Un artículo inédito de Jorge Bergoglio, escrito
hace unos 33 años, mientras trabajaba en Alemania sobre Romano
Guardini. Civiltá Cattolica lo publica en su último
número con una introducción y algunas notas de Diego Fares S.I. Creemos
que este estudio académico, algo inusual en el papa Francisco, puede interesar
a quienes siguen nuestro debates, en los que, en el fondo, tratamos de dar
sentido e interpretar la realidad del mundo y la sociedad actual. AD.
El escrito, mecanografiado e inédito, se puede datar
entre finales de 1987 y mitad de 1988, mientras Bergoglio trabajaba en su tesis
sobre Romano Guardini y le preocupaba la cuestión del uso del análisis marxista
en la interpretación de la realidad[1] como un ejemplo de empleo de
categorías agotadas, que se muestran rebasadas (desbordadas) por la realidad .
Se trata de un conjunto de apuntes destinados a una profundización posterior.
El artículo de Alberto Methol Ferré, que Bergoglio cita
al comienzo, plantea cómo, desde la aparición del mundo industrial, a partir de
la Revolución Francesa, la Iglesia se plantea vigorosamente las relaciones con
la clase obrera. Al comienzo del siglo XIX, con Philippe Buchez[2], nace un socialismo católico, que habría
de ser ahogado por el movimiento de pinzas del integrismo intraeclesiástico y
del marxismo ateo. Methol Ferré propone una vuelta a las fuentes del socialismo
que nació ético y cristiano, una vez agotado el marxismo dogmáticamente ateo y
superada, gracias al Concilio Vaticano II, la postura de la Iglesia de criticar
al mundo contemporáneo sin asumir sus avances.
Bergoglio se concentra en «el agotamiento de las
categorías de interpretación de la realidad» de que habla Methol y esboza estos
apuntes en los que busca una «hermenéutica de la realidad» cuyos criterios y
categorías no sean meros «parches». Esta categoría, junto con la del desborde
(rebasamiento), cobraron importancia a partir del Sínodo para la Amazonia[3].
El escrito de Bergoglio tiene un interés particular en
cuanto a su método y contenido. Tal vez alguno se sorprenderá del complejo
estilo de argumentación, diferente del que utiliza el Bergoglio Pontífice. En
cuanto al método, nos permite ver un modo suyo de pensar, inspirado en varios
autores y, al mismo tiempo, capaz de desarrollar elementos propios de modo original.
En cuanto al contenido, en el razonamiento se puede seguir la aplicación de sus
famosos «cuatro principios»[4]. La idea de que el mejor método es el que
mejor se adecua a la realidad («consonancia») está inspirada en Guardini. El
uso de la antinomia como modo de expresar poéticamente una realidad que rebasa
nuestra intuición y conceptos y que requiere una explicitación creativa es
propia de Bergoglio. La teoría de Methol Ferré resulta válida a la hora de
interpretar al pueblo y de asumir la modernidad de manera a la vez tradicional
y nueva.
Tantas cosas están presentes en este breve escrito, pero
lo que se destaca es el vigor de un pensamiento propio, maduro, que se abre
paso con libertad de espíritu y creatividad, buscando criterios de
interpretación de la realidad que ayuden a pensar y a discernir, evitando, al
mismo tiempo, caer en la rigidez y el relativismo.
«Hay una perplejidad en el agotamiento de categorías de
interpretación que ya no sirven para interpretar los acontecimientos del hoy.
Nuestra actualidad histórica rebasa las ideas existentes. Por eso son ideas que
ciegan, que no ven. Para mí, en lo que nos atañe, los “cristianos marxistas”
montaron un presunto caballo ganador, pero solo estaba dopado. Como dijo Clavel[5]: “los cristianos marxistas por temor de
ser los últimos cristianos, en realidad son los últimos marxistas”» .
A propósito de esta afirmación, me planteo el problema
de la hermenéutica de la realidad .
- ¿Cómo
establecer las pautas de interpretación de la realidad?
- ¿Cómo
establecer su universalidad como pauta interpretativa?
- ¿El
aparato hermenéutico es siempre estable? ¿O es susceptible de padecer
mutación?
Si es estable, queda garantizada su universalidad, como
principio, pero quedaría cerrado a los nuevos descubrimientos. De ser
susceptible de mutación entonces no se podría hablar de una universalidad
del hecho hermenéutico.
- Por
otra parte: ¿el hecho hermenéutico es objeto de metafísica? ¿Se puede
hablar de una metafísica de lo hermenéutico?
- De
ser así, ¿en qué medida participa del ser, que es el objeto de la metafísica?
¿Existe una entidad del hecho hermenéutico? ¿O habrá que
considerarlo como una mera relatio?
- En
este último caso: ¿cómo aplicarle la metafísica de las relaciones, al
considerarlo como una relatio de causa instrumental del
conocimiento sobre la realidad?
- Pero,
tratándose de aplicar un principio metafísico, ¿de qué «metafísica» lo
sacamos?
En este caso, la realidad sería interpretada según la ideología latente
en tal o cual metafísica. Por tanto, parecería que el principio interpretativo
no puede provenir de fuera de la realidad, sino de ella misma. Pero, en este
caso, se cae en un relativismo: cada realidad impone los principios
interpretativos que la «abren» al conocimiento. Por otra parte, aquí, ¿no
habría una identificación realidad-conocimiento al mejor estilo parmenídeo?
Por otra parte – siguiendo el desarrollo de la crítica del
conocimiento (y por tanto, también de las diversas hermenéuticas que se dieron
en la historia) – constatamos que se ha progresado y que, si
bien hubo sistemas hermenéuticos puramente coyunturales o ideológicos, también
es cierto que sistemas hermenéuticos que se consideraban «verdaderos» han
sufrido – con el aporte de pensamientos nuevos – cambios sustanciales que
posibilitaron una mayor comprensión de la realidad.
Al
plantearse el problema de la interpretación de la realidad se
plantea una problemática cognoscitiva que supone, en la
base, la distinción entre realidad y conocimiento. Esto lo doy por
supuesto para evitar los escollos del idealismo, de la simple
fenomenología, o de la identificación ser-conocimiento.
O sea, aquí se deja de lado todo eso, y se supone que:
a) hay distinción entre realidad y conocimiento,
b) el hombre puede aprehender la realidad, incluso lo mutable y lo sensible;
que la fenomenología no se agota en sí misma, que el idealismo es insuficiente,
y que todo pan-ontoísmo traiciona la misma realidad del ente.
- Por
tanto, interpretar la realidad no puede
consistir en proyectar una idea sobre ella, ni en describir lo fenoménico
sin trascendencia del fenómeno mismo, ni tampoco en asumir la inmanencia
del pan-ontoísmo, que siempre – como toda gnosis – termina en el
panteísmo. Ni idealismo, ni fenomenismo, ni gnosis.
Mi
hipótesis es: los principios interpretativos de una realidad han de ser
inspirados por la misma realidad, tal cual es.
La realidad que es interpretada y la realidad de quien interpreta. Aquí
vale – de algún modo – el ad modum recipientis, pero al
revés: ad modum se develantis .
Cada realidad tiene, en sí, su modo de develarse, que nace de
las potencialidades mismas de ella. Se devela en consonancia a lo que es.
Es «ser», por supuesto, y se devela como «ser», pero es «ser tal», «ser
aquí», «ser ahora», «ser para»… y por tanto se devela como tal, aquí,
ahora, para… .
La
explicitación conceptual o simbólica de este develarse debe, pues,
estar en consonancia con la realidad del ser.
Por tanto: si hablo del ser en cuanto tal, objeto de la metafísica, o
del esse ontológico, la crítica del conocimiento la he de
confrontar con él.
Si hablo de tal o cual ser, «en situación», son precisamente las
peculiaridades de ese ens (sin negar por supuesto lo
anterior, el hecho de que sea esse, y por tanto objeto de
metafísica) las que han de inspirar – de alguna manera –
las pautas de interpretación, las categorías, la hermenéutica.
La expresión (en cualquiera de sus modos) es como un continente del contenido que
es la realidad.
La consonancia entre continente y contenido es un principio de
hermenéutica de lo particular.
- Y
es principio de hermenéutica de lo particular porque lo es también de lo
universal: es el mismo esse quien marca las pautas de su
posibilidad de ser captado.
Rebasamiento (desborde)
Cuando
una realidad dinámica – un hecho histórico, político, religioso, etc. – es
interpretada desde una gnosis o una ideología o una fenomenología, se
llega a un «momento» en que la realidad histórica «rebasa» , por su
dinamismo propio, la interpretación.
Se la encuentra insuficiente , se la descubre reductora fruto de una
ideología, o sin fundamento como fruto de una fenomenología, o simplemente
estáticamente interpretadora como fruto de una gnosis. (Distingo «gnosis»
de «ideología», porque aquella tiene un cierto tinte sapiencial que va más
allá de la mera explicitación de una idea) .
Este hecho de la realidad que rebasa la interpretación se ha visto a lo
largo de la historia, y es a lo que se refiere el texto que tomé como
punto de partida de esta reflexión.
La realidad se impone sobre la insuficiencia hermenéutica, se devela a sí
misma con categorías de crisis, revolución, etc.
La realidad se reivindica a sí misma porque «no es tratada como
corresponde» . Hay un dinamismo en la realidad que es capaz de defender su
«comprensibilidad» llegado a cierto límite de incomprensibilidad. Esto se
da cuando la realidad no es tratada ni aprehendida según sus pautas, sino
con pautas que no son consonantes con ella.
Lo concreto y su dimensión de universalidad
El
ser situado (en tiempo, espacio, etc.), es un ser concreto.
Por otra parte, por participar del ser y de tal o cual modo de ser, tiene
también una dimensión de universalidad.
La actitud cognoscitiva tiene, pues, que poder captar ambas dimensiones:
lo particular y lo universal.
No se trata simplemente de buscar con el conocimiento lo universal que hay
en cada ser situado.
Tampoco de quedarse en la independencia de cada ser particular, negando la
capacidad de abstracción del proceso cognoscitivo para captar la realidad.
Tampoco se puede hablar de un conocimiento en el que se capte el universal
concreto en el sentido en que le da la dialéctica, es decir, en
que lo particular queda «reducido» a un mero momento del proceso de
negación de la negación.
El
cognoscente, por su parte, también está determinado por una entidad y una
naturaleza. Por tanto, todo proceso cognoscitivo y toda hermenéutica
supone un diálogo entre el ser que quiere aprehender la
realidad y la realidad que es aprehendida; entre quien se devela y quien
capta ese develarse.
El cognoscente explicitará su captación de esa develación
utilizando el concepto.
La conceptualización – por otra parte – resulta insuficiente para
explicitar la totalidad de la realidad, así como resultaba insuficiente la
proyección del concepto sobre la realidad para aprehenderlo : allí hacía
falta otra cosa, y era una cierta apertura del cognoscente que se dejara
«tocar», «impresionar» por la misma realidad tal como es.
En la explicitación de la realidad sucede lo mismo. El concepto no basta,
y hay que recurrir a otras formas de expresión, por ejemplo, la
antinomia (que es un sistema de conceptos en tensión), la parábola, el
mito, etc… Pero en el fondo de toda parábola y mito hay una antinomia,
una tensión.
Se
conocía una realidad a través de instrumentos que suponían conceptos e
intuiciones. Se explicita una realidad por medio de un lenguaje que no es
ni meramente conceptual ni meramente intuitivo. Podríamos decir que, en
sentido etimológico, es poético: debe ser creador de
la explicitación, del modo de explicitación que incluya tanto el concepto
como la intuición que lo acercaron a la aprehensión de la realidad.
La antinomia, como género de expresión, sería el modo
adecuado de contener toda la vitalidad de una realidad, sin
reducirla.
Queda
por ver cuál sería el signo de que este tipo de conocimiento y de
expresión no va errado. Hay cuatro elementos: en el aprehender la realidad
están el concepto y la intuición, y en el explicitar la realidad están los
dos términos de una antinomia.
Estos cuatro elementos entran en tensión entre sí. No podemos
decir que el signo de la adecuación sea el equilibrio entre realidad y
captación de ella (el equilibrio puede ser impuesto desde fuera, desde una
concepción previa, y pienso en el equilibrio de la teoría del conocimiento
de Kant). Tenemos que buscar un signo que – en sí mismo – incluya la
tensión de los cuatro elementos.
Ese signo yo lo vería en la consonancia.
Consonancia
entre la realidad en sí y la realidad como es conocida. Cuando hay
disonancia no hay adecuación, y esto significa que la realidad no ha sido
captada o su captación no ha sido explicitada. La consonancia de
la que el sujeto que conoce tiene experiencia en sí mismo es – en este
caso – el reflejo de la consonancia que hay entre la
realidad en sí y la realidad conocida. Me explico: el cognoscente
tiene experiencia directa de la consonancia que hay entre
lo que aprehende y lo que expresa. En base a esta consonancia puede
saber cuando se da la consonancia entre la realidad en sí y la
realidad aprehendida.
San Ignacio utiliza esta experiencia para asegurarse de si un espíritu es
bueno o malo: la consonancia figurada en el caer del agua sobre la esponja
y el caer del agua sobre la piedra .
Es una consonancia ambivalente en lo que se refiere a la
identidad de los espíritus, porque su signo positivo o negativo tiene que
tomarse del estado habitual del sujeto (o de bien en mejor subiendo o de
mal en peor bajando), pero, de todos modos, consonancia es signo y
disonancia es también signo de que no se logró o captar o
expresar la realidad tal cual es.
Consonancia se da cuando el continente está «informado» por la realidad
del contenido. Continente y contenido «con-suenan»: el ritmo y la melodía
van en tensión a la par .
Unidad en tensión polar
Quedaría
la duda sobre si la captación de la realidad hecha de este modo (el
continente consonando en el contenido y esto tanto en la aprehensión de la
realidad como en la explicitación ulterior) no resulta, en definitiva un
«relativismo».
Tres pasos: la realidad (el ser) se manifiesta, es aprehendida, es explicitada
.
Si hay consonancia en los tres pasos parece ser signo de que hay unidad.
Donde hay unidad, está el ser y la realidad mejor reflejada.
El ser y la realidad no son monolíticos: su unidad está dada por una serie
de sistemas de oposiciones polares que lo constituyen. Ni atomización ni
empastamiento consigo mismo: unidad en la tensión polar de las categorías
intraempíricas y extraempíricas, y de los trascendentales que lo
constituyen. La unidad del ser es consonante, se trata del
«equlibrio» (la palabra no es exacta) entre la forma y la plenitud.
Pues bien, las categorías de conocimiento más aptas para un ser o para una
realidad son aquellas que permiten que el ser o la realidad se
manifiesten tal cuales son. Esa es la verdad: captar y explicitar la
manifestación del ser.
Y aquí no hay relativismos como tampoco ideología… simplemente realidad,
el ser, que es, se manifiesta e impone su realidad a la apertura del
intelecto cognoscente.
NOTAS:
[1] El título original del texto
mecanografiado es: «Los parches existenciales; Los parches lógicos, y las
categorías de interpretación de la realidad».
[2] Cfr Ph. J. B. Buchez, Essai
d’un traté complet de philosophie, du point de vue du catholicisme et du
progres. Paris, E. Eveillard, 1838-1840; Id., Traité de politique
et de science morale, Paris, Amyot, 1866.
[1] Francisco utilizó estos términos en su intervención
espontánea en el Sínodo para la Amazonia. Allí expresó que notaba como que no
se terminaban de formular propuestas totales. Las propuestas hechas, muchas de
ellas, muy claras, muy viables, le hacían sentir que, por un lado, todos en el
Sínodo estaban de acuerdo en un sentimiento ecológico común respecto de cuidar
la Amazonia, pero, por otro lado, eso que unía a todos no encontraba manera de
independizarse de las contradicciones, lo cual hacía que las propuestas fueran
«propuestas de remiendo». «Arreglemos este pedacito, arreglemos este otro,
mandemos misioneros, pensemos en la expansión de los ministerios…, propuestas
buenas pero que no eran totalizante como era totalizante la unidad que unía a
todos y como era totalizante el conflicto». Él sentía que se procuraba
disciplinar el conflicto y dijo que rezando se dio cuenta de que por
remiendo nunca íbamos a resolver el problema del Amazonia. «Hay
conflictos que solamente se resuelven no por disciplina sino por desborde. Y
creo – dijo el Papa – que este es uno de los conflictos a resolver por
desborde». El texto que presentamos puede ayudar a clarificar lo que quiso
expresar en el Sínodo (cfr D. Fares, «El corazón de Querida Amazonia.
El desborde de la itinerancia», en Civ. Catt. 2020 I).
[1] Los cuatro principios son: el tiempo es superior al
espacio; la realidad es superior a la idea; la unidad es superior al conflicto;
el todo es superior a las partes.
[1] «Clavel» es Maurice Clavel. Cfr M. Clavel, Quello
che io credo, Roma, Città Nuova Editrice, 1975, 77.
[1] A. Methol Ferré, «La Iglesia, el Minotauro y los
Socialismos», en Nexo, 14 de diciembre de 1987, 14.
[1] El planteo se formula con 12 preguntas y una
constatación. Bergoglio procede haciendo preguntas muy suyas, respondiendo con
ideas de una filosofía clásica (quizás hoy un poco superada) y avanza a partir
de una constatación. Los pasos adelante los da a partir de las constataciones,
como esta de que – más allá de los planteos y de la validez de las respuestas –
«se ha progresado» en la comprensión de la realidad. Esta valoración positiva
coincide con el planteo de Methol: que el pensamiento del Concilio – y su
recepción y aplicación en América Latina en Medellín y Puebla –, implica un
avance en el diálogo con el mundo contemporáneo. Para Methol, lo
«contemporáneo» comienza con la Revolución Francesa, que dividió a la Iglesia
entre un «integrismo» contrario a esta y un «progresismo» favorable a este
acontecimiento, pero que no fue «asumido» desde dentro y, por tanto, no pudo
superarse. Methol propone recuperar un socialismo cristiano pre-marxista, desde
una perspectiva nueva, la del pueblo de Dios, que rescata el Concilio. Desde
allí se puede asumir lo positivo de la contemporaneidad con categorías nuevas.
A la búsqueda de esas categorías nuevas, no ideológicas, sino en consonancia
con la realidad, apunta el escrito de Bergoglio.
[1] El mejor método es el que mejor se adapta al contenido.
La expresión ad modum se develantis es significativa: con las
personas y con Dios esto es la clave para una hermenéutica que no sea
ideológica.
[1] La cuestión del «ser» y «ser situado» es importante. Son
de notar los «pasos» concretos que da Bergoglio para avanzar en el discurso.
[1] Aquí está ya la categoría de «desborde» (rebasamiento).
[1] La insuficiencia es un dato concreto existencial.
[1] Distinción entre «gnosis», que tiene un matiz
sapiencial, e «ideología», en cuanto mera explicitación de una idea.
[1] La realidad «no es tratada como corresponde». Este es un
criterio de «lealtad», que tiene que ver con la verdad como hemeth y
no solo como aletheia, diría Hans Urs von Balthasar..
[1] La insuficiencia para aprehender la realidad debería
bastar para establecer una distancia respecto de la explicitación que se hace.
Si me doy cuenta de que no capto todo, ¿por qué defender tanto mi
explicitación? Parece que detrás de las luchas ideológicas más bien se ataca la
concepción (insuficiente) del otro, en vez de buscarse la verdad.
[1] Concepción de la antinomia como modo de hacer frente a
la insuficiencia comprobada del concepto y la intuición. Lo interesante es
notar cómo Bergoglio siempre «utilizó» la antinomia. Eso es lo que vuelve
valioso que aquí la defina explícitamente.
[1] Antinomia como modo adecuado. Esta es una formulación de
un proprium bergogliano.
[1] Bergoglio busca criterios de verificación de su
propuesta. El «signo» es la consonancia de la cual señala cuatro elementos: dos
que se dan en la dinámica de la aprehensión de la realidad, concepto e
intuición; dos que se dan en la explicitación de la realidad, los dos términos
de la antinomia.
[1] Criterio espiritual del discernimiento. Es que pensar es
discernir. La realidad «se discierne», no somos meros registradores ni
proyectadores. El propio estado sirve como signo, en cuanto consonancia o
disonancia. No significa que se «registre» todo perfectamente, pero sí que se
puede seguir «conociendo» y «explicitando» por el buen camino cuando hay
consonancia y detenerse cuando hay disonancia.
[1] Aquí viene lo del conocimiento «en camino» y el criterio
del ritmo y de la melodía, del paso con que se avanza por la realidad, en
diálogo con ella, con el ritmo y el tono adecuado, de Guardini.
[1] No hace una «demostración abstracta», sino que muestra
la realidad.