viernes, 18 de diciembre de 2020

UN RECORRIDO POLO PÓRTICO DA GLORIA TRALA RESTAURACIÓN

¿Qué mensaje manda el pórtico de la Gloria? ¿Cuál fue su papel en el marco del proyecto de Mateo en la catedral de Santiago? ¿Cuál es su importancia? ¿Por qué está ahí? ¿Quiénes podían acceder a él? ¿Qué quieren decir las miradas y gestos de las esculturas? ¿Cuál es su significación en el mundo del arte? ¿En qué ha consistido la restauración y qué ha aportado? Responder a estas preguntas y a otras muchas, así como visibilizar el resultado del proceso de restauración de esta obra maestra del arte medieval con un recorrido completo por ella es el objetivo de la nueva publicación El pórtico de la Gloria. Una película rodada en piedra, de Teófilo Edicións.

En el libro se dan la mano los textos de Ramón Yzquierdo Peiró, director del Museo de la Catedral, las imágenes tomadas por el fotógrafo Denís E. F. tanto de día como de noche y una cuidada edición a cargo de Teófilo Edicións incluida en un estuche con estampación en oro. «Una vez terminada la restauración hacía falta un buen libro que explicase qué es el pórtico de la Gloria, qué significa, por qué está ahí, qué peripecias ha seguido…», aseguró Yzquierdo. Para ello, está articulado en dos bloques. El primero incluye un texto introductorio, mientras que la segunda parte es un recorrido fotográfico por las distintas partes del proyecto del maestro Mateo. «Se trata de la colección de fotos más completa realizada después de la restauración», añade el director del Museo de la Catedral, que acompaña con explicaciones esas imágenes que llevan al lector por la cripta, el nártex y la tribuna. «Casi toda la gente piensa que el pórtico son tres arcos, pero no es así. Se trata de un espacio con una personalidad propia dentro de la catedral, con un ceremonial propio y unos usos específicos», asevera el experto.

Las imágenes tomadas por Denís E. F. incluidas en la publicación «permiten explicar y desmenuzar bien cada una de las partes de lo que hoy es el pórtico de la Gloria porque no hay que olvidar que lo que vemos es un pórtico alterado, mutilado por las distintas intervenciones que ha habido a lo largo de la historia. Estamos viendo un pórtico distinto, que nunca será el concebido por el maestro Mateo porque no están el resto de elementos de su proyecto que lo acompañaban», incide Ramón Yzquierdo Peiró. Otro de los aspectos en el que pone énfasis el experto es en la escenografía ya que «cada escultura, cada relieve es por algo que nos quiere decir», recordando que en cada uno de los tres niveles «nos va contando una parte de esa historia de la Humanidad esculpida en piedra policromada por el maestro Mateo». En ese sentido, retoma el símil realizado por Manuel Rivas que definió el pórtico como «la primera gran película de la Humanidad rodada en piedra» al incluir desde Adán y Eva hasta el final de los tiempos.

lunes, 14 de diciembre de 2020

SAN JUAN DE LA CRUZ Y EL EXISTENCIALISMO

En la fiesta de San San Juan De la Cruz, ofrecemos un extracto del artículo escrito hace sesenta años por un estudiante de filosofía. Hoy su autor Daniel de Pablo Maroto, ocd es un notable experto en espiritualidad carmelitana. Pero su juvenil reflexión al sentido de la vida, expresada hace años, es muy relevante aún hoy. AD.

Hoy, día 14 de diciembre de 2017, recordamos la muerte del “medio fraile” como lo definió jocosamente la madre Teresa, pero con alma de santo e inteligencia de genio, de poeta y de místico. Mientras recuerdo su figura, sintonizo afectivamente con una gesta cultural de mis años de estudiante de filosofía en Ávila. He recuperado unos papeles que daba por perdidos en los que comparaba la doctrina del Santo con los pensadores existencialistas, tan de moda en los años 50 del siglo pasado, hijos de la ira, desesperanzados, no obstante haber saboreado el triunfo de la “diosa razón” que entronizaron los revolucionarios franceses a finales del siglo XVIII y de la que comenzaron a desconfiar.

Aquellos viejos papeles fueron a parar a una Revista del colegio filosófico de los carmelitas descalzos de “La Santa” –Studium– en el año 1958. Deseo que estas páginas de hoy —una parte mínima del original y redactadas de muevo—, sean un testigo de aquellos años heroicos de los colegios de filosofía y de teología de las órdenes religiosas y de los seminarios cuyos estudiantes fueron capaces, en medio de penurias económicas, de publicar revistas de pensamiento —¿científicas? — que alimentaron sus ilusiones intelectuales. Pero dejemos el pasado en su cronología estática y volvamos a la “pregunta por el hombre”.

Los filósofos existencialistas, sufridores de una de las peores catástrofes de la humanidad, como fue la segunda guerra mundial (1939-1945), idearon una filosofía para explicar la situación trágica a la que había llegado la humanidad. ¿Qué piensan sobre el hombre los filósofos existencialistas? Su esencia —vienen a decir— es su existencia; es pura contingencia, finitud radical, un ser angustiado, atormentado, arrojado a la existencia sin un destino preciso. Sartre lo define como “un ser que hace florecer la nada en el mundo”. “El hombre -dice- es una pasión inútil”. “El hombre —escribe también— se pierde en cuanto hombre para hacer que Dios nazca y que, al ser controvertida la idea de Dios, el hombre se pierda en vano”.

Negada la realidad de Dios que sustentó la esencia y existencia del hombre en la tradición cristiana, queda sustituido por el “superhombre” de Friedrich Nietzche y que concluye en el racismo más radical negando la existencia a los débiles. Nuestro Unamuno vivió, en algunos momentos de su vida, un pesimismo existencial: “la vida es tragedia y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella”, apunta en el Sentimiento trágico de la vida. Con este telón de fondo, acerquémonos a san Juan de la Cruz que, por una parte, define al hombre real como los existencialistas trágicos, pero su destino final no termina en tragedia, sino en el hombre liberado y transfigurado por la acción de Dios en él. Lo trágico -si podemos hablar así- está en la dureza del camino, un proceso de profunda purificación del compuesto humano, sus sentidos, su inteligencia y voluntad, que le dejan en un vacío existencial, “colgado entre el cielo y la tierra”, como condensó gráficamente el místico fontivereño.

San Juan de la Cruz considera al hombre como portador de esencias divinas que le definen como tal. Léase, por ejemplo, el Cántico Espiritual donde explica las “tres maneras de presencia” de Dios en el alma (estrofa11, 3). Es desde esta perspectiva como podemos estudiar el existencialismo en san Juan de la Cruz, que tiene dos variantes: la visión trágica del hombre y la optimista. Al primero —el trágico— le podemos aplicar algunas expresiones de la Subida del monte Carmelo y de la Noche oscura.

Por ejemplo, cuando explica en qué consiste la purificación del espíritu para conseguir la plena liberación de las ataduras del yo. “De aquí -escribe- es que trae en el espíritu un gemido o dolor tan profundo que le causa fuertes rugidos y bramidos espirituales, pronunciándolos a veces por la boca y resolviéndolos en lágrimas” (Noche, II, 9, 7). “De tal manera [la purificación de la noche] la destrica y descuece la sustancia espiritual, absorbiéndola en una profunda y honda tiniebla, que el alma se siente estar deshaciendo y derritiendo en la faz y vista de sus miserias con muerte de espíritu cruel” (Noche, II, 6, 1). Son expresiones que posiblemente estrenaba la lengua castellana en la pluma de san Juan de la Cruz.

Pocos autores han pintado un cuadro tan sombrío, angustioso y real. Ni los existencialistas más trágicos soñaron que podrían darse estas situaciones en las que el dolor angustioso del alma fuese tan profundo. A veces, Juan de la Cruz nos sorprende con un escepticismo velado como cuando escribe: “El hombre ninguna cosa puede de suyo que sea buena” (Llama, 4, 9. Aviso 60). O también: “¡Oh, miserable suerte de vida donde con tanto peligro se vive, y con tanta dificultad la verdad se conoce […]. ¡En cuánto temor y peligro vive el hombre, pues la misma lumbre de sus ojos natural con que se ha de guiar es la primera que le encandila y engaña para ir a Dios” (Noche II, 16, 12).

Pero en él abunda también lo que podemos llamar el existencialismo optimista que compensa el cuadro tenebroso que ha dibujado y abre al hombre un camino de esperanza para los que viven en profundidad la fe cristiana. “En el matrimonio espiritual —dice el Maestro— no se goza el alma sino de Dios, ni tiene esperanza en otra cosa sino en Dios” (Cántico, 28, 4). También qué rudo contraste encuentra el lector de estas dos sentencias: “¡Con cuanta dificultad la verdad se conoce!”; atenuada con esta otra que vale por todo un libro: “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo” (Avisos, 32).

Para concluir, recuerdo que todo el pensamiento de san Juan de la Cruz gira en torno a tres conceptos: Dios, el hombre y la confrontación entre ambos. Y no tiene más que esta finalidad: cómo el hombre supera su finitud y sus deficiencias en una relación de amor con Dios hasta transformarse en Dios en el matrimonio espiritual. “Así —escribe— como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios sustancialmente en toda el alma o, por mejor decir, el alma se transforma en Dios” (Cántico, 27, 5). En esta perspectiva cristiana del místico, el hombre adquiere su plena significación en el concierto de la creación, la trasciende y es su coronación por su dignidad superior. Se puede decir que, en una visión existencialista, el hombre da sentido a todas las cosas existentes. Así es de limpia la solución dada por Juan de la Cruz al problema de Dios en la vida del hombre.

¡Qué diferente es el Dios de los existencialistas —los que lo admiten como una realidad— del conocido y dibujado por san Juan de la Cruz! Por ejemplo, y con ello termino, oigamos lo que dice Karl Jasper. “Ahora se ve bien en qué sentido se puede decir que el ser de la trascendencia es captable o cognoscible. Lo es como una aproximación o como una proximidad, pero de tal modo, sin embargo, que nunca llegue a ser objeto para mí el Dios que se me acerca […]. El Dios de la trascendencia es un Dios oculto y la peculiaridad de la divinidad es exigir que el hombre permanezca siempre, respecto a él, en la angustia y en la duda”.

Mientras hacemos memoria del santo de Fontiveros en el día de su muerte, olvidemos el existencialismo trágico de tantos filósofos atormentados para pensar que nuestro último destino es Dios.

Texto tomado del portal editado en el Carmelo de Puçol (Valencia), Teresa, de la rueca a la pluma

 

EL ADVIENTO, OFERTA DE GOZO Y DE PAZ

La variante temperatura estacional nos puede servir de referente para explicar el comportamiento del hombre en la historia de la salvación.

La temperatura de esta estación es invernal: La nieve cubre los campos, y el frío congela las aguas. Pero volverá la primavera y con su cálido clima, la floración hermoseará nuevamente los bosques y las praderas. A la primavera seguirá el estío rico en espigas, y al estío seguirá el otoño generoso en frutos.

También la historia del hombre pasó por el invierno de la gracia: en esa estación conductualmente invernal, la humanidad no se distinguió por su floración ni por sus frutos de santidad. La invernía de nuestro mal comportamiento privó al mundo de su riqueza original e inoculó en el corazón del hombre parálisis para toda obra buena. Pero para Dios nada hay imposible, y el poder y bondad del Señor se comprometieron en devolver al hombre su primitivo estado de gracia. Así nos lo hacen ver los tres personajes del adviento: el profeta Isaías, recordándonos las promesas de redención del Señor. San Juan Bautista, anunciándonos que “El Redentor está a la puerta, y llama”; y la Virgen, acogiendo al Hijo de Dios en su seno virginal, convertido ahora en el primer sagrario del mundo.

El adviento es la síntesis del misterio de la redención. En el proceso de este misterio redentor existen unas constantes que marcan el camino que nos conduce a la reconciliación con Dios. Son las siguientes: Reconocer que necesitamos ser redimidos. Por nosotros mismos no podemos recuperar nuestras buenas relaciones con Dios; Pedir que venga el Redentor y nos salve; y acoger al Salvador, que no se presenta con semblante de juez, sino con mano acogedora. Las crisis producen pesimismo, derrota y tristeza. Por el contrario, la esperanza engendra gozo y paz. Este es el mensaje del presente domingo: ALEGRAOS, TENED PAZ. Alguien dirá: no podemos tener paz ni hay lugar para el gozo mientras exista tanto mal en el mundo. Cierto que no se puede ignorar la existencia del desorden en nuestra sociedad. A la vista están la creciente increencia en nuestro entorno. La oleada de inmoralidad por doquier; el desprecio multitudinario de los valores cristianos; el abandono masivo de la práctica religiosa… Pues, a pesar de todo, “alegraos y gozaos de todo corazón, porque el Señor ha cancelado tu condena y se complace en ti, te ama y se alegra con jubiló”, ya que en este mundo, el bien sobrepasa al mal. Son más los justos que los malvados; somos más los que creemos en Cristo, que los que reniegan de él; somos más los que amamos a la Iglesia, que los que la persiguen… Y aunque fuésemos menos en número no somos un “residuo” moribundo de un cristianismo agonizante, si no el “resto” revitalizador de un cristianismo actualmente asediado por las fuerzas del mal, a las cuales estamos dispuestos a resistir desde la iglesia de Jesucristo, “siempre perseguida pero nunca vencida”. Pues, alegría y paz, porque, aunque odiados y maltratados, nunca seremos derrotados, porque “yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”, dice el Señor.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

viernes, 11 de diciembre de 2020

A HUMILDADE DE XOAN

 "No hay humildad tan verdadera como hacer mayor al más pequeño, esto es, darle a cada uno la importancia que necesita"

"Detrás de mí viene el que puede más que yo" (Mc 1, 1-8)

Me parece que hay dos maneras de ser humilde. Una consiste en quitarse importancia a sí mismo. La otra, en dársela a quien necesita que se la demos. La ascética tradicional ha recomendado vivamente la primera pero descuidado, ignorado incluso, la segunda. Por eso, en el trigal de los hombres con fama de virtud, ha crecido la cizaña de los recelosos ante otra especie de virtud que no sea la ya reconocida.

De Juan, el precursor del Mesías, sabemos, sin embargo, que fue trigo limpio. Él no era "el que había de venir" pero supo prepararle el camino. Pudo pasar por Mesías y ser aclamado entre la gente pero escogió ser la voz del que grita en el desierto. Fue la voz, no la Palabra. La Palabra, observa San Agustín, ha creado la voz de los profetas de ayer y de hoy, cuya figura y cumbre es Juan el Bautista. 

"El mayor de los nacidos de mujer, si bien el más pequeño es mayor que él", en palabras de Jesús. Y es que si "humildad es andar en verdad", como proclama nuestra santa más humana y universal, no hay humildad tan verdadera como hacer mayor al más pequeño, esto es, darle a cada uno la importancia que necesita.

Ser la voz de la Palabra, abrir camino a quien necesita andar el suyo, poner la luz en el candelero para que ilumine toda la casa. Sin recelos propios de hombres, tal vez, faltos de miras: con fama de virtud pero con miedo.

 

A VOLTAS CO ADVENTO

 A graza é o don máis prezado de Deus ao home. É o sol da vida. Sen o sol, o día faise noite. Sen a graza, a vida faise morte. Os cristiáns que perderon a graza santificante, son cadáveres ambulantes.

Así se comportou o Señor connosco. Primeiro foi o bico de Deus, despois, a maldade dos homes. Cando nacemos, hai en nós máis graza que pecado. Coa graza podémolo todo. “Abóndache a miña graza”, díxolle o Señor a San Paulo.

Pero tamén o pecado ten forza sedutora. Por cada promesa de felicidade, esíxeche unha porción de liberdade, ata facerche escravo. Con todo, non é invencible. Deus vén na nosa axuda: “estou á porta e chamo”.

O Advento mira ao Nadal, como a primavera mira ao verán. O Advento é tempo de gozosa esperanza e de cristiá responsabilidade. O home é máis o que espera que o que posúe. A esperanza convérteo en conquistador; estimúlao a buscar algo mellor.

Ningún ben comparable a Deus no noso mundo, nin na vida de cada un de nós. Esa divina bondade ofrécenos Xesucristo no Nadal. Hai que facer sitio ao Mesías Salvador. O Bautista úrxenos abrir as nosas portas ao Señor e a acollelo con corazón limpo. Imponse un cambio radical no mundo. Dá a impresión de que no noso mundo non hai espazo para Deus. A nosa sociedade non valora a Deus, pero necesítao.

Urxe cambiar o derrotismo polo convencemento de que “outro mundo é posible”.

Urxe que cambiemos nós mesmos, convencidos de que “unha vida máis cristiá é posible”.

Urxe cambiar xa, porque o mañá non é noso e porque ao Señor agrádalle a inmediatez. Urxe cambiar o ambiente, xa que os ambientes, bos ou malos, son o resultado de moitos comportamentos concretos, e o ambiente actual é refractario a Deus e aos seus divinos valores.

Urxe cambiar o convencemento de que nós sós podemos cambiar o mundo. Necesitamos a axuda do Señor. Nós non podemos facer nada bo sen a graza do alto. O Advento que acabamos de estrear, lémbranos que o Señor quere regalarnos os seus dons. Abrámoslle a nosa alma agora que chama á nosa porta. Non deixemos para mañá a oferta de graza que Xesús fai hoxe. El gusta das respostas inmediatas: “Zaqueo baixa deseguida”, e a salvación entrou na casa de Zaqueo.

Tamén entrará na nosa, se nos abrimos á súa chamada, e o mundo será digna morada dos fillos de Deus.

Indalecio Gómez

Cóengo da Catedral de Lugo

 

lunes, 7 de diciembre de 2020

De nuevo es Adviento

     De nuevo es Adviento, y suenan como nuevas las profecías escritas por Isaías hace 2700 años, que se dice fácil: No alzarán la espada pueblo contra pueblo, no se prepararán para la guerra (Is 2,4). Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz (Is 11,1). Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos, el niño de pecho jugará junto al escondrijo de la serpiente (Is 11,6-8). El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará de la Tierra el oprobio de todos los pueblos (Is 25,8).

      De nuevo es Adviento, y no es menor la emoción –un poco más afligida, eso sí, viendo en el mundo lo que vemos– cuando desde el fondo de los siglos y de los milenios, desde el corazón de la humanidad y de todos los vivientes con todas sus pandemias, nos llegan de nuevo los ecos de esas y otras profecías mesiánicas, cuando cada domingo encendemos un nuevo cirio junto a las hojas verdes, cuando volvemos a entonar los cánticos de siempre, cuando cada día, mañana y noche, vuelvo a mi mantra preferido: Maranatha (“Ven, Señor”). Eso significa Adviento (en latín) o Parusía (en griego): Venida. Un substantivo y, sobre todo, un verbo conjugado en todos los tiempos: Vino, Ven, Viene, Vendrá, más allá del tiempo que marcan nuestros relojes exactos.

      Sí, pero ¿quién es el sujeto de este Adviento? ¿Quién o qué vino, viene, vendrá? Hay muchas formas de decirlo.

      Allá por el año 28 de nuestra era que llamamos “cristiana”, por las aldeas campesinas cerca del lago de Galilea, entonces provincia romana de Palestina, un joven profeta llamado Jesús, natural de Nazaret, lo dijo a su manera: “Mujeres y hombres ahogados por las deudas y el hambre, atormentados por la enfermedad y las pandemias, sometidos por el Imperio y el Sanedrín, ¡alegraos! Dichosos vosotros, bienaventurados, porque viene Dios, porque llega vuestra liberación”.

      Pero no vino nadie y todo siguió igual, salvo un grupito de hombres y mujeres en cuyo corazón había prendido la esperanza palpitante, y salvo Jesús que fue detenido, sumariamente juzgado y cruelmente crucificado. Uno más. Y así hasta hoy. Siguen llegando cayucos, miles de inmigrantes se hacinan en condiciones deplorables en el muelle de Arguineguín (Islas Canarias), y la jueza considera que no se ha cometido con ellos ningún delito y archiva el caso. Será la jueza o será la ley y será legal, pero no es la justicia que esperamos.

      ¿Y de qué sirve la esperanza? La esperanza transforma el luto en Adviento, como sucedió en unos pocos seguidores de Jesús, y no necesitaron para ello más milagro que el aliento que cura la memoria y empuja la vida, como transforma la hoja que cae. “El mártir Jesús no ha quedado en la tumba –dijeron María de Magdala primero y Pedro después–, sino que su descenso al infierno de la historia ha sido la ascensión a la Fuente de la Vida, como está escrito de todos los mártires en nuestras escrituras inspiradas”. Así lo creo también yo.

      En coherencia con su imagen de Dios, del mundo y de la historia, ellos pensaron además que Jesús, el mártir exaltado de los últimos tiempos, constituido por Dios como Mesías o Cristo universal, volvería muy pronto –cuestión de meses o de años– para dar cumplimento a todo lo anunciado, para acabar por fin con las angustias y opresiones de este mundo y estrenar el mundo según las Bienaventuranzas que aún resonaban en sus oídos. E invocaban a Jesús para que volviera ya del cielo y se acabara la tristeza en la tierra: Maranatha (“Ven, Señor”). Era su manera de animar la esperanza activa, y eso era lo que importaba entonces y nos importa ahora.

      Jesús no vino ni vendrá de lo alto como lo habían imaginado, ni habrá fin del mundo, ni siquiera cuando la Tierra acabe siendo absorbida por el Sol dentro de 5.500 millones de años. ¿Se engañó, pues, Jesús, cuando anunciaba el fin de la miseria y de la opresión a las pobres de Galilea en Palestina? No. Aun cuando todas las imágenes que tuvo de Dios y todas las ideas que se hizo del futuro fueran erróneas, y así fueron seguramente, Jesús no se engañó. Vivió en Adviento, en esperanza inspirada y activa, y quien espera no se engaña, como no se engaña quien respira.

      Tengo ante mí dos iconos que desde hace más de 30 años me acompañan todos los días en mi mesa de trabajo y en mi rincón de meditación: el Jesús crucificado de la capilla de San Damián ante el que el joven Francisco de Asís (s. XIII) encontró la luz en su búsqueda oscura, y el Cristo Salvador de Rublev (s. XV), lleno de dulzura y armonía. Vuelvo los ojos a Jesús, pues decir Jesús es para los cristianos, también para mí, una manera –hay otras muchas, religiosas y laicas– de decir, invocar, abrazar la presencia y el anhelo que laten en el Corazón de todos los seres. El Todo más grande que la suma de las partes. Y mientras respiro con el Universo repito: Maranatha.

      De sus labios silenciosos, del fondo de mis desalientos y contradicciones, me llegan palabras de promesa y de llamada: “Oh hombres y mujeres de todos los tiempos, cristianas o no, creyentes o ateas, el Adviento no es pasado ni futuro, es encarnar la Presencia buena en la que todos somos Uno. Yo viví mi Adviento, vivid vosotros el vuestro que, al igual que el mío, es el Adviento de toda la humanidad, de todos los vivientes, del Universo entero”.

José Arregui,

 Aizarna, 6 de diciembre de 2020

 

martes, 1 de diciembre de 2020

ADVENTO GOZOSO E RESPONSABLE

La palabra «adviento» significa «venida», y la utilizaban los paganos para expresar la venida periódica de las divinidades que, de cuando en cuando, se hacían presentes en el templo, que para ellos era un lugar sagrado. En el léxico coloquial, lo utilizaban también para recibir al emperador, al cual consideraban como un ser divino.

En el lenguaje cristiano, en un principio, se llamó «adviento» a la última venida del Señor, juez de vivos y muertos; pero al establecerse la fiesta de navidad, empezó a llamarse «adviento» al tiempo que precede al nacimiento de Jesús en Belén. Y desde entonces, hubo como un desdoblamiento del Adviento: uno de preparación para la Navidad, y otro de preparación para la Pascua. El primero se caracteriza por su ambiente de oración y esperanza, y conserva el nombre de «adviento litúrgico». Y el segundo se caracteriza por un clima de conversión y de penitencia, y se denomina «cuaresma».

En estos momentos nos referimos al Adviento litúrgico, qué implica «espera y compromiso». Vivimos en «esperanza», porque el mundo aún no se ha concienciado plenamente de la venida redentora del Mesías, y súplica que su misión redentora no se haga esperar. Nuestra súplica es gozosa y temerosa. Gozosa, porque la encarnación del Hijo de Dios es portadora de salvación para todos y, a la vez, es comprometedora para nosotros, porque la redención no es impositiva, sino oferta amorosa y martirial por parte del Señor y debe ser acogida y agradecida por nuestra parte. A este respecto puede servirnos de ejemplaridad el comportamiento de los pastores, los cuales, informados del nacimiento de Jesús, acudieron a ofrecerles sus dones, y también la actitud de los Magos, que acudieron presurosos a adorar al Hijo de Dios, que acababa de pisar tierra.

El Adviento debe de vivirse en clima de esperanza, porque nos advierte que se acerca nuestra liberación. La esperanza mira un futuro halagüeño. El temor también mira a un futuro, pero indeseable. El Adviento mira a un futuro grandemente deseado: la venida del Salvador. La esperanza de Adviento es gozosa: las promesas del Señor están a punto de cumplirse. Y esto nos causa inmenso gozo. Pero es también esperanza responsable, porque el Salvador llama a nuestra puerta con la ilusión de que nosotros le permitamos entrar. Esta es nuestra responsabilidad. De nosotros depende que Jesucristo pueda entrar en nuestras vidas o que tenga que pasar de largo. Para sortear este riesgo, el Papa San Juan Pablo II, nos repetía con voz vibrante y corazón enardecido: «Abrid las puertas a Cristo». Estemos pues, vigilantes para que «entre» tan pronto venga y llame. El Precursor prestó un magnifico servicio al plan salvífico del Mesías: primero preparó al pueblo para que le reconociera y lo recibiera, y después lo señalo ya presente entre los hombres. Tomemos ejemplo y escuchemos a este buen pregonero. Celebremos con gozo la próxima llegada del Mesías y preparemos los caminos para que su salvación irrumpa con fuerza en todos los ambientes de nuestro pobre mundo.

Solo entonces será Navidad.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

 

martes, 24 de noviembre de 2020

¿QUÉ LE PASA AL HOMO SAPIENS...?

    Me asombra el progreso de la ciencia y de la tecnología derivada de ella, increíble éxito colectivo de nuestra especie Sapiens para hacer la vida menos sufriente y más confortable. De ningún modo quisiera volver a las condiciones de vida de hace solo 200 años: sin vacunas, antibióticos ni anestesia, sin bicis, coches ni trenes; sin cerillas ni luz eléctrica, ni frigorífico ni ascensor, ni teléfono ni radio. Ni siquiera quisiera volver al año 1995, año en que aún no disponía de internet ni lo conocía.

      Pero aquí me asaltan las dudas. No echaría en falta internet si no lo conociera –así nos pasa hasta con lo más “necesario”–. Creo incluso que prescindiría de él sin mayor problema si la gente con la que vivo y colaboro tampoco lo tuviera –lo que se podría aplicar a buena parte de las innovaciones que nos hacen la vida más fácil y… más complicada–. Conclusión: necesito internet porque otros lo tienen. ¿Es porque quiero ser más útil a los otros o es porque no quiero quedarme atrás? ¿Es porque quiero que ganen ellos o porque no quiero perder yo? No sé muy bien, o no me atrevo a saber, qué es lo que más me mueve. Las razones más nobles no logran ocultar las motivaciones más turbias: afán de ser más, tener más, hacer más. Son mis sombras y cadenas, las de cualquiera más o menos.

      ¿Quién me librará de esta condición?, me pregunto como Pablo de Tarso y como todos los “otros” por quienes soy lo que soy, todos los “otros” que también por mí son lo que son, en sus luces y sombras. Somos interser, seres en red, para lo mejor y lo peor. Y así todos en todo y cada vez más. Cada avance de la ciencia y de la tecnología es una maraña de intereses, los más altos y los más bajos. Cada logro se vuelve amenaza de pérdida, cada avance es un retroceso. ¿Cuál será el balance final? Terrible pregunta.

      Por ejemplo. Ya es posible fabricar carne a partir de células madre, hasta 20.000 toneladas con una sola célula. Con 150 vacas a todo lujo que nunca serán sacrificadas bastaría para que toda la humanidad consuma cuanta carne le apetezca. Y el foie-gras, el jamón y todas nuestras crueles Delicatessen. Con la carne in vitro se acabó la matanza de animales. Me entusiasma la noticia. Pero ésta no llega sola: decenas y decenas de empresas emergentes se están lanzando ya a la fabricación de carne en una carrera loca. ¿Fabricantes y consumidores no seguiremos volviéndonos cada vez más unos pobres animales vegetarianos de granja, sacrificados en serie por la cadena del capital?

      Otro ejemplo de plena actualidad. La farmacéutica Pfizer anunció su vacuna contra la Covid-19, este ínfimo virus que tiene en vilo a la humanidad entera. Suspiramos de alivio. Pero luego nos enteramos de que, al día siguiente del anuncio, el consejero delegado de Pfizer vendió casi todas las acciones que poseía en la empresa y que habían subido como la espuma, embolsándose de golpe millones de euros. La vacuna de Pfizer será segura, creo en los científicos, pero su consejero delegado no me parece fiable, y me temo que pase lo mismo en muchas del centenar largo de compañías que compiten en esta carrera por la vacuna y el lucro, que no pocas de las vacunas dejen de ser seguras a pesar de los científicos, que entre la salud y el dinero gane el dinero. En este mundo regido por la codicia personal y el sistema capitalista, la especulación es peor que la peor pandemia. ¡Malditas bolsas y acciones, mucho más nocivas que la Covid-19 para nuestra salud y bienestar, nuestra felicidad individual y colectiva, que es una!

      Y arrecian las preguntas: ¿qué nos pasa a los humanos, presa tan fácil de nuestras emociones e ideas más perturbadas y engañosas? ¿Por qué nos empeñamos tanto en saber, poder, poseer más que los otros, si somos uno en el origen y el destino? ¿Por qué, siendo uno como somos, somos incapaces de disfrutar y gozar con el bien ajeno como con el propio? ¿Por qué este vertiginoso ritmo de progreso que acaba por asfixiarnos, pues cuantas más cosas inventamos para vivir mejor más nos obligamos a correr más rápido y ganar, hasta perder el respiro? ¿Por qué esta absurda competición que funda nuestra civilización desde el principio y que cava nuestra tumba como especie?

      No es consecuencia de ningún pecado o caída original. Es porque somos una creación aún incompleta, un fruto inacabado de la evolución de la vida, de la Tierra, del cosmos. A veces pienso que somos un error de la evolución, pero en realidad toda la evolución, como la propia ciencia, es un proceso permanente de ensayo y error. En una subtribu de primates homínidos, hace 2,5 millones de años, nacieron unos individuos con un cerebro más desarrollado, los primeros Homo, y mucho después, hace 300.000 años, nuestra especie Sapiens, con un cerebro más capaz aun de imaginación y de miedos, de colaboración y de guerra, de comunión y de odio, de dicha y de desdicha, de paz y de angustia, de conciencia del Ser y de ofuscación del ego. Lo uno va con lo otro, y así seguimos, sin poder hacer el bien que quisiéramos y haciendo el mal que no queremos. Somos seres en desequilibrio, escindidos, carentes de armonía interior estable. Somos seres inacabados.

      ¿Qué podemos esperar? Esperar es promover con aliento vital profundo lo mejor que soñamos. Yo sueño que un día demos un nuevo salto como individuos y como especie. Sueño que las ciencias, sin ser manejadas por gerentes, intereses y sistemas inhumanos, identifiquen las neuronas y los genes responsables de nuestra fractura congénita. Sueño que las diversas ciencias, la educación y la política, inspiradas por las tradiciones espirituales, religiosas o no religiosas, encuentren la manera de corregir las graves disfunciones que padecemos y de potenciar las maravillosas capacidades de que estamos dotadas, y lleguemos a ser más humanos, transhumanos o posthumanos.

      ¿Lograremos convertir el sueño en esperanza, de modo que emerja por fin y tome forma en nosotros el aliento vital que late en lo más profundo de nosotros y de todo cuanto es?

      José Arregi, Aizarna, 20 de noviembre de 2020

     

 

lunes, 23 de noviembre de 2020

CICLO B: El evangelista Marcos

1.- LA REFORMA LITÚRGICA DEL VATICANO II

Hasta la última reforma litúrgica, nacida a raíz de las Constituciones sobre la Palabra de Dios y sobre La Liturgia, del Concilio Vaticano II, aparecía en los leccionarios menor variedad de lecturas de lo que acontece en la actualidad. Sin embargo a partir de entonces se establecieron tres ciclos de evangelios (A, B y C), dedicándoles a los tres primeros, llamados sinópticos por partir de una visión semejante, la mayor parte de las terceras lecturas de los domingos. En otras ocasiones, en especial en el tiempo de Pascua, sea en los ciclos A (dedicado a Mt), B (dedicado a Mc) o C (dedicado a Lc), se utiliza el 4º Evangelio, una obra que básicamente procede de Juan el de Zebedeo, hermano de Santiago el Mayor.
 

2.- LOS EVANGELIOS A LO LARGO DE LA HISTORIA

Ha sucedido también en los tiempos pasados que algunos evangelios gozaban de mayor reconocimiento que los otros. El más socorrido, desde el punto de vista católico, era el de Mateo, por su larga extensión, por supuesto mayor que la del evangelio según Marcos, y por ser considerado obra de un Apóstol, cosa que no acontece con el de Lucas, aunque éste haya sido discípulo y compañero de viaje de Pablo de Tarso. Sin embargo hace un par de siglos en ámbitos protestantes se empezó a valorar más que ningún otro evangelio, por reflejar el texto más antiguo, el de Marcos. La Iglesia Católica reconoce que el primero en ser escrito, y en la lengua de los hebreos, ha sido el de Mateo; pero el ejemplar que tenemos ahora no es ése, sino que refleja un momento posterior, y ha sido redactado ya en griego. El evangelio de Marcos destila espontaneidad, construcciones de lenguaje propias del hebreo e incluso vocablos pertenecientes a ese mundo.
 

3.- EL PERSONAJE A QUIEN SE ATRIBUYE EL 2º EVANGELIO, PROPIO DEL CICLO B

Se trata de Marcos, denominado en otros lugares Juan Marcos. No parece que haya conocido a Jesús. Era hijo de María, una mujer en cuya casa se reunía la Iglesia de Jerusalén, y que aparece como madre de Juan, llamado Marcos (Hech 12, 12). Inició con Pablo y Bernabé el primer viaje apostólico de Pablo, debido quizás a su condición de primo de Bernabé. Sin embargo al llegar a Perge, de Panfilia, los abandonó y se volvió a casa. A partir del 2º Viaje Apostólico, Pablo se dejó acompañar por otros, como Silas, Timoteo y Lucas. En lo que atañe a Marcos, sabemos que estuvo algún tiempo con Pedro, y muy identificado con él, por lo que Pedro le llama “mi hijo” (1Pe 5, 13). Después, vuelve a estar con Pablo, quien envía saludos suyos a Filemón (Flm 24), y más adelante le pide a Timoteo que lo lleve consigo, para estar con él  (cf 2Tim 4, 11).
 

4.- MARCOS, EL EVANGELIO DE LA LLEGADA DEL REINO

Según se muestra a lo largo de sus páginas, Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios. Es él quien trae la salvación, una salvación que proclama ya el Bautista, su precursor. Éste presenta a Jesús como el más fuerte, ante el que se considera indigno de desatar la correa de su sandalia. Jesús habrá de bautizar con Espíritu Santo (Mc 1, 7-8). El poder de Dios, que Jesús posee, y que supera al del príncipe de este mundo, se deja sentir de modo especial cuando Cristo, con “el dedo de Dios”, libera a los que yacían poseídos por el espíritu del mal. Al liberar de la posesión diabólica con la fuerza de Dios a los que eran víctimas de Satanás, Jesús demuestra que el Reino de Dios ha llegado a ellos. Jesús aparece en este Evangelio como profundamente humano, y realiza signos que hacen ver la llegada de ese Reino. Marcos es pródigo en referir los hechos de Jesús, sin detenerse tanto como Mt y Lc en transmitir los dichos del Maestro. Tales hechos provocan la admiración de la gente, que se pregunta en consecuencia quién puede ser aquel hombre. Sin embargo Jesús, que sabe cuál es la voluntad de su Padre, rehúye las alabanzas de los que contemplan sus signos, porque no quiere que lo consideren un Mesías en sentido terreno. De hecho, “Mesías” significa ungido, y por lo tanto rey, y él prefiere aparecer como Siervo Sufriente, el Siervo de Yahvé al que alude Isaías en cuatro cánticos de los capítulos 42 a 53. En cualquier caso, Jesucristo, el Señor resucitado, volverá a Galilea, donde le encontrarán los discípulos. Allí se va a mostrar que el Reino de Dios prevalecerá sobre Israel, simbolizado en Jerusalén.
 

5.- EL EVANGELIO DEL DISCIPULADO

Desde el momento en que Jesús escoge a los Doce, suele aparecer siempre con sus discípulos. Los elige para que estén con él y para enviarlos a predicar (Mc 3, 13-19). Entre ellos habrá tres más unidos a él que los otros nueve: son Simón Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan. En alguna ocasión, como cuando le preguntan por el futuro del templo y de otras realidades a las que Jesús se refería en un ámbito restringido, como en familia, se encuentra también Andrés, el hermano de Simón Pedro (Mc 13, 3). Sin embargo el discípulo que aparece muy por encima de todos, es Simón Pedro. Esa distancia respecto de los demás discípulos, se resalta mucho más en el Evangelio según Marcos que en los otros Sinópticos.
 

6.- EL EVANGELIO PROCLAMADO, PARTE IMPORTANTE EN LA VIDA DEL CRISTIANO

Aunque las demás lecturas utilizadas en la liturgia se consideran y son Palabra de Dios, la cercanía de los Evangelios es más perceptible, al ser documentos en los que se recogen los dichos y las obras de Jesús. De ahí que, al final de su proclamación en la liturgia,  no nos limitemos a indicar que es Palabra de Dios, sino que manifestemos que lo proclamado es Palabra del Señor.

En esta situación histórica en que nos encontramos, cuando entran en nuestra vida noticias llegadas desde muy diversos medios de comunicación, y que proceden de ámbitos civiles, con aires poco familiares al cristianismo, hemos de escuchar con atención, asimilar e interiorizar, lo que las lecturas bíblicas, singularmente los Evangelios, nos ofrecen. Así podremos orientar nuestra vida a la luz de ellos.

En este año litúrgico, correspondiente al ciclo B, hemos de recoger de Marcos la presentación de Cristo como una persona a quien el Bautista presenta, y que anuncia con su venida la legada del Reino de Dios. En sus parábolas presenta ese Reino en términos de una semilla que ha de dar fruto y convertirse en una espiga. Para continuar su misión en esta tierra, elige unos discípulos que aprendan junto a él y que vayan después a predicar, de suerte que todos acojan la lección de Cristo y se salven, haciéndose eco de su obra salvadora. Este Evangelio, que comenzó en Galilea, presenta casi al final, como los otros tres, la entrega sacrificada de Jesús, para salvar al hombre. Este Jesús, que se entrega a la muerte para que nosotros hallemos la vida sin fin, se aparece resucitado a sus discípulos en Galilea, y les encarga de ser sus testigos, antes de subir al cielo y ocupar su sitio, a la derecha del Padre.

José Fernández Lago
Canónigo Lectoral de la Catedral de Santiago

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

SOY EL QUE SOY

 "Cuando cada vida tiene valor por sí misma o cuando yo doy por supuesta mi dignidad, me la reconozcan o no, entonces el hormigón sustituye al cristal, la exigencia a la gratitud"

Las personas agradecidas quedan muy bien representadas en la figura bíblica de aquel leproso que, una vez curado entre otros diez, volvió corriendo y gritando agradecido a los pies del Salvador. Era uno solo, y extranjero: samaritano y maldito ¿Y los otros nueve? Yo me imagino a los otros nueve disfrutando de su salud y de una vida digna -de su dignidad, al fin, recuperada- como si, en el sentir de los hombres de nuestro tiempo, hubiera sido un derecho adquirido con esfuerzo por ellos mismos. “Nadie regala nada…”- oigo decir a menudo. Nadie regala nada a nadie, y menos, si cabe, a alguien de quien ni siquiera es posible esperar algo a cambio. Por eso, los veo cruzando por un puente de hormigón cada mañana, al encuentro de su vida nueva.

Es el puente que une, con el rigor de una necesidad lógica, sus derechos a las obligaciones de los demás. En realidad, más bien que un puente, es un búnker. No une a nadie con ningún otro. Blinda los derechos adquiridos, una vez reconocidos. Y los blinda con un material tan resistente como el hormigón: el olvido. El olvido borra viejos recuerdos y los sustituye por nuevas y sólidas certezas: la certeza de los derechos adquiridos por uno mismo borra, poco a poco, el recuerdo de aquellos derechos que fueron una vez reconocidos por los demás.

Si el búnker fuera un puente de verdad, quedaría unido, al menos, el derecho de los leprosos curados al derecho de su bienhechor. La necesidad lógica quedaría a salvo de sí misma. La lógica, útil para pensar, ¿no debería serlo también para recordar cualquier causa -cualquier pasado- contenida y olvidada en sus efectos o consecuencias? La lógica abandonada a sí misma, útil solo para pensar pero no para recordar, acaba sepultada en el olvido. Su propio rigor la paraliza allí donde es más necesaria: en el fondo de la memoria. Allí es donde naufraga. El que no ve más allá de la lógica perece con ella. Lo que no sirve para recordar sirve para pensar a medias: pensar puede ser una manera de olvidar.

El viejo puente de cristal parece no servir ya para la vida. Es demasiado frágil como para soportar nuestro paso y nuestro peso, cargados como vamos todos de derechos por la vida. Y de querellas y demandas, protestas y denuncias que se acumulan, como pesados fardos, sobre las mesas de los tribunales en espera de resolución judicial. El corazón de las personas se endurece cuando el hormigón acaba sustituyendo al cristal, el rigor a la fragilidad y la exigencia a la gratitud, fresca y tierna como el pan de la mañana.

Cuando cada vida tiene valor por sí misma o cuando yo doy por supuesta mi dignidad, me la reconozcan o no, entonces el hormigón sustituye al cristal, la exigencia a la gratitud. El búnker al puente. Cuando sé, en cambio, que necesito de los demás para todo -para ser yo mismo y tomar así la vida entre mis manos, regalado a mi propia persona por los otros-, entonces el “tener” -tener valor o dignidad y derechos anejos- pierde su rigor ante mis ojos y recupero así la claridad y fragilidad del ser, siempre en interdependencia de los otros. Ya no soy lo que tengo: un ser valioso por sí mismo cuya dignidad los demás tienen la obligación de reconocer. Soy el que soy gracias a Dios, es decir, gracias a otros.

La obligación se transforma, de este modo, en algo mucho más profundo y delicado: en respeto a quien me afirma en el ser y en la existencia. A quien afirmo yo también, porque el puente de cristal es de ida y vuelta. El que da ya está recibiendo. El que recibe ya está dando, a su vez, la oportunidad de dar lo que recibe. Nadie tiene nada para sí mismo -nada en absoluto-, ni siquiera su propia dignidad. Todos tenemos lo que damos o recibimos mientras lo damos y recibimos: respeto a manos llenas.

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

LOS DOS LÁZAROS

1. Uno, de Lucas; el otro, de Juan

      El nombre griego: Λάζαρος (Lázaro) es la forma abreviada y transliterada de Eleazar (‘Dios ha ayudado’). En el NT hallamos dos figuras masculinas con ese nombre. Del primero se informa en Lucas (16, 20ss.) y del segundo, en los capítulos 11 y 12 del evangelio de Juan. Hay grandes diferencias entre ambos personajes. Además del nombre, solo tienen en común que ninguno de ellos habla, aunque también por razones muy distintas. El mencionado por Lucas es un personaje de ficción; el que aparece en Juan, un ser histórico amigo del Galileo.

2. El Lázaro de Lucas (16, 20ss.)

      El Lázaro que encontramos en Lucas se presenta como coprotagonista de una parábola, aunque su papel pasivo lo reduce a un simple figurante. Resulta curioso, sin embargo, que sea el único personaje de uno de esos ejemplos al que se le ha dado un nombre.

      El texto de la parábola dice así:

 19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino y banqueteaba todos los días espléndidamente. 20 Un pobre llamado Lázaro estaba tirado en el portal, cubierto de llagas;
21 habría querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico; por el contrario, incluso se le acercaban los perros para lamerle las llagas.
22 Se murió el pobre y los ángeles lo reclinaron a la mesa al lado de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.
23 Estando en el lugar de los muertos, en medio de tormentos, levantó los ojos, vio de lejos a Abrahán con Lázaro echado a su lado <
24 y lo llamó:

– Padre Abrahán, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta de un dedo y me refresque la lengua, que padezco mucho en estas llamas.

      25 Pero Abrahán le contestó:

– Hijo, recuerda que en vida te llevaste tú lo bueno y Lázaro lo malo; por eso ahora este encuentra consuelo y tú padeces. 26 Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa, así que, aunque quiera, nadie puede cruzar de aquí hasta vosotros ni pasar de ahí hasta nosotros.

      27 El rico insistió:

– Entonces, padre, por favor, manda a Lázaro a casa de mi padre, 28 porque tengo cinco hermanos: que los prevenga, no sea que acaben también ellos en este lugar de tormento.

29 Abrahán le contestó:

– Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen.

30 El rico volvió a insistir:

– No, no, padre Abrahán, pero si uno que ha muerto fuera a verlos, se enmendarían.

31 Abrahán le replicó:

– Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se dejarán convencer ni aunque uno resucite de la muerte”.

    Esta parábola forma parte de la respuesta de Jesús a una burla. La expondrá como remate de esa réplica. Sus destinatarios son identificados al inicio de la exposición de los hechos. Al nombrar a tales personajes, el narrador añade dos apuntes respecto a ellos: su querencia y la oposición engreídamente desdeñosa que exhiben  frente al Galileo y su propuesta:

      “Oyeron todo esto los fariseos…,” (v.14a).

 

3. Sus destinatarios: Los religiosos

     La parábola no está, pues, dirigida a la gente. Tampoco a los discípulos. Su destinatario es el colectivo de religiosos a quienes traslada un mensaje específico. Estos han podido oír un ejemplo anterior también dedicado a ellos y de postre, no han perdido detalle de otra peculiar parábola, en esta ocasión orientada al grupo de seguidores. Esta última, que terminaba diciendo: “No podéis servir a Dios y al dinero” (v.13b), debió sentarles a los piadosos como una patada en la espinilla, porque el texto afirma a continuación de ellos:

      “…que son amigos del dinero…,” (v. 14b).

      La apostilla no tiene desperdicio. Denuncia su falsedad. Serán muy religiosos, pero sirven al Otro, al metálico. Su religiosidad es fachada. Le sirve para vanagloriarse ante la gente y generar en el pueblo el miedo raíz del vasallaje. No es de extrañar que, tras escuchar la parábola del administrador, se mofaran del Galileo tratando de menospreciar un mensaje incompatible con la falsedad de sus vidas:

      “y se burlaban de él” (v. 14c).

      Frente al pitorreo, el de Nazaret, que no tenía por costumbre achantarse ni ante la mofa ni ante la violencia, les plantó cara. Según Lucas, de entrada les soltó una primera andanada dejando al descubierto como furufalla su engañoso escaparate:

      “Jesús les dijo:

– Vosotros sois los que os las dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse ante los hombres le repugna a Dios” (v.15).

     Los religiosos daban el pego, pero él puso sus cartas boca arriba. Se presentan como adalides de la más pura ortodoxia, pero lo que les va es el pavoneo. Lo suyo es la altivez, engallarse ante la gente. Administran la desigualdad como el mejor de sus recursos. El Galileo les avisa. Sigue la línea argumental del AT, el que ellos tienen por sagrado, y les deja claro que Dios está por la justicia y la igualdad que destruye sus sacrosantos postulados.

      La norma sagrada en la que apoyan sus tesis, las que le sirven para dominar a la gente ha perdido su vigencia. La Ley y los Profetas, forma de llamar al AT, transmitía la promesa de una época dorada: el reinado de Dios. Una vez aquí, esa Novedad definitiva no interesa al poder político ni a la ideología religiosa que lo justifica; y se desata contra él toda la furia del sistema injusto. Todos cuantos aspiran a pertenecer al piso de arriba de la desigualdad se confabulan para abortar su progreso:

      “La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; desde entonces se anuncia el reinado de Dios, y todo el mundo usa la violencia contra él” (v.16).

      A las burlas y ataques de los religiosos, el Galileo responderá con contundencia, asegurándoles que por mucha violencia contra su Proyecto, él lo llevará a cabo hasta el cumplimiento punto por punto de todas las promesas:

      “pero es más fácil que pasen el cielo y la tierra que no que caiga un acento de la Ley” (v.17).

     Y para redondear, el Galileo les aportó un detalle de ese coronamiento de las promesas en la sociedad alternativa, el reinado de Dios. Le habló de un asunto continuamente presente en sus debates: El repudio de la esposa, atributo del dominio del hombre sobre la mujer. Conviene aclarar que una mujer, para ellos un ser humano de segunda división siempre sometida al hombre, llegaba al matrimonio mediante su compra y el documento que lo acreditaba. El coito culminaba el proceso de posesión legal de la mujer.

     Había dos escuelas de maestros religiosos que discutían respecto al motivo por el que un hombre podía repudiar a su mujer. Una la rigorista (Sammay) declaraba, como única razón, el adulterio de la esposa. La escuela de Hillel, llegó a asegurar que bastaba cualquier torpeza doméstica de la mujer. Como era de esperar, triunfó esta segunda teoría. Hubo incluso algún rabino (Aqiba) que consideraba motivo suficiente para el repudio el ver a otra mujer más guapa que la suya.

     La sociedad alternativa ha acabado con la desigualdad. En ella está excluido el dominio y el poder. Lo confirma el hecho de que en el Proyecto del Galileo la mujer ocupa el lugar que le corresponde,   el primer nivel, la única y más alta cota.La igualdad cumple lo prometido en la Ley. Se acabó el sometimiento:

“Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con unarepudiada comete adulterio” (v.18).

 

4. La parábola: escenas, personajes, ¡acción!

       Como broche de su contestación a los religiosos, el Galileo les largó esta afilada parábola que analizamos aquí.

      El ejemplo está construido con un esquema dispuesto en dos espacios y momentos muy separados entre sí. El primero sirve como presentación de los dos principales personajes, un rico y un desdichado indigente, que se describen con los rasgos más significativos de sus vidas ordinarias. Una anotación ofreciendo noticia de sus muertes, actúa como nexo para el paso a una segunda parte en la que entra en escena un tercer personaje: Abrahán. En ese punto, cambia el decorado. El ejemplo se adapta a la ideología de sus destinatarios La acción se enmarca entonces en un lugar imaginario de ultratumba admitido por la religiosidad judía. El rico interviene. Reclama la atención de Abrahán y se comunica con él, mientras el pobre permanece inactivo y en silencio.

a) Personaje 1 – El rico

      La descripción del primer personaje le distingue por su riqueza. Pertenece a la clase de los que tienen el dinero. El apunte encaja con el trazo asociado a los destinatarios del ejemplo: “…los fariseos, que son amigos del dinero…”, (Un dato a no perder de vista). No es un rico cualquiera. Se trata de un adinerado del más alto rango. Su armario lo revela. Viste ropa de importación. El color púrpura, usado en el imperio romano y también en el bizantino como exclusivo de emperadores, lo luce el potentado de modo habitual. No es que echara mano de una prenda con ese tono para una ocasión singular, ¡qué va! El texto deja ver su uso cotidiano con el imperfecto: “…que se VESTÍA de púrpura”. El púrpura solía importarse de Fenicia. Se empleaba en el vestido exterior confeccionado con pura lana virgen. Como no podía ser menos y para hacer juego con la lana púrpura, la prenda interior estaba elaborada con lino, un hilo importado de Egipto.

      A la indumentaria acostumbrada le iban como anillo al dedo las comilonas con que el fulano se agasajaba. No es que celebrara fechas muy señaladas o aniversarios o alguna que otra fiesta. Tampoco montaba estos festines porque le iba el repetirlos con alguna frecuencia; por ejemplo, semana sí, semana no. ¡Es que ni siquiera las espaciaba, no! En eso la narración no pierde comba y afina la puntería: “…banqueteaba T O D O S L O S D Í A S…”. Y respecto a los menús y los materiales empleados en los atracones diarios, tampoco deja dudas: “…ESPLENDIDAMENTE”.

b) Personaje 2 – El pobre

      En el polo opuesto a esta vida de lujo y excesos se presenta al segundo personaje de esta parábola. En esta ocasión se habla de un pobre. Pero, como ocurría con el rico, tampoco es uno cualquiera. Los representa a todos. Es un pobre de solemnidad. Se halla en la miseria y parece que ha caído sobre él una lluvia de desgracias. Tiene, sin embargo, algo de lo que carece el millonario: un nombre. Se llama Lázaro. El del dinero, figura de quienes viven a todo tren, parece, en cambio, despersonalizado. Es un personaje anónimo ocupando lugares ocultos e inaccesibles.

      Lázaro es de carne y hueso. Llena un espacio; el mínimo, eso sí. Se aprecia el sitio que ocupa y cómo lo ocupa:

      “Un pobre llamado Lázaro estaba tirado en el portal” (v. 20a).

      Está como suelen estar los pobres: en lo más bajo y a lo largo, tirados. Y se sitúa en el único lugar que le dejan: A la intemperie, fuera de las zonas habitables. Se le podía haber situado en una choza, una mala chabola y hasta bajo un puente; sin embargo, el texto lo coloca “en el portal”. La alusión a la casa del rico resulta evidente. No hay mención de ninguna otra. El lugar donde el tipo ricachón se luce y se regodea lo llena todo. El infortunado Lázaro se resguarda en el escalón de la puerta de entrada. Está fuera, aunque ¡es importante no perder de vista! que rico y pobre se hallan BAJO UNA MISMA ESTRUCTURA EDIFICADA.

      El rico nada en la abundancia, a Lázaro le rodean las miserias. ¡Da pena verlo! El gordo luce su palmito engalanado con sus trapitos de marca. El escuálido muestra una piel invadida por las úlceras. Le falta hasta la salud. Al pobre infortunado no hay por donde cogerlo:

      “…cubierto de llagas” (v.20b).

 5. Acto Primero: Hartazgo y hambruna

      El contraste entre la situación del rico y la de Lázaro salta a la vista. Mientras el rico vive a cuerpo de rey, a Lázaro no le entra nada en el cuerpo. Tiene hambre a reventar. En una situación como la suya se habría repuesto algo echándose a la boca algunos bocados de las sobras. Pero al pobre no le llegan ni los desperdicios. Durante los festines, los comensales solían limpiarse los dedos con migas de pan que luego tiraban al suelo. A esos escombros se refiera la narración al afirmar con qué se habría conformado el pobre hombre:

      “habría querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico” (v. 21a).

      Pero el rico desconoce a donde llega la necesidad del pobre. El que tiene el dinero está en lo suyo. Para alcanzar el lugar que ocupa, donde alardea y disfruta de una existencia ostentosa, resulta necesario atravesar el escalón sobre el que está fijado el pobre. Incluso es obligado saltar por encima de él. No le dirige su mirada. Tampoco hay comunicación. Ni siquiera un gesto de aproximación, lástima o de mínima ayuda. Solo los perros se le acercan. No son perros domésticos, sino semisalvajes (así eran los perros de la época) que buscan con ferocidad cualquier alimento. Cómo de impotente llegaba a ser la vida del desgraciado Lázaro que la parábola cuenta que más que comer, él servía de aperitivo hasta para los perros:

      “…por el contrario, incluso se le acercaban los perros para lamerle las llagas” (v. 21b).

 6. Acto segundo: Reubicación de los fallecidos personajes

a) El pobre Lázaro

      Una vez descrita con esta brevedad la situación existencial de ambos personajes, el ejemplo anuncia un suceso con el que se produce un cambio de escenario: Los dos han fallecido. La forma de exponer el hecho varía de uno a otro. El Galileo acomoda su lenguaje a las creencias de los religiosos fariseos. Respecto al pobre dirá:

      “Se murió el pobre y los ángeles lo reclinaron a la mesa al lado de Abrahán” (v. 22a).

      El texto original dice: “…lo llevaron al seno de Abrahán”. La expresión ‘el seno de Abrahán’, propia de la religiosidad judía de la época, indicaba el lugar de privilegio que se ocuparía tras la muerte en el convite en el que participarían todos los justos del pueblo. Como la comida se hacía reclinado y apoyando el brazo izquierdo en un diván o sobre un cojín, de la persona posicionada a la derecha de Abrahán se decía que estaba en su seno o regazo. De ahí que para hacer comprensible esta expresión se traduzca: “lo reclinaron a la mesa al lado de Abrahán”.

      Así pues. el mísero ocupa ahora el lugar de honor. El desmayado tiene a su alcance los mejores manjares. Le ha cambiado la vida de forma radical. Se entiende así su nombre: “Dios ha ayudado”.

b) El rico

      La noticia sobre el rico tiene un cariz muy distinto. Aquí no hay ángeles ni Abrahán ni convite alguno. Si el final de Lázaro significó el comienzo de la fiesta; el del rico suelta un desagradable tufillo a fúnebre. Se expresa secamente con un solo verbo:

      “Se murió también el rico y lo enterraron” (v. 22b).

c) Rodaje de la escena

      Se han apagado las luces. El escenario ha quedado a oscuras. Se cierran las cortinas. Ha acabado la primera parte. Al abrirse de nuevo nos encontramos con un decorado construido con los materiales propios de las creencias religiosas judías. El Galileo, que dirige la parábola a los religiosos amigos del dinero, ajusta la escenografía a sus ideas tradicionales y amolda el lenguaje del ejemplo a dichas convicciones religiosas.

      El comienzo de este segundo acto enlaza con el final precedente. El foco principal se centra en el rico:

      “Estando en el lugar de los muertos, en medio de tormentos” (v.23a).

      El pobre rico las está pasando canutas. Algo ha debido ocurrir para haber pasado del festival constante a esta dramática situación. El ejemplo no lo especifica. Corresponde al Lector prestar atención para descubrirlo. No deberá confundirse. La terrible coyuntura del dueño del dinero le da pie para hacer un movimiento que en vida nunca hizo:

      “…levantó los ojos, vio de lejos a Abrahán con Lázaro echado a su lado” (v.23b).

      Destaca la incongruencia de la ficción. La distancia entre ambos espacios es inalcanzable para la vista. Pero eso no importa. Interesa el mensaje de la historia. El rico, que solo tuvo ojos para el jolgorio y la distracción, ahora alza la mirada en busca de ayuda. Si antes Lázaro le había pasado desapercibido, ahora lo verá a la primera y ya no le quitará ojo. Antes ignoró el hambre perruna de Lázaro; ahora lo divisa bien claro, dispuesto a ponerse las botas. Ha comprobado que la necesidad abre los ojos y que, ante la necesidad, el capital los cierra. No quiso ver lo que él mismo había generado. Para él es demasiado tarde. En su situación actual no tiene más remedio que padecerlo en sus carnes.

      El momento es tan desesperado que el de las perras se transforma en mendigo. Utilizará las formas afectadas y sedosas propias de la religión. Pretende, así, enternecer al anfitrión, que no es Dios, ¡ojo!, sino el padre del pueblo judío. A pesar de estar desprotegido, en el fondo, el rico ha cambiado poco. Aunque ve a Lázaro en una escala social algo más elevada, sigue ubicándolo en la categoría de los subordinados. Lo utiliza como instrumento de su iniciativa para que a Abrahán se le remuevan las entrañas. Su petición es rebuscada. Una solicitud tan minúscula e inservible persigue dar lástima y mover a la generosidad. El fino sentido del humor y de la realidad no deben pasar desapercibidos al Lector:

      “y lo llamó:

– Padre Abrahán, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta de un dedo y me refresque la lengua, que padezco mucho en estas llamas” (v.24).

d) El argumento del libreto

      A partir de aquí se inicia un diálogo que llenará toda esta segunda parte. La respuesta de Abrahán, en tono acogedor -empieza por llamarle “hijo”-, se bifurca en una doble argumentación:

     Primera:  Este hijo de Abrahán debe recordar lo ocurrido durante su existencia. Sus actuaciones desencadenaron unos crueles efectos sociales a no olvidar. De la tarta a repartir, él se quedó con todo el pastel y Lázaro con las ganas. La consecuencia es fruto de su desprecio de la igualdad y la justicia. El capital ha generado la gran distancia. Lázaro (‘Dios ha ayudado’) se pone ahora a la mesa y él no recibe ni agua:

      “Pero Abrahán le contestó:

– Hijo, recuerda que en vida te llevaste tú lo bueno y Lázaro lo malo; por eso ahora este encuentra consuelo y tu padeces” (v.25).

      Segunda: El abismo originado por el enorme caudal de dinero acumulado fue tan definitivo que ha separado inevitablemente a quienes se atiborraron de la tarta de quienes se quedaron sin probar bocado. Los vencedores se lo llevaron todo; los insignificantes y los hambrientos solo se hartaron de esperanza. La codicia sin fin produjo una sima insalvable. Es demasiado tarde. Las decisiones se toman durante el tiempo de la opción. La hora de tender puentes ha pasado

      – Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa, así que, aunque quiera, nadie puede cruzar de aquí hasta vosotros ni pasar de ahí hasta nosotros” (v. 26).

 

7.Acto tercero: Epílogo

     El primer intento jabonoso del millonario en apuros no le dio resultado. Ha comprendido que no tiene solución. Por eso cambia la orientación de su ruego incluyendo también a Lázaro como servidor. En esta ocasión le asigna un modesto papel de recadero. Su solicitud pasa por revelar un pequeño secretillo: ¡él no actuaba solo! Pertenece a una Familia. El dinero está en manos de un colectivo. Son sus hermanos. Forman una piña. Da su número. Son cinco; seis, con él. Seis es el número de tinajas vacías de contenido de la boda de Caná (https://www.atrio.org/2020/10/el-proyecto-de-jesus-madurando-en-el-tiempo-7), la cifra que indica la imperfección. Su sugerencia pasa porque Lázaro acuda a ellos y les avise de las fatales consecuencias del sistema que han impuesto. El objeto del aviso es prevenirlos. La advertencia a la Familia del dinero no incluye una propuesta animando a un cambio radical de proceder. Tal vez haya detrás de ella una convicción de que bastarían unos arreglitos en el orden injusto que han impuesto:

      “El rico insistió:

– Entonces, padre, por favor, manda a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que los prevenga, no sea que acaben también ellos en este lugar de tormento” (vv. 27-28),

     Pero el tiro le salió por la culata. Abrahán descubre al rico lo que él no quiso ver: la justicia estuvo planteada como objetivo una y mil veces en el AT. La justicia es la ruta. Las señales indicadoras de esa vía la tienen a la vista. Basta un sencillo movimiento: abrir los ojos como ha hecho él ahora:

      “Abrahán le contestó:

– Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen” (v. 29).

      Llegados a este punto, cobran un nuevo relieve aquellas palabras del Galileo previas a la parábola:

      “La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; desde entonces se anuncia el reinado de Dios y todo el mundo usa la violencia contra él” (v. 16).

     El desdichado del dinero no da una, pero hace un último intento con el que descubre por fin la raíz de sus desgracias y la opción que en su día debió tomar y no tomó. Es lo que pretende ahora que hagan los de la Familia. Lo ve harto difícil, por eso recurre a una acción que les deje patidifusos; una asombrosa sacudida que les provoque decidirse por el cambio radical de sus vidas y les conduzca a reducir a escombros la estructura bajo su dominio con la que defienden su privilegiada e intocable posición:

      “El rico volvió a insistir:

– No, no, padre Abrahán, pero si uno que ha muerto fuera a verlos, SE ENMENDARÍAN” (v. 30).

       El verbo griego μετανοέω traducido aquí en sentido de ‘enmendarse’, da la clave de la pretensión del rico y, al mismo tiempo, de la enseñanza de la parábola. Μετανοέω, compuesto del prefijo μετά, indicando ‘cambio’, y el verbo νοέω=’comprender’ tiene una doble significación. Los dos aspectos vierten en dos cauces dinámicos, uno afecta al modo de pensar; el otro, al comportamiento. Se trata, por una parte, de una ruptura (’cambio de comprensión) con los criterios usados para estructurar la vida y la aceptación de otros opuestos a los anteriores. Por otra, supone un cambio radical en la forma de proceder en consonancia con la nueva manera de pensar.

 8. Conclusión

            El rico ha constatado en sus propias carnes que querer asegurarse la existencia a costa del padecimiento de los otros conduce inexorablemente a un fracaso sin arreglo. La Familia… …está equivocada de raíz. Él ha comprendido, aunque tarde, que la riqueza se obtiene arrancándole la vida a muchos. Se ha dado cuenta ahora de que la justicia sí es camino seguro para conseguir una vida en condiciones. El rico ha cambiado su pensamiento, pero no puede hacer lo mismo con su proceder. Ese es su drama. La Familia del rico sí está aún a tiempo de cambiar su andadura. Por eso el desgraciado rico manifiesta su voluntad acabando su petición con el verbo ‘ENMENDARSE’ (Μετανοέω).

       El pobre e infeliz millonario, acostumbrado a justificar su vida con falsos esquemas religiosos, se equivoca de nuevo. Piensa que su Familia, los ostentadores del capital, modificarán su pensamiento y cambiarán su proceder desde el orden injusto hacia una sociedad donde brille la justicia y la igualdad, siendo avisados desde un mundo sobrenatural mediante la resurrección de un muerto. Sigue siendo un iluso…

       Abrahán, que no se chupaba el dedo y se las sabía todas, le responderá con toda lucidez. Si no se es capaz de ver la lógica aplastante de la justicia y la igualdad, no hay hecho sobrenatural que provoque el entendimiento y el cambio radical; ni siquiera la resurrección de un muerto:

      “Abrahán le replicó:

– Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, no se dejarán convencer ni aunque uno resucite de la muerte” (v.31).

    El Capital desatina. Obstruye el proyecto humano y genera la brecha universal de la desigualdad haciéndola infranqueable. Por si no bastara, avanza inoculando su veneno todo cuanto puede para distraer del objetivo de la vida. La distracción desvía la mirada de la gente hacia el vacío. La usan como adormidera. La modorra social interesa a La Familia del dinero. De ahí que propaguen la distracción por todos los sectores de la sociedad. El narcótico del entretenimiento embota la mente, crea adicción, provoca que los entretenidos se desentiendan de la justicia y engendra en ellos una incapacidad no pocas veces irremediable. Como la mostrada por el rico ante Abrahán y su inseparable Lázaro.

 Salvador Santos.

SANTOS DE AQUÍ Y DE ALLÁ

En los inicios del mes de noviembre, la cristiandad celebra con gozo y esperanza dos fiestas litúrgicas de gran significado. El día primero, la Solemnidad de todos los santos y, el día segundo, la Conmemoración de todos los fieles difuntos. Popularmente, también es conocido, este mes, con los calificativos de “mes de santos” o “de difuntos”. 

La Solemnidad de Todos los Santos evoca la memoria de aquellos que están con Cristo en la gloria y cuya compañía, como dice una antigua tradición, “alegra los cielos”. La Iglesia, peregrina en la tierra, recibe así el estímulo y testimonio de su ejemplo, la gracia de su patrocinio y la esperanza del triunfo y de la gloria en la contemplación eterna de la Jerusalén celeste.

El día de difuntos, la Iglesia después de haber celebrado con gozo la felicidad de todos sus hijos bienaventurados en el cielo, se preocupa por el destino eterno de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección. Pero, aquí cabemos todos. La Iglesia ora también por aquellos de quienes nadie se acuerda, que han muerto en soledad y abandono, y en las actuales circunstancias de esta u otras pandemias, sin una plegaria de sus amigos y familiares y sin una caricia o una mano amiga que pudiese expresarles su cariño en los últimos momentos de su existencia en la tierra. Por ello, rezamos por todos los difuntos cuya fe solo Dios conoce, que desde los orígenes de la humanidad han dejado este mundo, para que sean purificados de todo mal y puedan gozar de la felicidad eterna.

El interés por la hagiografía parece que está despertando, de nuevo, como demuestran recientes congresos, investigaciones y canonizaciones. El día de santos puede ser una buena ocasión para recuperar modelos ejemplares de ayer y de hoy, en una sociedad tan diversa y pluricultural, donde los modelos a imitar no son, con frecuencia, aquellos que entregan su vida por los demás después de haber descubierto el amor incondicional de Dios en su existencia. Por ello la vida de los santos es norma de vida para todos; ellos son imitadores perfectos de Cristo, maestros, héroes, líderes, mártires, ascetas, “auxiliadores”, intercesores, doctores, contemplativos, literatos, escritores, fundadores. La tradición atestigua que, desde el comienzo de la Iglesia, el culto a los mártires se celebra ya en el siglo II ante la tumba del día de su aniversario;  con este motivo se reunía la comunidad local, se celebraba el “dies natalis” (el aniversario del martirio) o el de su sepultura (“depositio”), con la celebración conclusiva de la Eucaristía.

El hecho dogmático de esta hermosa tradición se expresa en la proposición: “creo en la comunión de los santos”. De los santos de aquí y de allá. Porque quien no tiene nada que decir sobre la muerte tampoco tiene nada que decir sobre la existencia humana y la vida cotidiana.  Y quien, como cristiano e incluso como ciudadano, no tiene una palabra verdadera y bella sobre la realidad ineludible de la  muerte, no tiene una palabra verdadera sobre la inmanencia, la transcendencia y sobre Dios. De la realidad de Dios no podemos renunciar. Su existencia unida a la creación y a la transcendencia del ser humano, ha sido ensuciada y desgarrada, pero es el momento de levantarla del suelo y enarbolarla en esta hora de tanta incertidumbre y zozobra. Sin Dios no habría santos. Y porque hay santos, ¿No es precisamente la realidad de Dios, la palabra de la invocación, la palabra convertida en nombre consagrado para siempre en todos los idiomas de la humanidad?

Mario Vázquez

Vicario General diócesis de Lugo