lunes, 7 de diciembre de 2020

De nuevo es Adviento

     De nuevo es Adviento, y suenan como nuevas las profecías escritas por Isaías hace 2700 años, que se dice fácil: No alzarán la espada pueblo contra pueblo, no se prepararán para la guerra (Is 2,4). Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz (Is 11,1). Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos, el niño de pecho jugará junto al escondrijo de la serpiente (Is 11,6-8). El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará de la Tierra el oprobio de todos los pueblos (Is 25,8).

      De nuevo es Adviento, y no es menor la emoción –un poco más afligida, eso sí, viendo en el mundo lo que vemos– cuando desde el fondo de los siglos y de los milenios, desde el corazón de la humanidad y de todos los vivientes con todas sus pandemias, nos llegan de nuevo los ecos de esas y otras profecías mesiánicas, cuando cada domingo encendemos un nuevo cirio junto a las hojas verdes, cuando volvemos a entonar los cánticos de siempre, cuando cada día, mañana y noche, vuelvo a mi mantra preferido: Maranatha (“Ven, Señor”). Eso significa Adviento (en latín) o Parusía (en griego): Venida. Un substantivo y, sobre todo, un verbo conjugado en todos los tiempos: Vino, Ven, Viene, Vendrá, más allá del tiempo que marcan nuestros relojes exactos.

      Sí, pero ¿quién es el sujeto de este Adviento? ¿Quién o qué vino, viene, vendrá? Hay muchas formas de decirlo.

      Allá por el año 28 de nuestra era que llamamos “cristiana”, por las aldeas campesinas cerca del lago de Galilea, entonces provincia romana de Palestina, un joven profeta llamado Jesús, natural de Nazaret, lo dijo a su manera: “Mujeres y hombres ahogados por las deudas y el hambre, atormentados por la enfermedad y las pandemias, sometidos por el Imperio y el Sanedrín, ¡alegraos! Dichosos vosotros, bienaventurados, porque viene Dios, porque llega vuestra liberación”.

      Pero no vino nadie y todo siguió igual, salvo un grupito de hombres y mujeres en cuyo corazón había prendido la esperanza palpitante, y salvo Jesús que fue detenido, sumariamente juzgado y cruelmente crucificado. Uno más. Y así hasta hoy. Siguen llegando cayucos, miles de inmigrantes se hacinan en condiciones deplorables en el muelle de Arguineguín (Islas Canarias), y la jueza considera que no se ha cometido con ellos ningún delito y archiva el caso. Será la jueza o será la ley y será legal, pero no es la justicia que esperamos.

      ¿Y de qué sirve la esperanza? La esperanza transforma el luto en Adviento, como sucedió en unos pocos seguidores de Jesús, y no necesitaron para ello más milagro que el aliento que cura la memoria y empuja la vida, como transforma la hoja que cae. “El mártir Jesús no ha quedado en la tumba –dijeron María de Magdala primero y Pedro después–, sino que su descenso al infierno de la historia ha sido la ascensión a la Fuente de la Vida, como está escrito de todos los mártires en nuestras escrituras inspiradas”. Así lo creo también yo.

      En coherencia con su imagen de Dios, del mundo y de la historia, ellos pensaron además que Jesús, el mártir exaltado de los últimos tiempos, constituido por Dios como Mesías o Cristo universal, volvería muy pronto –cuestión de meses o de años– para dar cumplimento a todo lo anunciado, para acabar por fin con las angustias y opresiones de este mundo y estrenar el mundo según las Bienaventuranzas que aún resonaban en sus oídos. E invocaban a Jesús para que volviera ya del cielo y se acabara la tristeza en la tierra: Maranatha (“Ven, Señor”). Era su manera de animar la esperanza activa, y eso era lo que importaba entonces y nos importa ahora.

      Jesús no vino ni vendrá de lo alto como lo habían imaginado, ni habrá fin del mundo, ni siquiera cuando la Tierra acabe siendo absorbida por el Sol dentro de 5.500 millones de años. ¿Se engañó, pues, Jesús, cuando anunciaba el fin de la miseria y de la opresión a las pobres de Galilea en Palestina? No. Aun cuando todas las imágenes que tuvo de Dios y todas las ideas que se hizo del futuro fueran erróneas, y así fueron seguramente, Jesús no se engañó. Vivió en Adviento, en esperanza inspirada y activa, y quien espera no se engaña, como no se engaña quien respira.

      Tengo ante mí dos iconos que desde hace más de 30 años me acompañan todos los días en mi mesa de trabajo y en mi rincón de meditación: el Jesús crucificado de la capilla de San Damián ante el que el joven Francisco de Asís (s. XIII) encontró la luz en su búsqueda oscura, y el Cristo Salvador de Rublev (s. XV), lleno de dulzura y armonía. Vuelvo los ojos a Jesús, pues decir Jesús es para los cristianos, también para mí, una manera –hay otras muchas, religiosas y laicas– de decir, invocar, abrazar la presencia y el anhelo que laten en el Corazón de todos los seres. El Todo más grande que la suma de las partes. Y mientras respiro con el Universo repito: Maranatha.

      De sus labios silenciosos, del fondo de mis desalientos y contradicciones, me llegan palabras de promesa y de llamada: “Oh hombres y mujeres de todos los tiempos, cristianas o no, creyentes o ateas, el Adviento no es pasado ni futuro, es encarnar la Presencia buena en la que todos somos Uno. Yo viví mi Adviento, vivid vosotros el vuestro que, al igual que el mío, es el Adviento de toda la humanidad, de todos los vivientes, del Universo entero”.

José Arregui,

 Aizarna, 6 de diciembre de 2020

 

martes, 1 de diciembre de 2020

ADVENTO GOZOSO E RESPONSABLE

La palabra «adviento» significa «venida», y la utilizaban los paganos para expresar la venida periódica de las divinidades que, de cuando en cuando, se hacían presentes en el templo, que para ellos era un lugar sagrado. En el léxico coloquial, lo utilizaban también para recibir al emperador, al cual consideraban como un ser divino.

En el lenguaje cristiano, en un principio, se llamó «adviento» a la última venida del Señor, juez de vivos y muertos; pero al establecerse la fiesta de navidad, empezó a llamarse «adviento» al tiempo que precede al nacimiento de Jesús en Belén. Y desde entonces, hubo como un desdoblamiento del Adviento: uno de preparación para la Navidad, y otro de preparación para la Pascua. El primero se caracteriza por su ambiente de oración y esperanza, y conserva el nombre de «adviento litúrgico». Y el segundo se caracteriza por un clima de conversión y de penitencia, y se denomina «cuaresma».

En estos momentos nos referimos al Adviento litúrgico, qué implica «espera y compromiso». Vivimos en «esperanza», porque el mundo aún no se ha concienciado plenamente de la venida redentora del Mesías, y súplica que su misión redentora no se haga esperar. Nuestra súplica es gozosa y temerosa. Gozosa, porque la encarnación del Hijo de Dios es portadora de salvación para todos y, a la vez, es comprometedora para nosotros, porque la redención no es impositiva, sino oferta amorosa y martirial por parte del Señor y debe ser acogida y agradecida por nuestra parte. A este respecto puede servirnos de ejemplaridad el comportamiento de los pastores, los cuales, informados del nacimiento de Jesús, acudieron a ofrecerles sus dones, y también la actitud de los Magos, que acudieron presurosos a adorar al Hijo de Dios, que acababa de pisar tierra.

El Adviento debe de vivirse en clima de esperanza, porque nos advierte que se acerca nuestra liberación. La esperanza mira un futuro halagüeño. El temor también mira a un futuro, pero indeseable. El Adviento mira a un futuro grandemente deseado: la venida del Salvador. La esperanza de Adviento es gozosa: las promesas del Señor están a punto de cumplirse. Y esto nos causa inmenso gozo. Pero es también esperanza responsable, porque el Salvador llama a nuestra puerta con la ilusión de que nosotros le permitamos entrar. Esta es nuestra responsabilidad. De nosotros depende que Jesucristo pueda entrar en nuestras vidas o que tenga que pasar de largo. Para sortear este riesgo, el Papa San Juan Pablo II, nos repetía con voz vibrante y corazón enardecido: «Abrid las puertas a Cristo». Estemos pues, vigilantes para que «entre» tan pronto venga y llame. El Precursor prestó un magnifico servicio al plan salvífico del Mesías: primero preparó al pueblo para que le reconociera y lo recibiera, y después lo señalo ya presente entre los hombres. Tomemos ejemplo y escuchemos a este buen pregonero. Celebremos con gozo la próxima llegada del Mesías y preparemos los caminos para que su salvación irrumpa con fuerza en todos los ambientes de nuestro pobre mundo.

Solo entonces será Navidad.

Indalecio Gómez Varela

Canónigo de la Catedral de Lugo

 

martes, 24 de noviembre de 2020

¿QUÉ LE PASA AL HOMO SAPIENS...?

    Me asombra el progreso de la ciencia y de la tecnología derivada de ella, increíble éxito colectivo de nuestra especie Sapiens para hacer la vida menos sufriente y más confortable. De ningún modo quisiera volver a las condiciones de vida de hace solo 200 años: sin vacunas, antibióticos ni anestesia, sin bicis, coches ni trenes; sin cerillas ni luz eléctrica, ni frigorífico ni ascensor, ni teléfono ni radio. Ni siquiera quisiera volver al año 1995, año en que aún no disponía de internet ni lo conocía.

      Pero aquí me asaltan las dudas. No echaría en falta internet si no lo conociera –así nos pasa hasta con lo más “necesario”–. Creo incluso que prescindiría de él sin mayor problema si la gente con la que vivo y colaboro tampoco lo tuviera –lo que se podría aplicar a buena parte de las innovaciones que nos hacen la vida más fácil y… más complicada–. Conclusión: necesito internet porque otros lo tienen. ¿Es porque quiero ser más útil a los otros o es porque no quiero quedarme atrás? ¿Es porque quiero que ganen ellos o porque no quiero perder yo? No sé muy bien, o no me atrevo a saber, qué es lo que más me mueve. Las razones más nobles no logran ocultar las motivaciones más turbias: afán de ser más, tener más, hacer más. Son mis sombras y cadenas, las de cualquiera más o menos.

      ¿Quién me librará de esta condición?, me pregunto como Pablo de Tarso y como todos los “otros” por quienes soy lo que soy, todos los “otros” que también por mí son lo que son, en sus luces y sombras. Somos interser, seres en red, para lo mejor y lo peor. Y así todos en todo y cada vez más. Cada avance de la ciencia y de la tecnología es una maraña de intereses, los más altos y los más bajos. Cada logro se vuelve amenaza de pérdida, cada avance es un retroceso. ¿Cuál será el balance final? Terrible pregunta.

      Por ejemplo. Ya es posible fabricar carne a partir de células madre, hasta 20.000 toneladas con una sola célula. Con 150 vacas a todo lujo que nunca serán sacrificadas bastaría para que toda la humanidad consuma cuanta carne le apetezca. Y el foie-gras, el jamón y todas nuestras crueles Delicatessen. Con la carne in vitro se acabó la matanza de animales. Me entusiasma la noticia. Pero ésta no llega sola: decenas y decenas de empresas emergentes se están lanzando ya a la fabricación de carne en una carrera loca. ¿Fabricantes y consumidores no seguiremos volviéndonos cada vez más unos pobres animales vegetarianos de granja, sacrificados en serie por la cadena del capital?

      Otro ejemplo de plena actualidad. La farmacéutica Pfizer anunció su vacuna contra la Covid-19, este ínfimo virus que tiene en vilo a la humanidad entera. Suspiramos de alivio. Pero luego nos enteramos de que, al día siguiente del anuncio, el consejero delegado de Pfizer vendió casi todas las acciones que poseía en la empresa y que habían subido como la espuma, embolsándose de golpe millones de euros. La vacuna de Pfizer será segura, creo en los científicos, pero su consejero delegado no me parece fiable, y me temo que pase lo mismo en muchas del centenar largo de compañías que compiten en esta carrera por la vacuna y el lucro, que no pocas de las vacunas dejen de ser seguras a pesar de los científicos, que entre la salud y el dinero gane el dinero. En este mundo regido por la codicia personal y el sistema capitalista, la especulación es peor que la peor pandemia. ¡Malditas bolsas y acciones, mucho más nocivas que la Covid-19 para nuestra salud y bienestar, nuestra felicidad individual y colectiva, que es una!

      Y arrecian las preguntas: ¿qué nos pasa a los humanos, presa tan fácil de nuestras emociones e ideas más perturbadas y engañosas? ¿Por qué nos empeñamos tanto en saber, poder, poseer más que los otros, si somos uno en el origen y el destino? ¿Por qué, siendo uno como somos, somos incapaces de disfrutar y gozar con el bien ajeno como con el propio? ¿Por qué este vertiginoso ritmo de progreso que acaba por asfixiarnos, pues cuantas más cosas inventamos para vivir mejor más nos obligamos a correr más rápido y ganar, hasta perder el respiro? ¿Por qué esta absurda competición que funda nuestra civilización desde el principio y que cava nuestra tumba como especie?

      No es consecuencia de ningún pecado o caída original. Es porque somos una creación aún incompleta, un fruto inacabado de la evolución de la vida, de la Tierra, del cosmos. A veces pienso que somos un error de la evolución, pero en realidad toda la evolución, como la propia ciencia, es un proceso permanente de ensayo y error. En una subtribu de primates homínidos, hace 2,5 millones de años, nacieron unos individuos con un cerebro más desarrollado, los primeros Homo, y mucho después, hace 300.000 años, nuestra especie Sapiens, con un cerebro más capaz aun de imaginación y de miedos, de colaboración y de guerra, de comunión y de odio, de dicha y de desdicha, de paz y de angustia, de conciencia del Ser y de ofuscación del ego. Lo uno va con lo otro, y así seguimos, sin poder hacer el bien que quisiéramos y haciendo el mal que no queremos. Somos seres en desequilibrio, escindidos, carentes de armonía interior estable. Somos seres inacabados.

      ¿Qué podemos esperar? Esperar es promover con aliento vital profundo lo mejor que soñamos. Yo sueño que un día demos un nuevo salto como individuos y como especie. Sueño que las ciencias, sin ser manejadas por gerentes, intereses y sistemas inhumanos, identifiquen las neuronas y los genes responsables de nuestra fractura congénita. Sueño que las diversas ciencias, la educación y la política, inspiradas por las tradiciones espirituales, religiosas o no religiosas, encuentren la manera de corregir las graves disfunciones que padecemos y de potenciar las maravillosas capacidades de que estamos dotadas, y lleguemos a ser más humanos, transhumanos o posthumanos.

      ¿Lograremos convertir el sueño en esperanza, de modo que emerja por fin y tome forma en nosotros el aliento vital que late en lo más profundo de nosotros y de todo cuanto es?

      José Arregi, Aizarna, 20 de noviembre de 2020

     

 

lunes, 23 de noviembre de 2020

CICLO B: El evangelista Marcos

1.- LA REFORMA LITÚRGICA DEL VATICANO II

Hasta la última reforma litúrgica, nacida a raíz de las Constituciones sobre la Palabra de Dios y sobre La Liturgia, del Concilio Vaticano II, aparecía en los leccionarios menor variedad de lecturas de lo que acontece en la actualidad. Sin embargo a partir de entonces se establecieron tres ciclos de evangelios (A, B y C), dedicándoles a los tres primeros, llamados sinópticos por partir de una visión semejante, la mayor parte de las terceras lecturas de los domingos. En otras ocasiones, en especial en el tiempo de Pascua, sea en los ciclos A (dedicado a Mt), B (dedicado a Mc) o C (dedicado a Lc), se utiliza el 4º Evangelio, una obra que básicamente procede de Juan el de Zebedeo, hermano de Santiago el Mayor.
 

2.- LOS EVANGELIOS A LO LARGO DE LA HISTORIA

Ha sucedido también en los tiempos pasados que algunos evangelios gozaban de mayor reconocimiento que los otros. El más socorrido, desde el punto de vista católico, era el de Mateo, por su larga extensión, por supuesto mayor que la del evangelio según Marcos, y por ser considerado obra de un Apóstol, cosa que no acontece con el de Lucas, aunque éste haya sido discípulo y compañero de viaje de Pablo de Tarso. Sin embargo hace un par de siglos en ámbitos protestantes se empezó a valorar más que ningún otro evangelio, por reflejar el texto más antiguo, el de Marcos. La Iglesia Católica reconoce que el primero en ser escrito, y en la lengua de los hebreos, ha sido el de Mateo; pero el ejemplar que tenemos ahora no es ése, sino que refleja un momento posterior, y ha sido redactado ya en griego. El evangelio de Marcos destila espontaneidad, construcciones de lenguaje propias del hebreo e incluso vocablos pertenecientes a ese mundo.
 

3.- EL PERSONAJE A QUIEN SE ATRIBUYE EL 2º EVANGELIO, PROPIO DEL CICLO B

Se trata de Marcos, denominado en otros lugares Juan Marcos. No parece que haya conocido a Jesús. Era hijo de María, una mujer en cuya casa se reunía la Iglesia de Jerusalén, y que aparece como madre de Juan, llamado Marcos (Hech 12, 12). Inició con Pablo y Bernabé el primer viaje apostólico de Pablo, debido quizás a su condición de primo de Bernabé. Sin embargo al llegar a Perge, de Panfilia, los abandonó y se volvió a casa. A partir del 2º Viaje Apostólico, Pablo se dejó acompañar por otros, como Silas, Timoteo y Lucas. En lo que atañe a Marcos, sabemos que estuvo algún tiempo con Pedro, y muy identificado con él, por lo que Pedro le llama “mi hijo” (1Pe 5, 13). Después, vuelve a estar con Pablo, quien envía saludos suyos a Filemón (Flm 24), y más adelante le pide a Timoteo que lo lleve consigo, para estar con él  (cf 2Tim 4, 11).
 

4.- MARCOS, EL EVANGELIO DE LA LLEGADA DEL REINO

Según se muestra a lo largo de sus páginas, Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios. Es él quien trae la salvación, una salvación que proclama ya el Bautista, su precursor. Éste presenta a Jesús como el más fuerte, ante el que se considera indigno de desatar la correa de su sandalia. Jesús habrá de bautizar con Espíritu Santo (Mc 1, 7-8). El poder de Dios, que Jesús posee, y que supera al del príncipe de este mundo, se deja sentir de modo especial cuando Cristo, con “el dedo de Dios”, libera a los que yacían poseídos por el espíritu del mal. Al liberar de la posesión diabólica con la fuerza de Dios a los que eran víctimas de Satanás, Jesús demuestra que el Reino de Dios ha llegado a ellos. Jesús aparece en este Evangelio como profundamente humano, y realiza signos que hacen ver la llegada de ese Reino. Marcos es pródigo en referir los hechos de Jesús, sin detenerse tanto como Mt y Lc en transmitir los dichos del Maestro. Tales hechos provocan la admiración de la gente, que se pregunta en consecuencia quién puede ser aquel hombre. Sin embargo Jesús, que sabe cuál es la voluntad de su Padre, rehúye las alabanzas de los que contemplan sus signos, porque no quiere que lo consideren un Mesías en sentido terreno. De hecho, “Mesías” significa ungido, y por lo tanto rey, y él prefiere aparecer como Siervo Sufriente, el Siervo de Yahvé al que alude Isaías en cuatro cánticos de los capítulos 42 a 53. En cualquier caso, Jesucristo, el Señor resucitado, volverá a Galilea, donde le encontrarán los discípulos. Allí se va a mostrar que el Reino de Dios prevalecerá sobre Israel, simbolizado en Jerusalén.
 

5.- EL EVANGELIO DEL DISCIPULADO

Desde el momento en que Jesús escoge a los Doce, suele aparecer siempre con sus discípulos. Los elige para que estén con él y para enviarlos a predicar (Mc 3, 13-19). Entre ellos habrá tres más unidos a él que los otros nueve: son Simón Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan. En alguna ocasión, como cuando le preguntan por el futuro del templo y de otras realidades a las que Jesús se refería en un ámbito restringido, como en familia, se encuentra también Andrés, el hermano de Simón Pedro (Mc 13, 3). Sin embargo el discípulo que aparece muy por encima de todos, es Simón Pedro. Esa distancia respecto de los demás discípulos, se resalta mucho más en el Evangelio según Marcos que en los otros Sinópticos.
 

6.- EL EVANGELIO PROCLAMADO, PARTE IMPORTANTE EN LA VIDA DEL CRISTIANO

Aunque las demás lecturas utilizadas en la liturgia se consideran y son Palabra de Dios, la cercanía de los Evangelios es más perceptible, al ser documentos en los que se recogen los dichos y las obras de Jesús. De ahí que, al final de su proclamación en la liturgia,  no nos limitemos a indicar que es Palabra de Dios, sino que manifestemos que lo proclamado es Palabra del Señor.

En esta situación histórica en que nos encontramos, cuando entran en nuestra vida noticias llegadas desde muy diversos medios de comunicación, y que proceden de ámbitos civiles, con aires poco familiares al cristianismo, hemos de escuchar con atención, asimilar e interiorizar, lo que las lecturas bíblicas, singularmente los Evangelios, nos ofrecen. Así podremos orientar nuestra vida a la luz de ellos.

En este año litúrgico, correspondiente al ciclo B, hemos de recoger de Marcos la presentación de Cristo como una persona a quien el Bautista presenta, y que anuncia con su venida la legada del Reino de Dios. En sus parábolas presenta ese Reino en términos de una semilla que ha de dar fruto y convertirse en una espiga. Para continuar su misión en esta tierra, elige unos discípulos que aprendan junto a él y que vayan después a predicar, de suerte que todos acojan la lección de Cristo y se salven, haciéndose eco de su obra salvadora. Este Evangelio, que comenzó en Galilea, presenta casi al final, como los otros tres, la entrega sacrificada de Jesús, para salvar al hombre. Este Jesús, que se entrega a la muerte para que nosotros hallemos la vida sin fin, se aparece resucitado a sus discípulos en Galilea, y les encarga de ser sus testigos, antes de subir al cielo y ocupar su sitio, a la derecha del Padre.

José Fernández Lago
Canónigo Lectoral de la Catedral de Santiago

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

SOY EL QUE SOY

 "Cuando cada vida tiene valor por sí misma o cuando yo doy por supuesta mi dignidad, me la reconozcan o no, entonces el hormigón sustituye al cristal, la exigencia a la gratitud"

Las personas agradecidas quedan muy bien representadas en la figura bíblica de aquel leproso que, una vez curado entre otros diez, volvió corriendo y gritando agradecido a los pies del Salvador. Era uno solo, y extranjero: samaritano y maldito ¿Y los otros nueve? Yo me imagino a los otros nueve disfrutando de su salud y de una vida digna -de su dignidad, al fin, recuperada- como si, en el sentir de los hombres de nuestro tiempo, hubiera sido un derecho adquirido con esfuerzo por ellos mismos. “Nadie regala nada…”- oigo decir a menudo. Nadie regala nada a nadie, y menos, si cabe, a alguien de quien ni siquiera es posible esperar algo a cambio. Por eso, los veo cruzando por un puente de hormigón cada mañana, al encuentro de su vida nueva.

Es el puente que une, con el rigor de una necesidad lógica, sus derechos a las obligaciones de los demás. En realidad, más bien que un puente, es un búnker. No une a nadie con ningún otro. Blinda los derechos adquiridos, una vez reconocidos. Y los blinda con un material tan resistente como el hormigón: el olvido. El olvido borra viejos recuerdos y los sustituye por nuevas y sólidas certezas: la certeza de los derechos adquiridos por uno mismo borra, poco a poco, el recuerdo de aquellos derechos que fueron una vez reconocidos por los demás.

Si el búnker fuera un puente de verdad, quedaría unido, al menos, el derecho de los leprosos curados al derecho de su bienhechor. La necesidad lógica quedaría a salvo de sí misma. La lógica, útil para pensar, ¿no debería serlo también para recordar cualquier causa -cualquier pasado- contenida y olvidada en sus efectos o consecuencias? La lógica abandonada a sí misma, útil solo para pensar pero no para recordar, acaba sepultada en el olvido. Su propio rigor la paraliza allí donde es más necesaria: en el fondo de la memoria. Allí es donde naufraga. El que no ve más allá de la lógica perece con ella. Lo que no sirve para recordar sirve para pensar a medias: pensar puede ser una manera de olvidar.

El viejo puente de cristal parece no servir ya para la vida. Es demasiado frágil como para soportar nuestro paso y nuestro peso, cargados como vamos todos de derechos por la vida. Y de querellas y demandas, protestas y denuncias que se acumulan, como pesados fardos, sobre las mesas de los tribunales en espera de resolución judicial. El corazón de las personas se endurece cuando el hormigón acaba sustituyendo al cristal, el rigor a la fragilidad y la exigencia a la gratitud, fresca y tierna como el pan de la mañana.

Cuando cada vida tiene valor por sí misma o cuando yo doy por supuesta mi dignidad, me la reconozcan o no, entonces el hormigón sustituye al cristal, la exigencia a la gratitud. El búnker al puente. Cuando sé, en cambio, que necesito de los demás para todo -para ser yo mismo y tomar así la vida entre mis manos, regalado a mi propia persona por los otros-, entonces el “tener” -tener valor o dignidad y derechos anejos- pierde su rigor ante mis ojos y recupero así la claridad y fragilidad del ser, siempre en interdependencia de los otros. Ya no soy lo que tengo: un ser valioso por sí mismo cuya dignidad los demás tienen la obligación de reconocer. Soy el que soy gracias a Dios, es decir, gracias a otros.

La obligación se transforma, de este modo, en algo mucho más profundo y delicado: en respeto a quien me afirma en el ser y en la existencia. A quien afirmo yo también, porque el puente de cristal es de ida y vuelta. El que da ya está recibiendo. El que recibe ya está dando, a su vez, la oportunidad de dar lo que recibe. Nadie tiene nada para sí mismo -nada en absoluto-, ni siquiera su propia dignidad. Todos tenemos lo que damos o recibimos mientras lo damos y recibimos: respeto a manos llenas.

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

LOS DOS LÁZAROS

1. Uno, de Lucas; el otro, de Juan

      El nombre griego: Λάζαρος (Lázaro) es la forma abreviada y transliterada de Eleazar (‘Dios ha ayudado’). En el NT hallamos dos figuras masculinas con ese nombre. Del primero se informa en Lucas (16, 20ss.) y del segundo, en los capítulos 11 y 12 del evangelio de Juan. Hay grandes diferencias entre ambos personajes. Además del nombre, solo tienen en común que ninguno de ellos habla, aunque también por razones muy distintas. El mencionado por Lucas es un personaje de ficción; el que aparece en Juan, un ser histórico amigo del Galileo.

2. El Lázaro de Lucas (16, 20ss.)

      El Lázaro que encontramos en Lucas se presenta como coprotagonista de una parábola, aunque su papel pasivo lo reduce a un simple figurante. Resulta curioso, sin embargo, que sea el único personaje de uno de esos ejemplos al que se le ha dado un nombre.

      El texto de la parábola dice así:

 19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino y banqueteaba todos los días espléndidamente. 20 Un pobre llamado Lázaro estaba tirado en el portal, cubierto de llagas;
21 habría querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico; por el contrario, incluso se le acercaban los perros para lamerle las llagas.
22 Se murió el pobre y los ángeles lo reclinaron a la mesa al lado de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.
23 Estando en el lugar de los muertos, en medio de tormentos, levantó los ojos, vio de lejos a Abrahán con Lázaro echado a su lado <
24 y lo llamó:

– Padre Abrahán, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta de un dedo y me refresque la lengua, que padezco mucho en estas llamas.

      25 Pero Abrahán le contestó:

– Hijo, recuerda que en vida te llevaste tú lo bueno y Lázaro lo malo; por eso ahora este encuentra consuelo y tú padeces. 26 Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa, así que, aunque quiera, nadie puede cruzar de aquí hasta vosotros ni pasar de ahí hasta nosotros.

      27 El rico insistió:

– Entonces, padre, por favor, manda a Lázaro a casa de mi padre, 28 porque tengo cinco hermanos: que los prevenga, no sea que acaben también ellos en este lugar de tormento.

29 Abrahán le contestó:

– Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen.

30 El rico volvió a insistir:

– No, no, padre Abrahán, pero si uno que ha muerto fuera a verlos, se enmendarían.

31 Abrahán le replicó:

– Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se dejarán convencer ni aunque uno resucite de la muerte”.

    Esta parábola forma parte de la respuesta de Jesús a una burla. La expondrá como remate de esa réplica. Sus destinatarios son identificados al inicio de la exposición de los hechos. Al nombrar a tales personajes, el narrador añade dos apuntes respecto a ellos: su querencia y la oposición engreídamente desdeñosa que exhiben  frente al Galileo y su propuesta:

      “Oyeron todo esto los fariseos…,” (v.14a).

 

3. Sus destinatarios: Los religiosos

     La parábola no está, pues, dirigida a la gente. Tampoco a los discípulos. Su destinatario es el colectivo de religiosos a quienes traslada un mensaje específico. Estos han podido oír un ejemplo anterior también dedicado a ellos y de postre, no han perdido detalle de otra peculiar parábola, en esta ocasión orientada al grupo de seguidores. Esta última, que terminaba diciendo: “No podéis servir a Dios y al dinero” (v.13b), debió sentarles a los piadosos como una patada en la espinilla, porque el texto afirma a continuación de ellos:

      “…que son amigos del dinero…,” (v. 14b).

      La apostilla no tiene desperdicio. Denuncia su falsedad. Serán muy religiosos, pero sirven al Otro, al metálico. Su religiosidad es fachada. Le sirve para vanagloriarse ante la gente y generar en el pueblo el miedo raíz del vasallaje. No es de extrañar que, tras escuchar la parábola del administrador, se mofaran del Galileo tratando de menospreciar un mensaje incompatible con la falsedad de sus vidas:

      “y se burlaban de él” (v. 14c).

      Frente al pitorreo, el de Nazaret, que no tenía por costumbre achantarse ni ante la mofa ni ante la violencia, les plantó cara. Según Lucas, de entrada les soltó una primera andanada dejando al descubierto como furufalla su engañoso escaparate:

      “Jesús les dijo:

– Vosotros sois los que os las dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse ante los hombres le repugna a Dios” (v.15).

     Los religiosos daban el pego, pero él puso sus cartas boca arriba. Se presentan como adalides de la más pura ortodoxia, pero lo que les va es el pavoneo. Lo suyo es la altivez, engallarse ante la gente. Administran la desigualdad como el mejor de sus recursos. El Galileo les avisa. Sigue la línea argumental del AT, el que ellos tienen por sagrado, y les deja claro que Dios está por la justicia y la igualdad que destruye sus sacrosantos postulados.

      La norma sagrada en la que apoyan sus tesis, las que le sirven para dominar a la gente ha perdido su vigencia. La Ley y los Profetas, forma de llamar al AT, transmitía la promesa de una época dorada: el reinado de Dios. Una vez aquí, esa Novedad definitiva no interesa al poder político ni a la ideología religiosa que lo justifica; y se desata contra él toda la furia del sistema injusto. Todos cuantos aspiran a pertenecer al piso de arriba de la desigualdad se confabulan para abortar su progreso:

      “La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; desde entonces se anuncia el reinado de Dios, y todo el mundo usa la violencia contra él” (v.16).

      A las burlas y ataques de los religiosos, el Galileo responderá con contundencia, asegurándoles que por mucha violencia contra su Proyecto, él lo llevará a cabo hasta el cumplimiento punto por punto de todas las promesas:

      “pero es más fácil que pasen el cielo y la tierra que no que caiga un acento de la Ley” (v.17).

     Y para redondear, el Galileo les aportó un detalle de ese coronamiento de las promesas en la sociedad alternativa, el reinado de Dios. Le habló de un asunto continuamente presente en sus debates: El repudio de la esposa, atributo del dominio del hombre sobre la mujer. Conviene aclarar que una mujer, para ellos un ser humano de segunda división siempre sometida al hombre, llegaba al matrimonio mediante su compra y el documento que lo acreditaba. El coito culminaba el proceso de posesión legal de la mujer.

     Había dos escuelas de maestros religiosos que discutían respecto al motivo por el que un hombre podía repudiar a su mujer. Una la rigorista (Sammay) declaraba, como única razón, el adulterio de la esposa. La escuela de Hillel, llegó a asegurar que bastaba cualquier torpeza doméstica de la mujer. Como era de esperar, triunfó esta segunda teoría. Hubo incluso algún rabino (Aqiba) que consideraba motivo suficiente para el repudio el ver a otra mujer más guapa que la suya.

     La sociedad alternativa ha acabado con la desigualdad. En ella está excluido el dominio y el poder. Lo confirma el hecho de que en el Proyecto del Galileo la mujer ocupa el lugar que le corresponde,   el primer nivel, la única y más alta cota.La igualdad cumple lo prometido en la Ley. Se acabó el sometimiento:

“Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con unarepudiada comete adulterio” (v.18).

 

4. La parábola: escenas, personajes, ¡acción!

       Como broche de su contestación a los religiosos, el Galileo les largó esta afilada parábola que analizamos aquí.

      El ejemplo está construido con un esquema dispuesto en dos espacios y momentos muy separados entre sí. El primero sirve como presentación de los dos principales personajes, un rico y un desdichado indigente, que se describen con los rasgos más significativos de sus vidas ordinarias. Una anotación ofreciendo noticia de sus muertes, actúa como nexo para el paso a una segunda parte en la que entra en escena un tercer personaje: Abrahán. En ese punto, cambia el decorado. El ejemplo se adapta a la ideología de sus destinatarios La acción se enmarca entonces en un lugar imaginario de ultratumba admitido por la religiosidad judía. El rico interviene. Reclama la atención de Abrahán y se comunica con él, mientras el pobre permanece inactivo y en silencio.

a) Personaje 1 – El rico

      La descripción del primer personaje le distingue por su riqueza. Pertenece a la clase de los que tienen el dinero. El apunte encaja con el trazo asociado a los destinatarios del ejemplo: “…los fariseos, que son amigos del dinero…”, (Un dato a no perder de vista). No es un rico cualquiera. Se trata de un adinerado del más alto rango. Su armario lo revela. Viste ropa de importación. El color púrpura, usado en el imperio romano y también en el bizantino como exclusivo de emperadores, lo luce el potentado de modo habitual. No es que echara mano de una prenda con ese tono para una ocasión singular, ¡qué va! El texto deja ver su uso cotidiano con el imperfecto: “…que se VESTÍA de púrpura”. El púrpura solía importarse de Fenicia. Se empleaba en el vestido exterior confeccionado con pura lana virgen. Como no podía ser menos y para hacer juego con la lana púrpura, la prenda interior estaba elaborada con lino, un hilo importado de Egipto.

      A la indumentaria acostumbrada le iban como anillo al dedo las comilonas con que el fulano se agasajaba. No es que celebrara fechas muy señaladas o aniversarios o alguna que otra fiesta. Tampoco montaba estos festines porque le iba el repetirlos con alguna frecuencia; por ejemplo, semana sí, semana no. ¡Es que ni siquiera las espaciaba, no! En eso la narración no pierde comba y afina la puntería: “…banqueteaba T O D O S L O S D Í A S…”. Y respecto a los menús y los materiales empleados en los atracones diarios, tampoco deja dudas: “…ESPLENDIDAMENTE”.

b) Personaje 2 – El pobre

      En el polo opuesto a esta vida de lujo y excesos se presenta al segundo personaje de esta parábola. En esta ocasión se habla de un pobre. Pero, como ocurría con el rico, tampoco es uno cualquiera. Los representa a todos. Es un pobre de solemnidad. Se halla en la miseria y parece que ha caído sobre él una lluvia de desgracias. Tiene, sin embargo, algo de lo que carece el millonario: un nombre. Se llama Lázaro. El del dinero, figura de quienes viven a todo tren, parece, en cambio, despersonalizado. Es un personaje anónimo ocupando lugares ocultos e inaccesibles.

      Lázaro es de carne y hueso. Llena un espacio; el mínimo, eso sí. Se aprecia el sitio que ocupa y cómo lo ocupa:

      “Un pobre llamado Lázaro estaba tirado en el portal” (v. 20a).

      Está como suelen estar los pobres: en lo más bajo y a lo largo, tirados. Y se sitúa en el único lugar que le dejan: A la intemperie, fuera de las zonas habitables. Se le podía haber situado en una choza, una mala chabola y hasta bajo un puente; sin embargo, el texto lo coloca “en el portal”. La alusión a la casa del rico resulta evidente. No hay mención de ninguna otra. El lugar donde el tipo ricachón se luce y se regodea lo llena todo. El infortunado Lázaro se resguarda en el escalón de la puerta de entrada. Está fuera, aunque ¡es importante no perder de vista! que rico y pobre se hallan BAJO UNA MISMA ESTRUCTURA EDIFICADA.

      El rico nada en la abundancia, a Lázaro le rodean las miserias. ¡Da pena verlo! El gordo luce su palmito engalanado con sus trapitos de marca. El escuálido muestra una piel invadida por las úlceras. Le falta hasta la salud. Al pobre infortunado no hay por donde cogerlo:

      “…cubierto de llagas” (v.20b).

 5. Acto Primero: Hartazgo y hambruna

      El contraste entre la situación del rico y la de Lázaro salta a la vista. Mientras el rico vive a cuerpo de rey, a Lázaro no le entra nada en el cuerpo. Tiene hambre a reventar. En una situación como la suya se habría repuesto algo echándose a la boca algunos bocados de las sobras. Pero al pobre no le llegan ni los desperdicios. Durante los festines, los comensales solían limpiarse los dedos con migas de pan que luego tiraban al suelo. A esos escombros se refiera la narración al afirmar con qué se habría conformado el pobre hombre:

      “habría querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico” (v. 21a).

      Pero el rico desconoce a donde llega la necesidad del pobre. El que tiene el dinero está en lo suyo. Para alcanzar el lugar que ocupa, donde alardea y disfruta de una existencia ostentosa, resulta necesario atravesar el escalón sobre el que está fijado el pobre. Incluso es obligado saltar por encima de él. No le dirige su mirada. Tampoco hay comunicación. Ni siquiera un gesto de aproximación, lástima o de mínima ayuda. Solo los perros se le acercan. No son perros domésticos, sino semisalvajes (así eran los perros de la época) que buscan con ferocidad cualquier alimento. Cómo de impotente llegaba a ser la vida del desgraciado Lázaro que la parábola cuenta que más que comer, él servía de aperitivo hasta para los perros:

      “…por el contrario, incluso se le acercaban los perros para lamerle las llagas” (v. 21b).

 6. Acto segundo: Reubicación de los fallecidos personajes

a) El pobre Lázaro

      Una vez descrita con esta brevedad la situación existencial de ambos personajes, el ejemplo anuncia un suceso con el que se produce un cambio de escenario: Los dos han fallecido. La forma de exponer el hecho varía de uno a otro. El Galileo acomoda su lenguaje a las creencias de los religiosos fariseos. Respecto al pobre dirá:

      “Se murió el pobre y los ángeles lo reclinaron a la mesa al lado de Abrahán” (v. 22a).

      El texto original dice: “…lo llevaron al seno de Abrahán”. La expresión ‘el seno de Abrahán’, propia de la religiosidad judía de la época, indicaba el lugar de privilegio que se ocuparía tras la muerte en el convite en el que participarían todos los justos del pueblo. Como la comida se hacía reclinado y apoyando el brazo izquierdo en un diván o sobre un cojín, de la persona posicionada a la derecha de Abrahán se decía que estaba en su seno o regazo. De ahí que para hacer comprensible esta expresión se traduzca: “lo reclinaron a la mesa al lado de Abrahán”.

      Así pues. el mísero ocupa ahora el lugar de honor. El desmayado tiene a su alcance los mejores manjares. Le ha cambiado la vida de forma radical. Se entiende así su nombre: “Dios ha ayudado”.

b) El rico

      La noticia sobre el rico tiene un cariz muy distinto. Aquí no hay ángeles ni Abrahán ni convite alguno. Si el final de Lázaro significó el comienzo de la fiesta; el del rico suelta un desagradable tufillo a fúnebre. Se expresa secamente con un solo verbo:

      “Se murió también el rico y lo enterraron” (v. 22b).

c) Rodaje de la escena

      Se han apagado las luces. El escenario ha quedado a oscuras. Se cierran las cortinas. Ha acabado la primera parte. Al abrirse de nuevo nos encontramos con un decorado construido con los materiales propios de las creencias religiosas judías. El Galileo, que dirige la parábola a los religiosos amigos del dinero, ajusta la escenografía a sus ideas tradicionales y amolda el lenguaje del ejemplo a dichas convicciones religiosas.

      El comienzo de este segundo acto enlaza con el final precedente. El foco principal se centra en el rico:

      “Estando en el lugar de los muertos, en medio de tormentos” (v.23a).

      El pobre rico las está pasando canutas. Algo ha debido ocurrir para haber pasado del festival constante a esta dramática situación. El ejemplo no lo especifica. Corresponde al Lector prestar atención para descubrirlo. No deberá confundirse. La terrible coyuntura del dueño del dinero le da pie para hacer un movimiento que en vida nunca hizo:

      “…levantó los ojos, vio de lejos a Abrahán con Lázaro echado a su lado” (v.23b).

      Destaca la incongruencia de la ficción. La distancia entre ambos espacios es inalcanzable para la vista. Pero eso no importa. Interesa el mensaje de la historia. El rico, que solo tuvo ojos para el jolgorio y la distracción, ahora alza la mirada en busca de ayuda. Si antes Lázaro le había pasado desapercibido, ahora lo verá a la primera y ya no le quitará ojo. Antes ignoró el hambre perruna de Lázaro; ahora lo divisa bien claro, dispuesto a ponerse las botas. Ha comprobado que la necesidad abre los ojos y que, ante la necesidad, el capital los cierra. No quiso ver lo que él mismo había generado. Para él es demasiado tarde. En su situación actual no tiene más remedio que padecerlo en sus carnes.

      El momento es tan desesperado que el de las perras se transforma en mendigo. Utilizará las formas afectadas y sedosas propias de la religión. Pretende, así, enternecer al anfitrión, que no es Dios, ¡ojo!, sino el padre del pueblo judío. A pesar de estar desprotegido, en el fondo, el rico ha cambiado poco. Aunque ve a Lázaro en una escala social algo más elevada, sigue ubicándolo en la categoría de los subordinados. Lo utiliza como instrumento de su iniciativa para que a Abrahán se le remuevan las entrañas. Su petición es rebuscada. Una solicitud tan minúscula e inservible persigue dar lástima y mover a la generosidad. El fino sentido del humor y de la realidad no deben pasar desapercibidos al Lector:

      “y lo llamó:

– Padre Abrahán, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta de un dedo y me refresque la lengua, que padezco mucho en estas llamas” (v.24).

d) El argumento del libreto

      A partir de aquí se inicia un diálogo que llenará toda esta segunda parte. La respuesta de Abrahán, en tono acogedor -empieza por llamarle “hijo”-, se bifurca en una doble argumentación:

     Primera:  Este hijo de Abrahán debe recordar lo ocurrido durante su existencia. Sus actuaciones desencadenaron unos crueles efectos sociales a no olvidar. De la tarta a repartir, él se quedó con todo el pastel y Lázaro con las ganas. La consecuencia es fruto de su desprecio de la igualdad y la justicia. El capital ha generado la gran distancia. Lázaro (‘Dios ha ayudado’) se pone ahora a la mesa y él no recibe ni agua:

      “Pero Abrahán le contestó:

– Hijo, recuerda que en vida te llevaste tú lo bueno y Lázaro lo malo; por eso ahora este encuentra consuelo y tu padeces” (v.25).

      Segunda: El abismo originado por el enorme caudal de dinero acumulado fue tan definitivo que ha separado inevitablemente a quienes se atiborraron de la tarta de quienes se quedaron sin probar bocado. Los vencedores se lo llevaron todo; los insignificantes y los hambrientos solo se hartaron de esperanza. La codicia sin fin produjo una sima insalvable. Es demasiado tarde. Las decisiones se toman durante el tiempo de la opción. La hora de tender puentes ha pasado

      – Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa, así que, aunque quiera, nadie puede cruzar de aquí hasta vosotros ni pasar de ahí hasta nosotros” (v. 26).

 

7.Acto tercero: Epílogo

     El primer intento jabonoso del millonario en apuros no le dio resultado. Ha comprendido que no tiene solución. Por eso cambia la orientación de su ruego incluyendo también a Lázaro como servidor. En esta ocasión le asigna un modesto papel de recadero. Su solicitud pasa por revelar un pequeño secretillo: ¡él no actuaba solo! Pertenece a una Familia. El dinero está en manos de un colectivo. Son sus hermanos. Forman una piña. Da su número. Son cinco; seis, con él. Seis es el número de tinajas vacías de contenido de la boda de Caná (https://www.atrio.org/2020/10/el-proyecto-de-jesus-madurando-en-el-tiempo-7), la cifra que indica la imperfección. Su sugerencia pasa porque Lázaro acuda a ellos y les avise de las fatales consecuencias del sistema que han impuesto. El objeto del aviso es prevenirlos. La advertencia a la Familia del dinero no incluye una propuesta animando a un cambio radical de proceder. Tal vez haya detrás de ella una convicción de que bastarían unos arreglitos en el orden injusto que han impuesto:

      “El rico insistió:

– Entonces, padre, por favor, manda a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que los prevenga, no sea que acaben también ellos en este lugar de tormento” (vv. 27-28),

     Pero el tiro le salió por la culata. Abrahán descubre al rico lo que él no quiso ver: la justicia estuvo planteada como objetivo una y mil veces en el AT. La justicia es la ruta. Las señales indicadoras de esa vía la tienen a la vista. Basta un sencillo movimiento: abrir los ojos como ha hecho él ahora:

      “Abrahán le contestó:

– Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen” (v. 29).

      Llegados a este punto, cobran un nuevo relieve aquellas palabras del Galileo previas a la parábola:

      “La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; desde entonces se anuncia el reinado de Dios y todo el mundo usa la violencia contra él” (v. 16).

     El desdichado del dinero no da una, pero hace un último intento con el que descubre por fin la raíz de sus desgracias y la opción que en su día debió tomar y no tomó. Es lo que pretende ahora que hagan los de la Familia. Lo ve harto difícil, por eso recurre a una acción que les deje patidifusos; una asombrosa sacudida que les provoque decidirse por el cambio radical de sus vidas y les conduzca a reducir a escombros la estructura bajo su dominio con la que defienden su privilegiada e intocable posición:

      “El rico volvió a insistir:

– No, no, padre Abrahán, pero si uno que ha muerto fuera a verlos, SE ENMENDARÍAN” (v. 30).

       El verbo griego μετανοέω traducido aquí en sentido de ‘enmendarse’, da la clave de la pretensión del rico y, al mismo tiempo, de la enseñanza de la parábola. Μετανοέω, compuesto del prefijo μετά, indicando ‘cambio’, y el verbo νοέω=’comprender’ tiene una doble significación. Los dos aspectos vierten en dos cauces dinámicos, uno afecta al modo de pensar; el otro, al comportamiento. Se trata, por una parte, de una ruptura (’cambio de comprensión) con los criterios usados para estructurar la vida y la aceptación de otros opuestos a los anteriores. Por otra, supone un cambio radical en la forma de proceder en consonancia con la nueva manera de pensar.

 8. Conclusión

            El rico ha constatado en sus propias carnes que querer asegurarse la existencia a costa del padecimiento de los otros conduce inexorablemente a un fracaso sin arreglo. La Familia… …está equivocada de raíz. Él ha comprendido, aunque tarde, que la riqueza se obtiene arrancándole la vida a muchos. Se ha dado cuenta ahora de que la justicia sí es camino seguro para conseguir una vida en condiciones. El rico ha cambiado su pensamiento, pero no puede hacer lo mismo con su proceder. Ese es su drama. La Familia del rico sí está aún a tiempo de cambiar su andadura. Por eso el desgraciado rico manifiesta su voluntad acabando su petición con el verbo ‘ENMENDARSE’ (Μετανοέω).

       El pobre e infeliz millonario, acostumbrado a justificar su vida con falsos esquemas religiosos, se equivoca de nuevo. Piensa que su Familia, los ostentadores del capital, modificarán su pensamiento y cambiarán su proceder desde el orden injusto hacia una sociedad donde brille la justicia y la igualdad, siendo avisados desde un mundo sobrenatural mediante la resurrección de un muerto. Sigue siendo un iluso…

       Abrahán, que no se chupaba el dedo y se las sabía todas, le responderá con toda lucidez. Si no se es capaz de ver la lógica aplastante de la justicia y la igualdad, no hay hecho sobrenatural que provoque el entendimiento y el cambio radical; ni siquiera la resurrección de un muerto:

      “Abrahán le replicó:

– Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, no se dejarán convencer ni aunque uno resucite de la muerte” (v.31).

    El Capital desatina. Obstruye el proyecto humano y genera la brecha universal de la desigualdad haciéndola infranqueable. Por si no bastara, avanza inoculando su veneno todo cuanto puede para distraer del objetivo de la vida. La distracción desvía la mirada de la gente hacia el vacío. La usan como adormidera. La modorra social interesa a La Familia del dinero. De ahí que propaguen la distracción por todos los sectores de la sociedad. El narcótico del entretenimiento embota la mente, crea adicción, provoca que los entretenidos se desentiendan de la justicia y engendra en ellos una incapacidad no pocas veces irremediable. Como la mostrada por el rico ante Abrahán y su inseparable Lázaro.

 Salvador Santos.

SANTOS DE AQUÍ Y DE ALLÁ

En los inicios del mes de noviembre, la cristiandad celebra con gozo y esperanza dos fiestas litúrgicas de gran significado. El día primero, la Solemnidad de todos los santos y, el día segundo, la Conmemoración de todos los fieles difuntos. Popularmente, también es conocido, este mes, con los calificativos de “mes de santos” o “de difuntos”. 

La Solemnidad de Todos los Santos evoca la memoria de aquellos que están con Cristo en la gloria y cuya compañía, como dice una antigua tradición, “alegra los cielos”. La Iglesia, peregrina en la tierra, recibe así el estímulo y testimonio de su ejemplo, la gracia de su patrocinio y la esperanza del triunfo y de la gloria en la contemplación eterna de la Jerusalén celeste.

El día de difuntos, la Iglesia después de haber celebrado con gozo la felicidad de todos sus hijos bienaventurados en el cielo, se preocupa por el destino eterno de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección. Pero, aquí cabemos todos. La Iglesia ora también por aquellos de quienes nadie se acuerda, que han muerto en soledad y abandono, y en las actuales circunstancias de esta u otras pandemias, sin una plegaria de sus amigos y familiares y sin una caricia o una mano amiga que pudiese expresarles su cariño en los últimos momentos de su existencia en la tierra. Por ello, rezamos por todos los difuntos cuya fe solo Dios conoce, que desde los orígenes de la humanidad han dejado este mundo, para que sean purificados de todo mal y puedan gozar de la felicidad eterna.

El interés por la hagiografía parece que está despertando, de nuevo, como demuestran recientes congresos, investigaciones y canonizaciones. El día de santos puede ser una buena ocasión para recuperar modelos ejemplares de ayer y de hoy, en una sociedad tan diversa y pluricultural, donde los modelos a imitar no son, con frecuencia, aquellos que entregan su vida por los demás después de haber descubierto el amor incondicional de Dios en su existencia. Por ello la vida de los santos es norma de vida para todos; ellos son imitadores perfectos de Cristo, maestros, héroes, líderes, mártires, ascetas, “auxiliadores”, intercesores, doctores, contemplativos, literatos, escritores, fundadores. La tradición atestigua que, desde el comienzo de la Iglesia, el culto a los mártires se celebra ya en el siglo II ante la tumba del día de su aniversario;  con este motivo se reunía la comunidad local, se celebraba el “dies natalis” (el aniversario del martirio) o el de su sepultura (“depositio”), con la celebración conclusiva de la Eucaristía.

El hecho dogmático de esta hermosa tradición se expresa en la proposición: “creo en la comunión de los santos”. De los santos de aquí y de allá. Porque quien no tiene nada que decir sobre la muerte tampoco tiene nada que decir sobre la existencia humana y la vida cotidiana.  Y quien, como cristiano e incluso como ciudadano, no tiene una palabra verdadera y bella sobre la realidad ineludible de la  muerte, no tiene una palabra verdadera sobre la inmanencia, la transcendencia y sobre Dios. De la realidad de Dios no podemos renunciar. Su existencia unida a la creación y a la transcendencia del ser humano, ha sido ensuciada y desgarrada, pero es el momento de levantarla del suelo y enarbolarla en esta hora de tanta incertidumbre y zozobra. Sin Dios no habría santos. Y porque hay santos, ¿No es precisamente la realidad de Dios, la palabra de la invocación, la palabra convertida en nombre consagrado para siempre en todos los idiomas de la humanidad?

Mario Vázquez

Vicario General diócesis de Lugo

lunes, 26 de octubre de 2020

TAREFAS IMPORTANTES E URXENTES A ABORDAR NA IGREXA RURAL

"A alternativa pasa xa non por máis ou menos curas, senón por un modelo eclesial novo, que se está querendo empezar a dar a través do que chamamos as UPAs (Unidades Pastorais)"

1.- RECOÑECEMENTO DA ALDEA E DA XENTE QUE A HABITA

O recoñecemento parécenos unha actitude básica en calquera persoa ou institución que queira desenvolver unha presenza nas aldeas. Este recoñecemento debe ollar cara ao pasado, cara ao presente e cara ao futuro. Porque a aldea está cargada de futuro.

Cara ao pasado, porque a aldea galega é herdeira dunha longa presenza humana caracterizada polo esforzo, pola cohesión, polo sufrimento, pola creatividade, pola busca, pola capacidade organizativa, polo abuso sufrido, pola xeración dunha cultura propia, na que salienta a propia lingua; tamén, por suposto, por moitas fraxilidades e ruindades. A aldea é tamén herdeira dunha longa presenza crente, que callou nunha relixiosidade popular propia, crítica e/ou agradecida co clero, ambivalente, seguro, pero moi sabia ao atinar no fundamental: non hai mellor práctica cristián que o amor, o servizo á xente, a atención ás persoas débiles da comunidade.

Cara ao presente, porque a aldea galega amosa riscos moi severos de fraxilidade que fan dubidar polo seu futuro tanto civil como eclesial, pero que ofrece tamén presenzas humanas e crentes significativas, que permiten confiar e soñar. E o fráxil perténcenos por dereito evanxélico.

Cara ao futuro, porque a aldea galega está chea de recursos naturais, ambientais, laborais, mesmo ás veces organizativos, que no civil permiten soñar coa posibilidade dunha inversión da tendencia ao abandono; e no relixioso, polo don especial da figura de Xesús e da súa Boa Nova, vivida en pequenos grupos rurais, ten garantida unha nova igrexa aldeá, rural, humilde e vigorosa.

2.- UNHA ORGANIZACIÓN ECLESIAL ALTERNATIVA

O cura toca a campá para a misa e a xente non acode. Isto é frecuente, tanto así que mesmo parece que os curas, poucos, aínda sobran, porque a súa tarefa ten que ver sobre todo cos rituais funerarios.

A alternativa pasa xa non por máis ou menos curas, senón por un modelo eclesial novo, que se está querendo empezar a dar a través do que chamamos as UPAs (Unidades Pastorais). É importante facer unha aposta a fondo por esta alternativa, fuxindo dunha simplificación da mesma que acabaría arredando das aldeas a presenza e a acción da comunidade cristiá. Dicir UPA é dicir “equipo interparroquial de base” (EIB, desde agora), sobre o que descanse a iniciativa comunitaria. Equipo parroquial con novos liderados de homes ou mulleres segrares, acompañados/as por curas na medida do posible. EIB que, ollando de preto, cos ollos da intelixencia e do corazón a realidade da xente que vive nas aldeas, sexa capaz de elaborar un proxecto de acompañamento cristián, evanxélico, para llo ofrecer á xente da contorna. Isto sería o arrinque desa “conversión pastoral” á que o Papa urxía xa ao comezo do seu papado na E.G. 25. 27. Unha nova configuración, uns novos ministerios para unha nova realidade de igrexa aldeá.

3.- PRESENZA HUMILDE

Cómpre borrar de todo a vinculación da Igrexa co poder deste mundo: “entre vós non pode ser así” (Mt 20,26a), dicía Xesús. E facelo en todos os campos posibles: institucións pobres ao servizo da xente máis empobrecida sobre todo; formas humildes na palabra, na relación, no trato; fuxida de todo tipo de autoritarismo cara a dentro e cara a fóra, e, si, busca da “autoridade” da palabra (cfr. Mc 1, 27) desde a transparencia e a coherencia da vida;  abandono do clericalismo (en clero e leigos/as) como poder sobre a vida, a conciencia e as capacidades da xente, dentro dun proxecto de comunidade cristiá que aspire sempre, en todo, a andar por camiños sinodais (falar e escoitar, propoñer e acoller), cara a dentro do grupo e nas relacións co exteror; fuxir dos focos de poder, que crean pensamento, ideoloxía interesada; frecuentar as casas e vidas da xente empobrecida, ata amigar intimamente con ela dentro do posible, dentro do respecto. Ser comunidade pobre, para poder ser comunidade libre para Deus e para o seu pobo. E, por suposto, liberar os sacramentos e calquera outro servizo relixioso de calquera dependencia do diñeiro: dar gratis o que foi recibido gratis. Outro cousa é aspirar por outros medios a que a comunidade asuma os gastos que o seu funcionamento leva consigo (cfr. Mt 10, 5-13).

4.- ANDAR OS CAMIÑOS

Se a xente non acode á igrexa, ou faino en pequenísimas proporcións, a Igrexa debe acudir á xente. A Igrexa en saída. Non é doado emprender este camiño, porque estabamos afeitos a que a xente viñese, a que a presión social, o medo social, ou o medo íntimo atraese a xente. Grazas a Deus perdéronse estes medos. Grazas a Deus xa pouca xente lle ten medo a Deus. E isto permite poder empezar a construción das comunidades cristiás case de cero, desde un cero igual ben positivo. E cómpre facelo desde o ofrecemento de algo que atraia, que convenza, que a xente experimente como de valor para a propia vida.

O método evanxelizador de Xesús foi sintetizado atinadamente polo papa Francisco no n. 24 da E.G., en cinco movementos recollidos en cinco palabras: “primerear”, involucrarse, acompañar, frutificar e festexar. Este debería ser o modelo de evanxelización que ofrecesen eses novos EIB aos que nos referimos máis arriba. Todo o proceso remata no quinto momento, o de festexar, que ten que ver fundamentalmente coa celebración festiva da Eucaristía, aínda que tamén pode implicar outros elementos festeiros. Moitas veces non sabemos ofrecer máis que o momento de celebrar a Eucaristía, pero desatendemos os catro momentos anteriores. Dese xeito, pretendendo quizais resaltar o valor da Eucaristía como actividade relixiosa senlleira, como fonte e cumio da vida cristiá, o que fixemos foi desvalorizar as Eucaristías dominicais, quitándolles a súa verdadeira razón de ser. E, quizais razoablemente, a xente pouco a pouco foilles perdendo o aprecio, porque as Eucaristías perderon moito do sentido que deberan ter: pechar un denso recorrido previo.

Cada UPA deberá concretar en que converter como práctica diaria ese  “primerear”, involucrarse, acompañar, frutificar e festexar. Todo fala de andar canda a xente, coñecer, atender, escoitar, acoller, implicarse coas persoas, acompañar procesos, posibilitar avances a calquera nivel humano e  espiritual, para poder celebrar. Andar os camiños da vida, como Xesús, facéndose encontradizo coa xente máis empobrecida, por plan e proposta, por instinto, por ambiente de pobreza do que un se rodea (o pobre chama polo pobre), por sensibilidade evanxélica, polo exemplo e guía do mesmo Xesús, que é o noso referente misioneiro especial.

5.- COIDAR A RELIXIOSIDADE POPULAR

No medio aldeán está bastante viva a relixiosidade popular. Está centrada sobre todo no relacionado coas persoas defuntas, na concorrencia a certos santuarios, no apego polas festas patronais e na estima sobre todo por dous sacramentos: bautismo e primeira Comuñón. Pode isto considerarse como algo insubstancial, pero é o que hai; é a lapiña fumegante, a cana cascada que dicía o profeta Isaías (cfr. Is 42,3). O papa Francisco ten urxido repetidamente a respectar, valorar e coidar esta relixiosidade popular, no que ten de mérito en si mesma, no que significa de afirmación laical ante as urxencias do clero, e no que ten de semente para un desenrolo que leve á madureza na fe. (E.G. 122-126). Pero de entrada é necesario reverenciar esta vinculación relixiosa vivida e expresada en formas humildes, fráxiles.

Venerala e coidala. Non vale criticala e ao tempo seguir vivindo á conta dela en todos os sentidos, ata nos máis prosaicos. A relixiosidade popular debe ser obxecto de acompañamento para que sexa fortalecida e dea de si todo o que de si pode dar, que é moito. Un acompañamento cristián, é dicir, que axude a que as persoas a través dos elementos, tempos e ritos que gustan de realizar se vexan arrastradas, con respecto á decisión, cara á persoa de Xesús, cara á cerna da súa Boa Nova. É moito o que se pode mellorar no relativo aos funerais, para arredalos do ton rutineiro que frecuentemente os domina. As persoas responsables han de coidar moitísimo as palabras, mensaxes, insistencias que transmiten. E o mesmo se pode dicir das prácticas relixiosas vinculadas aos santuarios. A clave pode estar na proximidade vital ao pobo que se acompaña e no feito de que as persoas que poidamos animar estes momentos esteamos enchoupados de Evanxeo, ou querendo estalo. Ninguén dá o que non ten.

Se o pobo é fráxil na fe e na expresión da mesma en boa medida débese á mesma pobreza das persoas que durante anos e anos o estivemos acompañando. Debémonos agora a esa fraxilidade. O reto é saír adiante como pobo, como comunidade, sen deixar abeirado a ninguén.

6.- OFRECER PROCESOS DE MADURACIÓN CRISTIÁ

Todos recoñecemos que os procesos catequéticos que vimos ofrecendo (referidos case exclusivamente a nenos/as e adolescentes, na escola e nas parroquias) teñen bastante de fracaso. Non callan na incorporación adulta da xente á comunidade cristiá parroquial. As razóns poden ser múltiples. Descargar dalgunha maneira nas estruturas civís (ensino) a misión de formación evanxelizadora, quizais no fondo debilítanos como comunidade xeradora de vida. Posiblemente teña moito que ver a falta dunha comunidade cristiá viva como referencia. Entón todo é unha roda: non hai catequese viva, fecunda, porque non hai comunidade; non hai comunidade viva, porque non hai catequese.

O EIB debería formarse precisamente a partir dun proceso catequético propio, que, vivido e convertido en fonte de implicación comunitaria, posteriormente puidese ser ofrecido ao conxunto da comunidade parroquial, a nenos/as e persoas adultas. Dalgún xeito o EIB estaría ben que fose cando menos coma un xerme de comunidade cristiá que vaia fecundando toda a realidade relixiosa aldeá.

É moi importante deseñar ben este proceso de maduración cristiá, ao que igual habería que lle quitar xa o nome de catequese ou catequético. Non debería consistir nun cúmulo de textos, de lecturas, de reunións, para comprender a doutrina coa idea nobre de os poder asimilar. Pensamos que na aldea este método  non sería eficaz.

Se nos fixamos nos cinco momentos da evanxelización, que o papa Francisco ofrecía copiándoos da práctica de Xesús, a cousa sempre parte de andar os camiños, bater coa xente, enfrontarse con pobrezas de todo tipo, materiais e morais, dar respostas, e reflectir sobre esta realidade (a da pobreza e a das respostas), e así, a partir da vida, íase creando un “corpo doutrinal vivo", porque saía da vida, do gozo ou amargor de vivila, das posibilidades de ennobrecela, da satisfacción de experimentar a súa rehabilitación. Os evanxeos case se podería dicir que non son outra cousa máis ca unha narración continua destas experiencias. Isto deberíanos dar a clave fundamental para unha proposta de formación, de maduración cara á adultez na fe, das persoas que se vaian achegando á comunidade cristiá parroquial. Desde a mente, desde o corazón, vivir, ver, contemplar, valorar, sopesar, facer memoria do de Xesús, aprender, ir moldeando a mente, o corazón, os feitos…, e así desde a primeira infancia ata a mesma morte. Sempre en formación e aprendizaxe, aínda que con intensidades distintas segundo os momentos.

7. UNHA NOVA PALABRA RELIXIOSA

Froito do anterior, será normal que se vaia creando unha nova palabra relixiosa, unha nova maneira de dicir a fe, de expresala, arredada de formularios que acabaron sendo non significantes para a xente do presente, e moi conectada coa vida de cada día. Tanto os textos oficiais como os non oficiais na súa expresión verbal e nas súas referencias humanas non conectan en xeral coa realidade diaria da xente. Parece como se a xente tivese que espirse de si mesma, do seu diario vivir, para poder acceder á vida de Deus. E o noso Deus, que é Deus da vida, deberíase poder atopar e mostrar no diario vivir, no diario falar. Neste sentido cabe dicir que, con criterios misioneiros nas mans, é inconcibible que, cando menos en medios rurais, non se respecte, valore e asuma a propia cultura aldeá, e algo nuclear que a representa como é a fala, a galego. E todo isto non quere dicir para nada que haxa que crear unha nova fe, pero si maneiras novas de dicir a fe que confesamos.

Se un vai a unha novena, se acode a un santuario, se celebra a morte dun familiar, se participa nunha Eucaristía, o normal sería que houbese unha proximidade, unha conexión viva entre o que falamos e vivimos e o que alí se fai e verbaliza; que un se sinta recoñecido, aludido, comprendido, acompañado, alentado, cuestionado, amado. Non facelo, en todo ou en parte, na lingua que fala a xente contribúe a marcar distancias.

Igualmente pensamos que a expresión orante das nosas comunidades debe tamén deixarse evanxelizar. O Deus que debuxamos cando oramos moitas veces parécese máis a un tirano iracundo ca a un Pai, Nai, que nos agarda cos brazos abertos, como lle gustaba dicir a Xesús (Cfr. Lc 15, 11-32).

8.- SERMOS HUMILDEMENTE SAL E LUZ

E por último saber que somos unha Igrexa ao servizo da xente, teña esta ou non teña fe. Un EIB aberto e respectuoso sempre co resto da comunidade parroquial que, considerándose crente, recea de incorporarse a niveis de maior implicación. Un EIB fomentando a presenza da comunidade cristiá nos foros sociais, especialmente nos que teñen que ver coa participación comunitaria, coa atención á fraxilidade humana nos máis diferentes aspectos; ben con servizos propios ou integrándose noutros existentes, sen entrar en competencia, e menos en lea, con ningún deles, senón distinguíndose por arrimar o lombo e por facelo dunha maneira limpa, transparente, cos trazos que se poderían esperar de quen se sabe humilde  referencia do evanxeo de Xesús. Ser humildemente sal e luz, sen agocharse covardemente, nin empoleirarse despectivamente. Quizais algo así como xa o está facendo en xeral Cáritas e Mans Unidas.

E facendo todo o que  poidamos, todo o que o Espírito nos vaia suxerindo no momento presente, confiar. Non amargarse. Recuperar a graza e o sorriso. Manter a esperanza. Haberá cousas que morren, que se acaban. Non sabemos canto da Igrexa entrará aí. Pero temos seguro que algo novo saíra. E oxalá que nós saibamos estar ao servizo desta  novidade do Espírito. Oxalá!

Exposicion Compostelana 1120 - 2020. Una Historia. Una Sede


 

viernes, 16 de octubre de 2020

ESTE MODELO DE CIVILIZACIÓN TIENE UN PRECIO: A MÁS PROGRESO, MÁS ASFIXIA

"El panorama del mundo a causa de la humanidad –sí, a causa de la humanidad o, más exactamente, a causa de los poderosos de la misma, de su codicia sin límites–, es sobrecogedor"

"La dictadura financiera planetaria, la aceleración constante, la precarización de las condiciones laborales, nuestros jóvenes en masa sin futuro. Siria, Yemen, Libia, Sahel, retrato de un mundo desgarrado"

"Pero la humanidad es capaz de infinita ternura y de sonreír dulcemente, de perderlo todo por ayudar al que no puede, de componer el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y de cantarlo como Amancio Prada, de inventar mitos y de bailar tangos"

Hace unos días, mientras cenábamos, Malen nos regaló con la lectura de una de esas ocurrencias que tanto le gustan: “Los extraterrestres existen. La prueba es que no vienen”. Nos reímos, y luego yo comenté: “Desde luego, si hay extraterrestres, lo mejor ahora mismo es que no vengan a la Tierra”, y la conversación siguió por derroteros más serios. Tan serios como estas preguntas: ¿Podemos seguir creyendo en esta humanidad? ¿Hay solución para la vida de esta Tierra dominada por el Homo Sapiens?

Confieso con desasosiego que mi fe en la humanidad se ha resentido seriamente en los últimos 20 años. ¿Será por la edad y la disminución de mi energía vital? ¿Será la crisis creciente de este modelo de civilización depredadora, competitiva, violenta y machista, de la que la crisis del 2008 no es más que un corolario lógico de todo lo que precedió y un pequeño anticipo de la catástrofe final venidera? ¿Será por el mundo que vemos o por los ojos con que veo? ¿Será la influencia de mi lectura entusiasta de las obras de Harari, por las alarmas que enciende? ¿O será por un poco de todo? 

Sea como fuere, el panorama del mundo a causa de la humanidad –sí, a causa de la humanidad o, más exactamente, a causa de los poderosos de la misma, de su codicia sin límites–, es sobrecogedor. Los desengaños de Obama, la insolencia de Trump, las mentiras de Putin, el despotismo tranquilo de Xi Jinping, las multinacionales insaciables, la dictadura financiera planetaria, ganar, ganar, ganar… La destrucción del empleo, la precarización constante de las condiciones laborales, nuestros jóvenes en masa sin futuro. Siria, Yemen, Libia, Sahel, retrato de un mundo desgarrado... El colapso ecológico, la alarma climática, la huida adelante. La aceleración constante, la prisa agobiante, la competitividad feroz, el estrés creciente. Diez mil años de lo que llamamos progreso son la prueba fehaciente de este principio que anuncia el fin: a más progreso, más asfixia.

Y ahora… esta pandemia del coronavirus que nos cerca y nos hunde más aun en la angustia y en la incertidumbre, pandemia de la que no me atrevo a decir que sea consecuencia directa de la intervención humana, pero sí que pone cruelmente al descubierto la profunda fragilidad de nuestra especie en la cúspide de su poder y los radicales desarreglos de este modelo de civilización inhumana, de su afán de competir y de ganar hasta para lograr la vacuna, cueste lo que cueste. Y nos cuesta la vida personal, familiar, social, planetaria, eco-planetaria.

Estoy tentado de decir, aunque me asuste decirlo: Esta especie no tiene remedio, no es viable, camina hacia la destrucción general y su propia autodestrucción. Alguien la definió como “una especie que carece de la capacidad para gestionar sus propias capacidades”. Es capaz de infinita ternura y de sonreír dulcemente, de perderlo todo por ayudar al que no puede, de componer el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y de cantarlo como Amancio Prada, de inventar mitos y de bailar tangos. Pero también es capaz de las mayores crueldades por odio y venganza, y es incapaz de dominar sus recuerdos, miedos y angustias, y de descansar tranquilamente. Es incapaz de dominar su propio poder y de controlar sus emociones perturbadoras. San Pablo lo dijo en una memorable sentencia: “Hago aquello que no quiero de verdad, y soy incapaz de hacer aquello que quiero de verdad”.

Degradación de la humanidad

Y así vamos, y así va el mundo por nosotros. ¿Será que caminamos sin remedio a la ruina universal? Resignarse a ello equivaldría a provocarlo. No hallaremos remedio a los males que nos aquejan si no recuperamos la fe en nosotros mismos y en nuestra humanidad común. “Tu fe te ha curado”, decía Jesús a los enfermos que curaba. Era la fe o la confianza que suscitaba Jesús en ellos la que los curaba.

Hace unos días, en la sesión plenaria del Parlamento Europeo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunció un vibrante discurso titulado “Construyendo el mundo en que queremos vivir: una unión de vitalidad en un mundo de fragilidad”, y empezó su solemne intervención evocando la figura de Andrei Sakharov y su “fe inquebrantable en la fuerza oculta del alma humana”. Apeló a la mejor tradición y voluntad de Europa, a la urgencia del multilateralismo, a la cooperación. Señaló que “las principales potencias o están abandonando las instituciones o las utilizan como rehenes para sus propios intereses”. Llamó a reconocer “la dignidad sagrada” del trabajo, a dejar atrás la indecisión, a trabajar por una “globalización justa”. Y puso especial énfasis en la urgencia de buscar una solución a las migraciones desde “un enfoque humano y humanitario”. Y terminó diciendo: “Europa será lo que queramos que sea. Construyamos el mundo en el que queremos vivir”.

Me conmovió. Tiene razón: no avanzaremos hacia otra Europa y otro mundo global necesario sin la fe en lo mejor de que somos capaces. Sin nuestra mejor voluntad. La fe es querer lo mejor de nosotros y confiar en ello, o confiar en lo mejor de nosotros y quererlo de verdad. Pero ahí me surge de nuevo la duda lacerante: ¿Somos capaces de querer de verdad o de confiar en lo más profundo y humano que late en nosotros como nuestra posibilidad mejor?

85 ricos suman tanto dinero como 3.570 millones de pobres del mundo

La misma duda debe de abrumar a Ursula von der Leyen que, pocos días después, no logró que los Estados europeos aceptaran unánimemente las medidas políticas, humanas, que la presidenta les propuso en vistas a un Pacto sobre la Migración, y tuvo que conformarse con la “solidaridad voluntaria”, que es como decir: que cada Estado haga lo que quiera, lo que le venga en gana… No se impuso el querer del bien solidario, sino el querer del interés egoísta. Un querer sin voluntad verdadera, un querer superficial sin fe auténtica y profunda en la mejor posibilidad que nos habita. Y por ese camino seguiremos avanzando al abismo.

De modo que, si por esos espacios sin fin hubiera extraterrestres más inteligentes que nosotros y pudiera hablar con ellos, les diría que no vinieran a nuestra hermosa y doliente Tierra, de no ser para traernos un remedio. Pero no creo que el remedio pueda venirnos de otro planeta. Tampoco podemos esperar que intervenga un “Dios” exterior omnipotente, pues ni siquiera podemos creer que existe.

¿Qué podemos esperar entonces? ¿Podemos confiar todavía? ¿Queda algún modo de salvar la vida, la nuestra y la de todos? Yo no veo otro camino que una actuación a fondo, concertada y planetaria, en cuatro campos estrechamente ligados: la política, la educación, la ciencia y la espiritualidad.

No habrá solución si no llegamos a creer y querer de verdad una política global en mayúsculas, una nueva y efectiva Organización de Naciones Unidas, pues, como dijo Emmanuel Macron hace bien poco, “la ONU actual es un sistema desordenado en un mundo desordenado”. No habrá solución sin un acuerdo global para la implantación progresiva de un eco-socialismo democrático y planetario. Las revoluciones violentas llevan milenios demostrando su ineficacia además de su inhumanidad.

Ahora bien, una actuación política concertada y global será imposible sin una educación familiar, escolar, universitaria y permanente en el respeto, el diálogo y la solidaridad como único camino de una vida personal y colectiva buena y feliz.

Pero ni la política ni la educación podrán prescindir del conocimiento científico sobre esta especie viva maravillosa y contradictoria que somos, el Homo Sapiens. La ciencia por sí sola no puede ofrecernos la solución, pero no habrá solución sin las ciencias. Creo, concretamente, que las neurociencias y las diversas biotecnologías y los productos farmacéuticos serán absolutamente indispensables para corregir las disfunciones neuronales y genéticas que arrastra nuestra especie desde su origen. No se trata de ningún “pecado original”, sino de lagunas graves de una evolución inacabada, que las ciencias pueden ayudar a encauzar debidamente. La clave será el sabio uso de la ciencia y sus saberes. Mientras los intereses militares y económicos condicionen las ciencias tanto como las condicionan hoy, contribuirán a nuestra ruina personal y colectiva.

Y en último término, o en primer lugar, creo que no podremos confiar verdaderamente en el futuro de la humanidad mientras no asimilemos la sabiduría más humana y profunda que a lo largo de milenios han desarrollado las diversas tradiciones espirituales, religiosas o laicas, con dogmas o sin dogmas, con “Dios” o sin “Dios”. El Homo Sapiens no logrará ser sabio, es decir, no llegará a querer el bien profundo para sí y para los demás, ni, por lo tanto, podrá vivir en paz consigo y con los demás, mientras no aprenda a dejar que brote de él naturalmente lo que es más suyo y verdadero, el ren o la benevolencia en sus relaciones (Confucio), mientras no aprenda a ser como el agua y a vaciarse y a dejarse llevar sin competir (Laozi), mientras no se libere de sus apegos y deseos superficiales, engañosos (Buda), mientras no descubra la única felicidad o bienaventuranza verdadera, la de la paz, la mansedumbre y la compasión con los heridos (Jesús de Nazaret).

Si así fuera, podríamos recuperar la fe en la humanidad, la fe en las energías vitales profundas que laten en el alma o el aliento que nos hace ser. ¿Seremos capaces de creerlo y de quererlo de verdad?.

José Arregui