todos mis logros científicos; la profunda devoción y la gran bondad de mi madre son un legado que nunca podré agradecerle lo suficiente. Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la claridad de su juicio, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin su constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo todos a Su bondad. Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe. Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y les ruego, queridos compatriotas: no se dejen apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he agraviado de alguna manera, les pido perdón de todo corazón.

Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio: ¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir! A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- fuera capaz de ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica. He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he visto cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas que sólo parecen ser competencia de la ciencia. Desde hace sesenta años, acompaño el camino de la teología, especialmente de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones, he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles y resultar meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.

Por último, pido humildemente: recen por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados y defectos, me reciba en la morada eterna. A todos los que me han sido confiados, van mis oraciones de todo corazón, día a día.

Benedicto, Santo y Doctor

Cuando en esta última temporada se le preguntaba por el estado de salud del papa emérito Benedicto XVI a su fiel e inseparable secretario, el arzobispo Georg Gäenswein —a quien la revista Vanity Fair dedicó una portada con la frase «ser guapo no es pecado»—, la respuesta sincera solía ser reiteradamente: «está muy débil y dada su edad cada día se va apagando como una velita». En la mañana del 31 de diciembre de 2022, quien desde la barca de Pedro había sido en estas décadas, una espléndida luminaria de doctrina y un faro seguro y orientador, se apagó silenciosamente, como se desvanece el pequeño cirio en la oscura nave de cualquier ermita.

Siempre, hasta en el final, me impresionó la inefable sensatez de este intelectual contemporáneo y teólogo genial. Solo en su físico me pareció pequeño y escaso. En todo lo demás: doctrina, piedad, prudencia, actividad pastoral, dialogo ecuménico, previsión del futuro, me pareció grande, magno y enorme.

Benedicto XVI merece sobradamente ser declarado pronto santo y “doctor de la Iglesia”, porque la grandeza de tal doctorado deviene no solamente por la profundidad de su magisterio y de sus escritos personales como teólogo genial, sino también por haber sido un gran maestro —en las decisiones complicadas, que hubieron de tomarse en los pontificados de san Juan Pablo II y en el suyo propio—, buscando el bien de la Iglesia y nunca el suyo personal.

La experiencia de los últimos años del pontificado de Juan Pablo II supusieron para Benedicto, una extraordinaria lección de la que supo colegir el riesgo de imprevisibles consecuencias que nos acarrearía en su caso una muy larga sede vacante. Por eso el 11 de febrero de 2013, con 85 años y a los ocho de pontificado, de manera imprevisible para todo el mundo, que no para él, manifestaba, santo y sabio: «Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras… para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado».  Repito, tal reflexión solo nace en una cabeza muy lúcida y de un corazón santo y generoso. 

Y así sin más, Benedicto se retiró hasta su muerte a la residencia “Mater Ecclesiae”, en los jardines vaticanos para dedicarse a la oración y al estudio. No han sido pocos los que han sabido valorar acertadamente esos gestos históricos como propios de una profunda espiritualidad ajena al pufo remilgoso y beatón. Benedicto con su renuncia concluyó sin alaracas un pontificado lleno de frutos para la Iglesia y para la historia porque solo quiso ser, como dijo al ser elegido, “un humilde obrero en la viña del Señor”. Y vuelvo al estribillo: cabeza muy lúcida y corazón santo y generoso.

El papa Benedicto nos enseñó también con esa decisión, seguramente más fácil para un alemán tan práctico como espiritual, la más clara e importante de sus enseñanzas magisteriales: «que la fe y la razón van de la mano, ensanchando el horizonte de la razón para no caer en fanatismos irracionales y abriendo el horizonte de la fe para no asfixiar al hombre en un bunker materialista».

En la hora del adiós —porque ya habrá momentos para exponer más detenidamente su opera magna—, se me ocurre aplicarle a él lo que en la audiencia del 2 de junio de 2010, dijo de su admirado santo Tomás de Aquino: «en aquel momento de enfrentamiento entre dos culturas —ese momento en que parecía que la fe tuviese que rendirse ante la razón— mostró que ambas van juntas, que cuando aparecía la razón incompatible con la fe, no era razón, y cuanto parecía fe no era fe, si se oponía a la verdadera racionalidad; así él creó una nueva síntesis, que formó la cultura de los siglos sucesivos».

Gracias, papa Benedicto XVI, que has querido vivir hasta apagarte humilde como una velita en la oscuridad, porque brillarás para siempre como estrella lúcida en el firmamento de la iglesia y en el magisterio honesto de la humanidad.

Mons. Alberto Cuevas Fernández

Sacerdote y periodista

Benedicto XVI y la centralidad de Dios

Recuerdo aquel 19 de abril de 2005 cuando, poco antes de las seis de la tarde, comenzó a salir la fumata blanca que anunciaba la elección del nuevo Papa. Me encontraba en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Era un integrante más de aquella muchedumbre de personas que prorrumpió en aplausos y aclamaciones cuando el cardenal protodiácono pronunció el «Habemus Papam» —«¡Tenemos Papa!»—.

El elegido era el cardenal Joseph Ratzinger, quien escogió para sí el nombre de Benedicto XVI. De modo tímido, saludó a los fieles desde el balcón principal de la Basílica: «Después del gran Papa, Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un sencillo, humilde, trabajador en la viña del Señor». Delante de mí estaba un grupo numeroso de seminaristas del Colegio Norteamericano de Roma que mostraban un entusiasmo incluso superior al que se suele ver en un animado partido de béisbol. El 24 de abril, en una soleada mañana, tuve también el privilegio de participar en la Misa del Inicio del Pontificado.

En esos días, paseando por el puente de Sant’Angelo, me encontré con el cardenal Carles, entonces arzobispo de Barcelona. Lo saludé y le agradecí que los cardenales hubiesen regalado a la Iglesia un papa como Benedicto XVI. Él me contestó sencillamente: «Hemos elegido al mejor». Era una certeza que muchos compartíamos. La excelencia de Joseph Ratzinger era tan destacada que sería imposible ocultarla: como teólogo y profesor, como arzobispo de Múnich y Frisinga, como Prefecto de la Congregación de la Fe en Roma… Y, estaba seguro de ello, también como Papa.

Los ocho años de pontificado (2005-2013) así lo han demostrado. También el inédito acto —en tiempos contemporáneos— de su renuncia, al igual que estos casi diez años vividos como Papa emérito. Su figura se agrandará aún más con el tiempo. Benedicto XVI era un Papa muy querido por los fieles, muy respetado por muchos intelectuales y también muy combatido, especialmente por ciertos sectores de la prensa alemana —quien haya leído la biografía escrita por Peter Seewald puede verificarlo—.

Amante de la belleza de la liturgia, respetuoso con la tradición de la Iglesia, ha sido, a mi juicio, el más moderno de los papas; aquel que más a fondo ha pensado la relación entre Cristianismo y Modernidad, entre fe y razón, apostando siempre por ser un “colaborador de la verdad”. Verdad y amor van de la mano: «El amor —caritas— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta», escribió en su tercera y última encíclica.

Su principal legado es, a mi juicio, además del testimonio de su vida, su enseñanza sobre la centralidad de Dios para la vida de los hombres. En la Plaza del Obradoiro, el 6 de noviembre de 2010, lo expuso con su habitual maestría, refiriéndose de modo especial a Europa. La aportación principal de la Iglesia a Europa «¡se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre». Este Dios, de primera necesidad para los hombres, lo ha traído Jesucristo al mundo, tal como podemos leer en su espléndida obra Jesús de Nazaret.

Benedicto XVI acaba de cruzar el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios. No dio este paso solo, sino sostenido por el afecto y la oración de la Iglesia y de tantos hombres de buena voluntad. Como él dijo al comienzo de su pontificado: «Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte».

Su vida en la tierra no ha sido inútil; ha dejado mucho poso. Le pedimos a Dios que el papa Benedicto nos siga acompañando desde el cielo.

Guillermo Juan Morado

Sacerdote y director del Centro Teológico de Vigo

lunes, 26 de diciembre de 2022

San Esteban, o día da nosa parroquia..

Uno de los primeros diáconos y el primer mártir cristiano; su fiesta es el 26 de Diciembre. En los Hechos de los Apóstoles el nombre de Esteban se encuentra por primera vez con ocasión del nombramiento de los primeros diáconos (Hechos, 6, 5). Habiéndose suscitado insatisfacción en lo relativo a la distribución de las limosnas del fondo de la comunidad, los Apóstoles eligieron y ordenaron especialmente a siete hombres para que se ocuparan del socorro de los miembros más pobres. De estos siete, Esteban es el primer mencionado y el mejor conocido.

La vida de Esteban anterior a este nombramiento permanece casi enteramente en la oscuridad para nosotros. Su nombre es griego y sugiere que fuera un helenista, esto es, uno de esos judíos que habían nacido en alguna tierra extranjera y cuya lengua nativa era el griego; sin embargo, según una tradición del Siglo V, el nombre de Stephanos era sólo el equivalente griego del arameo Kelil (del sirio kelila, corona), que puede ser el nombre original del protomártir y fue inscrito en una losa encontrada en su tumba. Parece que Esteban no era un prosélito, pues el hecho de que Nicolás sea el único de los siete designado como tal hace casi seguro que los otros eran judíos de nacimiento. Que Esteban fuera discípulo de Gamaliel se ha deducido a veces de su hábil defensa ante el Sanedrín; pero no ha sido probado. Ni sabemos tampoco cuando y en qué circunstancias se hizo cristiano; es dudoso que la afirmación de San Epifanio (Haer.,xx, 4) contando a Esteban entre los setenta discípulos merezca algún crédito. Su ministerio como diácono parece haberse ejercido principalmente entre los conversos helenistas con los que los apóstoles estaban al principio menos familiarizados; y el hecho de que la oposición con la que se enfrentó surgiera en las sinagogas de los “Libertos” (probablemente los hijos de los judíos llevados como cautivos a Roma por Pompeyo el año 63 antes de Cristo y liberados, de ahí el nombre de Libertini ) y “de los Cirineos, y de los Alejandrinos y de los que eran de Cilicia y Asia” muestra que habitualmente predicaba entre los judíos helenistas. Que era destacadamente idóneo para ese trabajo, sus facultades y carácter, que el autor de los Hechos desarrolla tan fervientemente, son la mejor indicación. La Iglesia, al escogerlo para diácono, le había reconocido públicamente como un hombre “de buena fama, lleno de Espíritu y sabiduría”(Hechos, 6, 3). Era “un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo”(6, 5) “lleno de gracia y de poder” (6, 8); nadie era capaz de resistir sus poco comunes facultades oratorias y su lógica impecable, tanto más cuanto que a sus argumentos llenos de la energía divina y la autoridad de la escritura Dios añadía el peso de “grandes prodigios y señales” (6, 8). Grande como era la eficacia de “la sabiduría y el Espíritu con que hablaba” (6, 10), aun así no pudo someter los espíritus de los refractarios; para estos el enérgico predicador se iba a convertir pronto fatalmente en un enemigo.

El conflicto estalló cuando los quisquillosos de las sinagogas “de los Libertos, y de los Cirineos, y de los Alejandrinos, y de los que eran de Cilicia y Asia”, que habían retado a Esteban a una discusión, salieron completamente desconcertados (6, 9-10); el orgullo herido inflamó tanto su odio que sobornaron a falsos testigos para que testificaran que “le habían oído pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios” (6, 11).

Ninguna acusación podía ser más apta para excitar a la turba; la ira de los ancianos y los escribas ya había sido encendida por los primeros informes de la predicación de los Apóstoles. Esteban fue detenido, no sin violencia parece (la palabra griega synerpasan implica algo así), y arrastrado ante el Sanedrín, donde fue acusado de decir que “Jesús, ese Nazareno, destruiría este Lugar [el Templo], y cambiaría las costumbres que Moisés nos ha transmitido” (6,12, 14).Sin duda Esteban había dado con su lenguaje alguna base para la acusación; sus acusadores aparentemente cambiaron en ultraje ofensivo atribuido a él, una declaración de que “el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre” (7, 48), alguna mención de Jesús prediciendo la destrucción del Templo y alguna condenando las opresivas tradiciones que acompañaban a la Ley, o más bien que la aseveración tan a menudo repetida por los Apóstoles de que “no hay salvación en ningún otro” (cf. 4, 12) no exceptuaba a la Ley, sino a Jesús. Aunque pueda ser esto así, la acusación le dejó impertérrito y “todos los que se sentaban en el Sanedrín... vieron su rostro como el rostro de un ángel” (6, 15).

La respuesta de Esteban (Hechos, 7) fue una larga relación de las misericordias de Dios hacia Israel durante su larga historia y de la ingratitud con que, durante todo el tiempo, Israel correspondió a esas misericordias. Este discurso contenía muchas cosas desagradables para los oídos judíos; pero la acusación final de haber traicionado y asesinado al Justo cuya venida habían predicho los profetas, provocó la rabia de una audiencia formada no por jueces, sino por enemigos. Cuando Esteban “miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba de pie a la diestra de Dios”, y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”(7, 55), se precipitaron sobre él (7, 56) y le sacaron de la ciudad para apedrearlo hasta la muerte. La lapidación de Esteban no se presenta en la narración de los Hechos como un acto de violencia popular; debe haber sido considerado por los que tomaban parte en él como la ejecución de la ley. Según la ley (Lev., 24, 14), o al menos según su interpretación habitual, Esteban había sido sacado de la ciudad; la costumbre exigía que las personas que iban a ser lapidadas fueran colocadas en una elevación (del terreno) desde dónde, con las manos atadas, serían luego arrojados abajo. Fue muy probablemente mientras estos preparativos se llevaban a cabo cuando, “dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (7,59). Mientras tanto los testigos, cuyas manos debían ser las primeras en ponerse sobre la persona condenada por su testimonio (Deut., 17, 7), estaban dejando sus vestidos a los pies de Saulo, para poder estar mejor dispuestos a la tarea que les correspondía (7, 57). El mártir orante fue arrojado; y mientras los testigos estaban empujando sobre él “una piedra tan grande como dos hombres pudieran llevar”, se le oyó pronunciar sus suprema plegaria: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (7, 58). Poco podía la gente presente, que lanzaba piedras sobre él, imaginarse que la sangre que derramaban era la semilla de una cosecha que iba a cubrir el mundo.

Los cuerpos de los hombres lapidados debían ser enterrados en un lugar designado por el Sanedrín: Si en este caso insistió el Sanedrín en su derecho no podemos afirmarlo; en cualquier caso, “hombres piadosos”, no se nos dice si cristianos o judíos, “sepultaron a Esteban, e hicieron gran duelo por él” (8, 2). Durante siglos la situación de la tumba de Esteban estuvo perdida, hasta que (en el año 415) cierto sacerdote llamado Luciano supo por revelación que el sagrado cuerpo estaba en Caphar Gamala, a alguna distancia al norte de Jerusalén. Las reliquias fueron exhumadas y llevadas primero a la iglesia de Monte Sión, luego, en 460, a la basílica erigida por Eudoxia junto a la Puerta de Damasco, en el lugar dónde, según la tradición, tuvo lugar la lapidación (la opinión de que la escena del martirio de San Esteban fue al este de Jerusalén, cerca de la puerta llamada de San Esteban por ello, no se oyó hasta el Siglo XII). El sitio de la basílica de Eudoxia se identificó hace unos veinte años, y se ha erigido un nuevo edificio sobre los viejos cimientos por los Padres Dominicos.

La única fuente de información de primera mano sobre la vida y muerte de San Esteban son los Hechos de los Apóstoles (6,1-8,2).