Gracias a la generosidad de los niños se sostienen 2.864
proyectos infantiles en las misiones
El domingo 17 se celebra el Día de la Infancia Misionera
con el lema "Somos familia"
Infancia Misionera es una obra del Papa que promueve la
ayuda recíproca entre los niños del mundo. Infancia Misionera promueve
actividades misioneras en colegios y catequesis con las que educar a los niños
en la fe y la solidaridad con la misión. También invita a los niños a colaborar
personalmente con sus ahorros para los niños de las misiones. Los niños
ayudan a los niños.
Porque los niños son capaces de Dios, y lo son desde su más
temprana edad. Desde esta capacidad de conocer y encontrar a Dios en sus vidas,
nace otra capacidad intrínseca: los niños son capaces de la misión. Despertar
el sentido misionero en los niños es primordial, ya que, desde que recibimos el
bautismo, todos somos misioneros. La misión hace que crezca en los niños un
espíritu de amor al prójimo, de generosidad, solidaridad y entrega que les
acompañará para toda la vida.
La Infancia Misionera contribuyó con más de 19
millones de euros a los niños del mundo en 2018. Se llevaron a
cabo 2.943 proyectos agrupados en tres grandes campos de acción.
ESCUELA DE ACTITUDES MISIONERAS: PRESENTACIÓN DE LA
JORNADA
Uno de los regalos más grandes que nos dejó Jesucristo en su
forma de plantearnos el discipulado es habernos hecho familia. La fe en Dios no
es una mera sumisión al Creador, ni una invitación al temor reverencial a Quien
nos puede castigar. Jesús nos muestra que la fe nos hace hijos de Dios y, entre
nosotros, ¡hermanos!
Cuando el Señor enseña a orar a sus discípulos, les pide que
invoquen a Dios como Padre; cuando nos enseña cómo es el amor de Dios, lo
compara con el amor tierno de la madre y la compasión del padre que espera al
hijo perdido… Toda su enseñanza nos hace sentirnos hijos de Aquel que todo lo
puede.
Pero todo esto empieza con su vida. ¡Él es familia! Decide
participar de nuestra naturaleza naciendo y viviendo en el seno de una familia.
Él es humano asumiendo nuestra naturaleza, pero también “pasando por uno de
tantos” (Flp 2,7). Tiene una madre que le trae a este mundo (“¡Dichoso el
vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!”, Lc 11,27). Tiene un
padre que le enseña a ser persona, un oficio, que le cuida y sustenta (“¿No es
este el hijo del carpintero?”, Mt 13,55). Y tiene unos abuelos, como cada uno
de nosotros, a los que hemos puesto nombre: ¡Joaquín y Ana!
De los años que pasó en Nazaret, junto a su familia y
amigos, sabemos muy poquito, pero justamente eso es para nosotros una gran
enseñanza: la vida oculta del Señor nos muestra que la vida de sus discípulos
pasará normalmente escondida, pero no inadvertida a los ojos de Dios. La vida
de familia se ha convertido en una escuela de virtudes y actitudes misioneras
para quienes amamos a Dios.
Aprendiendo en familia
La vida de familia es el espacio donde descubrimos el amor
gratuito, imagen del de Dios. Donde aprendemos a invocar a Jesús y a María.
Allí se nos enseña a ver a la Iglesia como la gran familia de los hijos de
Dios, y a nuestra parroquia y diócesis como el lugar donde aprender a amar al
mundo entero y a todos los cristianos, estén donde estén. En familia aprendemos
a ayudarnos unos a otros, y a no tener vergüenza de manifestar lo que amamos y
creemos; por eso aprendemos también a llevar el amor de Dios a quienes todavía
no le conocen.
Este tercer año del cuatrienio de Infancia Misionera, “Con
Jesús Niño a la misión”, queremos que los niños y niñas de España descubran la
belleza de una familia para la que son importantes, ¡imprescindibles!, como lo
son para su familia de sangre: la familia de la Iglesia, donde Dios nos hace
sus hijos amados y donde hemos recibido del Señor una madre amorosa: María.
Sabernos parte de esta familia sobrenatural es sentirnos
queridos por quienes viven nuestra fe. Para ellos todos somos valiosos, y,
cuando rezan, lo hacen también por nosotros. Y sentirnos queridos es participar
de la vida parroquial, de la pastoral del colegio, de la vida diocesana, como
un miembro más, no como un invitado o alguien ajeno. Somos parte de los que
allí se juntan: descubrimos a los niños que, si ellos faltan, las cosas no
serían iguales, porque cada uno es importante.
En primera fila
Ayudar a los niños a saberse familia, será, además, una
forma de hacerles conscientes de su responsabilidad: ellos pueden y deben
sentirse responsables de la vida de la parroquia, de la diócesis, ¡de la
Iglesia universal! Su oración por los demás, su participación en las
actividades, su colaboración por hacer rezar a los suyos y que puedan
contribuir en la solidaridad con los demás, les hacen ser parte activa de la
vida de la Iglesia. ¡Son misioneros!
Así fue misionera Teresa del Niño Jesús, o lo fue “Lolo”
—Manuel Lozano— o “Pilina” —Pilar Cimadevilla— o Paulina Jaricot… Cada uno en
su lugar, rezando y ofreciendo sus pequeños sacrificios, colaborando en las
Jornadas misioneras, se convierten, son misioneros en primera fila. Así les
enseñamos a sentir como suya la labor de la Iglesia, a colaborar en ella, a
saberse necesarios en el trabajo evangelizador de los misioneros.
En esta Jornada marcada por la situación de pandemia en todo
el mundo, no solo en nuestro país, qué bonito sería transmitir, a quienes con tanta
naturalidad se interesan por la situación de los niños del mundo entero, que lo
que hacen es importante y que el valor de las cosas no está en su grandeza,
sino en el amor con el que se realizan. Ojalá seamos capaces de enseñarlo bien.
¡Ojalá sepamos vivirlo nosotros para mostrárselo!
José María Calderón
Director de OMP en España